martes, 19 de febrero de 2019

Noche y el Profesor: Nueva ubicación

He decido cambiar el formato de los diálogos entre Noche y el profesor y subirlos directamente a un blog de su exclusiva propiedad.  

Esta es su nueva dirección:

https://nocheyelprofesor.blogspot.com/

La luna también puede guiaros.

Espero veros por allí.

Alberto.

jueves, 10 de enero de 2019

Ragtime

1902


1908

domingo, 16 de diciembre de 2018

En busca del tiempo perdido, de Proust

Marcel Proust en busca del tiempo perdido alianza ed..jpgTerminé hace unas semanas de leer En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, pero me ha costado sacar las conclusiones generales acerca la obra por culpa de la perplejidad que me ha producido, aunque lo cierto es que las conclusiones las tengo claras. 

Proust hace pasar a su personaje por las tres edades. El Marcel niño es encantador: sensible, observador, delicado, inteligente. Luego crece y se convierte en un joven idiotizado por el sexo primero y por los celos después. Cuando por fin se hace mayor, toma conciencia de la inutilidad de su vida y busca desesperadamente la salvación en el arte, en la literatura que siempre acarició pero que nunca tuvo la voluntad o la disciplina de abrazar. Se pone a ello, e intenta rescatar el tiempo que se fue, el tiempo que pasó en fiestas absurdas, buscando destilar fragmentos de tiempo puro mediante la identificación de personajes y situaciones que se repiten, buscando arquetipos que congelen el tiempo y le ayuden de alguna manera a escapar de la muerte. Ese es el eje que recorre toda la obra, la simetría entre la relación de Swann y Odette y la suya propia con Albertina.  

No entiendo el tratamiento de la homosexualidad. Entiendo que no pudiese o no se atreviese a reconocer que él era homosexual, pero no puedo comprender que le dedicase cientos de páginas a denigrar sus propias prácticas sexuales, llegando a inventarse todo tipo de barbaridades acerca del pobre Charlus. ¿Te escondes insultando y criminalizando a los que son como tú? No lo entiendo.

Personalmente, la lectura me ha resultado compleja. Con momentos de muchísimo placer, sobre todo en los dos primeros volúmenes, también he vivido el tedio de esas fiestas que parecían dilatarse hasta el infinito en su tontería; el desprecio del personaje por su actitud machista y profundamente egoísta en sus relaciones con las mujeres y, en general, con Albertina; el rechazo ante la misoginia y la homofobia de los relatos de las vidas de Charlus y Saint-Loup; y, finalmente, en el último volumen, la profunda tristeza de ver una mente extraordinaria enfrentada desesperadamente a la muerte.

Más allá del relato histórico y social, En busca del tiempo perdido es el relato de un fracaso vital, de una vida tirada a la basura. Como todas, por otra parte.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Historia reciente de la verdad, de Roberto Blatt.


Resultado de imagen de <i>Historia reciente de la verdad</i>, de Roberto Blatt.El objetivo del libro es contar cómo se ha pasado del realismo decimonónico a esta sociedad de verdades múltiples y posverdades. La verdad de la que habla es de la verdad construida por los medios de comunicación, en principio una verdad presuntamente objetiva y única (construida a partir de la imprenta, del daguerrotipo, de los periódicos) pero que, poco a poco, se ha ido convirtiendo en múltiple y optativa. Quizá la idea más interesante es que las nuevas tecnologías y, en concreto, las redes sociales, nos permiten elegir nuestras verdades. Al hacerlo, al elegir aquello que queremos oír, construimos esferas de verdad en las que nos encerramos como individuos o como miembros de tribus.

El autor, para terminar, considera que “sería prudente que los seres humanos restableciéramos unos principios realistas básicos compartidos acerca de la verdad”. 
Casi nada.

sábado, 8 de diciembre de 2018

El aroma del tiempo, de Byung-Chul Han


Resultado de imagen de el aroma del tiempoDos ideas recorren el libro de Han: no es tanto que el tiempo esté acelerado, como que está atomizado, carece de narración y, por tanto de sentido, lo que hace que todos los momentos sean iguales y que el tiempo se desboque en todas direcciones.

