miércoles, 11 de julio de 2018

Por el camino de Swann


Resultado de imagen de por el camino de swann alianza editorialAcabo de terminar de leer Por el camino de Swann, primer volumen de En busca del tiempo perdido, de Proust. Hay lecturas que olvidas y otras que te acompañan toda la vida. Pero aun entre estas últimas cabe muchos distingos: están las de iniciación y las reveladoras; están las que pusieron nombre a emociones apenas intuidas; están las que aportaron frases, imágenes, argumentos fundacionales; están las que me hicieron feliz y las que me ayudaron a aguantar; están las que me motivaron a ser y las que me avisaron de los peligros de ser demasiado; están las que me hicieron soñar. Pero aun entre todas estas cabe distinguir un puñado que lograron algo más, algo increíble, extraordinario: hacerme creer que no estaba solo.

Al leer Por el camino de Swann desde el otro lado de la vida me he dado cuenta de que en aquellos tiempos me enamoré del pequeño Marcel, pero no de Swann. Hoy, sin embargo, he visto en Swann un camarada, posiblemente un amigo. Y he entendido al narrador que revisa melancólicamente su existencia, que desgrana con minuciosidad de orfebre o cirujano sus recuerdos en un intento patético de comprender y de fijar, de capturar  aquellos tiempos en palabras y frases.

Hace treinta seis años, al leer sobre ese niño bien que lo miraba todo con un detalle enfermizo y que sufría cada uno de los instantes de los días que preveía que su madre no iba a darle el beso de buenas noches, supe que no estaba solo. Hoy, al leer las penas de Swann, me asombro de lo poco que aprendí de su lectura y me lamento de los dolores que me hubiese evitado si hubiese leído su historia como si fuese un manual para la vida o si, mejor aún, le hubiese tenido como amigo.

martes, 19 de junio de 2018

El fútbol, los centros comerciales y los programas de cotilleo


El fútbol tiene muchos valores: proporciona un tema de conversación común a un porcentaje enorme de la población, cercano al cincuenta por ciento, diría yo; canaliza la ancestral emoción de pertenencia a un grupo; permite experimentar la pasión del combate y, a veces, la de la victoria, aunque sea de modo vicario; y es asequible a todo el mundo: su complejidad no excluye a nadie. En resumen: lo tiene todo para triunfar.

Los centros comerciales son sitios geniales: en ellos hace fresco en verano, calor en invierno y jamás llueve; favorecen la socialización; canaliza los instintos básicos de la caza a través de las compras; y posibilitan el sueño de cualquier mamífero carnívoro: la fácil ingesta de proteínas mezcladas con grandes cantidades de grasa.

Los programas de cotilleo son altamente informativos: dicen cómo visten, viajan, se divierten y se relacionan los que saben, que son los ricos y famosos. Sin necesidad de tediosas jornadas de cotilleo, tan preciada información fluye de unas clases a otras, de unos poderes adquisitivos a otros. Lo que hubiesen dado los aldeanos y aldeanas de la Edad Media por saber cómo se lo montaban los amos en el interior de sus castillos. Ahora basta poner la televisión para enterarse.

Supongo que estaréis esperando que redondee el sarcasmo, pero no lo voy a hacer: todo lo anterior es rigurosamente cierto. Si a mí el fútbol, los centros comerciales y el cotilleo televisivo me aburren es porque soy una anomalía: mis placeres suelen implicar esfuerzos que nada tienen que ver con el fácil dejarse llevar de todo lo anterior. Durante siglos se ha discutido acerca de la intensidad de los placeres: los utilitaristas han intentado levantar éticas basadas precisamente en eso, en la utilidad, y han buscado justificaciones para clasificar jerárquicamente los placeres. Pero no hay justificaciones que valgan: solo la mente individual puede comparar placeres, porque es en ella, y solo en ella, donde la comparación tiene sentido. Por mucho que yo le intente explicar a un futbolero lo bien que se lo va a pasar leyendo el Zaratustra de Nietzsche no creo que consiga nada, salvo que, previamente, el futbolero tuviese también intereses filosóficos.

Tampoco creo que el fútbol, los centros comerciales o los programas de cotilleo sean producto de una confabulación del capital para entontecer a la gente: si tienen éxito es porque le dan a la gente lo que quiere. Zara no funciona porque de dinero: da dinero porque funciona, y si funciona es porque ha dado en el clavo: la gente no quiere resguardarse del frío, ni llevar ropa cómoda ni resistente: quiere gustar, quiere pasear sus signos por ahí, quiere demostrar que está a la última, y Zara se lo permite por poco dinero. ¿Qué más se puede pedir?

El problema del Mundo feliz de Huxley no es el mundo que describe: la inmensa mayoría de la gente pagaría por vivir en un mundo así. El problema es que es insostenible. La avidez del capitalismo es ciega y estúpida, porque es capaz de cargarse la gallina de los huevos de oro sin reparar en lo que hace. En vez de conformarse con un estado del bienestar en el que la masa elabora bienes de consumo que luego compra con su sueldo por más dinero del que costó su producción, en cuanto puede reduce salarios, precariza el empleo, genera desigualdades, reduce las prestaciones públicas y, si puede, se carga el propio Estado. Y todo porque no existe un club de capitalistas a los mandos de las grandes decisiones, sino que es una maquinaria ciega que se mueve a impulsos de los millones de espíritus codiciosos que la conforman y que, en su estupidez, ponen palos en las ruedas de su propio interés.

A lo que voy es que ese mundo superficial y algo vulgar tan del gusto de las grandes masas no es el mal en sí. Me irrita ver como alguna gente se pone exquisita y crítica a unos y otros pos su falta de estilo o de profundidad. La gente tiene derecho a tomarse la vida con ligereza y frivolidad, por qué no. El problema estriba en que ese abandonarse mórbidamente a sus pequeños o grandes placeres puede impedirles ver cómo sus modestos sueños se convierten en sueños imposibles.

