jueves, 16 de mayo de 2013

¿Moral o inmoral? ¡Amoral!


Alberto Montt
Soy un tipo amoral. No inmoral: amoral. Con esto quiero decir que no abrazo, de modo consciente, ningún sistema moral.

Hay gente in-moral. Mucha. Muchísima. Yo diría que tanta como gente moral, porque todos los que son morales, es decir, todos los que abrazan conscientemente una moral,  se la saltan con bastante frecuencia, lo cual les hace inmorales, porque quebrantan su moral.

Yo soy a-moral. No creo que exista ninguna moral superior a otra. No creo en el bien ni el mal. No de modo absoluto. Entiendo lo que significan esos conceptos respecto de un conjunto de criterios dado, pero como no me creo ningún conjunto de criterios, pues no creo en clasificación moral ninguna.

Sin embargo, me comporto de modo moral. Hice mis experimentos  de amoralidad real y fueron un desastre.  Lo peor de la amoralidad es que los demás no saben de qué vas, no saben cómo predecir tu comportamiento, y todo va mal.

Hay otra razón para comportarme moralmente: y es que me gusta que los demás se comporten de modo moral conmigo. Tras años de experiencia vital, he concluido que un mundo en el que la gente se comporta de modo moral  es más agradable que uno en el que no. También he aprendido que para que la gente se comporte conmigo de modo moral yo debo comportarme con ellos de modo moral.

Naturalmente, los perspicaces ya os habréis hecho la pregunta: comportarse moralmente ¿respecto de qué moral? Pues respecto de aquella que nos proporcione los más amplios márgenes de elección, respecto de aquella que haga feliz a la mayor cantidad de gente posible, respecto de aquella que haga la vida más luminosa.

Y esa moral,  ¿cuál es? Pues una que se va construyendo poco  a poco, una que va demostrando sobre la marcha que salvaguarda derechos y posibilidades, que optimiza la felicidad, que amplía las posibilidades.  Es una moral que no existe aún, una moral que está por descubrir pero que, de alguna forma, ya vivimos todos los que no aceptamos la moral heredada.

Quizá se trate de un problema insoluble. Quizá no haya forma de optimizar esa magnitud tan inmensurable que es la felicidad. Quizá nos pasemos eones dándole vueltas al asunto. Bueno, no es mal plan.

sábado, 4 de mayo de 2013

Creencias, aborto y contención del gasto


Puede ser que alguien se pregunte por qué le doy tanta importancia a esto de las creencias. A fin de cuentas, ¿qué más da que la gente crea en dioses? Como si creen en unicornios o en el ratoncito Pérez: no hacen daño a nadie.

Si fuese así no me preocuparía, efectivamente. De hecho, alguna vez lo he comentado: si la gente vive más a gusto con el calorcito que les da sentirse arropados por su dios, pues genial: no seré yo quien les diga cómo deben gestionar su vida.

El problema es que la cosa no se queda ahí, en el ámbito de lo privado, sino que salta a lo público y pasa a ser asunto de la incumbencia de todos, queramos o no, seamos ateos, agnósticos, posibilistas o pastafaristas.

Hay dos caminos por los que las creencias dan el salto a lo público. Uno es obvio: las iglesias. Como casi toda organización humana, tiene como objetivo principal de su acción su propia supervivencia, y para ello ejercen la presión que haya que ejercer para imponer a la sociedad su visión del mundo. Un ejemplo: que los católicos crean que en el mismo momento de la concepción un alma inmortal se adhiere al cigoto es algo que no merece ningún comentario por mi parte, salvo, quizá, una leve sonrisa. Sin embargo, esta creencia convierte al cigoto en sagrado, por lo que la jerarquía católica presiona al gobierno español para que prohíba el aborto y éste parece que, en buena medida, va a hace caso. Es decir: por una creencia absurda millones de mujeres van a perder el derecho a decidir sobre su propio cuerpo.

El otro camino por el que las creencias entran en el ámbito público es el de los dogmas. Los creyentes, y muchos no creyentes, están tan acostumbrados a creer que se olvidan de ese sistema de ajuste fino que llamamos razón y confían ciegamente en los dogmas que definen al grupo al que pertenecen. Un ejemplo: la derecha tiene como seña de identidad la creencia en que los impuestos son el mal de la economía y que lo mejor es pagar lo menos posible. Esto, como deseo egoísta, es comprensible, pero desde el punto de vista racional es un completo absurdo, sobre todo si lo defiende quienes están comisionados para hacer que la economía funcione. La cuestión es que dan igual doscientos años de teoría económica, montones de crisis, o el ejemplo de los países más desarrollados del mundo: la derecha sigue pensando que lo mejor es pagar pocos impuestos. Da igual que esta obsesión, en su derivada “contención del gasto público” haya llevado a la miseria a varios países gracias a los consejos el FMI. Dan igual Keynes o Krugman. Da igual que no haya ejemplos que muestren que sus recetas sean efectivas, y sí de todo lo contrario. La fe es la fe.

El mundo se rige por la sinrazón. Para ocultarla unos utilizan imágenes de alta resolución de los fetos y otros gráficas y ecuaciones matemáticas de enorme complejidad, pero es solo es apariencia de ciencia, porque en realidad no demuestran nada salvo su habilidad para la manipulación y el disfraz y, sobre todo, que donde esté una creencia que se quiten mil razones.

Por esto me preocupan. 

viernes, 3 de mayo de 2013

Ositos de peluche cósmicos


Acabo de leer el libro de David Eagleman Incógnito. Es un texto ligerito acerca del funcionamiento del cerebro que resulta divertido mientras habla de la forma en que el cerebro reconstruye, por no decir inventa, la realidad a partir de la información siempre deficiente aportada por los sentidos. Otra parte, en la que relaciona la neurociencia y la culpabilidad, es interesante: dado que el comportamiento se ve influido por hormonas, genes, narcóticos, lesiones, neurotransmisores y demás, no tiene demasiado sentido hablar de responsabilidad, por lo que la administración de justicia debería realizarse pensando en términos prácticos, como el riesgo de reincidencia o las posibilidades de reinserción, y no en términos de castigo. Muy bien.

El final es el que resulta desconcertante: al hablar del reduccionismo y el materialismo extendidos de modo generalizado entre los científicos, Eagleman se hace un lío entre el sí y el no, porque tan pronto parece que está del lado de reduccionistas y materialistas como aboga el todo es posible, incluido que el cerebro sea una especie de receptor de algo que está fuera…

Me pongo a leer por ahí y me entero que Eagleman es el inventor de una cuarta vía alternativa al ateísmo, teísmo y agnosticismo: el posibilismo. Rechanzando el agnosticismo por considerarlo demasiado tibio, defiende tomar una postura más proactiva y basarse en la ignorancia que tenemos de casi todo para abrazar activamente todas las posibilidades. ¿Por qué negar la existencia de seres superiores si no podemos asegurar que no existan?

Pues yo se lo voy a decir: por la misma razón que no estamos todo el día dándole vueltas a la posibilidad de ser cerebros metidos en un frasco y conectados a un ordenador que crea un mundo virtual para nosotros; o ser el sueño de una mariposa; o el proyecto de ciencias de un alumno de secundaria de una especie gigante; o la efímera manifestación de un azar cuántico; o la creación de un dios barbudo, aburrido y algo canalla: porque no aportan nada. Una teoría que no puede ni refutarse ni rebatirse no es significativa. Divertidas sí que son, y pueden dar mucho juego en relatos de ciencia ficción, pero intelectualmente solo pueden aportarnos una cosa: humildad. La existencia de esas alternativas inalcanzables nos hace mirar nuestras teorías con modestia y desterrar la certeza de nuestra caja de herramientas. Nunca podremos estar seguros de nada que tenga que ver con la realidad. Pero esto no quiere decir que no podamos construir modelos. De hecho, es que lo hacemos constantemente: todos.

