¿Os habéis fijado en la foto que colgué el
otro día? ¿Habéis visto cómo el muerto levanta con sus manos la lápida mientras
el ángel hace por escuchar lo que dice? Me imagino los buenos ratos que el
difunto, en vida, debió de pasar pensando en las reacciones de los visitantes
del cementerio al ver su tumba. Así es como pensaba ese tipo en su muerte,
imaginándose la vida de los otros. Y disfrutando de la situación por
anticipado, como hacemos tantas veces en tantas otras ocasiones.
Esa misma capacidad narrativa que nos
permite imaginar el futuro es la que nos permite pensar en la muerte como un
estado, cuando no lo es. También el lenguaje colabora al engaño: decimos "Fulano
está muerto" y sentimos que Fulano está, es verdad que muerto, pero está, cuando lo
cierto es que Fulano, si es que es cierto que murió, no está.
La muerte no es un estado, es algo que
ocurre, es la cesación de la vida, es un punto y final, no una transición. Si
acaso, es un estado, pero para los vivos. Fulano está muerto en mí. Yo, que sigo
vivo, carezco sin embargo de la presencia de Fulano. Por eso las exequias, los
funerales, los réquiem y epitafios son para los vivos, y no para los muertos, porque
tienen que ver con la forma en la que los vivos procesamos la muerte de los
otros.
Pero la muerte no existe. No como más allá.
No hay más allá. No hay después. Pensar en el futuro, en lo que ocurrirá tras
nuestra muerte es un ejercicio intelectual tan interesante como cualquier otro,
y tan inútil como casi todos.
PD: le hice otra foto a la tumba en cuestión: en esta se ve con más claridad al ángel que, al tiempo que hace bocina con la mano para escuchar al presunto difunto, señala hacia arriba, quizá indicando que desde allá no se le oye, o vaya usted a saber qué.
PD: le hice otra foto a la tumba en cuestión: en esta se ve con más claridad al ángel que, al tiempo que hace bocina con la mano para escuchar al presunto difunto, señala hacia arriba, quizá indicando que desde allá no se le oye, o vaya usted a saber qué.