Por eso, y es la segunda idea, hay que darle aroma al tiempo, pero esto no se consigue estando ocupado, no se consigue trabajando, porque la ocupación consume tiempo. Se logra con la vida contemplativa, la única que en su demora concede tiempo.

Estoy de acuerdo: en cuanto más absorbente es una actividad, sea trabajo o no, más rápido pasa el tiempo, menos conscientes somos de su transcurso. Por su parte, la alternativa, a saber, no hacer, demorarse en la contemplación, si bien permite recuperar el aroma del tiempo, también exige cierto abandono del yo. Es decir, o consumimos el tiempo, o lo estiramos a costa de ser un poco menos.  

viernes, 7 de diciembre de 2018

El mundo feliz, de Luisgé Martín


EL MUNDO FELIZEl autor lee Un mundo feliz de Huxley y no le parece mal. Si aceptamos como objetivo la felicidad, la pregunta entonces es: ¿a qué se debe renunciar para conseguir un mundo feliz?

Para responder a esta pregunta revisa la influencia de los mitos humanistas de la libertad, la igualdad y la fraternidad con la idea en mente de que solo son interesantes si ayudan al objetivo de ser felices.
Sobre la libertad concluye que es una ilusión necesaria, como decía Borges. De la igualdad, que es imposible por culpa de la fealdad, la enfermedad, el desamor, la mentecatería, la locura… Y de la fraternidad, que es más fácil amar a la humanidad en general que al vecino, como dijo Hobsbawn.

Una pregunta clave es ¿habría escrito Shakespeare sus obras si no existiera la infelicidad? La respuesta es no, pero entonces surge una pregunta aún más interesante: ¿alguien lamentaría la pérdida de dichas obras?

La idea central del libro es que, frente a la idea de Rousseau de que es la sociedad la fuente de los males humanos, está más encaminada la de Hobbes que dice que el mal está en el hombre, y pone como ejemplo la asimetría de juicio que se da cuando juzgamos los mismos actos en los demás y en nosotros mismos.

Hasta aquí no puedo estar más de acuerdo. De hecho, me ha sorprendido la coincidencia en casi todos los argumentos anteriores, pese a no pertenecer al mainsteam.

Sin embargo, no puedo estar de acuerdo con sus conclusiones, cosa que, por cierto, me ha aliviado. 
Su conclusión es clara: la única solución es modificar naturaleza humana, cosa podremos lograr próximamente gracias a la tecnología. Si no estoy de acuerdo es porque sospecho que antes llegarán los listos, se apropiarán de la tecnología y nos exterminarán. Y no creo que exagere.


Pese a lo dicho, este libro es de esos libros que a mí me hubiese gustado escribir.

sábado, 27 de octubre de 2018

Aquello que me irrita I

Hoy doy inicio a una serie de entradas en la que pretendo enunciar aquellas cosas y personas que me irritan particularmente. Al principio la idea era escribir un texto al respecto, pero visto el enorme tamaño de la enumeración me he decidido por desgranarlo en toda una serie.

1. Me irritan profundamente aquellos seres humanos, políticos o no, que dicen cosas del estilo de:
·        Todo el mundo piensa que...
·        La mayoría de la gente quiere que...
·        El sentido común dice que...
·        La gente de bien piensa que...

¿Que por qué?
·        Porque es una profunda idiotez pensar que un colectivo de millones de personas tiene pensamientos comunes.
·        Porque es insultante que alguien, por lo general un idiota, se erija como portavoz de todos. 
·        Porque es fascista manipular a la opinión pública para dejarnos fuera de la normalidad a los que pensamos distinto.
·        Porque es intolerable que dirigentes políticos desprecien de esta manera a buena parte de la gente que les paga el sueldo.
·        Porque no es verdad, y lo saben.

martes, 17 de julio de 2018

El paseo de Chagall

Vi hace unos días este cuadro en la exposición Chagall. Los años decisivos, 1911-1919  en el Guggenheim de Bilbao. 


En la pintura vemos a una pareja que ha ido de paseo a las afueras del pueblo. En el suelo, la mantita con el vino. De pie, el hombre, Marc, mira feliz a cámara con el brazo izquierdo levantado y la palma de su mano hacia arriba. Ella, Bella, se apoya su palma en la de él para flotar, para bailar en el aire.