Otra cosa es hasta qué punto nos creemos nuestros propios modelos. Dice Eagleman que es tanto lo que ignoramos acerca del universo que ser ateo no está justificado. Esta afirmación aparenta tener sentido, pero en realidad no lo tiene: es como si aceptamos como posibilidad que más allá del alcance del Hubble existen unos gigantescos osos de peluche dando calor al universo. ¿Podemos negarlo? Pues, de modo estricto, no, pero no conozco a nadie que decida adoptar una postura activa respecto de la existencia de los ositos de peluche gigantes. Pues lo de los ositos de peluche y los dioses es lo mismo.

Yo soy ateo. Esto puede significar muchas cosas. En mi caso quiere decir que nunca he encontrado ningún indicio, ni prueba, ni siquiera especulación que haga mínimamente razonable creer en la existencia de seres sobrenaturales. Todo cuanto tiene que ver con dichas creencias se explica con argumentos históricos, políticos, sociológicos, psicológicos o psiquiátricos, así que mi postura al respecto es que no, no existen. Muchos dirían que entonces tendría que ser agnóstico porque no estoy seguro, pero es que eso es una perogrullada, porque seguro no estoy de nada.

¿Creo que los planetas giran alrededor de su estrella porque están animados de espíritus que desean unirse al padre-sol en un abrazo cósmico? Pues no, porque para ser espíritus con voliciones se comportan de un modo bastante monótono, siguiendo siempre las mismas reglas, esas que Einstein se encargó de formular en su teoría de la relatividad.

¿Estoy seguro de eso? ¡No!, ¡claro que no!: puede ser que los ositos de peluche gigantes hayan castigado a los espíritus de los planetas a seguir esas aburridas órbitas como castigo a algún delito cometido en el pasado. Puede ser. ¿Tengo entonces que ser agnóstico? Reconocer que este cuento es irrefutable no quita que no aporte nada y que me quede por tanto con la relatividad. ¿Quiere decir esto que creo en la relatividad? NO.

Y aquí pienso que está el eterno quid de la cuestión: los creyentes, o aquellos que, sin serlo, siguen mirando el mundo con los mismos esquemas, creen que la única forma de relacionarse con el mundo es la creencia, de modo que todo debate gira en torno a creer en una cosa u otra. Pero no es así: lo racional no es dejar de creer en los ositos cósmicos para pasar a creer en la gravedad: lo racional es no creer, lo racional es limitarnos a comparar teorías; hacer elecciones, siempre provisionales, cuando sea necesario, y vivir en consecuencia. Soy ateo en la misma medida que soy relativista: de entre las teorías que hemos elaborado hasta ahora, pienso que son las que mejor describen el mundo en sus respectivos ámbitos conceptuales.

¿Por qué se empeña la gente en creer? Pienso que se debe a que la gente es demasiado condescendiente consigo misma y aceptan sus prejuicios e instintos como si fuesen la verdad absoluta, en vez de ponerlos en cuarentena y criticarlos convenientemente.

Todos tenemos un juego de creencias que es el que usamos para manejarnos con el mundo sin pensar: instintivamente creemos en la continuidad del mundo; en el transcurrir del tiempo; en la tridimensionalidad del espacio; en la causalidad... También tenemos creencias acerca de cómo debe ser el mundo, la justicia, la moral, la amistad… Todo eso forma parte de lo que somos y está grabado a fuego en algún lugar de nuestro cerebro como consecuencia de nuestra herencia genética y cultural. Y está bien, porque nos permite vivir sin estar cuestionándonos a cada paso qué hacer. Son nuestro software básico. El piloto automático. Vale.

Pero lo que no tiene sentido es creernos nuestras creencias. Una cosa es que yo crea que el sol sale todas las mañanas y se pone todas las tardes, y otra que yo sepa que no es así, que es la gran bola sobre la que viajo por el espacio la que rota respecto de uno de sus ejes. Sin embargo, muchos llevan mal estas contradicciones y convierten, para resolver el conflicto, sus creencias animales en convicciones que defienden a capa y espada.

Lo que les pasa a los creyentes, y esto es una teoría, es que utilizan la razón para justificar sus creencias, en vez de utilizarla para criticarlas. Pero con eso no resuelven el conflicto: tan solo lo ocultan. Lo cierran en falso y son deshonestos consigo mismos. A esta deshonestidad le llaman fe.

La única forma de superar la contradicción es aceptarnos como somos, como una pluralidad de influencias, como máquinas dotadas de múltiples programaciones contradictorias y dudar, de todo en general y de nosotros mismos en particular.

lunes, 18 de marzo de 2013

Sentido común

Decía Leonardo que el sentido común es la facultad que juzga la información aportada por los otros cinco sentidos, es decir, una especie de organizador o quizá de receptor único de la información, por otra parte heterogénea, que nos llega del mundo exterior.

Otro punto de vista, el más extendido, es que el sentido común es esa forma de entender el mundo que comparte el común de los mortales. La definición del DRAE no deja lugar a dudas: “Modo de pensar y proceder tal como lo haría la generalidad de las personas”, aunque algunos, a los que podríamos calificar como optimistas, relacionan el sentido común con lo racional o lo razonable.

Pero ahora, gracias a los mandatarios españoles, tenemos una nueva acepción: sentido común es lo que piensan ellos. Cuando defienden una ley o una actuación lo hacen diciendo que es de sentido común. Cuando se oponen a la actuación de otros, lo hacen diciendo que es contraria al sentido común. Acompañan estas manifestaciones con otras opiniones igualmente tajantes: lo que ellos proponen no solo es “lo que dicta el sentido común”, sino también “lo que hay que hacer”, “lo único que se puede hacer” y, por su fuera poco, “lo que quiere todo el mundo”.

Frases de este estilo las ha dicho un tipo con motivo de las manifestaciones y huelgas que van a coincidir estos días con la visita de los inspectores del Comité Olímpico Internacional, aunque son habituales entre sus correligionarios. Ha aludido a la responsabilidad de todos para que todos se la envainen y se hagan los buenecitos mientras que nos inspeccionan, no vaya a ser que se vaya el negocio al garete.

Lo que me importa ahora no es que el negocio sea de los de siempre y no de la mayoría. Lo que me importa ahora no es que al COI le importe tres narices que hacer deporte en Madrid sea una heroicidad. Lo que me importa señalar ahora es que estoy harto, estoy hasta los cojones de que hablen en mi nombre, estoy harto de que tergiversen el sentido de la cosas, de que se erijan en heraldos de todos sin excepción, que se arroguen, cual oráculos, el poder de conocer la verdad, los pensamientos y los deseos de cada uno de nosotros.

No sé si es de sentido común organizar ahora unos juegos olímpicos. No sé si la mayoría está a favor o en contra. Lo único que sé es que conozco a algunos madrileños que no lo quieren, y que me incluyo entre ellos, y que, por tanto, es falso que lo queramos todos los madrileños, y que, por tanto, ofenden a la verdad cuando dicen que todos lo queremos porque, sencillamente, y perdonadme la retórica, no es verdad.

