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martes, 14 de diciembre de 2021

La leyenda dorada de Santiago de la Vorágine

Obra hagiográfica, La leyenda dorada de Santiago de la Vorágine es una colección de vidas de santos y un magnífico diccionario iconográfico que permite entender buena parte del arte religioso europeo. Pero es algo más, porque en sus páginas encontramos también un manual sadomasoquista. Junto a edificantes muestras de lo que caracterizaba a los santos y santas (sobre todo la abstinencia sexual y la pobreza), asistimos a todo un repertorio de torturas, pues a los protagonistas del libro los apuñalan, decapitan, fríen en aceite, sumergen en plomo fundido, degüellan, desuellan, crucifican, queman, hornean, rasgan, mutilan y descuartizan. Sin embargo, la lectura en ningún momento se hace dolorosa, porque los torturados no solo salen muchas veces indemnes de los tormentos, sino que, como en el caso de Santa Sofía, están contentos de “padecer aquellos suplicios”. En cualquier caso, como después van al cielo, pues todo bien. 

Literariamente decepcionante (la verdad es que esperaba algo más de los relatos), resulta sorprendente la creatividad que esa capaz de desplegar cuando se trata de castigar y torturar.

Cruel.

domingo, 28 de julio de 2019

Un universo de la nada, de Lawrence Krauss

Resultado de imagen de un universo de la nada de lawrence kraussEl vacío es inestable. Pares opuestos de partículas pueden surgir de la nada. De hecho, universos enteros pueden hacerlos si la suma de sus energías es cero. Eso dice la mecánica cuántica. 

Así que del vacío surge algo que, en principio va a durar un tiempo infinitesimal. Pero entonces un proceso inflacionario convierte esa fluctuación de la nada en todo un universo. Eso somos, un préstamo de la nada, condenados posiblemente a desaparecer de nuevo en la nada. 

domingo, 26 de mayo de 2019

El milagro Spinoza, de Frédéric Lenoir

Resultado de imagen de milagro spinozaCuando vi este libro en la mesa de novedades de una librería me dije “eh, hace mucho que no revisito a Spinoza”, así que, con la ilusión de quien queda con un viejo amigo, me hice con un ejemplar y me puse a leer. Desgraciadamente, la ilusión rápidamente se volvió decepción.

Al leer este libro uno tiene la sensación de estar ante un palimpsesto sobre un texto de Spinoza. Bajo la hojarasca que Lenoir suelta mezclando impresiones personales, chascarrillos históricos e ideas a veces contrarias a las del propio biografiado, emerge la sabiduría del ateo genial, del reformador ético, del filósofo materialista e inmanentista que fue Spinoza. Pero esa emergencia debe competir con el cristianismo y el misticismo no disimulado de Lenoir. Solo al final, gracias a una carta de un viejo profesor, te reconcilias con la lectura porque te permite exclamar “lo que yo decía”.

Si el libro tiene un mérito es que te despierta las ganas de olvidarte de él y acceder por otras vías al pensamiento de ese pulidor de lentes genial que fue Baruch Spinoza.

sábado, 11 de mayo de 2019

Los jinetes del Apocalipsis, una conversación entre Dawkins, Hitchens, Dennet y Harris

Resultado de imagen de los jinetes del apocalipsis libro hitchensCuanto un día se juntan estos cuatro campeones del ateísmo militante, más que hablar de la inexistencia de dios, lo que hacen es hablar de sus experiencias como divulgadores y polemistas y plantear algunas cuestiones interesantes, como, por ejemplo, si la religión puede tener aspectos positivos, aunque sea falsa; si toda verdad debe ser comunicada aunque sea peligrosa; si hay que ser equitativo o hacer distingos al meterse con las distintas religiones; o si, pese a todo, hay que concederle valor a lo numinoso.

También se pueden encontrar buenas respuestas a algunos argumentos teístas: una que me gusta responde al significado que hay que darle al arte cristiano: sí, muy bonito, pero también es chulo el griego y no creemos en los dioses del olimpo.

Está bien, pero me ha sabido a poco. Sigo pensando que aún está por escribir el gran libro sobre el ateísmo.

domingo, 22 de abril de 2018

¿Cómo se puede creer en Dios después del telediario?


Uno de los temas que más me desconciertan es el de la contradicción que existe entre lo mucho que sabemos como especie y lo poco que sabemos como individuos.

Con la mecánica cuántica es comprensible, porque es difícil, porque hay que manejar matemáticas superiores y eso no está al alcance de todo el mundo, de modo que hay que conformarse con que solo unos cuantos las conozcan y la entiendan y los demás disfruten de lo que para todos supone tal conocimiento.

Sin embargo, desde hace siglos sabemos que la existencia de un dios personal, todo  bondad, omnipotente y omnipresente es una bobada, una contradicción lógica, y, pese a todo, miles de millones de personas en todo el mundo siguen creyendo en entidades así.
No sé por qué. Sospecho que tiene que ver con la educación, y hasta pienso que algo en nuestra programación genética nos incline a la superstición. Pero que gente con formación, gente que lee, viaja y conoce gente de otras culturas y otras religiones siga aferrada a sus mitos familiares y sea incapaz de superarlos me desconcierta.

Soy comprensivo, que no condescendiente, con la gente sencilla, léase aquellos que tienen que dedicar su tiempo a sobrevivir: bastante tienen. Pero no puedo ser otra cosa que intransigente con aquellos que han disfrutado de la formación y los medios de vida para disponer de un rato y ponerse a pensar. En esas circunstancias, ¿cómo se puede creer en cuentos de hadas, en amantes seres paternales cuando todos los días mueren millares de personas de hambre, de miseria, de asco?

No me considero una buena persona. De hecho, no sé muy bien qué significa eso, pero no puedo entender cómo gente que piensa que lo es, gente que se cree buena, acepta que este mundo de mierda sea obra de un ser bondadoso. ¿Les parece obra de un ser bondadoso lo que ven en el telediario de la cena?