Me ha encantado el detalle de las manos, porque la imagen, conocida, siempre la interpreté con cierta tensión, porque veía que la mujer podría volar, seguir ascendiendo como un globo de hidrógeno y que era él, sujetando su mano, quien lo impedía. Veía felicidad, el cuadro en esto es obvio, pero también veía a un hombre-tierra sujetando a una mujer-aire.

Pero no: en el cuadro de Chagall no hay sujeción ni amarre: tan solo muestra a un hombre feliz y a una mujer que vuela mientras juntan las palmas de sus manos.

miércoles, 11 de julio de 2018

Por el camino de Swann


Resultado de imagen de por el camino de swann alianza editorialAcabo de terminar de leer Por el camino de Swann, primer volumen de En busca del tiempo perdido, de Proust. Hay lecturas que olvidas y otras que te acompañan toda la vida. Pero aun entre estas últimas cabe muchos distingos: están las de iniciación y las reveladoras; están las que pusieron nombre a emociones apenas intuidas; están las que aportaron frases, imágenes, argumentos fundacionales; están las que me hicieron feliz y las que me ayudaron a aguantar; están las que me motivaron a ser y las que me avisaron de los peligros de ser demasiado; están las que me hicieron soñar. Pero aun entre todas estas cabe distinguir un puñado que lograron algo más, algo increíble, extraordinario: hacerme creer que no estaba solo.

Al leer Por el camino de Swann desde el otro lado de la vida me he dado cuenta de que en aquellos tiempos me enamoré del pequeño Marcel, pero no de Swann. Hoy, sin embargo, he visto en Swann un camarada, posiblemente un amigo. Y he entendido al narrador que revisa melancólicamente su existencia, que desgrana con minuciosidad de orfebre o cirujano sus recuerdos en un intento patético de comprender y de fijar, de capturar  aquellos tiempos en palabras y frases.

Hace treinta seis años, al leer sobre ese niño bien que lo miraba todo con un detalle enfermizo y que sufría cada uno de los instantes de los días que preveía que su madre no iba a darle el beso de buenas noches, supe que no estaba solo. Hoy, al leer las penas de Swann, me asombro de lo poco que aprendí de su lectura y me lamento de los dolores que me hubiese evitado si hubiese leído su historia como si fuese un manual para la vida o si, mejor aún, le hubiese tenido como amigo.

martes, 19 de junio de 2018

El fútbol, los centros comerciales y los programas de cotilleo


El fútbol tiene muchos valores: proporciona un tema de conversación común a un porcentaje enorme de la población, cercano al cincuenta por ciento, diría yo; canaliza la ancestral emoción de pertenencia a un grupo; permite experimentar la pasión del combate y, a veces, la de la victoria, aunque sea de modo vicario; y es asequible a todo el mundo: su complejidad no excluye a nadie. En resumen: lo tiene todo para triunfar.

Los centros comerciales son sitios geniales: en ellos hace fresco en verano, calor en invierno y jamás llueve; favorecen la socialización; canaliza los instintos básicos de la caza a través de las compras; y posibilitan el sueño de cualquier mamífero carnívoro: la fácil ingesta de proteínas mezcladas con grandes cantidades de grasa.

Los programas de cotilleo son altamente informativos: dicen cómo visten, viajan, se divierten y se relacionan los que saben, que son los ricos y famosos. Sin necesidad de tediosas jornadas de cotilleo, tan preciada información fluye de unas clases a otras, de unos poderes adquisitivos a otros. Lo que hubiesen dado los aldeanos y aldeanas de la Edad Media por saber cómo se lo montaban los amos en el interior de sus castillos. Ahora basta poner la televisión para enterarse.

Supongo que estaréis esperando que redondee el sarcasmo, pero no lo voy a hacer: todo lo anterior es rigurosamente cierto. Si a mí el fútbol, los centros comerciales y el cotilleo televisivo me aburren es porque soy una anomalía: mis placeres suelen implicar esfuerzos que nada tienen que ver con el fácil dejarse llevar de todo lo anterior. Durante siglos se ha discutido acerca de la intensidad de los placeres: los utilitaristas han intentado levantar éticas basadas precisamente en eso, en la utilidad, y han buscado justificaciones para clasificar jerárquicamente los placeres. Pero no hay justificaciones que valgan: solo la mente individual puede comparar placeres, porque es en ella, y solo en ella, donde la comparación tiene sentido. Por mucho que yo le intente explicar a un futbolero lo bien que se lo va a pasar leyendo el Zaratustra de Nietzsche no creo que consiga nada, salvo que, previamente, el futbolero tuviese también intereses filosóficos.