A final de curso suele pasarme que, como profesor que soy, entre en crisis. Por estas fechas siempre acabo preguntándome qué derecho tengo yo para presionar a mis alumnos con las cosas del álgebra o el cálculo. A fin de cuentas, me digo, pueden llevar una vida feliz sin nada de eso. Sin embargo, después, tras reflexionar sobre el asunto, siempre acabo diciéndome ¿sí?, ¿pueden?  

miércoles, 2 de mayo de 2018

Locura filosófica


Pensando en la locura del pos-posestructuralismo me he preguntado si la filosofía ha enloquecido por encontrarnos en alguna fase terminal o si, por el contrario, esto le ha pasado ya otras veces, y me he dado cuenta de que, efectivamente, el pensamiento humano se ha enajenado y perdido por derroteros alucinatorios varias veces: sin escarbar mucho, la escolástica medieval, el idealismo alemán y, en buena parte, la más reciente fenomenología, son corrientes filosóficas que se sumergieron voluntariamente en especulaciones lingüísticas sin sentido.

¿Por qué sin sentido? Pues porque renunciaron a la realidad, porque en su búsqueda de la verdad o de su demolición, igual da, renunciaron a la información aportada por los sentidos y se encerraron en infinitos juegos verbales autorreferenciales.

Ahora lo veo evidente, pero me ha costado llegar a esta afirmación: la filosofía ha enloquecido varias veces. ¿Por qué? Supongo que se debe a que el prejuicio del progreso sigue haciendo de las suyas, porque íntimamente sigo creyendo, aunque sé que no es así, que avanzamos, que cada nuevo paso es un paso hacia delante, cuando en realidad llevamos cinco mil años dándole vueltas a las mismas cosas, a veces acercándonos al núcleo de la cuestión, a veces alejándonos en largas curvas divergentes.

domingo, 29 de abril de 2018

Voluntad propia

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El gran error que he estado cometiendo con mis amigos y conmigo misma fue el de dar siempre preferencia a las fantasías de ellos, sin pensar en lo que yo podía desear. Y por ese pequeño sistema descubrí que la mitad de mis “amigos” eran, en realidad, mis amos. Tener voluntad propia me parecía un crimen. Hacía miles de cosas inapropiadas con una disposición igualmente inapropiada. Era una víctima perpetua, y no inspiraba gratitud a nadie. Me cuestioné a fondo. Empecé a atreverme a ser yo misma. Ahora no tengo consideración por los caprichos ajenos. Hago únicamente lo que prefiero, y me siento maravillosamente por ello.

Louise d'Épinay, siglo XVIII

sábado, 28 de abril de 2018

Monstruos


Toda sociedad genera monstruos. En toda estructura aparecen anomalías. Todo sistema adolece de su propia teratología. Y es lógico: una sociedad implica una elección, un conjunto de elecciones. Inevitablemente, hay quien no se adapta: son los monstruos.

Las sociedades conscientes de este hecho se preocupan de perseguir, neutralizar, restañar el daño y evitar en la medida de lo posible la acción de sus monstruos. En estas sociedades el complejo de culpa es inevitable: incapaces de autoaniquilarse, sufren sin embargo y permanentemente ser la causa de sus monstruos, lo que las lleva en ocasiones a ser excesivamente contemporizadoras.

Otras sociedades, inconscientes, no reconocen a sus monstruos como propios. Por el contrario, en cuanto los identifican como monstruos los consideran extraños, ajenos, lo que les permite perseguirlos con saña homicida. Lo que nunca logran comprender estas sociedades es por qué nunca dejan de aparecer nuevos monstruos: por eso, su lucha sin cuartel contra la monstruosidad no tiene fin.

Un tercer tipo de sociedad es la perversa, aquella en la que sus jerarquías aceptan sus monstruos como propios pero sin reconocerlos como tales. Aquí el mal está encarnado en las propias estructuras de poder. Aquí los monstruos andan por las calles, pero también llevan toga. Aquí la sociedad está rota entre el odio y la comprensión, entre la ciudadanía y el poder, entre la ética común que odia instintivamente a los monstruos y un poder corrupto, absurdo y prepotente que los defiende quizá solo por dejar patente que su poder emana de algún sitio muy alejado del sentido común, quizá de dios, no sé.

Lo que sí sé es que es asqueroso poner en duda que cinco hombres, al penetrar a una mujer en manada, están ejerciendo violencia. Lo que sí sé es que demuestra mucha ignorancia, o mucha perversión, no sé, pensar que una  mujer puede disfrutar de semejante situación. Lo que sí sé es que un juez no puede juzgar con equidad sin empatía, y que hay que tener muy poca empatía para entender consentimiento en una situación como la que hemos conocido. Lo que sí sé es que me repugna vivir en un país donde cinco animales pueden violar a una mujer sin que los jueces sean incapaces de ver la violencia de semejante acto.

He intentado imaginar la psicología de los miembros del tribunal (atención, entre ellos hay una jueza), pero no he sido capaz. Lo primero que le viene a uno a la cabeza es que sean machistas, de extrema derecha, católicos, carcas en general, pero nada de esto explica nada. Un amigo me sugiere que están pagados. No lo sé, claro, pero, no sé, sería tan tremendo…

Tras darle vueltas, solo se me ocurre encuadrarlos en ese tipo humano que culpa a las víctimas, ese que culpa de su enfermedad al enfermo, al desgraciado de su mala suerte, al pobre de su pobreza, o a la violada de su violación. Son ese tipo de gente que desprecia a aquellos que hacen feo el mundo, aquellos que dan problemas, aquellos que nos obligan a enfrentarnos a una realidad que muchas veces es cruel, aquellos que nos fuerzan a cuestionarnos la mierda de mundo en el que vivimos. Son aquellos que les recuerdan que este mundo, del que ellos son miembros sobresalientes, puede ser el peor de los mundos.

Son ese tipo de gente que entre los monstruos y las victimas se quedan con los monstruos. De lo que no parecen conscientes es de que, a su vez, esta elección los convierte a ellos mismos en monstruos.

