domingo, 23 de junio de 2013

El fracaso de la posmodernidad

Por razones que no vienen al caso se han juntado encima de mi mesa El arco iris de gravedad de Pynchon y la Historia de la locura en la época clásica de Foucault. Su contemplación conjunta me ha hecho recordar tiempos en los que no dejábamos de hablar de la posmodernidad, para ensalzarla, para criticarla, para entenderla y para descubrir en el proceso cuánto de eso había en nosotros.

“Fueron los mejores tiempos, fueron los peores tiempos”, porque fueron estimulantes y frustrantes, porque aprendimos tanto y comprendimos tan poco que creímos que la incomprensión era circunstancial y no esencial. Recuerdo aquellos tiempos con emoción porque por una vez me sentí en movimiento, aunque a veces fuese en contramovimiento: lo de menos era compartir ideas: lo de más, buscarlas, investigarlas, confrontarlas y hasta arrojárnoslas con toda la mala leche de la que éramos capaces. En dos épocas de mi vida he tenido la sensación, y aquella fue una de ellas, de que las ideas son entidades físicas, más reales que la realidad, tan poderosas que conforman el mundo. Asistir, contribuir, incluso, a su transformación era como manipular el mismísimo tejido de la realidad.

Pero no era de esto de lo que quería hablar aquí. O sí, porque aquello fue un ejemplo a escala reducida del movimiento general. La posmodernidad fue una promesa: al delatar la trampa de los grandes relatos; al deconstruir tantos conceptos escleróticos; al sustituir la centrípeta por la centrífuga y mostrar que todas las sospechas eran ciertas la posmodernidad ofreció un nuevo mundo sin verdades agobiantes, un mundo de juegos y de danzantes, un mundo chispeante, contradictorio y libre.

No fue así. No hace falta que lo detalle. El mundo que vivimos es cualquier cosa menos chispeante y libre. La crisis económica, con su terca fealdad y su omnipresencia, nos hace olvidar las otras crisis, las otras muchas crisis que arrastramos desde hace unas décadas y que se pueden resumir en una: la completa ausencia de ideas auténticamente revolucionarias en todos los campos, en todas las disciplinas.

Este fracaso no ha sido nuestro único fracaso. De hecho, es el último de una larga serie que conocemos por nombres tan sugerentes como Renacimiento, Romanticismo o Vanguardias. En todas aquellas épocas creímos estar ante un mundo nuevo producto de una nueva forma de mirar el mundo. Todas ofrecían una vida enriquecida por los productos de la mente, todas nos convencieron de que la aventura de trascender nuestra naturaleza era posible. 

Un optimista podría decir que, aunque fracasos, nos acercaron algo más al objetivo en un movimiento asintótico. Pero no: es cierto que nuestro conocimiento positivo ha aumentado, pero como humanos seguimos siendo las mismas alimañas de siempre. Es verdad que nuestras teorías físicas son extraordinarias, que hemos logrado algunos poemas más que aceptables y que todas nuestras sospechas acerca de ser menos que nada en el cosmos se han confirmado. Pero en conjunto, la media de la especie en poco supera a la nuestros primos los chimpancés.

Sin embargo, siendo uno de muchos, pienso que este fracaso tiene algo de especial: es el último, y esto por corresponder al último intento de la serie que iniciaron los griegos hace veinticinco siglos y que se reactivó y aceleró en el Renacimiento. Algo pasó en Grecia que les hizo tomar conciencia de los prejuicios milenarios que constreñían sus vidas. Entonces aquellos tipos iniciaron la demolición sistemática de todos los tabúes, el derribo de todas las barreras, la superación de todos los  límites: cada vez que un nuevo modo de explorar el mundo llegaba al agotamiento nos revolvimos contra las causas y construimos una nueva mirada, un nuevo vector que, proyectado en todas direcciones, encontró nuevos campos de experimentación. Entonces llegó la posmodernidad y las últimas barreras cayeron, esas que tienen que ver con la verdad, con el sujeto, con el autor. Y nos las prometimos felices, pero fue un fracaso: es como si, al saber que lo podíamos hacer todo, nos viésemos incapaces de hacer nada. Tiene sentido: la creación siempre es agonal, el pensamiento siempre es contra algo, la lucha es imposible sin enemigos. Y el caos demasiado basto como para explorarlo sin orejeras.