Tampoco creo que el fútbol, los centros comerciales o los programas de cotilleo sean producto de una confabulación del capital para entontecer a la gente: si tienen éxito es porque le dan a la gente lo que quiere. Zara no funciona porque de dinero: da dinero porque funciona, y si funciona es porque ha dado en el clavo: la gente no quiere resguardarse del frío, ni llevar ropa cómoda ni resistente: quiere gustar, quiere pasear sus signos por ahí, quiere demostrar que está a la última, y Zara se lo permite por poco dinero. ¿Qué más se puede pedir?

El problema del Mundo feliz de Huxley no es el mundo que describe: la inmensa mayoría de la gente pagaría por vivir en un mundo así. El problema es que es insostenible. La avidez del capitalismo es ciega y estúpida, porque es capaz de cargarse la gallina de los huevos de oro sin reparar en lo que hace. En vez de conformarse con un estado del bienestar en el que la masa elabora bienes de consumo que luego compra con su sueldo por más dinero del que costó su producción, en cuanto puede reduce salarios, precariza el empleo, genera desigualdades, reduce las prestaciones públicas y, si puede, se carga el propio Estado. Y todo porque no existe un club de capitalistas a los mandos de las grandes decisiones, sino que es una maquinaria ciega que se mueve a impulsos de los millones de espíritus codiciosos que la conforman y que, en su estupidez, ponen palos en las ruedas de su propio interés.

A lo que voy es que ese mundo superficial y algo vulgar tan del gusto de las grandes masas no es el mal en sí. Me irrita ver como alguna gente se pone exquisita y crítica a unos y otros pos su falta de estilo o de profundidad. La gente tiene derecho a tomarse la vida con ligereza y frivolidad, por qué no. El problema estriba en que ese abandonarse mórbidamente a sus pequeños o grandes placeres puede impedirles ver cómo sus modestos sueños se convierten en sueños imposibles.

A final de curso suele pasarme que, como profesor que soy, entre en crisis. Por estas fechas siempre acabo preguntándome qué derecho tengo yo para presionar a mis alumnos con las cosas del álgebra o el cálculo. A fin de cuentas, me digo, pueden llevar una vida feliz sin nada de eso. Sin embargo, después, tras reflexionar sobre el asunto, siempre acabo diciéndome ¿sí?, ¿pueden?  

miércoles, 2 de mayo de 2018

Locura filosófica


Pensando en la locura del pos-posestructuralismo me he preguntado si la filosofía ha enloquecido por encontrarnos en alguna fase terminal o si, por el contrario, esto le ha pasado ya otras veces, y me he dado cuenta de que, efectivamente, el pensamiento humano se ha enajenado y perdido por derroteros alucinatorios varias veces: sin escarbar mucho, la escolástica medieval, el idealismo alemán y, en buena parte, la más reciente fenomenología, son corrientes filosóficas que se sumergieron voluntariamente en especulaciones lingüísticas sin sentido.

¿Por qué sin sentido? Pues porque renunciaron a la realidad, porque en su búsqueda de la verdad o de su demolición, igual da, renunciaron a la información aportada por los sentidos y se encerraron en infinitos juegos verbales autorreferenciales.

Ahora lo veo evidente, pero me ha costado llegar a esta afirmación: la filosofía ha enloquecido varias veces. ¿Por qué? Supongo que se debe a que el prejuicio del progreso sigue haciendo de las suyas, porque íntimamente sigo creyendo, aunque sé que no es así, que avanzamos, que cada nuevo paso es un paso hacia delante, cuando en realidad llevamos cinco mil años dándole vueltas a las mismas cosas, a veces acercándonos al núcleo de la cuestión, a veces alejándonos en largas curvas divergentes.

domingo, 29 de abril de 2018

Voluntad propia

Louise d'Epinay Liotard.jpg
El gran error que he estado cometiendo con mis amigos y conmigo misma fue el de dar siempre preferencia a las fantasías de ellos, sin pensar en lo que yo podía desear. Y por ese pequeño sistema descubrí que la mitad de mis “amigos” eran, en realidad, mis amos. Tener voluntad propia me parecía un crimen. Hacía miles de cosas inapropiadas con una disposición igualmente inapropiada. Era una víctima perpetua, y no inspiraba gratitud a nadie. Me cuestioné a fondo. Empecé a atreverme a ser yo misma. Ahora no tengo consideración por los caprichos ajenos. Hago únicamente lo que prefiero, y me siento maravillosamente por ello.