Qué asco.

domingo, 22 de abril de 2018

¿Cómo se puede creer en Dios después del telediario?


Uno de los temas que más me desconciertan es el de la contradicción que existe entre lo mucho que sabemos como especie y lo poco que sabemos como individuos.

Con la mecánica cuántica es comprensible, porque es difícil, porque hay que manejar matemáticas superiores y eso no está al alcance de todo el mundo, de modo que hay que conformarse con que solo unos cuantos las conozcan y la entiendan y los demás disfruten de lo que para todos supone tal conocimiento.

Sin embargo, desde hace siglos sabemos que la existencia de un dios personal, todo  bondad, omnipotente y omnipresente es una bobada, una contradicción lógica, y, pese a todo, miles de millones de personas en todo el mundo siguen creyendo en entidades así.
No sé por qué. Sospecho que tiene que ver con la educación, y hasta pienso que algo en nuestra programación genética nos incline a la superstición. Pero que gente con formación, gente que lee, viaja y conoce gente de otras culturas y otras religiones siga aferrada a sus mitos familiares y sea incapaz de superarlos me desconcierta.

Soy comprensivo, que no condescendiente, con la gente sencilla, léase aquellos que tienen que dedicar su tiempo a sobrevivir: bastante tienen. Pero no puedo ser otra cosa que intransigente con aquellos que han disfrutado de la formación y los medios de vida para disponer de un rato y ponerse a pensar. En esas circunstancias, ¿cómo se puede creer en cuentos de hadas, en amantes seres paternales cuando todos los días mueren millares de personas de hambre, de miseria, de asco?

No me considero una buena persona. De hecho, no sé muy bien qué significa eso, pero no puedo entender cómo gente que piensa que lo es, gente que se cree buena, acepta que este mundo de mierda sea obra de un ser bondadoso. ¿Les parece obra de un ser bondadoso lo que ven en el telediario de la cena?

Me cuesta escribir sobre estas cosas porque me enciendo y porque, de verdad lo digo, no entiendo cómo se puede conjugar un mínimo de empatía con lo que pasa en el mundo y la creencia en un creador bondadoso.

Supongo que ahora habrá algún lector que piense en recordarme aquello de que dios nos ha hecho libres. Entonces yo diré aquello de qué clase de libertad de mierda es la que tienen los inocentes que mueren bombardeados por las bombas de da igual quién.

En el siglo XVIII, el terremoto de Lisboa, en el que murieron cien mil personas (alguna buena habría, ¿no?), dejó consternados a los franceses y, de alguna manera, espoleó la Ilustración, la enciclopedia y la Revolución. Hoy, gracias a los medios de comunicación globales, asistimos en directo a todo tipo de desastres, naturales o no, que tienen como consecuencia dolor, sufrimiento y muerte. ¿Cómo se puede creer en dios ante algo así?

Si alguien me lo puede explicar, se lo agradecería.

sábado, 21 de abril de 2018

John Barleycorn Must Die

La primera vez que escuché John Barleycorn Must Die fue en las versión de 1970 del grupo Traffic. Era el año 1979, yo acababa de entrar en la facultad y andaba tras una chica. Un día fui a su casa. Allí, su novio me enseñó la canción.




Dicen los que saben que no se sabe a ciencia cierta si es un tema proveniente del medievo o un invento posterior de un folclorista especialmente atinado. Sea como fuere, hay referencias desde el siglo XVI. La versión de Ayreheart, con instrumentos de época, es evocadora.




La segunda vez que supe de John Barleycorn fue por la novela homónima de Jack London. Texto biográfico, London relata su durísima vida desempeñando todo tipo de trabajos, muchos de ellos de pura fuerza física, a veces ayudado y otras castigado por John Barleycorn, nombre con el que personificaba su relación con el alcohol. Como buen bebedor, tan pronto habla de sus bondades, de la camaradería que provoca y de los especiales estados mentales que induce como aboga por su prohibición porque es, dice, la muerte. Menos fúnebre, The John Renburn Group hizo una versión con aires deliciosamente folky.




La historia que cuenta la canción es engañosa. A primera vista parece que al pobre Barleycorn le pasan todo tipo de desgracias, sensación que intensifica el aire melancólico de la melodía. En este sentido, la voz femenina es un verdadero acierto en la versión de Willow´s Drum.




Pero, en realidad, Barleycorn es el grano de cebada (barley-corn) y todas las penalidades que pasa John son las que sufre el grano antes de convertirse en cerveza. Se trata, así es, de un canto a la cerveza, o más bien a su producción, aunque un canto triste, quizá porque, cómo contó London, John Barleycorn no es de fiar.

Será por la edad, pero la versión que más me gusta es la de Mike Waterson.



Colecciono versiones en John Barleycorn.

jueves, 19 de abril de 2018

Los malos

Resultado de imagen de diablo dorePara las feministas, los malos son los hombres. Para los pobres, los malos son los ricos. Para los videntes, los ciegos, y para los ciegos lo son, evidentemente, lo videntes. Para los negros, malos son los blancos. Para los blancos, todos los demás. Para un demócrata, malos eran los nazis. Para un judío lo es el musulmán. Para un cristiano, el ateo. Para un humanista el mal de la civilización está encarnado en los científicos. Para un pacifista, los militares son los culpables de todo. Para los militares, los terroristas. Para los nacionalistas, los malos son los otros nacionalistas…

Podría seguir con este ejercicio, realmente divertido, pero como muestra basta: no sé lo que tiene esto de genético o de aprendido, pero nos encanta pensar a los humanos que hay malos, que hay gente que es realmente mala.

Es lo más fácil: pensar que algunos individuos fácilmente reconocibles por un puñado de rasgos, o solo uno, son portadores de una esencia maligna que los hace no solo causantes de males, sino, además, culpables. Esto último es lo mejor, porque así podemos odiarlos e, incluso, si llega el caso, castigarlos.