Me cuesta escribir sobre estas cosas porque me enciendo y porque, de verdad lo digo, no entiendo cómo se puede conjugar un mínimo de empatía con lo que pasa en el mundo y la creencia en un creador bondadoso.

Supongo que ahora habrá algún lector que piense en recordarme aquello de que dios nos ha hecho libres. Entonces yo diré aquello de qué clase de libertad de mierda es la que tienen los inocentes que mueren bombardeados por las bombas de da igual quién.

En el siglo XVIII, el terremoto de Lisboa, en el que murieron cien mil personas (alguna buena habría, ¿no?), dejó consternados a los franceses y, de alguna manera, espoleó la Ilustración, la enciclopedia y la Revolución. Hoy, gracias a los medios de comunicación globales, asistimos en directo a todo tipo de desastres, naturales o no, que tienen como consecuencia dolor, sufrimiento y muerte. ¿Cómo se puede creer en dios ante algo así?

Si alguien me lo puede explicar, se lo agradecería.

lunes, 17 de junio de 2013

Fe


Un compañero tiene un alumno predicador. Con alrededor de quince años se dedica a enseñar la palabra de su dios en vivo, por la calle, o en vídeo, a través de la red, que la religión no hace ascos de las nuevas tecnologías.

El joven predicador, al enterarse de que mi compañero es ateo, le explicó que eso es porque es un ignorante. Mi compañero, anonadado, le preguntó por algunas cosas, como, por ejemplo, la teoría de la evolución por selección natural de Darwin. El alumno no dudó en negar que descendiese del mono y, para que no hubiese duda acerca de su posición, dijo: “yo no creo en la evolución”.

Ni falta que hace. La evolución es un hecho tan incontestable como que la Tierra gira alrededor del Sol. Lo que es una teoría es la explicación darwinista de cómo se produce esa evolución, pero tampoco hay que creer en ella: las teorías están para analizarlas, comprenderlas y criticarlas con toda la dureza posible. Si aguantan el tirón, pasarán a formar parte del modelo, siempre provisional, que tenemos del mundo. Si no, pues nos olvidamos de ellas y a otra cosa.

Pero no hay por qué creer. Ni en la evolución por selección natural ni en la ley de la gravitación universal ni en la circulación de la sangre. Hay que buscar conocimiento, no opinión. Y la creencia es opinión, mera opinión, es un porque sí, irracional, sin justificación, sin argumentos. Y esto no es una opinión, sino una obviedad, porque si la creencia se sustentase en algo racional, pues no haría falta creer, bastaría comprender.

Pero el creyente siempre intentará reducirlo todo a una cuestión de creencia, porque así todas las historias son igualmente válidas y todo se reduce a eso, a creer o no creer. La argumentación no interesa, porque los argumentos pueden convertir unas historias en absurdas y dar sin embargo validez a otras. La argumentación, el análisis crítico, establece jerarquías entre las historias, y eso no interesa. Por eso el creyente se sale del juego racional: para no perder. Afirma, en un gesto de una vanidad asombrosa, que sabe la explicación última de los grandes misterios del cosmos y que lo sabe porque sí. Y ya está. Da igual lo que diga el otro: si no viene en su libro es que no es verdad. Y punto. Cuestión de fe.

El joven predicador es un ejemplo de por qué se insiste tanto en el valor de la fe: esta permite que chavales con un conocimiento escasísimo de todo se crean sin embargo en posesión de la verdad y adapten su vida a una colección de cuentos fantásticos. Con ella, con la fe, el poder liberador del conocimiento queda reducido a nada y el círculo vicioso de la pobreza continua sometiendo a grandes masas humanas, que es de lo que se trata.

sábado, 4 de mayo de 2013

Creencias, aborto y contención del gasto


Puede ser que alguien se pregunte por qué le doy tanta importancia a esto de las creencias. A fin de cuentas, ¿qué más da que la gente crea en dioses? Como si creen en unicornios o en el ratoncito Pérez: no hacen daño a nadie.

Si fuese así no me preocuparía, efectivamente. De hecho, alguna vez lo he comentado: si la gente vive más a gusto con el calorcito que les da sentirse arropados por su dios, pues genial: no seré yo quien les diga cómo deben gestionar su vida.

El problema es que la cosa no se queda ahí, en el ámbito de lo privado, sino que salta a lo público y pasa a ser asunto de la incumbencia de todos, queramos o no, seamos ateos, agnósticos, posibilistas o pastafaristas.

Hay dos caminos por los que las creencias dan el salto a lo público. Uno es obvio: las iglesias. Como casi toda organización humana, tiene como objetivo principal de su acción su propia supervivencia, y para ello ejercen la presión que haya que ejercer para imponer a la sociedad su visión del mundo. Un ejemplo: que los católicos crean que en el mismo momento de la concepción un alma inmortal se adhiere al cigoto es algo que no merece ningún comentario por mi parte, salvo, quizá, una leve sonrisa. Sin embargo, esta creencia convierte al cigoto en sagrado, por lo que la jerarquía católica presiona al gobierno español para que prohíba el aborto y éste parece que, en buena medida, va a hace caso. Es decir: por una creencia absurda millones de mujeres van a perder el derecho a decidir sobre su propio cuerpo.

El otro camino por el que las creencias entran en el ámbito público es el de los dogmas. Los creyentes, y muchos no creyentes, están tan acostumbrados a creer que se olvidan de ese sistema de ajuste fino que llamamos razón y confían ciegamente en los dogmas que definen al grupo al que pertenecen. Un ejemplo: la derecha tiene como seña de identidad la creencia en que los impuestos son el mal de la economía y que lo mejor es pagar lo menos posible. Esto, como deseo egoísta, es comprensible, pero desde el punto de vista racional es un completo absurdo, sobre todo si lo defiende quienes están comisionados para hacer que la economía funcione. La cuestión es que dan igual doscientos años de teoría económica, montones de crisis, o el ejemplo de los países más desarrollados del mundo: la derecha sigue pensando que lo mejor es pagar pocos impuestos. Da igual que esta obsesión, en su derivada “contención del gasto público” haya llevado a la miseria a varios países gracias a los consejos el FMI. Dan igual Keynes o Krugman. Da igual que no haya ejemplos que muestren que sus recetas sean efectivas, y sí de todo lo contrario. La fe es la fe.