La cuestión, creo que se entiende, es que ya no hay más allá. No hay nada que negar, ni barreras que derribar. No hay reacción posible. Contra el renacimiento probamos con el barroco; contra el barroco, con el clasicismo; y al clasicismo le opusimos el romanticismo. Y probamos luego con el realismo, el simbolismo, las vanguardias… Hemos saltado de modos más exaltados a otros más serenos, y al revés; de dar la primacía a la razón a dársela a las emociones, de lo apolíneo a lo dionisiaco, pero siempre dejando algún muerto en el camino, algún prejuicio, algún límite, algún ídolo engañoso. Pero la posmodernidad se cargó lo poco que quedaba: llevó el programa nietzscheano hasta sus últimas consecuencias y reveló nuestra naturaleza de animales borrachos de palabras. Fin.

Queda una pregunta por contestar. Si hemos probado todos los caminos y no hemos logrado nada, ¿es que estamos condenados desde un principio al fracaso? Sin duda que sí, siempre y cuando consideremos que el objetivo era superar esa naturaleza animal y convertirnos en seres capaces de diseñar nuestro destino. Hemos hecho cosas gloriosas, y hasta nos hemos divertido en ocasiones, pero han sido destellos efímeros, fiestas sorpresa, nada más. Fuera de esos momentos creativos hemos sido, como especie, incapaces de renunciar a los instintos, a la tribu, a la superstición, a la barbarie.  

Naturalmente, esto no es el fin de la humanidad, tan solo el de un modelo, el que pusieron en marcha aquellos atenienses ociosos y especulativos. Si seremos capaces de sobrevivir sin ideas, sin la sensación de estar participando de algo profundo, significativo y transformador, habrá que verlo.

Además, por muy mal que vayan las cosas, no hay por qué temer por el mundo: siempre quedarán los escarabajos.

lunes, 17 de junio de 2013

Fe


Un compañero tiene un alumno predicador. Con alrededor de quince años se dedica a enseñar la palabra de su dios en vivo, por la calle, o en vídeo, a través de la red, que la religión no hace ascos de las nuevas tecnologías.

El joven predicador, al enterarse de que mi compañero es ateo, le explicó que eso es porque es un ignorante. Mi compañero, anonadado, le preguntó por algunas cosas, como, por ejemplo, la teoría de la evolución por selección natural de Darwin. El alumno no dudó en negar que descendiese del mono y, para que no hubiese duda acerca de su posición, dijo: “yo no creo en la evolución”.

Ni falta que hace. La evolución es un hecho tan incontestable como que la Tierra gira alrededor del Sol. Lo que es una teoría es la explicación darwinista de cómo se produce esa evolución, pero tampoco hay que creer en ella: las teorías están para analizarlas, comprenderlas y criticarlas con toda la dureza posible. Si aguantan el tirón, pasarán a formar parte del modelo, siempre provisional, que tenemos del mundo. Si no, pues nos olvidamos de ellas y a otra cosa.

Pero no hay por qué creer. Ni en la evolución por selección natural ni en la ley de la gravitación universal ni en la circulación de la sangre. Hay que buscar conocimiento, no opinión. Y la creencia es opinión, mera opinión, es un porque sí, irracional, sin justificación, sin argumentos. Y esto no es una opinión, sino una obviedad, porque si la creencia se sustentase en algo racional, pues no haría falta creer, bastaría comprender.

Pero el creyente siempre intentará reducirlo todo a una cuestión de creencia, porque así todas las historias son igualmente válidas y todo se reduce a eso, a creer o no creer. La argumentación no interesa, porque los argumentos pueden convertir unas historias en absurdas y dar sin embargo validez a otras. La argumentación, el análisis crítico, establece jerarquías entre las historias, y eso no interesa. Por eso el creyente se sale del juego racional: para no perder. Afirma, en un gesto de una vanidad asombrosa, que sabe la explicación última de los grandes misterios del cosmos y que lo sabe porque sí. Y ya está. Da igual lo que diga el otro: si no viene en su libro es que no es verdad. Y punto. Cuestión de fe.