Evidentemente, es un error. La mente humana es tremendamente plástica. Nuestro comportamiento tiene que ver con nuestra herencia genética, claro, pero también con el entorno familiar, social, político e histórico en el que nos desarrollamos. Si queremos cambiar las cosas no basta con señalar y perseguir a los malos: hay que cambiar las estructuras, esas mismas estructuras que han dado lugar a los malos… y a los buenos.  

miércoles, 11 de abril de 2018

La dominación masculina


Resultado de imagen de pierre bourdieu la dominaci+òn masculinaLa tesis del autor, Pierre Bourdieu, es clara: la dominación masculina está encarnada en las estructuras sociales de tal manera que dominadores (los hombres) y dominadas (las mujeres) participan en la reproducción del modelo y de todo aquello que contribuye (la Familia, la Escuela, la Iglesia y el Estado) a su permanencia.
Bueno, hasta aquí bien (tampoco es ninguna sorpresa). Lo que no entiendo es la obsesión del autor por negar cualquier naturalidad a este estado de cosas. Todo es social, todo es aprendido, repite una y otra vez sin dejar un resquicio ninguno a la biología. 

Se me ocurre que su obsesión por negar toda naturalidad en la discriminación sexual puede venir por un prejuicio naturalista, ese que dice que lo natural es bueno. Al partir de esta premisa, como la discriminación sexual es mala, debemos pensar que se trata de una construcción social, y a ello dedica todos sus esfuerzos.  

Para mantenerse en esta posición no desmonta las posiciones genetistas: simplemente las niega para afirmar con una machaconería considerable que la gente se comporta como se comporta por la influencia de la sociedad. Lo curioso es que hay frases, párrafos enteros que parecen ser dicho respecto al tema del libro, pero que valdrían por igual para cualquier otra cosa que sea de origen social. Vamos, que nos comportamos como con comportamos porque la sociedad nos ha hecho así. Pues claro.

En cualquier caso, lo que menos entiendo es que hable una y otra vez de los beneficiarios del sistema de dominación masculina: los hombres. ¿De verdad que convertirte en un bruto bebedor de cerveza que ve fútbol y trabaja en la obra es beneficiarse?

Como siempre, puedo estar de acuerdo con las descripciones, aunque con frecuencia sean muy, muy exageradas (como si todos fuésemos y nos comportásemos igual en todas las épocas), pero no con la etiología. Las causas de cómo nos comportamos los humanos tenemos que buscarla en nuestras dos programaciones: la genética y la social. Mientras sigamos negando la mayor, es decir, que no somos buenos por naturaleza, no seremos capaces de ser de otra manera.

domingo, 8 de abril de 2018

Matamoscas


Leo Matamoscas, experimento gráfico de Hans Hillman sobre un relato de Dashiell Hammet. Es impresionante: una historia policiaca contada con escasos diálogos y una única viñeta magistral en cada página. 

Un detective duro y profesional, una hija que se lía con un gánster y una pareja de estafadores que le piden al padre dinero como si fuera ella: esta es la situación de partida. Pero ella ha muerto. Envenenada.

No voy a desvelar lo que pasa después, pero es bueno, muy bueno, aunque lo sombroso son los dibujos, los escenarios, los cuerpos: en lo que parece tinta aguada asistimos a un despliegue extraordinario de encuadres, picados, escenas de grupo, paisajes urbanos, primeros planos de objetos, pistolas, coches, retratos a lo Bacon, interiores teatrales, zooms, escenas de acción, rostros a lo Grosz, silencios a lo Hooper…

Extraordinario.

sábado, 7 de abril de 2018

Traicionando el futuro


Cada vez que cogemos el coche para irnos de fin de semana y no digamos cada vez  que cogemos el avión para irnos de escapada a París; cada vez que nos comemos un filete o tiramos ropa que ya no se lleva; de hecho, cada vez que tiramos algo al punto limpio (lo que significa que hemos comprado el correspondiente remplazo), estamos traicionando al futuro, porque le estamos haciendo inviable, insostenible, inhabitable para aquellos que les toque vivir en él.

Me pone enfermo ver cómo las medidas para controlar el consumo de ciertas materias consisten en cargarlas de impuestos, lo que implica en el fondo prohibición para lo que tienen recursos limitados y nada, absolutamente nada para aquellos cuyos recursos económicos se ríen de los recibos agua o electricidad.

Pero el problema es más grave que este de la discriminación. El problema es que nos mienten. Nos ponen carriles bici pero sigue incentivando la compra de coches. Nos venden los coches eléctricos sin decirnos de dónde viene la energía con la que cargamos las, por otra parte, muy contaminantes baterías de dichos coches. Nos llenan la ciudad de contenedores de colores para que reciclemos mientras le meten impuestos a las energías renovables.

No, nos dicen la verdad. Se toman medidas para favorecer la natalidad en un mundo en el que, si sobra algo, es gente. Eso sí, no blanquitos, porque de esos hacemos cada vez menos: por eso invertimos grandes sumas en investigar formas de que los occidentales nos reproduzcamos sea como sea.

No sé cuánto tiene todo esto de conspiración o de pura estupidez, pero lo cierto es que nos ocupamos de problemas de segunda y obviamos los problemas principales. Somos muchos. El comunismo a la soviética ha fracasado a la hora de crear riqueza. El capitalismo, por su parte, se ha mostrado incapaz de crear riqueza de un modo sostenible y equitativo y más aun de distribuirla. La alternativa china, con un líder sin fecha de caducidad, me temo que caerá en los vicios de todas las dictaduras. Sin embargo, los problemas siguen ahí: demográficos, medioambientales, políticos. Problemas globales que necesitan soluciones globales.

Podría dejar de viajar en avión, y de salir de fin de semana en coche. Podría apurar el ordenador unos años más y alimentarme de proteínas vegetales. Podría ir a trabajar con la sudadera esa que, aunque se ve vieja, es indestructible. Pero no lo hago. No le tengo tanto respeto al futuro. A veces me digo que es por no tener hijos. Pero entonces miro a los que sí los tienen y veo que se comportan de un modo incluso más despreciativo respecto del tiempo por venir que yo.