El mundo se rige por la sinrazón. Para ocultarla unos utilizan imágenes de alta resolución de los fetos y otros gráficas y ecuaciones matemáticas de enorme complejidad, pero es solo es apariencia de ciencia, porque en realidad no demuestran nada salvo su habilidad para la manipulación y el disfraz y, sobre todo, que donde esté una creencia que se quiten mil razones.

Por esto me preocupan. 

viernes, 3 de mayo de 2013

Ositos de peluche cósmicos


Acabo de leer el libro de David Eagleman Incógnito. Es un texto ligerito acerca del funcionamiento del cerebro que resulta divertido mientras habla de la forma en que el cerebro reconstruye, por no decir inventa, la realidad a partir de la información siempre deficiente aportada por los sentidos. Otra parte, en la que relaciona la neurociencia y la culpabilidad, es interesante: dado que el comportamiento se ve influido por hormonas, genes, narcóticos, lesiones, neurotransmisores y demás, no tiene demasiado sentido hablar de responsabilidad, por lo que la administración de justicia debería realizarse pensando en términos prácticos, como el riesgo de reincidencia o las posibilidades de reinserción, y no en términos de castigo. Muy bien.

El final es el que resulta desconcertante: al hablar del reduccionismo y el materialismo extendidos de modo generalizado entre los científicos, Eagleman se hace un lío entre el sí y el no, porque tan pronto parece que está del lado de reduccionistas y materialistas como aboga el todo es posible, incluido que el cerebro sea una especie de receptor de algo que está fuera…

Me pongo a leer por ahí y me entero que Eagleman es el inventor de una cuarta vía alternativa al ateísmo, teísmo y agnosticismo: el posibilismo. Rechanzando el agnosticismo por considerarlo demasiado tibio, defiende tomar una postura más proactiva y basarse en la ignorancia que tenemos de casi todo para abrazar activamente todas las posibilidades. ¿Por qué negar la existencia de seres superiores si no podemos asegurar que no existan?

Pues yo se lo voy a decir: por la misma razón que no estamos todo el día dándole vueltas a la posibilidad de ser cerebros metidos en un frasco y conectados a un ordenador que crea un mundo virtual para nosotros; o ser el sueño de una mariposa; o el proyecto de ciencias de un alumno de secundaria de una especie gigante; o la efímera manifestación de un azar cuántico; o la creación de un dios barbudo, aburrido y algo canalla: porque no aportan nada. Una teoría que no puede ni refutarse ni rebatirse no es significativa. Divertidas sí que son, y pueden dar mucho juego en relatos de ciencia ficción, pero intelectualmente solo pueden aportarnos una cosa: humildad. La existencia de esas alternativas inalcanzables nos hace mirar nuestras teorías con modestia y desterrar la certeza de nuestra caja de herramientas. Nunca podremos estar seguros de nada que tenga que ver con la realidad. Pero esto no quiere decir que no podamos construir modelos. De hecho, es que lo hacemos constantemente: todos.

Otra cosa es hasta qué punto nos creemos nuestros propios modelos. Dice Eagleman que es tanto lo que ignoramos acerca del universo que ser ateo no está justificado. Esta afirmación aparenta tener sentido, pero en realidad no lo tiene: es como si aceptamos como posibilidad que más allá del alcance del Hubble existen unos gigantescos osos de peluche dando calor al universo. ¿Podemos negarlo? Pues, de modo estricto, no, pero no conozco a nadie que decida adoptar una postura activa respecto de la existencia de los ositos de peluche gigantes. Pues lo de los ositos de peluche y los dioses es lo mismo.

Yo soy ateo. Esto puede significar muchas cosas. En mi caso quiere decir que nunca he encontrado ningún indicio, ni prueba, ni siquiera especulación que haga mínimamente razonable creer en la existencia de seres sobrenaturales. Todo cuanto tiene que ver con dichas creencias se explica con argumentos históricos, políticos, sociológicos, psicológicos o psiquiátricos, así que mi postura al respecto es que no, no existen. Muchos dirían que entonces tendría que ser agnóstico porque no estoy seguro, pero es que eso es una perogrullada, porque seguro no estoy de nada.

¿Creo que los planetas giran alrededor de su estrella porque están animados de espíritus que desean unirse al padre-sol en un abrazo cósmico? Pues no, porque para ser espíritus con voliciones se comportan de un modo bastante monótono, siguiendo siempre las mismas reglas, esas que Einstein se encargó de formular en su teoría de la relatividad.

¿Estoy seguro de eso? ¡No!, ¡claro que no!: puede ser que los ositos de peluche gigantes hayan castigado a los espíritus de los planetas a seguir esas aburridas órbitas como castigo a algún delito cometido en el pasado. Puede ser. ¿Tengo entonces que ser agnóstico? Reconocer que este cuento es irrefutable no quita que no aporte nada y que me quede por tanto con la relatividad. ¿Quiere decir esto que creo en la relatividad? NO.

Y aquí pienso que está el eterno quid de la cuestión: los creyentes, o aquellos que, sin serlo, siguen mirando el mundo con los mismos esquemas, creen que la única forma de relacionarse con el mundo es la creencia, de modo que todo debate gira en torno a creer en una cosa u otra. Pero no es así: lo racional no es dejar de creer en los ositos cósmicos para pasar a creer en la gravedad: lo racional es no creer, lo racional es limitarnos a comparar teorías; hacer elecciones, siempre provisionales, cuando sea necesario, y vivir en consecuencia. Soy ateo en la misma medida que soy relativista: de entre las teorías que hemos elaborado hasta ahora, pienso que son las que mejor describen el mundo en sus respectivos ámbitos conceptuales.