Louise d'Épinay, siglo XVIII

sábado, 28 de abril de 2018

Monstruos


Toda sociedad genera monstruos. En toda estructura aparecen anomalías. Todo sistema adolece de su propia teratología. Y es lógico: una sociedad implica una elección, un conjunto de elecciones. Inevitablemente, hay quien no se adapta: son los monstruos.

Las sociedades conscientes de este hecho se preocupan de perseguir, neutralizar, restañar el daño y evitar en la medida de lo posible la acción de sus monstruos. En estas sociedades el complejo de culpa es inevitable: incapaces de autoaniquilarse, sufren sin embargo y permanentemente ser la causa de sus monstruos, lo que las lleva en ocasiones a ser excesivamente contemporizadoras.

Otras sociedades, inconscientes, no reconocen a sus monstruos como propios. Por el contrario, en cuanto los identifican como monstruos los consideran extraños, ajenos, lo que les permite perseguirlos con saña homicida. Lo que nunca logran comprender estas sociedades es por qué nunca dejan de aparecer nuevos monstruos: por eso, su lucha sin cuartel contra la monstruosidad no tiene fin.

Un tercer tipo de sociedad es la perversa, aquella en la que sus jerarquías aceptan sus monstruos como propios pero sin reconocerlos como tales. Aquí el mal está encarnado en las propias estructuras de poder. Aquí los monstruos andan por las calles, pero también llevan toga. Aquí la sociedad está rota entre el odio y la comprensión, entre la ciudadanía y el poder, entre la ética común que odia instintivamente a los monstruos y un poder corrupto, absurdo y prepotente que los defiende quizá solo por dejar patente que su poder emana de algún sitio muy alejado del sentido común, quizá de dios, no sé.

Lo que sí sé es que es asqueroso poner en duda que cinco hombres, al penetrar a una mujer en manada, están ejerciendo violencia. Lo que sí sé es que demuestra mucha ignorancia, o mucha perversión, no sé, pensar que una  mujer puede disfrutar de semejante situación. Lo que sí sé es que un juez no puede juzgar con equidad sin empatía, y que hay que tener muy poca empatía para entender consentimiento en una situación como la que hemos conocido. Lo que sí sé es que me repugna vivir en un país donde cinco animales pueden violar a una mujer sin que los jueces sean incapaces de ver la violencia de semejante acto.

He intentado imaginar la psicología de los miembros del tribunal (atención, entre ellos hay una jueza), pero no he sido capaz. Lo primero que le viene a uno a la cabeza es que sean machistas, de extrema derecha, católicos, carcas en general, pero nada de esto explica nada. Un amigo me sugiere que están pagados. No lo sé, claro, pero, no sé, sería tan tremendo…

Tras darle vueltas, solo se me ocurre encuadrarlos en ese tipo humano que culpa a las víctimas, ese que culpa de su enfermedad al enfermo, al desgraciado de su mala suerte, al pobre de su pobreza, o a la violada de su violación. Son ese tipo de gente que desprecia a aquellos que hacen feo el mundo, aquellos que dan problemas, aquellos que nos obligan a enfrentarnos a una realidad que muchas veces es cruel, aquellos que nos fuerzan a cuestionarnos la mierda de mundo en el que vivimos. Son aquellos que les recuerdan que este mundo, del que ellos son miembros sobresalientes, puede ser el peor de los mundos.

Son ese tipo de gente que entre los monstruos y las victimas se quedan con los monstruos. De lo que no parecen conscientes es de que, a su vez, esta elección los convierte a ellos mismos en monstruos.

Qué asco.

domingo, 22 de abril de 2018

¿Cómo se puede creer en Dios después del telediario?