El joven predicador es un ejemplo de por qué se insiste tanto en el valor de la fe: esta permite que chavales con un conocimiento escasísimo de todo se crean sin embargo en posesión de la verdad y adapten su vida a una colección de cuentos fantásticos. Con ella, con la fe, el poder liberador del conocimiento queda reducido a nada y el círculo vicioso de la pobreza continua sometiendo a grandes masas humanas, que es de lo que se trata.

domingo, 2 de junio de 2013

No hay progreso en el pop

La música pop tiene dos finalidades básicas: una más primitiva, que consiste en servir de soporte para las ceremonias de integración en el grupo y apareamiento (baile); y otra más moderna, pero derivada de la anterior, que permite al individuo canalizar sus inquietudes, sentir que alguien le entiende y, es lo fundamental, saber que no está solo (moda, tribu urbana, “forma de vida”).

El otro día, el ejercicio de matemáticas trataba de introducir a los alumnos de doce años en los misterios de la estadística estudiando la discoteca de un tipo que tenía 150 CDs de música clásica, 50 de pop y 100 de rock.

¿Y eso?, preguntan, refiriéndose al hecho extraordinario de que el género más abundante fuese el de la música clásica: ”pues debe ser que al autor del libro le pasa lo que a mí, que prefiere la clásica”, digo. Antonio, pelín pedante él, dice que la música clásica es la música que se toca en las grandes galas. Le contesto que no necesariamente, que con mucha frecuencia se organizan conciertos de música clásica a los cuales asistimos los aficionados. La reacción me desconcierta: se empieza a reír como locos y a repetir “conciertos de música clásica”, “conciertos de música clásica”, como si fuese la cosa más ridícula y chocante del mundo. Entonces Marian, con los ojos muy abiertos,  me pregunta: ¿y bailáis?

Pienso en la pobre Marian visualizando a su profe de mates bailando un vals en un salón barroco y se me cae el alma a los pies. Para ellos, clásica es Mozart, Beethoven y aburrimiento. Hablarles de Stravinski, de dodecafonía, de Debussy, de música concreta, es absurdo. No poder hacerlo significa que ellos se van a quedar con la idea que ya tenían de mí: soy un marciano. Pero esto es otra historia.

A lo que voy es que la música, desde el punto de vista popular, tiene un valor instrumental: el de hacer posible el baile y también el de posibilitar, aunque sea durante un ratito, la sensación de pertenecer a un grupo. Nada de esto es necesariamente malo, pero condena a la música popular a repetirse una y otra vez hasta el infinito. Con independencia de las modas y etiquetas, las sucesivas corrientes musicales atienden al final a las mismas necesidades básicas de la juventud, que son solo dos: la rebeldía y el sexo. La distinta combinatoria de estos elementos da lugar a los distintos estilos, pero, si uno tiene las narices de analizar las letras, verá que todas tratan de uno de los temas, o de los dos.

Los que viven de esto de la música nos intentan convencer de que lo último es lo mejor, y que los más jóvenes tienen el don de hacer buena música, y no como los viejos, unos incapaces escleróticos. Todo esto es falso: la música popular apenas progresa: ritmos reciclados, termas recurrentes, si acaso, algún timbre nuevo. Lo cierto es que podría dejar de hacerse nueva música: bastaría pequeñas modificaciones para poder poner en valor música de hace unos cuantos años. De hecho, es lo que se hace. ¿Y?

Tengo un amigo que todos los años, en determinado momento, se compra un montón de revistas musicales y se compra lo que allí dice que hay que oír para estar al día. Tengo otro amigo que no lo hace pero que sufre por no ser capaz de mantenerse en la onda. Ambos creen que cada generación aporta algo nuevo. Pero se equivocan.    

Salvo cuatro melodías que pueden resultar algo más universales, la música pop no aporta nada al bagaje cultural humano. Pero ello no es un problema, porque no es esa su misión. Los ritmos de baile no tiene por qué ser novedosos ni descubrir el código genético: basta con que la gente haya olvidado los anteriores, cosa a la cual está particularmente inclinada. Lo mismo pasa con las melodías: basta adornarlas con nuevos instrumentos para que parezcan nuevas y puedan por tanto servir como identificadores tribales durante mucho más tiempo.

La música pop está ligada a la edad de la inocencia. Y no esto no es malo. Lo malo es que tanto advenedizo viva de convencer a los demás de que lo que están escuchando, además de ser lo último, lo cual es cierto, es lo mejor, porque no lo es. En términos kuhnianos, podríamos decir que las distintas modas son inconmensurables por responder a distintos paradigmas. Lo demás es mercadotecnia y, por tanto, negocio.