¿Por qué se empeña la gente en creer? Pienso que se debe a que la gente es demasiado condescendiente consigo misma y aceptan sus prejuicios e instintos como si fuesen la verdad absoluta, en vez de ponerlos en cuarentena y criticarlos convenientemente.

Todos tenemos un juego de creencias que es el que usamos para manejarnos con el mundo sin pensar: instintivamente creemos en la continuidad del mundo; en el transcurrir del tiempo; en la tridimensionalidad del espacio; en la causalidad... También tenemos creencias acerca de cómo debe ser el mundo, la justicia, la moral, la amistad… Todo eso forma parte de lo que somos y está grabado a fuego en algún lugar de nuestro cerebro como consecuencia de nuestra herencia genética y cultural. Y está bien, porque nos permite vivir sin estar cuestionándonos a cada paso qué hacer. Son nuestro software básico. El piloto automático. Vale.

Pero lo que no tiene sentido es creernos nuestras creencias. Una cosa es que yo crea que el sol sale todas las mañanas y se pone todas las tardes, y otra que yo sepa que no es así, que es la gran bola sobre la que viajo por el espacio la que rota respecto de uno de sus ejes. Sin embargo, muchos llevan mal estas contradicciones y convierten, para resolver el conflicto, sus creencias animales en convicciones que defienden a capa y espada.

Lo que les pasa a los creyentes, y esto es una teoría, es que utilizan la razón para justificar sus creencias, en vez de utilizarla para criticarlas. Pero con eso no resuelven el conflicto: tan solo lo ocultan. Lo cierran en falso y son deshonestos consigo mismos. A esta deshonestidad le llaman fe.

La única forma de superar la contradicción es aceptarnos como somos, como una pluralidad de influencias, como máquinas dotadas de múltiples programaciones contradictorias y dudar, de todo en general y de nosotros mismos en particular.

sábado, 26 de mayo de 2012

No soy yo quien les importa


¿Qué es lo contrario de prohibir? Para los católicos, para la derecha recalcitrante, para los reaccionarios, para los miedosos en general, lo contrario de prohibir es imponer, porque están tan acostumbrados a la obligación, a recibir las instrucciones de fuera, de sus textos, de sus sacerdotes y jefes, que no conciben que el otro, el que no comparte sus creencias, quizá no quiera negarle nada ni imponerle nada sino, simplemente, vivir a su aire y que los demás hagan lo mismo.

No, lo contrario de prohibir no es imponer. En realidad, ambas cosas son la misma cosa. Lo contrario de prohibir es permitir, y esto es lo que no entienden quienes piensan que estás con ellos o contra ellos, cuando lo más normal es que los demás no estemos ni con ellos ni contra ellos sino que, sencillamente, nos resulten indiferentes.

Hay muchos ejemplos, pero el de la familia cristiana es particularmente extraño. Se empeñan en defender la familia porque dicen que está siendo atacada, que está en peligro. No lo entiendo. ¿No montar una familia cristiana es atacar a la familia cristiana? ¿Alguien les prohíbe que se casen, tengan hijos, se pongan guapos y vayan juntos a misa los domingos? No, claro que no. Pero el hecho de que haya leyes que permiten que otros se organicen la vida de otra amanera para ellos es un ataque. ¿Y por qué?

Tras pensar en el asunto, creo que he dado con el quid de la cuestión, y es que siempre me planteo estas cuestiones desde un punto de vista equivocado, posiblemente por mi acusado egocentrismo. Tiendo a pensar que ellos intentan imponerme a mí su modelo, que intentan prohibirme a mí que viva según me plazca y, claro, nunca he entendido por qué les importaba yo tanto. Pero al pensar en el asunto este de la familia, de pronto lo he visto claro: no es a mí a quien quieren prohibirme cosas, sino a sus parejas, a sus hijos, a sus amigos. Lo que les da un miedo terrible es que la ley permita a su mujer coger la maleta y largarse. Lo que no pueden soportar es que la ley permita que su hijo coja y se haga pareja de hecho de su amigo. Lo que no quieren es que su hija del alma aprenda a comprar condones y a hacer con su sexo lo que la venga en gana, incluido abortar si la gomita se rompe. Lo que no quieren es que sus amigos puedan divorciarse, salir del armario o declararse ateos. Lo que no quieren, en suma, es que ese mundo tan maravilloso del que, sorprendentemente, tanta gente se sale, se desmorone por culpa de unas leyes que, en vez de prohibir, que es lo que tienen que hacer las leyes, permiten hacer todas esas cosas nefandas.

La verdad es que ahora que me he dado cuenta de que yo no soy más que un daño colateral de la cruzada de todos estos cobardes contra la libertad de su propia gente me siento mucho más tranquilo.  

miércoles, 9 de junio de 2010

Existencias

Todo aquello de lo que se puede hablar existe, porque si no no podríamos hablar de ello.

Pero no todas las cosas existen de la misma manera.

Buena parte de los problemas de la filosofía, y casi todas las guerras, surgen de no entender correctamente la diferencia entre las distintas formas que tienen las cosas de existir.

Los nombres son hechizos que nos hacen creer en las cosas que nombran. Por eso tantas mitologías identifican el acto de crear con el acto de nombrar.

Algunos piensan por ello que estamos condenados a vivir hechizados, pero yo no lo creo. Podemos ir más allá de las palabras, podemos pensar en el mundo que a veces nos esconden.

Posiblemente todos nuestros conceptos sean ficticios, aunque unos más que otros. La idea de unicornio solo existe en nuestra imaginación y sus productos. La idea de gato también, aunque algo de la realidad debe contener esa idea cuando lo que percibimos como gato suele huir ante lo que percibimos como perro. Estas regularidades son las que nos hacen creer en la realidad de nuestras ideas.