Pero esto de los juegos olímpicos, insisto, es un ejemplo, una anécdota. Lo preocupante es que llevamos años sufriendo este discurso: las actuaciones no se argumentan: simplemente se nos dice que son de sentido común, con lo cual no solo nos la imponen sino que, de paso, nos llaman subnormales si no estamos de acuerdo. Estoy hasta los cojones de que me falten al respeto una y otra vez. Si no fuera una obviedad explicaría que todos estos tipos que hablan así no han entendido jamás lo que significa la democracia. Para ellos no es la forma de que el poder sea controlado y, de alguna manera, ejercido por la gente, sino el juego que hay que jugar para detentar el poder.

Lo malo es que las ideas calan. Entre mis alumnos, si la mayoría prefiere el examen el martes hay que hacerlo en martes, aunque un compañero tenga ese día que ir al hospital. La democracia es para ellos el poder de la mayoría. Por eso se quedan a cuadros y confirman que soy un frikie cuando les digo que la verdadera democracia se da cuando la mayoría respeta y defiende a las minorías.

Estoy mezclando las cosas, lo sé, pero es que estoy preocupado. Durante un tiempo el pensamiento único se 
defendió con sesudos argumentos como el del fin de la historia y esas cosas. Pero ahora hemos pasado a una segunda fase en la que, una vez asumida su unicidad, nadie parece sentirse obligado a justificar nada: es que las cosas son así, pensar lo contrario es de locos o de terroristas y punto huevo.

Sé que lo hacen a posta. Sé que les dictan las frases desde sus think tanks, desde esos antros en los que un puñado de canallas desarrolla sus estrategias de comunicación. Sé que si dicen esas cosas es porque saben que a muchos les lleva al huerto y a otros nos jode. Sé que la estrategia del estás conmigo o contra mí es más vieja que la civilización, pero como yo no tengo estrategas cubriéndome apoyándome, ni me arropa ningún grupo, ni cuento con espectaculares escenarios, no me queda más remedio que cabrearme y gritar a los cuatro vientos lo que debería de ser una obviedad: nadie, absolutamente nadie, ni la gentuza que manda ahora ni la que ha mandado en otras ocasiones, habla en mi nombre.  

Porque, y termino, esta es la mayor de las humillaciones: nos roban la libertad del día a día; nos roban el dinero; nos roban el país; nos roban hasta la historia; pero pretender robarnos los pensamientos es el colmo, es el puto colmo.

domingo, 3 de marzo de 2013

Desdoblando la personalidad


A poco que uno se haga algunas de las preguntas básicas acerca de la vida, como las famosas y estandarizadas “a dónde vamos” y “de dónde venimos”, se encuentra con la contradicción. El ejercicio de la razón nos dice que, con casi toda probabilidad, no somos más que grumos de partículas subatómicas que se organizan efímeramente en estructuras lo suficientemente complejas como para hacerse preguntas sobre su origen y destino, cuando resulta que, tanto el uno como el otro, son la misma sopa chisporroteante y caótica.

Pero, concluyamos lo que concluyamos, no lo acabamos de creer. Y para la supervivencia de la especie es bueno que así sea, porque si nos convenciésemos de que somos eso, tan solo burujos de átomos, y de sus múltiples corolarios, el sinsentido, la inexistencia del más allá, la convencionalidad de toda moral, sería difícil que nadie cumpliese mínimamente con sus deberes sociales.

Otra cosa es si esta renuncia a los descubrimientos de la razón es buena o no para el individuo. En principio le limita, sí, pero también es verdad que nos permite vivir una realidad que, por muy mentirosa que sea, resulta más interesante que un caos amorfo.  

La contradicción podría resumirse en que pensamos unas cosas y sentimos otras, es decir, que tenemos dos imágenes del mundo, la derivada de la observación crítica por un lado y la que es producto de ese lío inextricable de instintos, costumbres y aprendizajes que conforman nuestros hábitos.     

El que no ha vivido nunca la contradicción con cierta intensidad no puede entender lo que significa ser incapaz de conciliar el pensamiento con las tripas. Es desesperante saber que el tiempo no existe y sin embargo verte envejecer en el espejo día tras día; o sufrir por las injusticias del mundo a pesar de haber entendido que la realidad no es más que un constructo social.

Pienso que buena parte del problema viene de una necesidad de unidad que nos obliga a todos, en mayor o menor medida, a armonizar nuestras ideas, nuestras imágenes, en un todo coherente. La verdad es que no sabría decir si es genética o cultural, pero lo que es indudable es que sus ventajas evolutivas también son evidentes, porque alguien con las “ideas claras” actúa siempre con más diligencia que uno cuya imagen del mundo es confusa y repleta de imágenes contradictorias.

Sea como fuere, el camino del pensamiento es irreversible: cuando uno empieza a dudar y acaba por dudar de todo difícilmente puede volver a los cálidos y acogedores mundos de la convicción. Por ello, no nos queda otra que aprender a convivir con la contradicción. Afortunadamente, el cerebro es lo suficientemente plástico como para permitirnos soslayar las trampas de nuestros diversos condicionamientos. El truco en este caso reside en desarrollar un razonable y enriquecedor desdoblamiento de personalidad.

Es decir: ser, al menos, dos. Y no por juego, que tampoco está mal, sino porque realmente somos, al menos, dos, ese que mira el mundo con lucidez y ese otro no puede resistirse a la terca ilusión de la realidad. Aceptar lo múltiple de nuestra naturaleza puede ayudarnos a llevar la contradicción sin tanto sufrimiento y a sacar partido de ambas teorías acerca del mundo, pues ambas lo son. El conocimiento del sinsentido no solo pone coto a las más absurdas creencias, sino que descarga de patetismo a la crueldad de la existencia, mientras que cierto sentido de la realidad nos salva de perdernos en laberintos conceptuales, tan absurdos a veces como las propias creencias, y de tener que vivir experimentando permanentemente la realidad como una mentira.

La libertad es una ilusión, pero nada nos impide sentirla; estamos solos, la mónada está cerrada, sin ventanas, pero no por ello hay que renunciar a la ilusión de la amistad y el amor.

viernes, 22 de febrero de 2013

El Príncipe Valiente y el mercado laboral


No tenía yo los veinte cuando tuve la suerte de encontrarme con el Príncipe Valiente de Harold Foster completito. Habían pasado los exámenes de análisis en varias variables y de geometría multidimensional y pude enfrascarme en su lectura. Lo leí de un tirón en… no sé, dos, tres semanas. Durante días mi vida consistió en comer algo, dormir un poco y leer el Príncipe Valiente y saber, gracias a su lectura, de sus aventuras en los tiempos de Arturo, Merlín y el genial Gawain; de su maravillosa mujer Aleta, princesa de las islas Brumosas, y de su hijo Arn quien, ante mis ojos atónitos, creció para convertirse en un joven digno de sus padres y protagonista de sus propias aventuras. Fue aquella una de las experiencias más intensas de mi vida. Fue tan intensa que lo que vino después me pareció de una insulsez espectacular.

Cuando se me pasó el anticlímax me puse a pensar en la experiencia y me di cuenta, sin demasiado esfuerzo, es verdad, que había devorado la obra de un genio en eso, dos, tres semanas, cuando el mencionado genio había tardado en desarrollarla más de treinta años. ¿Cómo no va a ser intenso algo así?, me dije, ¿cómo no va a ser intenso vivir en tres semanas la creación de treinta años?