Ya dijo Nietzsche que la música ni es profunda ni es significativa. La música no deja de ser un motivador extraordinario, una forma de excitar los sentimientos, no muy distinta que ciertas drogas, aunque, eso sí, más sana. Si queremos distinguir unas músicas de otras, más allá de las cuestiones técnicas, debemos fijarnos en aquello que pretenden alterar. Si nos habla de amores no correspondidos o de personaje incomprendidos, sabemos que nos están hablando de música pop, se trate de The Beatles o de Wagner. Si nos hablan de otras cosas, de otros estados, de otros momentos del ser, es que no estamos escuchando pop. Pero de esto hablaré otro día.

jueves, 16 de mayo de 2013

¿Moral o inmoral? ¡Amoral!


Alberto Montt
Soy un tipo amoral. No inmoral: amoral. Con esto quiero decir que no abrazo, de modo consciente, ningún sistema moral.

Hay gente in-moral. Mucha. Muchísima. Yo diría que tanta como gente moral, porque todos los que son morales, es decir, todos los que abrazan conscientemente una moral,  se la saltan con bastante frecuencia, lo cual les hace inmorales, porque quebrantan su moral.

Yo soy a-moral. No creo que exista ninguna moral superior a otra. No creo en el bien ni el mal. No de modo absoluto. Entiendo lo que significan esos conceptos respecto de un conjunto de criterios dado, pero como no me creo ningún conjunto de criterios, pues no creo en clasificación moral ninguna.

Sin embargo, me comporto de modo moral. Hice mis experimentos  de amoralidad real y fueron un desastre.  Lo peor de la amoralidad es que los demás no saben de qué vas, no saben cómo predecir tu comportamiento, y todo va mal.

Hay otra razón para comportarme moralmente: y es que me gusta que los demás se comporten de modo moral conmigo. Tras años de experiencia vital, he concluido que un mundo en el que la gente se comporta de modo moral  es más agradable que uno en el que no. También he aprendido que para que la gente se comporte conmigo de modo moral yo debo comportarme con ellos de modo moral.
Naturalmente, los perspicaces ya os habréis hecho la pregunta: comportarse moralmente ¿respecto de qué moral? Pues respecto de aquella que nos proporcione los más amplios márgenes de elección, respecto de aquella que haga feliz a la mayor cantidad de gente posible, respecto de aquella que haga la vida más luminosa.

Y esa moral,  ¿cuál es? Pues una que se va construyendo poco  a poco, una que va demostrando sobre la marcha que salvaguarda derechos y posibilidades, que optimiza la felicidad, que amplía las posibilidades.  Es una moral que no existe aún, una moral que está por descubrir pero que, de alguna forma, ya vivimos todos los que no aceptamos la moral heredada.

Quizá se trate de un problema insoluble. Quizá no haya forma de optimizar esa magnitud tan inmensurable que es la felicidad. Quizá nos pasemos eones dándole vueltas al asunto. Bueno, no es mal plan.

sábado, 4 de mayo de 2013

Creencias, aborto y contención del gasto


Puede ser que alguien se pregunte por qué le doy tanta importancia a esto de las creencias. A fin de cuentas, ¿qué más da que la gente crea en dioses? Como si creen en unicornios o en el ratoncito Pérez: no hacen daño a nadie.

Si fuese así no me preocuparía, efectivamente. De hecho, alguna vez lo he comentado: si la gente vive más a gusto con el calorcito que les da sentirse arropados por su dios, pues genial: no seré yo quien les diga cómo deben gestionar su vida.

El problema es que la cosa no se queda ahí, en el ámbito de lo privado, sino que salta a lo público y pasa a ser asunto de la incumbencia de todos, queramos o no, seamos ateos, agnósticos, posibilistas o pastafaristas.

Hay dos caminos por los que las creencias dan el salto a lo público. Uno es obvio: las iglesias. Como casi toda organización humana, tiene como objetivo principal de su acción su propia supervivencia, y para ello ejercen la presión que haya que ejercer para imponer a la sociedad su visión del mundo. Un ejemplo: que los católicos crean que en el mismo momento de la concepción un alma inmortal se adhiere al cigoto es algo que no merece ningún comentario por mi parte, salvo, quizá, una leve sonrisa. Sin embargo, esta creencia convierte al cigoto en sagrado, por lo que la jerarquía católica presiona al gobierno español para que prohíba el aborto y éste parece que, en buena medida, va a hace caso. Es decir: por una creencia absurda millones de mujeres van a perder el derecho a decidir sobre su propio cuerpo.