Los conceptos residen en las mentes. Y, por lo general, tienen bordes brumosos. Además, la extensión de cada concepto en las distintas mentes no tiene por qué coincidir. De hecho, no lo hace. En la zona que comparten las extensiones de los conceptos de dos mentes, el acuerdo es inmediato y el hechizo del lenguaje se refuerza. Ante un gato domestico casi todos estaremos de acuerdo en que es un gato. Pero ante uno de esos huesudos gatos egipcios el acuerdo será problemático. Yo nunca diría que es un gato... salvo que un genetista me lo demostrase.

La ciencia ayuda a reducir la carga subjetiva y supersticiosa de nuestros conceptos enfocándolos, afinando sus bordes y encastrándolos en sistemas coherentes. El objetivo es que nuestras ficciones sean más útiles. Qué significa ser útil depende de cada uno.

No existen de la misma manera los gatos y los unicornios. Tampoco Ana Karenina y Scarlett Johansson, aunque para mí, a todo los efectos, son seres igual de ficcionales. No existen de la misma manera una pesa de un kilo, el concepto de kilo del sistema métrico decimal o la secuencia de signos “1 kg”, como no existen de la misma manera mi yo, los cuerpos, el monte Everest, las olas, el número cinco, Europa, el arco iris, Saturno, los átomos, el amor, la belleza o el mal.

Hay conceptos que poseemos intuitivamente. Hay otros que inventamos a partir del lenguaje, jugando con las palabras, creando definiciones. El concepto de número imaginario no es intuitivo. Sin embargo, lo definimos, lo ponemos a prueba, y funciona. El concepto de dinero no es natural. Sin embargo, lo inventamos, y se adueña del mundo.

Sea un esfericubo una ‘esfera cúbica’. ¿Existen los esfericubos? No, claro que no. No es suficiente tener una definición para existir. La definición de unicornio nos permite imaginarlos, y hasta pintarlos: los podemos imaginar. Pero la de esfericubo no nos permite nada, es un sinsentido, la forma más baja de existencia.

¿Y el dios de la Biblia? Un esfericubo. ¿Y el infinito matemático? No lo sé. Podría serlo.



miércoles, 21 de abril de 2010

Hiyab

He oído decir que el velo que llevan sobre la cabeza algunas mujeres musulmanas es una señal de sumisión. Puede ser. Pero también lo son los tacones altos y a nadie se le ha ocurrido prohibirlos. O los velos de las monjas, ya puestos.

He oído decir que hemos quitado los signos religiosos de los centros de enseñanza pública. No es cierto: se han quitado los signos religiosos oficiales, pero a nadie se le dice que se quite el crucifijo que lleva sobre el pecho.

He oído decir que, por coherencia, si los chicos no pueden llevar gorra en clase, las chicas musulmanas no deben llevar pañuelo. Sí, eso es coherencia. Pero la coherencia no es un valor si no sirve para proteger algo más. Soy ateo, pero entiendo que no es lo mismo forzar una norma de buenas maneras que una religiosa. Además, es tan fácil cambiar el reglamento y decir: “se prohíben los sombreros y gorras en clase”. En el caso de que un niño tenga cáncer y se quede calvo por la radioterapia, ¿van a obligarle a quitarse el pañuelo “por coherencia”?

He oído decir que los centros educativos públicos en España son laicos. Si es así, ¿por qué se sigue impartiendo religión?

He oído decir que hay que poner límites en algún sitio. Estoy de acuerdo. El burka, por ejemplo, que impide reconocer y relacionarte con la persona. O la ablación de clítoris, que es una agresión física e irreversible. Pero, poner el límite en un pañuelo que se lleva en la cabeza... ¿no es desproporcionado?

He oído decir que la comunidad de Madrid siempre apoyará la libertad de los centros educativos. ¿Quiere decir esto que si el consejo escolar decide no aceptar a los gitanos le apoyarán?

Soy ateo y considero a las religiones, en especial a las monoteístas, un atajo de supersticiones. Pero también sé que el sentimiento religioso es algo muy profundo que no puede cambiarse por decreto ley. Para muchas mujeres musulmanas el hiyab es una seña de identidad. Para otras, quitárselo es tanto como desnudarse. Pero también he visto muchas chicas que han aparecido por el instituto y, al cabo del tiempo, se lo han quitado.

Me gustaría que llegase el día en el que el hiyab no fuese más que un adorno, al igual que los crucifijos o los rosarios. Pero para que llegue ese día, el mejor camino no es hacerles sentir que la sociedad les rechaza, sino hacer todo lo posible para que aprendan matemáticas, literatura, filosofía, historia...

Hoy, en una clase, un alumno ha sacado el tema. La opinión del resto ha sido unánime: hay que respetar las costumbres de los compañeros. Mientras decían esto miraban a la mejor alumna de clase, una chica encantadora, que, asustada bajo su hiyab, ha acabado preguntándome si en nuestro instituto podía pasar eso.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Los ultras de las Luces

El cuarto volumen de la Contrahistoria de la filosofía de Michel Onfray trata de Meslier, La Mettrie, Helvecio, D’Holbach y Maupertuis, a quienes llama, colectivamente, Los ultras de las Luces. No todos pensaban los mismo, pero todos ellos se acercaron en un grado u otro al ateísmo, al materialismo, al hedonismo, al determinismo y al consecuencialismo.

Me sorprendo una y otra vez al descubrir todo lo que sabíamos ya hace más de doscientos años y, sobre todo, que no se tratase del conocimiento de ningún ser extraño y privilegiado, sino el de mucha gente que poco a poco fue incorporando los nuevos saberes a su forma de entender el mundo y su propia vida.

Por un lado es reconfortante saber que en épocas tan lejanas puede encontrar uno compañeros de viaje. Por otro, resulta frustrante comprobar lo poco que avanzamos como especie.

lunes, 8 de febrero de 2010

Noah's Ark-God, Giraffes & Genocide

Mi buen amigo Kiyoshi me ha hecho saber de la existencia del siguiente vídeo. Está en inglés, pero se entiende perfectamente. Merece la pena. Un magnífico ejemplo de lo que es enseñar divirtiendo.