Desde entonces he repetido la experiencia alguna vez más. Es uno de los lujos de la cultura y el lenguaje: poder devorar el producto concentrado de mentes excepcionales en un tiempo varios órdenes de magnitud por debajo de lo que a dichos genios les costó sacarlo adelante.

La última experiencia de este tipo ha consistido en leer de corrido y cronológicamente todos los cuentos publicados por Cortázar. Desde luego, y en muchos sentidos, no ha sido lo mismo que con el Príncipe Valiente, entre otras cosas porque a ciertas edades todo es más sutil pero, ¡ay!, menos intenso. Cosa de las proporciones, que diría Nabokov.

Sin embargo, ha sido espectacular. Igual que no se ve al conejo hasta que se mueve, solo se descubre al escritor cuando este cambia: es al pasar de un libro al siguiente cuando se ve lo que era accidental y lo que era esencial; lo que era moda y búsqueda; lo que era experimento y lo que era hallazgo. Conocer a alguien siempre es emocionante y conocer a alguien fantástico es emocionante y fantástico.

Por eso, porque lo sé, porque lo sabemos, nos esforzamos tantos en comunicar la riqueza de esa experiencia, el lujo extraordinario que supone vivir vicariamente otras vidas gracias a esos concentrados que vienen en esos viales a los que llamamos libros.

Por eso me extraña, y en esto estaba pensando cuando empecé a escribir este escrito, que haya estos días tipejos que andan recomendando a los jóvenes que no elijan sus estudios en función de lo que les guste, sino en función del marcado de trabajo. Hay que ser muy simple o muy canalla para recomendar a los humanos del futuro que renuncien a sus deseos, a sus inclinaciones, a sus pasiones. Hay que ser un tarado, madres aparte, para pensar que la guía de la vida debe ser el beneficio, el rendimiento económico, la “colocación”. Hay que ver a los demás como piezas de la maquinaria para pedirles que se ajusten a la maquinaria.

¿Tiene sentido vivir una vida cuando se puede vivir muchas? A tan capciosa pregunta solo cabe una respuesta: no, claro que no, porque la renuncia solo es un valor para los pusilánimes. La cultura es el mecanismo que la evolución ha encontrado para aprovechar la experiencia ajena en una sola generación y no tener que esperar eones de azarosos cambios para incorporarla al genoma. La pega es que la cultura hay que inaugurarla con cada generación, hay que recrearla en cada nuevo cerebro, hacerla vivir en cada nueva mente. Y esto cada vez es más difícil… pero esto ya es otra historia. 

sábado, 16 de febrero de 2013

El mejor enemigo


Hace unos años, un amigo filósofo me echaba en cara que acudiese a las manifestaciones en contra de la guerra de Irak. Él, estando en contra de la susodicha guerra, le fastidiaba enormemente ver cómo, según él y tantos otros, aquellas manifestaciones estaban dirigidas y manipuladas por sindicatos colaboracionistas, partidos de pseudoizquierda, miembros de la intelligentsia mediática y artistas subvencionados.

Ante sus ataques, dado que poco podía objetar, solo me quedaba una contestación: “amigo, posiblemente todo lo que dices sea verdad, pero resulta que, en este momento, ellos y yo vamos en el mismo sentido”. Al decirlo, me imaginaba yo quitando un tronco que obstruía el camino codo con codo con un montón de desconocidos. O Spock subiéndose al Enterprise porque la nave, en busca de V’Ger, iba en su misma dirección (perdón por la cita erudita).

Mientras que yo veía imposible poder colaborar con nadie si para ello era necesario compartirlo prácticamente todo, mi amigo filósofo no podía entender cómo se podía colaborar con gente con la que tenía tan poco en común.

El quid de la cuestión estaba en su acendrado concepto de la lealtad. Para él, la fidelidad era una de las virtudes esenciales, como lo es para tantos que piensan que ser leal a los amigos, a la familia, al partido, es defenderlos en cualquier circunstancia, pase lo que pase. La fidelidad es considerada una virtud, mientras que al que pone condiciones se le ve como un traidor. Pero lo cierto es que la fidelidad incondicional es la base de las organizaciones mafiosas, de la corrupción generalizada y de multitud de injusticias.
Somos una especie social. Poco se puede hacer fuera del grupo, nada somos sin ligas, asociaciones, partidos, sindicatos, gremios, federaciones y confederaciones. El individuo se ve amplificado por el grupo y protegido por él. Y eso exige un compromiso con el grupo. Es lógico, es genial. Pero dicho compromiso no puede ser un cheque en blanco, ni una anulación de la individualidad.

La fidelidad incondicional parcela la realidad en subconjuntos arbitrarios. Si tomamos la política como ejemplo, se nos ha acostumbrado a pensar en ella como una magnitud unidimensional en la que uno se ubica más a la derecha o más a la izquierda y en los partidos como los defensores únicos de trocitos de ese continuo. Pero esto es un completo absurdo, porque la realidad es mutidimensional: yo, por ejemplificar,  puedo estar de acuerdo con la política territorial de unos, con la social de otros y con la cultural de otros, por lo que, elija a quien elija, voy a sentirme frustrado, que es lo que le ocurre hoy a tanta gente.

Pero la solución no es crear un nuevo partido que recoja esa particular combinación de ideas, porque entonces habría que crear tantos partidos como seres pensantes. No, lo que necesitamos son nuevos modelos de participación, modelos más flexibles que permitan aprovechar la fuerza del grupo sin que eso signifique anular y desaprovechar lo que hace diferentes a los individuos. Esto supone un mayor esfuerzo de reflexión; exige olvidarse de “los míos”, de las defensas numantinas, del “pase lo que pase”; exige explicarse muchos más, explicitar el pensamiento, ayudar a que los demás sepan de qué vas. Hay que aprender a vivir en asociaciones coyunturales, agrupaciones efímeras, colectividades provisionales.

El conflicto entre lo individual y lo colectivo forma parte de nuestra propia naturaleza. No hemos conseguido resolverlo, quizá porque no tenga solución y sea de esos problemas con los que hay que convivir dinámicamente. Ser masa es malo, pero quedarse solo, como me indicaba el otro día un colega, también.  

Mi amigo el filósofo, en su afán por no ser masa, acarició muchas veces la soledad. Como buen epicúreo, buscó consuelo en la amistad. Desde luego es una buena opción. Ya decía Nietzsche que la amistad es la superación del egoísmo del amor; aunque, eso sí, como lo cortés no quita lo valiente, también escribió: “el amigo debe ser el mejor enemigo”.

Yo lo intenté.

martes, 12 de febrero de 2013

Efecto apelotonamiento

Ha sido escuchar en la radio que la gripe ya había alcanzado el rango de epidemia en no sé cuántos sitios y, antes de que me diese tiempo a pensar en ello, ya he empezado a experimentar los primeros síntomas. Así dicho podría parecer el efecto psicosomático de una hipocondría galopante, pero siendo profesor saber que el virus está por ahí es saber que, antes o después, te va a saltar al cuello.

¿Qué pasa, que los profesores nos abrigamos menos que el resto? Pues no. Lo que pasa es que sufrimos como nadie el efecto apelotonamiento, que es el factor más importante en la transmisión de virus como la gripe o el resfriado o de bichos más grandes como los piojos: meta usted treinta niños en un aula, déjeles hablar, toser, comer, cantar, abrazarse, pegarse, y habrá usted conseguido que el virus vaya saltando alegremente de uno a otro con total impunidad. Que también nos salte a los sufridos profesores o que se lo lleven después a casa es inevitable.