Las soluciones deben ser colectivas, porque solo si son colectivas aceptaremos asumirlas. A fin de cuentas, es difícil vencer al “no voy a ser yo el tonto”. La idea de que la solución pase por un consenso tan generalizado y que exija un grado tal de sacrifico, me sume, cómo no, en la melancolía.  

jueves, 5 de abril de 2018

Cuando algo [no] es nada


Mucha gente hace cosas porque "es mejor hacer que no hacer", y porque "algo es algo". Pero resulta que si algo no es suficiente, entonces [no] es nada. 

Tampoco es malo en sí que algo [no] sea nada. Lo malo, lo realmente malo, es no saberlo, es pensar que hacemos algo, es conformarnos entonces con lo que hacemos, porque pensamos que hacemos algo, cuando en realidad [no] hacemos nada.



viernes, 30 de marzo de 2018

Breve introducción a la antropología del hola


No sé si hay estadísticas al respecto, pero estoy seguro de que una de las palabras más repetidas en español oral es hola. La usamos para saludar, para dejar constancia de que somos conscientes de la presencia del otro. Sin embargo, los humanos raramente damos puntada sin hilo, por lo que, a la vez que saludamos, aprovechamos para comunicar o expresar algo más.

Cuando, por ejemplo, nos cruzamos con una joven alternativa, su hola, dicho en tono cantarín, nos dice que nos quiere y que está dispuesta a querernos pese a todas nuestras evidentes ignorancias y contradicciones. Si en vez de una joven es un joven, al tono cantarín le acompañan unas notas de temor, un deje suspicaz, reflejo si duda de la inseguridad crónica del hombre contemporáneo.

En el otro extremo del espectro nos encontramos con el interesante hola de la gente conservadora de edad avanzada. Enunciado en tono muy grave y completado por lo general con un “buenas tardes” dicho a continuación pero tras una pausa significativa, su hola sirve para cercenar de raíz toda confianza y dar solemnidad al encuentro. Estos expertos del desprecio tienen la habilidad de dar a entender en su saludo, aun sin decirlo, un término más, como, por ejemplo, chusma. Así, su saludo completo vendría a ser “hola…, buenos, días, chusma”. Este último elemento evaluativo sirve tanto para informar al receptor de su lugar en el mundo como para deshago del sufrido conservador que se ve obligado a encuentros tan desiguales.

Hay holas rápidos, secos, que suelen corresponder a intentos de neutralidad pero que esconden el ánimo expectante y cauto de quien teme a lo desconocido pero no quiere pasar desapercibido. Viene a ser un epítome de “bueno, me gustaría saber de qué vais y en función de eso quizá, ya que estoy por aquí, entre en la cosa, aunque, como todavía no sé muy bien de qué va la cosa, me mantenga expectante, como ya ha dicho el escritor un poco antes”.

Aunque tampoco se oye demasiado, distinto del anterior es ese hola que se ahoga antes de ser emitido. Es un hola dicho en un tono más agudo que la voz normal pero con tan poco intensidad que pasa desapercibido. Es el hola de quien no quiere estar allí, de quien no le llega la camisa al cuerpo, de quien lo dice por educación pero teme que su saludo provoque una contestación. Es el hola, en suma, de quien no quiere por nada del mundo crear un vínculo.

Un tercer hola silencioso, en realidad completamente silencioso, es el de ese vecino al que se conoce desde veinte años atrás pero que, por algún extraño sentido de la economía, prefiere agachar la cabeza, desviar la mirada, hacerse el invisible y no saludar de ninguna de las maneras. Es un hola evacuado, un hola-vacío, tan solo un hueco en la continuidad espacio-temporal. Una variante interesante es el hola gruñido escuchado en las zonas comunes, un hola inarticulado, arrojado más que dicho y sin duda muestra de algún tipo regresión a estados paleontológicamente previos al Homo sapiens. Una teoría que explica esta incapacidad para el saludo es que una deficiencia en el neocórtex impide distinguir entre el ámbito incógnito de las calles de la ciudad y el medio aldeano de la comunidad de vecinos.

El hola anterior a veces se confunde con el hola rencoroso del enemigo, ese que en realidad quiere decir, “ah eres tú, imbécil”, pero en realidad no tienen nada que ver. Mientras que el hola-vacío del vecino tiene que ver con la tacañería y quizá ciertas deficiencias neurológicas, el hola enemigo es rico en matices y significados en consonancia con la enorme variedad de odios que somos capaces de desatar en los demás. A veces el enemigo obvia el saludo, pero, en cualquier caso, se trata de un silencio estruendoso.  

Por oposición hay que hablar del hola que acompaña a la sorpresa agradable, al encuentro fortuito, inesperado, y bienvenido. Este hola surge como un globo de cómic de un rostro sonriente, luminoso y feliz. Es un hola que habla de felicidad, de nuevas oportunidades, de aprecio, un hola que te hace mirar el cielo y verlo azul. Si me he detenido brevemente en la descripción de las consecuencias subjetivas de este hola es porque está documentado que hay gente que nunca lo ha experimentado y para que sepan.

Distinto es el hola insinuante, sugerente, el hola erótico, que habla de disponibilidad y de interés. Al tiempo que el cuerpo emisor intenta reconfigurarse para dar lo mejor de sí mismo, emite toneladas de feromonas con la intención de alcanzar al otro y establecer lazos químicos que favorezcan futuros enlaces físicos. Este hola, en entredicho en la sociedad actual, está a punto de ser sustituido por una instancia en papel timbrado.

Sea como fuere, a veces se superan rodas las dificultades. Entonces aparece el hola más dulce, ese que se intercambian los amantes tras el sueño o el sexo. Señala el inicio del reencuentro y habla de miradas y caricias.