Uno de los temas que más me desconciertan es el de la contradicción que existe entre lo mucho que sabemos como especie y lo poco que sabemos como individuos.

Con la mecánica cuántica es comprensible, porque es difícil, porque hay que manejar matemáticas superiores y eso no está al alcance de todo el mundo, de modo que hay que conformarse con que solo unos cuantos las conozcan y la entiendan y los demás disfruten de lo que para todos supone tal conocimiento.

Sin embargo, desde hace siglos sabemos que la existencia de un dios personal, todo  bondad, omnipotente y omnipresente es una bobada, una contradicción lógica, y, pese a todo, miles de millones de personas en todo el mundo siguen creyendo en entidades así.
No sé por qué. Sospecho que tiene que ver con la educación, y hasta pienso que algo en nuestra programación genética nos incline a la superstición. Pero que gente con formación, gente que lee, viaja y conoce gente de otras culturas y otras religiones siga aferrada a sus mitos familiares y sea incapaz de superarlos me desconcierta.

Soy comprensivo, que no condescendiente, con la gente sencilla, léase aquellos que tienen que dedicar su tiempo a sobrevivir: bastante tienen. Pero no puedo ser otra cosa que intransigente con aquellos que han disfrutado de la formación y los medios de vida para disponer de un rato y ponerse a pensar. En esas circunstancias, ¿cómo se puede creer en cuentos de hadas, en amantes seres paternales cuando todos los días mueren millares de personas de hambre, de miseria, de asco?

No me considero una buena persona. De hecho, no sé muy bien qué significa eso, pero no puedo entender cómo gente que piensa que lo es, gente que se cree buena, acepta que este mundo de mierda sea obra de un ser bondadoso. ¿Les parece obra de un ser bondadoso lo que ven en el telediario de la cena?

Me cuesta escribir sobre estas cosas porque me enciendo y porque, de verdad lo digo, no entiendo cómo se puede conjugar un mínimo de empatía con lo que pasa en el mundo y la creencia en un creador bondadoso.

Supongo que ahora habrá algún lector que piense en recordarme aquello de que dios nos ha hecho libres. Entonces yo diré aquello de qué clase de libertad de mierda es la que tienen los inocentes que mueren bombardeados por las bombas de da igual quién.

En el siglo XVIII, el terremoto de Lisboa, en el que murieron cien mil personas (alguna buena habría, ¿no?), dejó consternados a los franceses y, de alguna manera, espoleó la Ilustración, la enciclopedia y la Revolución. Hoy, gracias a los medios de comunicación globales, asistimos en directo a todo tipo de desastres, naturales o no, que tienen como consecuencia dolor, sufrimiento y muerte. ¿Cómo se puede creer en dios ante algo así?

Si alguien me lo puede explicar, se lo agradecería.

sábado, 21 de abril de 2018

John Barleycorn Must Die

La primera vez que escuché John Barleycorn Must Die fue en las versión de 1970 del grupo Traffic. Era el año 1979, yo acababa de entrar en la facultad y andaba tras una chica. Un día fui a su casa. Allí, su novio me enseñó la canción.




Dicen los que saben que no se sabe a ciencia cierta si es un tema proveniente del medievo o un invento posterior de un folclorista especialmente atinado. Sea como fuere, hay referencias desde el siglo XVI. La versión de Ayreheart, con instrumentos de época, es evocadora.




La segunda vez que supe de John Barleycorn fue por la novela homónima de Jack London. Texto biográfico, London relata su durísima vida desempeñando todo tipo de trabajos, muchos de ellos de pura fuerza física, a veces ayudado y otras castigado por John Barleycorn, nombre con el que personificaba su relación con el alcohol. Como buen bebedor, tan pronto habla de sus bondades, de la camaradería que provoca y de los especiales estados mentales que induce como aboga por su prohibición porque es, dice, la muerte. Menos fúnebre, The John Renburn Group hizo una versión con aires deliciosamente folky.




La historia que cuenta la canción es engañosa. A primera vista parece que al pobre Barleycorn le pasan todo tipo de desgracias, sensación que intensifica el aire melancólico de la melodía. En este sentido, la voz femenina es un verdadero acierto en la versión de Willow´s Drum.