El otro camino por el que las creencias entran en el ámbito público es el de los dogmas. Los creyentes, y muchos no creyentes, están tan acostumbrados a creer que se olvidan de ese sistema de ajuste fino que llamamos razón y confían ciegamente en los dogmas que definen al grupo al que pertenecen. Un ejemplo: la derecha tiene como seña de identidad la creencia en que los impuestos son el mal de la economía y que lo mejor es pagar lo menos posible. Esto, como deseo egoísta, es comprensible, pero desde el punto de vista racional es un completo absurdo, sobre todo si lo defiende quienes están comisionados para hacer que la economía funcione. La cuestión es que dan igual doscientos años de teoría económica, montones de crisis, o el ejemplo de los países más desarrollados del mundo: la derecha sigue pensando que lo mejor es pagar pocos impuestos. Da igual que esta obsesión, en su derivada “contención del gasto público” haya llevado a la miseria a varios países gracias a los consejos el FMI. Dan igual Keynes o Krugman. Da igual que no haya ejemplos que muestren que sus recetas sean efectivas, y sí de todo lo contrario. La fe es la fe.

El mundo se rige por la sinrazón. Para ocultarla unos utilizan imágenes de alta resolución de los fetos y otros gráficas y ecuaciones matemáticas de enorme complejidad, pero es solo es apariencia de ciencia, porque en realidad no demuestran nada salvo su habilidad para la manipulación y el disfraz y, sobre todo, que donde esté una creencia que se quiten mil razones.

Por esto me preocupan. 

viernes, 3 de mayo de 2013

Ositos de peluche cósmicos


Acabo de leer el libro de David Eagleman Incógnito. Es un texto ligerito acerca del funcionamiento del cerebro que resulta divertido mientras habla de la forma en que el cerebro reconstruye, por no decir inventa, la realidad a partir de la información siempre deficiente aportada por los sentidos. Otra parte, en la que relaciona la neurociencia y la culpabilidad, es interesante: dado que el comportamiento se ve influido por hormonas, genes, narcóticos, lesiones, neurotransmisores y demás, no tiene demasiado sentido hablar de responsabilidad, por lo que la administración de justicia debería realizarse pensando en términos prácticos, como el riesgo de reincidencia o las posibilidades de reinserción, y no en términos de castigo. Muy bien.

El final es el que resulta desconcertante: al hablar del reduccionismo y el materialismo extendidos de modo generalizado entre los científicos, Eagleman se hace un lío entre el sí y el no, porque tan pronto parece que está del lado de reduccionistas y materialistas como aboga el todo es posible, incluido que el cerebro sea una especie de receptor de algo que está fuera…

Me pongo a leer por ahí y me entero que Eagleman es el inventor de una cuarta vía alternativa al ateísmo, teísmo y agnosticismo: el posibilismo. Rechanzando el agnosticismo por considerarlo demasiado tibio, defiende tomar una postura más proactiva y basarse en la ignorancia que tenemos de casi todo para abrazar activamente todas las posibilidades. ¿Por qué negar la existencia de seres superiores si no podemos asegurar que no existan?

Pues yo se lo voy a decir: por la misma razón que no estamos todo el día dándole vueltas a la posibilidad de ser cerebros metidos en un frasco y conectados a un ordenador que crea un mundo virtual para nosotros; o ser el sueño de una mariposa; o el proyecto de ciencias de un alumno de secundaria de una especie gigante; o la efímera manifestación de un azar cuántico; o la creación de un dios barbudo, aburrido y algo canalla: porque no aportan nada. Una teoría que no puede ni refutarse ni rebatirse no es significativa. Divertidas sí que son, y pueden dar mucho juego en relatos de ciencia ficción, pero intelectualmente solo pueden aportarnos una cosa: humildad. La existencia de esas alternativas inalcanzables nos hace mirar nuestras teorías con modestia y desterrar la certeza de nuestra caja de herramientas. Nunca podremos estar seguros de nada que tenga que ver con la realidad. Pero esto no quiere decir que no podamos construir modelos. De hecho, es que lo hacemos constantemente: todos.