No quiero terminar esta introducción a la antropología del hola sin hablar del lugar de más interés para el experimentador: me refiero a los pasillos de los centros de trabajo con abundante personal. Allí se da el saludo de forma iterativa y con frecuencia cíclica, como ya estudiaron el equipo de sociólogos Monthy Python en su film El sentido de la vida, aunque en su caso el contexto era más acuático. En los pasillos, en razón de su alargada topografía, los encuentros entre el personal son frecuentes y, por lo tanto, también la emisión de todo tipo de holas: ahogados, insinuantes, alegres, roncos, altivos… A la multiplicidad de interacciones se le une la frecuencia: los sucesivos encuentros con las mismas personas obligan a la mera repetición o, en aquellos de casos de mayor creatividad, a un esfuerzo por variar el saludo y adornar el hola con gestos y comentarios que nunca dejan satisfechos a nadie y sí la sensación de ser un poco imbécil. Se sabe de gente que dispone de una serie creciente de saludos del tipo “1) hola; 2) hola otra vez; 3) y van tres; 4) vivimos en los pasillos; 5) dirás que me paso el día paseando, pero no creas, lo que pasa que hoy tengo unos papeles que… Como idea  no es mala, pero obliga a memorizar el número de veces que uno se ha cruzado con cada persona y supone cierto riesgo, como es decirle a alguien a quien no hemos visto en todo el día “y van tres”.

Con el apasionante mundo de la empresa termino estas notas que solo pretenden ser una primera aproximación a un tema de enorme interés y que pude dar lugar, en manos expertas, a una profundización en la psique humana y en las formas en las que nos relacionamos. Sin duda, cualquier avance en el sentido y uso del hola supondrá una extraordinaria contribución al bienestar de la especie humana.  


sábado, 17 de marzo de 2018

Idiotez


Con los años uno aprende a negociar con la idiotez por muchas razones, pero, sobre todo, porque entiendes que igual que hay gente con problemas de riñón hay gente con problemas mentales: considerar que de una cosa no se es responsable y de la otra sí es un prejuicio psicológico sin fundamento. Pienso sinceramente que la sociedad, todos, debemos cuidar tanto de los que sufren cólicos nefríticos como de los que sufren de idiotez.

Dicho esto, diré también que mi bonhomía, mi comprensión, tiene sus límites. En este caso mi límite, aquello que no puedo soportar, es la soberbia intelectual.

Un idiota, según el DRAE, es un ‘Tonto o corto de entendimiento´. Si uno es corto de entendimiento, lo único que debe producirnos es comprensión y el deseo de ayudarle a superar, en la medida de lo posible, las limitaciones de su intelecto. Lo contrario, jactarse de la propia inteligencia, es demostrar poca inteligencia al no entender lo que tiene de azaroso poseer tal rasgo genético.

Sin embargo, en su segunda acepción, el DRAE define también al idiota como ‘Engreído sin fundamento para ello’. Esto ya es otra cosa. Hasta aquí, exactamente hasta aquí, llega mi capacidad empática: a estos idiotas no puedo soportarlos.

Son lo peor: son esos que, ignorantes de su ignorancia, se atreven a pontificar. Son aquellos que sin haberse molestado en investigar, se creen imbuidos de un conocimiento universal por el simple hecho de ser ellos así, maravillosos y perspicaces. Son esa gente que en su limitado entendimiento creen que el mundo es sencillo, que basta una ojeada para comprender su mecanismo y que se atreven por tanto a juzgar y prescribir sobre los grandes temas que llevan preocupándonos a los humanos desde que nos dimos cuenta de que lo somos con una frase y dos chascarrillos oídos al vuelo en cualquier charla intrascendente y trivial.

No me voy a andar con falsas modestias: me considero una persona inteligente. Pero si de algo sirve la inteligencia, si la usas, que esa es otra, es para descubrir que la complejidad del mundo nos condena a una investigación permanente y a una sospecha esencial, esa que nos susurra al oído que es posible que algo se nos esté escapando.

Lector, si estás convencido de algunas cosas, revisa tus conceptos.

Si estás convencido de muchas cosas, entonces eres un idiota. O un ser extraordinario, en cuyo caso, por favor te lo pido, ilumíname.

sábado, 3 de marzo de 2018

Tres ideas inquietantes


En su libro Vida líquida, Zygmunt Bauman habla de la sociedad moderna líquida, que es aquella, en oposición a la sólida sociedad del pasado, en la que todo cambia antes de que dé tiempo a que nada se consolide.

El libro contiene, entre otras muchas,  tres ideas inquietantes.

Una es casi trivial en su verdad: no es posible igualar por arriba las oportunidades de los habitantes del planeta. Si queremos luchar contras las desigualdades, si queremos equilibrar el acceso a la riqueza de los humanos en su conjunto, muchos tendremos que renunciar a nuestro bienestar, y eso incluye a la mayoría de los habitantes del primer mundo, por más que muchos de ellos se crean discriminados. Y lo cierto es que lo están, sin duda, pero respecto de sus compatriotas ricos, no respecto de la mayoría de los habitantes del globo. No veo a los europeos o estadounidenses renunciando, por poner dos ejemplos, a sus coches, sus cosméticos o sus móviles inteligentes. Pero sin esas renuncias, una igualdad sostenible es inalcanzable.

Otra idea inquietante y algo más sutil es que la cultura quizá no sobreviva al ocaso de la durabilidad. Bauman, al describir la sociedad moderna líquida, explica que en ella se prefiere guardar a tirar y la fugacidad a la durabilidad. Se trata de modernizarse o morir, de recomponer constantemente la propia identidad. No da miedo el cambio, sino el estancamiento. Todo esto implica, claro está, precariedad, inestabilidad e incertidumbre. Lógicamente, las implicaciones de esta liquidez social abarcan todos los aspectos de la vida, pero quizá en especial a la cultura, porque esta necesita, sea cual sea la manifestación de la que hablemos, de reflexión, de tiempo, de maduración. La historia de la cultura es una historia de aproximaciones y rupturas, de construcción y destrucción, pero siempre a lo largo de periodos lo suficientemente largos como para que los esfuerzos colectivos hayan dejado un poso, un sedimento que ha venido a engrandecer un poco más nuestro bagaje cultural, es decir, nuestras miradas del mundo y por tanto nuestras posibilidades. Pero en un mundo cambiante de corrientes efímeras, ¿podrá la cultura hacer su trabajo? 