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Otra recomendación, mencionada en uno de los comentarios: Prototipo, de Ralf König.

Libre albedrío

Ver  texto.

viernes, 29 de enero de 2010

De matrices y anillos

Hace poco más de seis años, cómo pasa el tiempo, escribí en una sección de Epsilones que se llamaba El cuaderno rojo el siguiente texto. Como lo he mencionado hace un par de días, lo reproduzco aquí.


De matrices y anillos

A riesgo de ser odiado voy a decir lo siguiente: las sagas cinematográficas de El Señor de los Anillos y Matrix son pura basura.

Con esta afirmación no me refiero a su calidad técnica, que sin duda es increíble en ambas en lo relativo a cuestiones como fotografía, diseño de producción, efectos especiales, sonido, artes bélicas y demás.

Tampoco a la calidad de la historia, pues en ambos casos es tan escueta que prácticamente no existe: en la del Anillo consiste en “hay un malo, vamos a por él” y en la de la Matriz en un “hay unos malos, vamos a por ellos”, estando las horas intermedias rellenas de hechos “contingentes” y/o “accidentales”.

Ni siquiera voy a criticar la poca originalidad de ambas historias, basadas en leyendas y mitos ancestrales o en cuestiones filosóficas con siglos de antigüedad: revisitar a los clásicos, si se hace bien, siempre es enriquecedor.

Cuando digo que son pura basura estoy pensando en los valores que muestran.

1. Mesianismo

Frodo y Neo son “elegidos”. Son una especie de profetas sin profecías con una misión: salvar al mundo. No hay merito en ellos. Ni voluntad. Son lo que son porque sí, porque les ha tocado en la lotería del destino.

Lo anterior tiene una consecuencia inmediata: sus seguidores no lo pueden ser en virtud de los méritos de sus líderes, porque en principio los desconocen: les siguen porque tienen fe ciega en ellos.

El porqué de su elección y de la fe de sus acólitos es un misterio emparentado sin duda con el de la Santísima Trinidad (“Tres anillos”, “Trinity”).

2. Maniquieísmo

Los conceptos morales no son absolutos. Raramente podemos dibujar una línea y decir del lado de acá estamos los buenos y del lado de allá los malos. Y quienes dicen distinguir claramente entre unos y otros suelen confundir los valores humanos con el color de la piel o la cantidad de petróleo que se les puede robar.

Sin embargo, en nuestras películas preferidas la distinción es absoluta. Los buenos son buenísimos henchidos de amistad y deseos de salvar al mundo, aunque no sepan muy bien cómo. Y los malos, los malos ni siquiera son humanos: son monstruos o programas de ordenador con los que podemos olvidarnos de dudas o piedad: se les aniquila y listo.

Los humanos llevamos haciendo lo mismo desde hace miles de años: para poder matar al otro sin demasiado problemas de conciencia nos convencemos de que el otro no es tan “humano” como los somos nosotros mismos: a veces por su raza, a veces por su nivel cultural o por su religión, casi siempre porque sí, no vemos al otro tan humano. Y lo seguimos haciendo: como ejemplo basta ver cómo algunos líderes mundiales distinguen entre los muertos propios (“bajas”) y los ajenos (“daños colaterales”).

3. Violencia y heroísmo

Total, que durante horas nos dedicamos a luchar y matar/eliminar a cuantos más enemigos mejor para conseguir salvar el mundo. Y esto podría entenderse como un rasgo de realismo de ambas trilogías que no considero censurable: la violencia forma parte de la vida del humano y ocultarla es solo un ejercicio de hipocresía.

Lo que me resulta ofensivo es que los héroes hagan gala de un grado de violencia tan desmesurado. Lo que me parece preocupante es que sin el más mínimo pudor se exponga la alianza entre heroísmo y violencia y se ensalce de un modo tan obsceno la figura del guerrero.

El mal, si tenemos que ubicarlo en algún sitio, no es una violencia u otra: es la violencia. Podemos hablar de ella, exponerla, mostrarla hasta que hiera nuestra sensibilidad y nos haga revolvernos en el sillón o girar la cabeza. Pero ensalzarla me parece la mayor de las maldades.

4. Entertainment

Los anglosajones son los reyes de esto de la industria del espectáculo. Y hace mucho que se dieron cuenta de la atracción que causa sobre los humanos la violencia, siempre y cuando el espectador se identifique con el que reparte y no con el que recibe. Y sin duda nos encontramos ahora ante dos obras cumbres en este sentido. Hace unos días, cuando les manifesté a unos alumnos lo estúpido que me parecía que en Matrix la forma de comunicarse entre programas de ordenador fuese a patada limpia, uno de ellos comentó: “ya, pero ¿y las hostias que se dan?”.

El éxito multitudinario de ambas sagas habla bien a las claras del acierto y habilidad de sus productores y de lo patético de este escrito mío, condenado a ser leído por millones de veces menos gente que la que ha visto y verá Matrix y El Señor de los Anillos. Ellos, a fin de cuentas, tienen a favor la propia naturaleza humana, mientras que yo, triste de mí, abogo por llevarle la contraria.

A los que lean esto solo les pido lo siguiente: la próxima vez que pasen un buen rato en el cine viendo como la gente se pega y se mata, que se pregunten acerca de lo que pensarían de alguien que pasase buenos ratos viendo como la gente se pega y se mata.
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Nota (29-1-2010): me gustaría recalcar que en el texto anterior hablo de las películas, no de los libros de El señor de los anillos, los cuales ni había leído entonces ni he leído después. Lo he intentado, eso sí, pero el tedio que me produjeron sus cien primeras páginas fue tal que no pude continuar.

domingo, 24 de enero de 2010

“Gracias a Dios”

La expresión “gracias a Dios” se usa, a veces, pensando menos en su sentido literal y más como forma de manifestar la satisfacción de haber sido tocado por el azar.