Durante la Edad Media Europa se vio asolada por terribles epidemias de peste. Una de las razones de su extraordinaria transmisión es que en aquellos cristianos tiempos, las gentes, asustadas por la enfermedad e invitadas por sus párrocos, abarrotaban las iglesias para rezar y pedirle a su dios que les librase de ella, aunque con tal mala suerte que, en vez de frenarla, favorecían la transmisión de la enfermedad al colocarse los rogantes tan cerca unos de otros mientras desgranaban sus plegarias. Otra vez el efecto apelotonamiento.

No todos los virus son trocitos de ácido nucleico con su cubierta proteica. Algunos son inmateriales: pensamientos, comportamientos, memes, que diría Dawkins, cosas intangibles que no transporta el aire sino el lenguaje pero cuya transmisión también se ve favorecida por el efecto apelotonamiento. Los humanos, cuando nos apelotonamos, tendemos a identificarnos con el de al lado, a contaminarnos de sus costumbres, a imitar sus actitudes. Cuando mantenemos las distancias la conciencia actúa, la razón analiza, y decidimos qué aceptar y que no de aquello que nos llega. Pero apelotonados no, apelotonados somos acríticos, estúpidos, carne de infección. Solo esto explica la propagación de la corrupción, del compadreo, del nepotismo, y que gente que se considera a sí misma honrada sea capaz de robar con total desvergüenza.

Para combatir la gripe, más que abrigarse, que sirve de poco o de nada, hay que mantener una higiene exquisita y, desde luego, alejarse como de la peste de quienes ya están infectados.

Pues eso.

martes, 29 de enero de 2013

París gay


El sábado estuve en una manifestación a favor del matrimonio gay en París. No, mi vocación solidaria no llega a tanto como para desplazarme hasta orillas del Sena para apoyar una reivindicación: si estaba allí era para comer ostras y foie en La Coupole y para ver la exposición de Bilal en el Louvre (sí, Bilal, el de los tebeos; sí, el Louvre de la Gioconda y los leones alados).

Pero al pasar por el boulevard St Germain y ver la riada humana y las banderas multicolores, me apunté: siempre es agradable tomar, aunque sea por un rato, el centro de una de las calles más hermosas del mundo y disfrutar de la vieja ciudad mientras caminas rodeado de gente que pide, en el idioma que sea, que le dejen hacer lo que le dé la gana.

La polémica es siempre la misma: la iglesia católica francesa (aunque no tiene ni mucho menos el poder que la española, existe), se niega a que los gays se casen y puedan adoptar hijos. Hacen hincapié en la cosa de los hijos diciendo que, faltando la parte maternal o paternal, algo falta. Lo falaz del argumento hace hasta ridículo comentarlo, pero lo voy a hacer, por no callar.

En primer lugar, es una simplificación estúpida asignar papeles a los sexos, como si el carácter dependiese de si te cuelga algo o no. La fortaleza no es exclusiva de un sexo u otro, ni la ternura, ni la sensibilidad, ni la inteligencia. Quien piense así es que tiene pocos amigos y debería hacérselo mirar.

En segundo lugar, nunca he visto a la iglesia católica pedir que castren a los malos o que esterilicen a los canallas. No les importa que la gentuza más despreciable del mundo tenga hijos. No les importa que los niños vivan en un ambiente de pobreza extrema, ni de explotación, ignorancia, o maltratos. Nunca he visto que estén por prohibir que los padres inadecuados se reproduzcan. Tampoco recuerdo que hayan inhabilitado a los viudos/as para la crianza de sus hijos. Lo único que les preocupa es que los niños tengan un papá con pene y una mamá con vagina. La razón se me escapa, pero una obsesión así me suena sucia, muy sucia.

El derecho de los niños a criarse en un ambiente decente es un derecho extraordinariamente complejo, porque choca con el de los padres (para mí a todas luces secundario) a educarlos. Pero centrar el debate en torno a los atributos sexuales de quienes les van a criar dice muy poco de la mirada de quienes lo hacen.

Ahora bien: si pensamos que, quienes lo hacen, están aleccionados por unos tipos que visten como Nosferatu y han renunciado a su propia sexualidad, todo se explica. 

O no, porque no es fácil entender por qué alguien que ve tanta suciedad en el sexo se empeña en que los niños se desarrollen rodeados de dos, pudiendo hacerlo en compañía de solo uno...



















sábado, 27 de octubre de 2012

La plaga


Últimamente he leído algo sobre ecología, medio ambiente, sostenibilidad y ese tipo de cosas. Los datos apuntan a que estamos al borde del desastre, si es que no lo estamos ya. Los más optimistas creen que con algunos cambios en la forma de consumir occidental podríamos aún salvar lo que queda y dejar en herencia a las siguientes generaciones un planeta habitable. Otros, los más pesimistas, puede que los más realistas, defienden la necesidad de cambiar radicalmente un modo de vida basado en el crecimiento sin fin, la extracción ilimitada, el consumo desaforado...

Lo que hacemos mal está claro: no cerramos los ciclos; nos empeñamos en trasladarnos a toda velocidad; consumimos productos del otro lado del planeta; no tenemos en cuenta los costes de reposición; despreciamos el entorno y, además, hacemos todo esto explotando a otros.

Si, en general, el acuerdo es casi total en el diagnóstico. Por eso me ha sorprendido que tanto unos como otros no traten el mayor problema medioambiental de todos: la especie humana.

Somos muchos. Es cierto que un porcentaje no muy grande de la humanidad es el responsable de la mayor parte del consumo, pero, en cualquier caso, somos muchos, y el ritmo de crecimiento es escandaloso. Por mucho que volviésemos a formas de vida más austeras y en equilibrio con el medio, un crecimiento exponencial como el que experimenta la población no puede ser ilimitado. Ya lo dijo Malthus y, aunque los creyentes en los poderes de la ciencia piensen que ya vendrá alguien e inventará algo, lo cierto es que, de seguir así, no podremos ni movernos.

El problema es complicado. Si no limitamos la natalidad, el mundo en su totalidad se parecerá a la playa de Benidorm en agosto. Y si la limitamos, veremos cómo la población envejece más y más y cómo el planeta, en poco tiempo, se convierte en un inmenso geriátrico.

Sin contar con la salida fácil de una guerra devastadora, llamar solución a esto sería como pensar que se resuelve el problema de la educación exterminando a los niños, hay una tercera vía muy en consonancia con las propuestas de los ecologistas más concienciados, aunque raramente la expliciten: volver a lo de antes. Lo de antes era vivir menos. Lo de antes era no poder contar con tacs ni resonancias ni cirugías láser. Lo de antes era no disponer de antibióticos. Hace no tanto tiempo la mortalidad infantil era tremenda, y la gente se moría a cualquier edad por una gripe.

El aumento de la población es el efecto combinado de la disminución de la mortalidad infantil y del retraso de la muerte. No limitar la natalidad es un suicidio, pero limitarla sin limitar también los años de vida de la población es otro suicidio.

Una de las peores consecuencias de la crisis económica es que lo urgente se ha impuesto a lo realmente importante y nos ha hecho olvidar que estamos al borde del desastre. Los problemas medioambientales y el problema demográfico (dos aspectos de la misma cosa en realidad) siguen ahí, no se han ido para dejarle el espacio a la prima de riesgo, aunque así sea en las portadas de los periódicos.