Pero, en realidad, Barleycorn es el grano de cebada (barley-corn) y todas las penalidades que pasa John son las que sufre el grano antes de convertirse en cerveza. Se trata, así es, de un canto a la cerveza, o más bien a su producción, aunque un canto triste, quizá porque, cómo contó London, John Barleycorn no es de fiar.

Será por la edad, pero la versión que más me gusta es la de Mike Waterson.



Colecciono versiones en John Barleycorn.

jueves, 19 de abril de 2018

Los malos

Resultado de imagen de diablo dorePara las feministas, los malos son los hombres. Para los pobres, los malos son los ricos. Para los videntes, los ciegos, y para los ciegos lo son, evidentemente, lo videntes. Para los negros, malos son los blancos. Para los blancos, todos los demás. Para un demócrata, malos eran los nazis. Para un judío lo es el musulmán. Para un cristiano, el ateo. Para un humanista el mal de la civilización está encarnado en los científicos. Para un pacifista, los militares son los culpables de todo. Para los militares, los terroristas. Para los nacionalistas, los malos son los otros nacionalistas…

Podría seguir con este ejercicio, realmente divertido, pero como muestra basta: no sé lo que tiene esto de genético o de aprendido, pero nos encanta pensar a los humanos que hay malos, que hay gente que es realmente mala.

Es lo más fácil: pensar que algunos individuos fácilmente reconocibles por un puñado de rasgos, o solo uno, son portadores de una esencia maligna que los hace no solo causantes de males, sino, además, culpables. Esto último es lo mejor, porque así podemos odiarlos e, incluso, si llega el caso, castigarlos.

Evidentemente, es un error. La mente humana es tremendamente plástica. Nuestro comportamiento tiene que ver con nuestra herencia genética, claro, pero también con el entorno familiar, social, político e histórico en el que nos desarrollamos. Si queremos cambiar las cosas no basta con señalar y perseguir a los malos: hay que cambiar las estructuras, esas mismas estructuras que han dado lugar a los malos… y a los buenos.  

miércoles, 11 de abril de 2018

La dominación masculina


Resultado de imagen de pierre bourdieu la dominaci+òn masculinaLa tesis del autor, Pierre Bourdieu, es clara: la dominación masculina está encarnada en las estructuras sociales de tal manera que dominadores (los hombres) y dominadas (las mujeres) participan en la reproducción del modelo y de todo aquello que contribuye (la Familia, la Escuela, la Iglesia y el Estado) a su permanencia.
Bueno, hasta aquí bien (tampoco es ninguna sorpresa). Lo que no entiendo es la obsesión del autor por negar cualquier naturalidad a este estado de cosas. Todo es social, todo es aprendido, repite una y otra vez sin dejar un resquicio ninguno a la biología. 

Se me ocurre que su obsesión por negar toda naturalidad en la discriminación sexual puede venir por un prejuicio naturalista, ese que dice que lo natural es bueno. Al partir de esta premisa, como la discriminación sexual es mala, debemos pensar que se trata de una construcción social, y a ello dedica todos sus esfuerzos.  

Para mantenerse en esta posición no desmonta las posiciones genetistas: simplemente las niega para afirmar con una machaconería considerable que la gente se comporta como se comporta por la influencia de la sociedad. Lo curioso es que hay frases, párrafos enteros que parecen ser dicho respecto al tema del libro, pero que valdrían por igual para cualquier otra cosa que sea de origen social. Vamos, que nos comportamos como con comportamos porque la sociedad nos ha hecho así. Pues claro.

En cualquier caso, lo que menos entiendo es que hable una y otra vez de los beneficiarios del sistema de dominación masculina: los hombres. ¿De verdad que convertirte en un bruto bebedor de cerveza que ve fútbol y trabaja en la obra es beneficiarse?

Como siempre, puedo estar de acuerdo con las descripciones, aunque con frecuencia sean muy, muy exageradas (como si todos fuésemos y nos comportásemos igual en todas las épocas), pero no con la etiología. Las causas de cómo nos comportamos los humanos tenemos que buscarla en nuestras dos programaciones: la genética y la social. Mientras sigamos negando la mayor, es decir, que no somos buenos por naturaleza, no seremos capaces de ser de otra manera.

domingo, 8 de abril de 2018

Matamoscas


Leo Matamoscas, experimento gráfico de Hans Hillman sobre un relato de Dashiell Hammet. Es impresionante: una historia policiaca contada con escasos diálogos y una única viñeta magistral en cada página. 