Pero otras veces no, otras veces se usa en su sentido literal, como cuando en un desastre natural en el que han muerto miles, un superviviente da gracias a Dios por haber sobrevivido. En este caso se está responsabilizando a Dios de la supervivencia de un individuo. ¿Y de la muerte de los demás? ¿No es responsable?

Supuesta la existencia de Dios, que un individuo le agradezca la propia suerte cuando el dolor le rodea es lo mismo que si el hijo de un maltratador le agradeciese a su padre que no la emprenda a golpes con él después de haberlo hecho con su madre y sus hermanos.
En realidad, lo que no acabo de ver es cómo pueden los creyentes, creyendo en Dios, no ver en Él al mayor de los maltratadores, por no decir al mayor de los genocidas.

Un misterio más.

[Por cierto: sobre el tema de lo duro que pude ser Dios es muy recomendable la última película de los hermanos Cohen, A serious man].

sábado, 23 de enero de 2010

Épica atea

En esto tiempos tan feos no viene mal un poco de épica. Lo malo es que la épica, la exaltación del héroe, suele tener un carácter mesiánico muy desagradable, pues los héroes suelen ser tipos elegidos, gente predestinada a cumplir una misión, en concreto la de salvarnos, sin que muchas veces esté claro de qué nos tienen que salvar, ni por qué son ellos precisamente los que van a lograrlo, ni si queremos los demás, los de a pie, ser salvados.

Aunque no mucha, tenemos algo de épica atea. En música, por ejemplo, está la obra de Dimitri Shostakovich. En ella aparecen héroes, pero son héroes anónimos, muchas veces colectivos, cuyo valor no reside en ningún mandato divino, sino en la fuerza de tener la justicia de su parte. Que Shostakovich estuviese del lado de los perdedores le evitó, además, la indignidad de la victoria.

No sé si el concierto para violoncello número 1 de Shostakovich tiene programa o no, pero es un ejemplo magnífico de épica y, también, de ironía y dramatismo. La versión que propongo es vieja, sí, pero tiene el aliciente de estar interpretada por Mstislav Rostropovich, que fue quien la estrenó y a quien se la dedicó el propio Shostakovich.

Por cierto: las cuatro primeras notas forman parte de la secuencia DSCH, la famosa firma musical de Shostakovich.



martes, 12 de enero de 2010

Saber incorporado

Para los antiguos era evidente que la Tierra era plana, y la idea de que esta en realidad pudiese ser esférica resultaba perturbadora, cuando no increíble.

Hoy, sin embargo, nadie tiene problemas en aceptar la aproximada esfericidad del planeta y en resolver las dificultades que esto conlleva (que los de “abajo” no se caigan, por ejemplo) echando mano de la fuerza de la gravedad universal, fuerza que nadie entiende pero que casi todos aceptan.

Si esto es así se debe a que el conocimiento de la forma de la Tierra es un saber incorporado, concepto desarrollado por Nietzsche y que pone de manifiesto un hecho curioso: no nos basta saber algo: necesitamos, además, interiorizarlo, sentirlo como real. No basta disponer de la verdad: hay que acreditarla como tal.

La situación intermedia surge cada vez que un nuevo conocimiento llega a la sociedad. La teoría de la evolución por selección natural de Darwin y Wallace, por ejemplo. Mucha gente la acepta como parte del canon científico, pero poca gente sabe exactamente qué significa. Se acepta la idea vaga de que los animales tienden a adaptarse al medio y que eso provoca los cambios que gradualmente dan lugar a las distintas especies, cuando no es eso lo que dice la teoría. Pero lo peor no es la falta de conocimiento, sino la no incorporación de alguna de sus consecuencias. Una de ellas, quizá la más importante, es que nada hay en la naturaleza humana de trascendente, pues no somos más que una de las muchas especies que pueblan la Tierra surgidas de esa sorprendente y azarosa combinación de azar y necesidad que es la evolución.

Esta situación de saber pero no sentir es frecuente. Y terrible, porque lleva a quienes la sufren a vivir en una especie de esquizofrenia, de desdoblamiento de la personalidad. Son muchos los que, por ejemplo, habiendo comprendido intelectualmente el sin sentido de la religiones, son incapaces, sin embargo, de aceptar un mundo sin trascendencia. Es el caso de tantos que, no siendo creyentes, no ven con los mismos ojos la religión en la que se han criado que la vivida por otros.

Para muchos el saber científico es algo que hay que aceptar pero que produce tristeza por lo que tiene de expulsión del paraíso. Es esa gente para la cual saber que la Luna es un enorme peñasco entra en contradicción con su romántica contemplación.

A lo que voy es que el conocimiento duele si nos cambia, pero no si nos criamos con él. Por eso es tan importante hacer el mundo lo más transparente posible. Los misterios son deliciosos si lo son de verdad, pero perniciosos si consisten en ocultación premeditada, pues los primeros estimulan la imaginación y la investigación, mientras que los segundos nos sumen en el desconcierto y la superstición.

Hoy sabemos muchas cosas. Sabemos que no existen entidades divinas ni fantasmales. Sabemos que la vida no tiene ningún sentido salvo el que queramos darle cada uno. Sabemos que nuestra propia naturaleza no juega necesariamente en nuestro favor, sino en el de los genes. Durante el siglo XX hemos aprendido más sobre el cosmos y sobre nosotros mismos que en toda nuestra historia y prehistoria. Sin embargo, no hemos incorporado ese conocimiento. Por el contrario, parece como si lejos de aumentar, el saber incorporado estuviese disminuyendo. La causa de esto es, teorías de la confabulación aparte, la desidia inherente a las sociedades opulentas. Dicho menos pedantemente: nos volvemos vagos. La vida laboral nos genera un cansancio que nos hace olvidar lo importante y dedicarnos simplemente a lo urgente. No merece la pena meterse en más problemas de los necesarios. No merece la pena entrar en discusión con quien piensa distinto.
Qué pereza... Total, qué mas da...