Yo no veo solución. Se trata de problemas irresolubles por incumbir a dos planos casi incompatibles de la existencia: el de lo individual y el de lo colectivo. Desde este último, la única salida es que los humanos vivamos menos y peor, pero esto resulta muy poco apetecible desde un punto de vista individual. Llevamos intentando reconciliar estas dos perspectivas desde que nos descubrimos un yo, pero con bastante poco éxito, la verdad.

Quizá no haya solución. Quizá seamos, desde el punto de vista evolutivo, un callejón sin salida.

Se admiten propuestas.

martes, 23 de octubre de 2012

El Mar de Barceló


El verano pasado he estado en Ginebra y he visto, en el techo de la sala XX del Palacio de las Naciones, El mar de Barceló. Es hermoso, magnifico, hasta diría que grandioso. Como es el mar. Hacía tiempo que una experiencia estética no me emocionaba así. Mientras contemplaba ese mar al revés que Barceló pintó con rasgos de cueva, un guía se empeñaba en desgranar los detalles del encargo y la consiguiente polémica y de dar datos y nombres. Yo, arrodillado y mirando la cúpula, daba al aire manotazos imaginarios para espantar sus palabras y poder experimentar con tranquilidad esa mezcla de admiración y envidia que se siente ante la genialidad.

Ahora, pasados dos meses, recuerdo que las palabras del guía explicaban lo que costó que la sala XX del Palacio de las Naciones de Ginebra se llame “de los Derechos Humanos y de la Alianza de Civilizaciones”. A muchos la cifra les escandaliza. Yo, sin embargo, cada vez estoy más convencido de que no hay dinero mejor gastado que el invertido en el placer y la belleza.

A fin de cuentas, no nos queda nada más.



jueves, 18 de octubre de 2012

No sé si son egoístas o imbéciles


Me preocupa de veras la distinción. Un egoísta tiene intereses particulares que antepone a los intereses del colectivo. Un egoísta es uno que va a los suyo. Puede hacer daño, pero no es su objetivo. Y si te topas con uno, puedes negociar con él. Su objetivo no está en contradicción con el tuyo. Puede ser injusto, pero no tiene por qué oponerse a tus derechos ni deseos. No necesariamente.

Otra cosa es el imbécil: el imbécil es destructivo. No le guía la razón, sino la sinrazón, el absurdo. Guiado por celos, prejuicios y dogmas, el imbécil intenta que el mundo se acomode a todo ello, aunque no redunde necesariamente en su beneficio. El imbécil no tiene por qué ser iletrado. Por el contrario, puede ser ilustrado y de buena familia. Entonces utilizará su formación para justificar su imbecilidad.

De este tipo son los tipos y tipas que nos mandan. Son completamente imbéciles. Se creen los reyes y reinas de los mares, pero lo cierto es que son unos pringados que, incapaces de medrar en ámbitos más lucrativos, han accedido a la política como única forma de lograr protagonismo. No hay más que escucharles. Entonces, uno cree estar oyendo el guión de un personaje caricaturesco. Lo malo es que el habla no es Martínez el Facha, por ejemplo, sino el ministro de educación, por ejemplo.

Tras la escucha, uno no da crédito, porque nos habíamos creído lo de la transición, todo eso de que nos habíamos reconciliado y de que habíamos superado las diferencias de las dos Españas y…

Mierda. Ni transición ni nada. En Alemania los nazis perdieron (aunque ahora parezca que siguen a los mandos). En Italia los fascistas perdieron (aunque ganaron los mafiosos, que viene a ser lo mismo). En España no. En España nos quisieron convencer de que la reconciliación eras posible, cuando resulta que los muertos de unos están en panteones mientras que los otros están en las cunetas. Pero tragamos, tragamos porque, así nos lo dijeron, solo así superaríamos las diferencias. Pero no fue verdad. Los de los panteones han seguido mandando mientras que los otros, los de los muertos en las cunetas, se han empobrecido más y más.

Sin embargo, insisto: los que mandan no son egoístas. Entonces lo entendería. Lo terrible es que, los que mandan, son imbéciles, porque ni siquiera son capaces de generar riqueza para ellos mismos. Nos están hundiendo en la miseria a todos, a sus bancos, a sus empresas y, de paso, a todos los demás.

No, qué va, no son imbéciles: son idiotas. 

jueves, 31 de mayo de 2012

Krahe


A Krahe le quieren empurar por un vídeo que hizo hace más de tres décadas en el que se reía de la resurrección de Cristo metiendo un crucifijo, previamente untado de mantequilla, en un horno de cocina del que salía, por sí mismo, tres días después, como dios manda.

Yo entiendo que haya gente que se sienta ofendida por esto. Para ellos Cristo es el atleta máximo, el jefe, el gurú, el líder. Vale. En mi modesta opinión, y aceptando el personaje que describe el evangelio, lo que sabemos de sus opiniones no da ni para aprendiz de filósofo, pero esto es una opinión personal. Como todas.

Y aquí está el asunto: en mi opinión, la religión cristiana es, en general, una simpleza, y el dogma católico, en particular, un completo absurdo. Yo, por lo general, de las simplezas y de los absurdos, me río. Pero parece que la ley prohíbe reírse de ciertos absurdos y de ciertas simplezas.

Esto es la ostia, con perdón: por lo que parece, ellos pueden condenarme al infierno eterno, pueden decir públicamente que soy un degenerado, un vicioso, un amoral, una aberración de la naturaleza, alguien que merece la mayor de las penas y yo, sin embargo, debo tomármelo deportivamente por aquello de la libertad de expresión. Pero si yo me río de lo que a mí, personal e intransferiblemente, me parecen absurdeces y ridiculeces, resulta que puedo acabar procesado, multado y quién sabe qué más.

No estamos hablando de Krahe, estamos hablando de la libertad de reírnos del mundo. Ahora mismo, y lo digo en serio, siento que la libertad más importante, es la de poder reírnos de quien nos de la gana. Por eso, por mor de dicha libertad, y aunque suponga incurrir en delito, tengo que decir en este momento que nada me parece más risible, absurdo, contradictorio, ajeno y tonto del haba que la religión católica.

Ya está dicho. Quizá quede decir qué quiero: quiero que exculpen a Krahe, quiero que le dejen tranquilo, y por varias razones: por amor a la justicia (si existe), por la libertad (si queda), y porque me cae bien (jooooder). Y que la libertad de decir lo que uno quiera no sea solo de quienes tienen los recursos para pagar televisiones y partidos políticos.

Que Krahe esté procesado por lo que está procesado es una vergüenza que me hace sentir vergüenza de ser español, lo cual añado ahora que algunos/as están haciendo campaña por el trapo rojigualdo como si nos fuese la vida en ello.

Como decía el poeta, país de paletos…




sábado, 26 de mayo de 2012

No soy yo quien les importa


¿Qué es lo contrario de prohibir? Para los católicos, para la derecha recalcitrante, para los reaccionarios, para los miedosos en general, lo contrario de prohibir es imponer, porque están tan acostumbrados a la obligación, a recibir las instrucciones de fuera, de sus textos, de sus sacerdotes y jefes, que no conciben que el otro, el que no comparte sus creencias, quizá no quiera negarle nada ni imponerle nada sino, simplemente, vivir a su aire y que los demás hagan lo mismo.