Un detective duro y profesional, una hija que se lía con un gánster y una pareja de estafadores que le piden al padre dinero como si fuera ella: esta es la situación de partida. Pero ella ha muerto. Envenenada.

No voy a desvelar lo que pasa después, pero es bueno, muy bueno, aunque lo sombroso son los dibujos, los escenarios, los cuerpos: en lo que parece tinta aguada asistimos a un despliegue extraordinario de encuadres, picados, escenas de grupo, paisajes urbanos, primeros planos de objetos, pistolas, coches, retratos a lo Bacon, interiores teatrales, zooms, escenas de acción, rostros a lo Grosz, silencios a lo Hooper…

Extraordinario.

sábado, 7 de abril de 2018

Traicionando el futuro


Cada vez que cogemos el coche para irnos de fin de semana y no digamos cada vez  que cogemos el avión para irnos de escapada a París; cada vez que nos comemos un filete o tiramos ropa que ya no se lleva; de hecho, cada vez que tiramos algo al punto limpio (lo que significa que hemos comprado el correspondiente remplazo), estamos traicionando al futuro, porque le estamos haciendo inviable, insostenible, inhabitable para aquellos que les toque vivir en él.

Me pone enfermo ver cómo las medidas para controlar el consumo de ciertas materias consisten en cargarlas de impuestos, lo que implica en el fondo prohibición para lo que tienen recursos limitados y nada, absolutamente nada para aquellos cuyos recursos económicos se ríen de los recibos agua o electricidad.

Pero el problema es más grave que este de la discriminación. El problema es que nos mienten. Nos ponen carriles bici pero sigue incentivando la compra de coches. Nos venden los coches eléctricos sin decirnos de dónde viene la energía con la que cargamos las, por otra parte, muy contaminantes baterías de dichos coches. Nos llenan la ciudad de contenedores de colores para que reciclemos mientras le meten impuestos a las energías renovables.

No, nos dicen la verdad. Se toman medidas para favorecer la natalidad en un mundo en el que, si sobra algo, es gente. Eso sí, no blanquitos, porque de esos hacemos cada vez menos: por eso invertimos grandes sumas en investigar formas de que los occidentales nos reproduzcamos sea como sea.

No sé cuánto tiene todo esto de conspiración o de pura estupidez, pero lo cierto es que nos ocupamos de problemas de segunda y obviamos los problemas principales. Somos muchos. El comunismo a la soviética ha fracasado a la hora de crear riqueza. El capitalismo, por su parte, se ha mostrado incapaz de crear riqueza de un modo sostenible y equitativo y más aun de distribuirla. La alternativa china, con un líder sin fecha de caducidad, me temo que caerá en los vicios de todas las dictaduras. Sin embargo, los problemas siguen ahí: demográficos, medioambientales, políticos. Problemas globales que necesitan soluciones globales.

Podría dejar de viajar en avión, y de salir de fin de semana en coche. Podría apurar el ordenador unos años más y alimentarme de proteínas vegetales. Podría ir a trabajar con la sudadera esa que, aunque se ve vieja, es indestructible. Pero no lo hago. No le tengo tanto respeto al futuro. A veces me digo que es por no tener hijos. Pero entonces miro a los que sí los tienen y veo que se comportan de un modo incluso más despreciativo respecto del tiempo por venir que yo.

Las soluciones deben ser colectivas, porque solo si son colectivas aceptaremos asumirlas. A fin de cuentas, es difícil vencer al “no voy a ser yo el tonto”. La idea de que la solución pase por un consenso tan generalizado y que exija un grado tal de sacrifico, me sume, cómo no, en la melancolía.  

jueves, 5 de abril de 2018

Cuando algo [no] es nada


Mucha gente hace cosas porque "es mejor hacer que no hacer", y porque "algo es algo". Pero resulta que si algo no es suficiente, entonces [no] es nada. 

Tampoco es malo en sí que algo [no] sea nada. Lo malo, lo realmente malo, es no saberlo, es pensar que hacemos algo, es conformarnos entonces con lo que hacemos, porque pensamos que hacemos algo, cuando en realidad [no] hacemos nada.