Otra cosa es hasta qué punto nos creemos nuestros propios modelos. Dice Eagleman que es tanto lo que ignoramos acerca del universo que ser ateo no está justificado. Esta afirmación aparenta tener sentido, pero en realidad no lo tiene: es como si aceptamos como posibilidad que más allá del alcance del Hubble existen unos gigantescos osos de peluche dando calor al universo. ¿Podemos negarlo? Pues, de modo estricto, no, pero no conozco a nadie que decida adoptar una postura activa respecto de la existencia de los ositos de peluche gigantes. Pues lo de los ositos de peluche y los dioses es lo mismo.

Yo soy ateo. Esto puede significar muchas cosas. En mi caso quiere decir que nunca he encontrado ningún indicio, ni prueba, ni siquiera especulación que haga mínimamente razonable creer en la existencia de seres sobrenaturales. Todo cuanto tiene que ver con dichas creencias se explica con argumentos históricos, políticos, sociológicos, psicológicos o psiquiátricos, así que mi postura al respecto es que no, no existen. Muchos dirían que entonces tendría que ser agnóstico porque no estoy seguro, pero es que eso es una perogrullada, porque seguro no estoy de nada.

¿Creo que los planetas giran alrededor de su estrella porque están animados de espíritus que desean unirse al padre-sol en un abrazo cósmico? Pues no, porque para ser espíritus con voliciones se comportan de un modo bastante monótono, siguiendo siempre las mismas reglas, esas que Einstein se encargó de formular en su teoría de la relatividad.

¿Estoy seguro de eso? ¡No!, ¡claro que no!: puede ser que los ositos de peluche gigantes hayan castigado a los espíritus de los planetas a seguir esas aburridas órbitas como castigo a algún delito cometido en el pasado. Puede ser. ¿Tengo entonces que ser agnóstico? Reconocer que este cuento es irrefutable no quita que no aporte nada y que me quede por tanto con la relatividad. ¿Quiere decir esto que creo en la relatividad? NO.

Y aquí pienso que está el eterno quid de la cuestión: los creyentes, o aquellos que, sin serlo, siguen mirando el mundo con los mismos esquemas, creen que la única forma de relacionarse con el mundo es la creencia, de modo que todo debate gira en torno a creer en una cosa u otra. Pero no es así: lo racional no es dejar de creer en los ositos cósmicos para pasar a creer en la gravedad: lo racional es no creer, lo racional es limitarnos a comparar teorías; hacer elecciones, siempre provisionales, cuando sea necesario, y vivir en consecuencia. Soy ateo en la misma medida que soy relativista: de entre las teorías que hemos elaborado hasta ahora, pienso que son las que mejor describen el mundo en sus respectivos ámbitos conceptuales.

¿Por qué se empeña la gente en creer? Pienso que se debe a que la gente es demasiado condescendiente consigo misma y aceptan sus prejuicios e instintos como si fuesen la verdad absoluta, en vez de ponerlos en cuarentena y criticarlos convenientemente.

Todos tenemos un juego de creencias que es el que usamos para manejarnos con el mundo sin pensar: instintivamente creemos en la continuidad del mundo; en el transcurrir del tiempo; en la tridimensionalidad del espacio; en la causalidad... También tenemos creencias acerca de cómo debe ser el mundo, la justicia, la moral, la amistad… Todo eso forma parte de lo que somos y está grabado a fuego en algún lugar de nuestro cerebro como consecuencia de nuestra herencia genética y cultural. Y está bien, porque nos permite vivir sin estar cuestionándonos a cada paso qué hacer. Son nuestro software básico. El piloto automático. Vale.

Pero lo que no tiene sentido es creernos nuestras creencias. Una cosa es que yo crea que el sol sale todas las mañanas y se pone todas las tardes, y otra que yo sepa que no es así, que es la gran bola sobre la que viajo por el espacio la que rota respecto de uno de sus ejes. Sin embargo, muchos llevan mal estas contradicciones y convierten, para resolver el conflicto, sus creencias animales en convicciones que defienden a capa y espada.

Lo que les pasa a los creyentes, y esto es una teoría, es que utilizan la razón para justificar sus creencias, en vez de utilizarla para criticarlas. Pero con eso no resuelven el conflicto: tan solo lo ocultan. Lo cierran en falso y son deshonestos consigo mismos. A esta deshonestidad le llaman fe.