Quizá la idea más perturbadora sea la afirmación de que los problemas, al hacerse globales, exigen soluciones globales. Pone como ejemplo la economía de fines del siglo XVIII. Hasta entonces organizaciones gremiales, municipios y parroquias habían ejercido cierto control sobre la economía y evitado desequilibrios excesivos. Pero los avances tecnológicos favorecieron la aparición de grandes industrias que trascendieron los límites geográficos del momento y explotaron sin control a los desprotegidos trabajadores. El nacimiento de los Estados-nación vino a resolver el problema: la política recuperó las riendas y pudo poner algo de freno a la voracidad económica. Hoy estamos en una situación similar: las multinacionales se saltan fronteras, legislaciones y controles como amas del mundo que son. Eluden pagar impuestos y someterse a legislaciones de protección de los trabajadores llevándose sus industrias a lugares donde no existen esas leyes o, mejor aún, encargando sus productos a otras empresas de las que no se sienten responsables. Su poder y su implantación mundial las convierte en problemas globales que no puede resolver un único estado: ni siquiera una reunión de ellos. También son problemas globales el cambio climático, la contaminación de las aguas, la energía nuclear, el crecimiento demográfico, las guerras  y tantos otros que solo podrán resolverse con soluciones globales.

Resumiendo: resulta que un planeta justo y habitable desde el punto de vista humano necesita que cientos de millones de personas, los habitantes del mundo rico, renuncien a buena parte de su bienestar; resulta que la cultura, en tanto que reflexión sobre nosotros mismos, necesitaría que el mundo frenase, que se tomase su tiempo para que las ideas pudieran cristalizar; y resulta que los múltiples problemas globales que amenazan a la humanidad exigen soluciones globales, es decir, una unión de los poderes del mundo para combatirlos.

Total nada.

domingo, 25 de febrero de 2018

Encuesta de opinión


Feminismo
1. ¿Qué opinas del manifiesto contra el movimiento #MeToo que escribieron hace unas semanas un grupo de intelectuales francesas?
2. ¿Lo has leído?
3. Si es que sí, mi enhorabuena. Si es que no, prueba a hacerlo.

Si en 1 tenías algo que decir, tu respuesta en 2 ha sido negativa y luego has seguido mi recomendación de 3, cuéntanos tu experiencia.

Libertad de expresión
4. ¿Qué opinas acerca de la prisión decretada por el Tribunal Supremo para un rapero mallorquín?
5. ¿Has escuchado o leído sus letras?
6. Si es que sí, mi enhorabuena. Si es que no, prueba a hacerlo.

Si en 4 tenías algo que decir, tu respuesta en 5 ha sido negativa y luego has seguido mi recomendación de 6, cuéntanos tu experiencia.

Teoría económica
7. ¿Qué opinas sobre la teoría de Fukuyama acerca del fin de la historia?
8. ¿Has leído el artículo ¿El fin de la historia? de Fukuyama?
9. Si es que sí, mi enhorabuena. Si es que no, prueba a hacerlo.

Si en 7 tenías algo que decir, tu respuesta en 8 ha sido negativa y luego has seguido mi recomendación de 9, cuéntanos tu experiencia.

La idea de esta encuesta me ha surgido al escuchar en la radio una tertulia acerca del caso del rapero Valtonyc. Al oír hablar a los sesudos comentaristas no he dudado ni un momento de que ninguno había leído una sola línea de sus versos. Luego me he acordado de la sorpresa que me ha deparado la lectura de ¿El fin de la historia? de Fukuyama, sobre todo porque, antes de que me diese por leer el artículo, yo ya tenía una sólida opinión acerca del fin de la historia de Fukuyama.

sábado, 24 de febrero de 2018

Academicismo

Es curioso cómo la sociedad absorbe el arte. El impresionismo, tan rompedor en su momento, es ahora admitido en el salón-comedor de cualquier casa bien pensante. El expresionismo americano, pese a romper con la tradición figurativa y con lo que hiciera falta, puede ser visto ahora sin el menor reparo en el vestíbulo de la sede corporativa de cualquier gran empresa.

Es verdad que El origen del mundo de Courbet sigue poniendo nervioso a más de uno, pero nadie se escandaliza ya ante un cuadro tan polémico en su tiempo como Desayuno en la hierba, de Manet.

¿Quiere decir esto que vamos progresando? No, no lo creo. Quiere decir, simplemente, que nos hemos acostumbrado. Los escándalos tienen que ver con ese espíritu conservador que se inquieta ante los cambios. El impresionismo o el expresionismo abstracto supusieron, sobre todo, innovaciones en la técnica pictórica, innovaciones rechazadas por aquellos que rechazan siempre lo nuevo, por norma, porque sí, en un notable ejercicio de pereza mental.

Pero la vida sigue, las técnicas se asimilan y nos damos cuenta de que no pasa nada, de que esos cuadros que muestran bajos fondos y a gente bebiendo absenta o jugando a las cartas llevan ahí años y no pasa nada. De hecho, vemos que la sociedad, el mundo cambia más deprisa que el arte, que el arte corre con la lengua fuera intentando contarnos lo que pasa pero fracasando, porque ya ni siquiera nos incomoda.

Sin embargo, tenemos un cuadro como el que subí hace unos días: Phryné devantl'Aréopage, de Jean-Léon Gérôme. La historia que muestra es la siguiente: Friné, hetaira y modelo de  Praxíteles, se jactaba de ser tan hermosa que Afrodita. Por eso fue acusada de impiedad y llevada ante el areópago para ser juzgada. Como el defensor vio que no estaba consiguiendo nada, le quitó en un gesto dramático la ropa para que los miembros del jurado la viesen y decidiesen si merecía la pena hurtarle al mundo tanta belleza.