No, lo contrario de prohibir no es imponer. En realidad, ambas cosas son la misma cosa. Lo contrario de prohibir es permitir, y esto es lo que no entienden quienes piensan que estás con ellos o contra ellos, cuando lo más normal es que los demás no estemos ni con ellos ni contra ellos sino que, sencillamente, nos resulten indiferentes.

Hay muchos ejemplos, pero el de la familia cristiana es particularmente extraño. Se empeñan en defender la familia porque dicen que está siendo atacada, que está en peligro. No lo entiendo. ¿No montar una familia cristiana es atacar a la familia cristiana? ¿Alguien les prohíbe que se casen, tengan hijos, se pongan guapos y vayan juntos a misa los domingos? No, claro que no. Pero el hecho de que haya leyes que permiten que otros se organicen la vida de otra amanera para ellos es un ataque. ¿Y por qué?

Tras pensar en el asunto, creo que he dado con el quid de la cuestión, y es que siempre me planteo estas cuestiones desde un punto de vista equivocado, posiblemente por mi acusado egocentrismo. Tiendo a pensar que ellos intentan imponerme a mí su modelo, que intentan prohibirme a mí que viva según me plazca y, claro, nunca he entendido por qué les importaba yo tanto. Pero al pensar en el asunto este de la familia, de pronto lo he visto claro: no es a mí a quien quieren prohibirme cosas, sino a sus parejas, a sus hijos, a sus amigos. Lo que les da un miedo terrible es que la ley permita a su mujer coger la maleta y largarse. Lo que no pueden soportar es que la ley permita que su hijo coja y se haga pareja de hecho de su amigo. Lo que no quieren es que su hija del alma aprenda a comprar condones y a hacer con su sexo lo que la venga en gana, incluido abortar si la gomita se rompe. Lo que no quieren es que sus amigos puedan divorciarse, salir del armario o declararse ateos. Lo que no quieren, en suma, es que ese mundo tan maravilloso del que, sorprendentemente, tanta gente se sale, se desmorone por culpa de unas leyes que, en vez de prohibir, que es lo que tienen que hacer las leyes, permiten hacer todas esas cosas nefandas.

La verdad es que ahora que me he dado cuenta de que yo no soy más que un daño colateral de la cruzada de todos estos cobardes contra la libertad de su propia gente me siento mucho más tranquilo.  

miércoles, 23 de mayo de 2012

Absurdo


La verdadera sabiduría no es más que una: todo es absurdo. Cuando llegas a esa verdad parece imposible no haber llegado antes, y que no hayan hecho lo propio los demás y todos aquellos que nos precedieron. Pero tiene sentido, porque, aunque creamos en el sinsentido, secretamente creemos en otros sentidos, no metafísicos pero igualmente falsos, como el que proporciona el arte, el conocimiento o la lucha solidaria.

Pero todas esas alternativas en realidad no lo son. Nos ofrecen formas de vivir, de olvidar el sinsentido, es verdad, pero nada más. Son técnicas de enajenación. Valoradas socialmente, es verdad, pero en nada esencialmente distintas al opio.

Los románticos hicieron del arte su religión. Ahí tenemos el gran ejemplo. Incapaces de renunciar a lo que habían descubierto falso, se inventaron un sustituto. Es la nostalgia del absoluto, que cada uno llena con lo que tiene más a mano. Dios, el yo, el arte, la historia, la clase obrera, todas son formas de lo mismo: entidades superiores, ajenas a la corrupción, inmortales.

Pero nada es inmortal. Todo es, incluidas las consciencias, mortal. En realidad, el propio concepto de vida y, por tanto, el de muerte, se diluyen cuando pensamos en moléculas y procesos metabólicos, pues no son, a fin de cuentas, más que átomos cayendo por la pendiente de las fuerzas físicas.   

La ciencia…, sí, para muchos la ciencia es la nueva y definitiva religión. No lo es, por supuesto, no es una religión, no es tan absurda, pero también es verdad que muchos la viven como si lo fuese, porque creen en ella, cuando la ciencia no establece dogmas en los que haya que creer, sino hipótesis de búsqueda que, una y otra vez, nos alejan de cualquier sentido. Por lo que sabemos, el universo no es moral, ni finalista, ni progresivo, ni siquiera lógico, al menos humanamente lógico.

La única cuestión relevante que nos podemos plantear, ya lo dijo Camus, es si seguir viviendo o no. La respuesta depende tan solo del grado de sufrimiento: si este es soportable, puede merecer la pena aguantar para después, quizá, disfrutar de algunos placeres. Si el sufrimiento es insoportable, para qué seguir, lo cual es una perogrullada porque, si es insoportable…

Hoy he oído en la televisión un diálogo magistral. Yo lo transcribo, pero hay que oírlo  para entenderlo:

-         ¿Qué soy?
-         Lunes.

domingo, 11 de marzo de 2012

Ya sabemos lo último que ha hecho Moebius

Morirse. Eso es lo último que ha hecho y, además, de ahora para siempre. Ya no habrá otro Blueberry, Arzak,  Edena, Incal, Garaje Hermético ni Inside. Punto huevo. Ya no habrá nuevas aventuras del Mayor. Se acabó. El mundo es un poco más miserable que ayer, y ya es decir. Para no ponerse melancólico. Mierda.






jueves, 8 de marzo de 2012

Turbia y fresca

Ayer tuve una experiencia peculiar: leí las últimas páginas de Rojo y Negro mientras escuchaba a Paco Ibáñez.  La cosa es que experimenté ese romanticismo que, por otra parte, cada vez siento más lejos, y que lo viví con intensidad, con plenitud. Las últimas reflexiones de Julián Sorel y su tétrico final se mezclaron con los versos cantados de Paco y, tras semanas de trivialidad, mis emociones intelectuales volvieron a dispararse.

Luego vino la reflexión. Decir que Rojo y Negro es una obra maestra no aporta nada nuevo. Tampoco es un descubrimiento hablar de lo que supuso Paco Ibáñez en cierta época de la historia de España. Pero el estado en el que entré me hizo pensar en la realidad de las sensaciones, es decir, en la existencia de referentes reales de las sensaciones que experimentaba.

La colección de poemas que Ibáñez cantó hace ya un montón de años en el Olimpia de París es espectacular: esto tampoco es nuevo: el tipo tiró del acervo cultural de una de las lenguas con más literatura de la historia, y supo elegir. Hasta aquí todo perfecto. Pero la cosa es que, escuchando las letras de autores tan dispares en lo estilístico y hasta en lo temporal como Góngora, Lorca, Celaya o Goytisolo, uno acaba por percibir un perfil, una imagen de una España, de un pueblo, de un sentimiento colectivo. Lo  más acojonante es que esa imagen resulta profundamente hermosa.

Como no creo en pueblos ni en sus espíritus, ni en folkgeist ni en zeitgeist, y menos en las cosas espontáneamente hermosas, cuando muerden mis carnes estas emociones presuntamente colectivas, me pongo muy, pero que muy nervioso, y empiezo a darle vueltas.

La cosa es que ayer lo entendí y, al entenderlo, me sentí listo y tonto a la vez. Listo por entenderlo y tonto por haber tardado una vida en hacerlo. Resulta que nos encontramos de nuevo ante el hechizo del lenguaje.
Si hay un poema político impresionante es España en marcha de Celaya:

Nosotros somos quien somos.
¡Basta de Historia y de cuentos!
¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos.


Ni vivimos del pasado,
ni damos cuerda al recuerdo.
Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.


Somos el ser que se crece.
Somos un río derecho.
Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.