Hace unos años, en el estado norteamericano de Kansas, se abolió la obligatoriedad de la enseñanza de la evolución, lo cual dio entrada en las escuelas a la teoría del creacionismo. Esto es como si una ley dijera que, para explicar la reproducción humana, en vez de contar a los niños la cosa del pene, la vagina*, los espermatozoides y los óvulos, también se les puede enseñar la teoría de la cigüeña que viene de París. Pero así fue. Cuando los científicos americanos se dieron cuenta de lo que había ocurrido, vieron la necesidad de participar en el debate social, debate del que, encerrados en su torre de marfil, habían desertado.

Es terrible, pero la superstición lleva las de ganar. Hay muchas razones, pero dos destacan sobre las demás: una es que ser supersticioso es fácil, mientras que ser escéptico cuesta más. La otra es que, por definición, el escéptico no está convencido de nada. Esto, siendo bueno, implica que el supersticioso es poco proselitista, a diferencia del creyente que, convencido de lo suyo, no se corta a la hora de hacer propaganda.

No pretendo animar al personal a caer en los pecados de los otros, pero sí que animo a no callar, a opinar siempre que surja la oportunidad, a defender con argumentos y con pasión las propias convicciones. Quizá sea el caso de que no se tengan convicciones. Eso sería genial. Entonces se puede ser vehemente en defensa de la única convicción incuestionable: la duda.

A.

* ¿A alguien se le ocurre una explicación racional de por qué el programa Word da la palabra “vagina” como inexistente? Joder, están enfermos.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Creencias

Toda afirmación es en realidad una suposición y, en el sentido de falta de certeza, una creencia. Todos disponemos, porque las necesitamos, de un conjunto de creencias: creemos que existe el mundo, creemos que existen los demás, creemos cada día que va a salir el sol, etc. Algunos, muchos, creen además en otras cosas: fantasmas, espíritus, dioses... Estrictamente, la diferencia entre unas creencias y otras es de grado: para algunas la evidencia empírica es más o menos grande, mientras que, para otras, esta se reduce a cero.

Hasta aquí, bien. Los problemas surgen cuando las creencias se convierten, en las mente de algunos, en certezas. Entonces las suposiciones se transforman en dolor, guerra y muerte. Las dudas no matan. Las certezas sí.

Antídoto: empezar desde el principio, no dar nada por sentado y, sobre todas las cosas, dudar, siempre dudar.

miércoles, 28 de octubre de 2009

La fuerza de las ideas

Hay gente que cree en la fuerza de las ideas. De hecho, se ha convertido un tópico bienpensante, como ese otro de la fuerza de la palabra. Pero no es más que eso, un tópico, que no significa nada si no se matiza.

Imaginemos a una persona muy lista que se dedica a reflexionar sobre la felicidad y encuentra un camino para alcanzarla, e imaginemos que ese camino exige un cierto grado de sacrificio previo, consistente, por ejemplo, en la comprensión de algunos conceptos filosóficos complejos. Esta persona, deseosa de compartir su método con toda la humanidad, intentará explicarlo. ¿Tendrá éxito?

No, claro que no. Quizá logre comunicar su idea a un grupo que disfrutaran de la felicidad que proporciona, aunque matizada esta por la frustración de ver que el resto de la humanidad sigue siendo refractaria al conocimiento.

Pensemos ahora en John Lennon diciendo aquello de “Todo lo que necesitas es amor”. Da igual que la frase sea una simpleza, y que, además, sea una simpleza falsa. Da igual que tal idea lleve a un callejón sin salida y deje sin defensas a sus creyentes ante los que no creen en ella. Da igual que sepamos que el ser humano no está programado para el amor universal. Pese a todo ello, la idea tuvo un éxito espectacular, no en el sentido de que se propagase el amor, claro, sino en el de que el dichoso estribillo colonizó una enorme cantidad de mentes.

No pretendo decir que las grandes ideas no influyan en el mundo. Claro que lo hacen, pero de un modo indirecto, simplificado, vulgarizado y con unas consecuencias que, casi siempre, desvirtúan la idea inicial.

Un ejemplo: la crítica racionalista y el posterior rodillo nietzschniano dejaron sin sentido a las religiones, mostrando que estas son, en el mejor de los casos, colecciones de leyendas y, en el peor, burdas falsificaciones. Sin embargo, siendo enorme la influencia que ha tenido la idea de “la muerte de dios”, lo cierto es que muchos siguen creyendo y, lo que es casi peor, muchos de los que no creen se han limitado a redirigir sus ansias de fantasía hacia otras supersticiones y espiritualismos varios.

¿Por qué pasa todo esto? ¿Por qué lo que sabemos influye tan poco en el mundo o, cuando lo hace, lo hace de un modo tan insatisfactorio? Pues porque las ideas, para ser exitosas, deben ser asequibles, asimilables por un porcentaje importante de la población, lo cual significa, entre otras cosas, que deben ser sencillas de entender y fáciles de seguir. Pero resulta que ni el mundo es sencillo ni es fácil hacer caso de ideas que van en contra de nuestra programación genética. Por eso las complejidades y los matices se pierden por el camino. Por eso todo lo que no apele a nuestros instintos básicos está llamado al fracaso.

Hoy sabemos mucho acerca del comportamiento humano, y del mundo físico, y de la historia, que tiran por tierra milenios de supersticiones y costumbres sin sentido. Sin embargo, pocos tienen en cuenta ese conocimiento a la hora de tomar decisiones o a la de imaginar alternativas para el futuro. La solución parece estar en la educación, pero hasta esta idea en apariencia tan simple ha calado poco entre los humanos.

Cabría preguntarse en este punto por qué seguir pensando. Yo, esto al menos, sí lo tengo claro: por placer, por qué si no.