Pero la historia tiene otra interpretación: Friné se había comparado con Afrodita. El abogado, al mostrar su cuerpo desnudo, estaba quizá diciendo “¿puede o no puede compararse con una diosa?”. La cosa es que Friné fue exculpada, quizá porque, por unos instantes, todos aquellos señores togados cometieron también impiedad al no poder imaginar que la diosa del amor fuese más hermosa que aquella criatura que tenían ante sus ojos.

El cuadro de Jean-Léon Gérôme es de la escuela academicista. Denostados por la historia del arte como conservadores frente a los innovadores impresionistas, a mí me gustan porque, pese a ciertos excesos, contaban cosas. Visto con siglo y medio de distancia, los campos de flores del impresionismo me parecen mucho más burgueses que los desnudos de Gérôme o Bouguereau.  

De qué es más revolucionario, contar un acto de impiedad que queda sin castigo o embadurnar un enorme lienzo con el goteo del pincel quizá hablé otro día.  





miércoles, 21 de febrero de 2018

La prueba


Jean-Léon Gérôme, Phryné devant l'Aréopage. 
Kunsthalle Hamburg

martes, 20 de febrero de 2018

Progreso distópico

Dice Zygmunt Bauman, en Vida líquida:

"El terreno sobre el que supuestamente descansan nuestras perspectivas de vida es sin duda inestable, como también lo son nuestros empleos y las empresas que los ofrecen, nuestros compañeros/compañeras y nuestras redes de amigos, la situación de la que disfrutamos en la sociedad, y la autoestima y la autoconfianza que se derivan de aquella. El "progreso", otrora la más extrema manifestación de optimismo radical y promesa de una felicidad universalmente compartida y duradera, se ha desplazado hasta el polo de expectativas opuesto, de tono distópico y fatalista. Ese concepto representa ahora la amenaza de un cambio implacable e inexorable que, lejos de augurar paz y descanso, presagia una crisis y una tensión continuas que harán imposible el más mínimo momento de respiro (algo así como un juego de las sillas en el que un segundo de distracción puede comportar una derrota irreversible y una exclusión inapelable). En lugar de grandes expectativas y de dulces sueños, el "progreso" evoca un insomnio repleto de pesadillas en las que uno sueña que "se queda rezagado", pierde en tren o se cae por la ventanilla de un vehículo que va a toda velocidad y que no deja de acelerar."

lunes, 19 de febrero de 2018

¿Por qué vuelvo por aquí?


Una de las preguntas que, parece razonable, se hace todo aquel que se hace preguntas es ¿qué hacer, encerrarse en uno mismo o salir hacia fuera y actuar sobre el mundo?

A estas alturas de la historia tenemos experiencias suficientes como para saber que actuar sobre el mundo es un desastre: cada vez que a alguien se le ha ocurrido imponer su idea sobre cómo deberían ser las cosas, las consecuencias han sido impredecibles, si no desastrosas.

No voy a hablar de los que se levantaron en armas para defender proyectos personalistas, supuestos religiosos o visiones megalómanas y unificadoras: el dolor que provocaron excedió en tanto al bienestar que lograron para sus congéneres que es ridículo hacer balance.

Tampoco proyectos más altruistas tuvieron demasiado éxito: las revoluciones francesa y rusa surgieron de un verdadero deseo de felicidad para la humanidad pero se convirtieron en dos manifestaciones más del terror que los humanos somos capaces de ejercer sobre nosotros mismos.

Con lo anterior no quiero decir que no saliese nada bueno de unos u otros acontecimientos: de acciones tan enormes siempre sale algo bueno. Lo que ocurre  es que suele ser sin querer.

El mundo es un sistema de una complejidad inabarcable por la mente humana. Esto que digo es una obviedad dado que nadie ha sido capaz hasta la fecha de predecir con un mínimo de exactitud el devenir de los acontecimientos. Ningún filósofo ilustrado predijo la guillotina. Y menos aún a Napoleón.  A lo que voy es que, siendo verdad que se puede actuar sobre el mundo desarrollando, por ejemplo, un sistema de contacto entre amigos, las consecuencias son impredecibles: Facebook.

Siendo esto así, siendo que no soy capaz de predecir las consecuencias de mis actos, ¿tiene sentido que actúe?

Lo que me sale es decir que no. Lo que me sale es replegarme melancólicamente en mi agujero, dejar que la vida pase a mi alrededor interfiriendo con ella lo mínimo posible, engolfarme con mis libros y mis músicas y suspirar melancólicamente mientras rememoro las utopías soñadas.

Pero, siempre hay un pero, resulta que mi agujero no es tal. Mi agujero es un lugar privilegiado, como corresponde a un privilegiado: soy de una constitución física, sexo, clase, raza, época y hasta continente privilegiados, por lo que eso de replegarme a mi agujero resulta bastante mentiroso. Replegarme a mi paraíso sería excesivo, porque no lo es, pero replegarme a mi refugio sí que sería adecuado, en particular porque mucha gente no tiene refugio de ninguna clase. 

Lo malo es que mi refugio no me concede el olvido. Mi refugio no me aísla por completo del mundo. Sé lo que pasa fuera, y me duele. A veces afectivamente, a veces intelectualmente. Sea como fuere, el mundo me duele.

¿Entonces? La contradicción es el signo de los tiempos. La complejidad de la vida no admite posiciones simples. Solo se me ocurre abrirme y replegarme a la vez; salir en plan guerrillero y volver rápidamente a la seguridad de mi refugio; soltar incendiarias octavillas desde dirigibles y volver a mi cueva a componer poemas a la luna; gritar versos y resolver ecuaciones; agitar el caos y replegarme a mi orden melancólico.

Eso es exactamente lo que se me ocurre: agitar el caos y replegarme a mi orden melancólico.

Por eso vuelvo por aquí.