Somos bárbaros, sencillos.
Somos a muerte lo ibero
que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero.


De cuanto fue nos nutrimos,
transformándonos crecemos
y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto.


¡A la calle! que ya es hora
de pasearnos a cuerpo
y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.


No reniego de mi origen
pero digo que seremos
mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo.


Españoles con futuro
y españoles que, por serlo,
aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno.


Recuerdo nuestros errores
con mala saña y buen viento.
Ira y luz, padre de España, vuelvo a arrancarte del sueño.


Vuelvo a decirte quién eres.
Vuelvo a pensarte, suspenso.
Vuelvo a luchar como importa y a empezar por lo que empiezo.


No quiero justificarte
como haría un leguleyo,
Quisiera ser un poeta y escribir tu primer verso.


España mía, combate
que atormentas mis adentros,
para salvarme y salvarte, con amor te deletreo.

Impresionante, en especial porque te hace creer en lo que dice, te hace sentir que existe ese pueblo íbero que aún no se ha mostrado “puro, entero y verdadero”, y te hace partícipe de un algo colectivo que, así cantado y así descrito, es merecedor de ser cantado y de ser seguido.

Yo, escéptico, siempre me he sentido pequeño ante estos poemas que hablan de algo que se me escapa, de algo que, sintiéndolo ajeno, me resultaba envidiable y hermoso. El poeta siempre ha sido, así me lo contaron y así lo creí, poseedor de una sensibilidad especial que sabía captar la esencia de la realidad y sintetizarla en un puñado de versos.

Pero no, no es así. Los españoles nunca hemos sido “turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos”, que va. Lo que sí es cierto es que nos hubiese gustado serlo, y eso es lo que supo ver el poeta. El poeta no habla de la realidad, no la sintetiza, no captura su esencia, que va. Lo que sintetiza son los sueños, los deseos, las voluntades que bullen en el ambiente. El poeta sabe decirle a la gente lo que esta quiere oír. Dicho de otro modo: el poeta no describe la realidad: la inventa. De lo atractivo que resulte su invento al colectivo al que van dirigidos sus versos dependerá su éxito, pero no de su realidad. El invento poético no tiene por qué ser cierto, ni real, ni posible, ni futurible. Tan solo debe ser deseable, promisorio, esperanzador. El poeta ofrece espejos en los que mirarse, proyectos, utopías, sueños, o pesadillas, pero ficciones, inventos, otros mundos. El poeta es, como indica su etimología, un creador.

Ayer, al entender todo esto, experimenté sentimientos encontrados. Es gratificante entender, pero descubrir que los sueños, sueños son, siempre tiene su punto agridulce. También me ha hecho algo de daño entender, por fin, por qué soy tan mal poeta: nunca he intentado inventar la realidad, solo revelarla.

¿Y Rojo y Negro? Bueno, esto merece mención a parte: qué pasada...

domingo, 12 de febrero de 2012

Resabios místicos


Leyendo lo cerca que creía Schopenhauer que estaba el arte de la verdad, recuerdo lo que me costó quitarme de encima precisamente ese prejuicio, el de considerar al arte algo especial e indefinible que estaba de alguna manera por encima del mundo de las cosas. Y es que resabios místicos quedan mucho después de haber neutralizado las creencias más evidentemente supersticiosas. Uno puede dejar de creer en dios con cierta facilidad, pero el aliento místico permanece en la creencia en el yo, en el carácter taumatúrgico del arte, en el seguro devenir del progreso, o en la objetividad de lo real.

Sea sustitución de unos ídolos por otros, o nuevos ropajes para los mismos instintos, la cuestión es que el estado de lucidez solo se alcanza tras haberse desembarazado de un buen montón de cosas, y no solo de los santos y vírgenes de escayola. El pensamiento supersticioso está detrás de toda creencia en destinos futuros, mundos espirituales y leyes inmutables. En suma, en todo pensamiento que nos considere algo más que barro pensante.

El pensamiento supersticioso es el que nos hace identificar las palabras con las cosas, los mapas con los territorios, las fórmulas de la física con la realidad y, en general, el mundo de los fenómenos con otros de símbolos que inventamos para pronto olvidarnos que lo hemos hecho.

Las más preciosas creaciones humanas, el arte y la ciencia, se convierten en basura si las hacemos religión.

IQ - Closer


viernes, 10 de febrero de 2012

Placer silencioso


La complejidad del mundo frente a la pequeñez de los cerebros obliga a que estos, al tratar con lo de fuera, lo discreticen, lo esquematicen, y acaben creando símbolos.

El lenguaje humano hereda esa forma de ver el mundo como una colección de categorías que actúan como metáforas. Algunas de esas categorías captan lo que parecen regularidades, que pasan a formar parte de la matemática. Y la física, volviendo su mirada al mundo, intenta elaborar la más precisa de las metáforas, y tiene tanto éxito que tendemos a identificar sus ecuaciones con la realidad, a confundir el mapa con el territorio, o a ver en dichas leyes algo así como el software del universo.

Pero las leyes físicas no son la realidad. Son las reglas de un juego que imita hasta cierto punto el mundo de los fenómenos el cual, sin embargo, funciona perfectamente sin necesidad de símbolos.

Incluso Einstein, o quizá él más que nadie, cayó en el tonto y hegeliano principio de creer que el universo es racional. Pero decir de algo que es racional es decir que se adecua a lo que nuestra razón es capaz de manejar, y eso es decir demasiado, porque nuestra razón es el producto de la experiencia humana en su devenir por la minúscula parcela de espacio-tiempo que nos ha tocado en suerte. Pensar que todo lo demás, que el universo en toda su inimaginable extensión a través de las dimensiones se ajusta a las cuatro reglas que hemos desarrollado como especie para sobrevivir en la sabana no solo está injustificado, sino que es ridículo.

Pero no tenemos por qué pensar mejor de otras formas de conocimiento, como la intuición o las emociones. Todas son distintas formas de experiencia cristalizada, de saber empírico acumulado, de trucos que se han mostrado útiles en el pasado y que almacenamos, de una manera o de otra, en el bagaje hereditario de la especie. Pero ni las emociones ni la intuiciòn tienen por qué servirnos de nada a la hora de entender el comportamiento de los quarks. ¿Por qué debereian de servirnos? ¿Acaso tiene algo que ver el ambiente en el que se desarrollaron con lo que pretendemos explicar?

En otras ocasones ya he hablado de los límites de la razón. Y, como entonces, quiero dejar claro que no pretendo hacer romántica renuncia a su uso. Es casi lo único que tenemos para enfrentarnos a la realidad. Pero confiar excesivamente en sus poderes puede llevarnos a la falsa ilusión de que podemos acabar entendiendo el cosmos, cuando puede que de cosmos no tenga nada.

Si insisto en el tema es porque el descubrimiento de la insuficiencia de la razón es uno de los motivos más de mi melancolía. Cuando uno huye escandalizado de la realidad cercana, del mundo de las noticias, con sus absurdos, sus corrupciones y su caos, el ejercicios de la razón parece ofrecer un refugio, un lugar en el que deleitarse con el juego de los conceptos. Y es así. Pero este juego con frecuencia nos lleva a engaño, a la presunción de creer que un día podremos volver a la realidad armados de nuestra razón y restaurar el orden perdido.   

Pero ni existió nunca ese orden, ni posiblemente lo vaya a haber, ni la razón tiene poder alguno más que ese de servir de placer para silenciosos en un mundo de ruido.