La única forma de superar la contradicción es aceptarnos como somos, como una pluralidad de influencias, como máquinas dotadas de múltiples programaciones contradictorias y dudar, de todo en general y de nosotros mismos en particular.

lunes, 18 de marzo de 2013

Sentido común

Decía Leonardo que el sentido común es la facultad que juzga la información aportada por los otros cinco sentidos, es decir, una especie de organizador o quizá de receptor único de la información, por otra parte heterogénea, que nos llega del mundo exterior.

Otro punto de vista, el más extendido, es que el sentido común es esa forma de entender el mundo que comparte el común de los mortales. La definición del DRAE no deja lugar a dudas: “Modo de pensar y proceder tal como lo haría la generalidad de las personas”, aunque algunos, a los que podríamos calificar como optimistas, relacionan el sentido común con lo racional o lo razonable.

Pero ahora, gracias a los mandatarios españoles, tenemos una nueva acepción: sentido común es lo que piensan ellos. Cuando defienden una ley o una actuación lo hacen diciendo que es de sentido común. Cuando se oponen a la actuación de otros, lo hacen diciendo que es contraria al sentido común. Acompañan estas manifestaciones con otras opiniones igualmente tajantes: lo que ellos proponen no solo es “lo que dicta el sentido común”, sino también “lo que hay que hacer”, “lo único que se puede hacer” y, por su fuera poco, “lo que quiere todo el mundo”.

Frases de este estilo las ha dicho un tipo con motivo de las manifestaciones y huelgas que van a coincidir estos días con la visita de los inspectores del Comité Olímpico Internacional, aunque son habituales entre sus correligionarios. Ha aludido a la responsabilidad de todos para que todos se la envainen y se hagan los buenecitos mientras que nos inspeccionan, no vaya a ser que se vaya el negocio al garete.

Lo que me importa ahora no es que el negocio sea de los de siempre y no de la mayoría. Lo que me importa ahora no es que al COI le importe tres narices que hacer deporte en Madrid sea una heroicidad. Lo que me importa señalar ahora es que estoy harto, estoy hasta los cojones de que hablen en mi nombre, estoy harto de que tergiversen el sentido de la cosas, de que se erijan en heraldos de todos sin excepción, que se arroguen, cual oráculos, el poder de conocer la verdad, los pensamientos y los deseos de cada uno de nosotros.

No sé si es de sentido común organizar ahora unos juegos olímpicos. No sé si la mayoría está a favor o en contra. Lo único que sé es que conozco a algunos madrileños que no lo quieren, y que me incluyo entre ellos, y que, por tanto, es falso que lo queramos todos los madrileños, y que, por tanto, ofenden a la verdad cuando dicen que todos lo queremos porque, sencillamente, y perdonadme la retórica, no es verdad.

Pero esto de los juegos olímpicos, insisto, es un ejemplo, una anécdota. Lo preocupante es que llevamos años sufriendo este discurso: las actuaciones no se argumentan: simplemente se nos dice que son de sentido común, con lo cual no solo nos la imponen sino que, de paso, nos llaman subnormales si no estamos de acuerdo. Estoy hasta los cojones de que me falten al respeto una y otra vez. Si no fuera una obviedad explicaría que todos estos tipos que hablan así no han entendido jamás lo que significa la democracia. Para ellos no es la forma de que el poder sea controlado y, de alguna manera, ejercido por la gente, sino el juego que hay que jugar para detentar el poder.

Lo malo es que las ideas calan. Entre mis alumnos, si la mayoría prefiere el examen el martes hay que hacerlo en martes, aunque un compañero tenga ese día que ir al hospital. La democracia es para ellos el poder de la mayoría. Por eso se quedan a cuadros y confirman que soy un frikie cuando les digo que la verdadera democracia se da cuando la mayoría respeta y defiende a las minorías.

Estoy mezclando las cosas, lo sé, pero es que estoy preocupado. Durante un tiempo el pensamiento único se 
defendió con sesudos argumentos como el del fin de la historia y esas cosas. Pero ahora hemos pasado a una segunda fase en la que, una vez asumida su unicidad, nadie parece sentirse obligado a justificar nada: es que las cosas son así, pensar lo contrario es de locos o de terroristas y punto huevo.

Sé que lo hacen a posta. Sé que les dictan las frases desde sus think tanks, desde esos antros en los que un puñado de canallas desarrolla sus estrategias de comunicación. Sé que si dicen esas cosas es porque saben que a muchos les lleva al huerto y a otros nos jode. Sé que la estrategia del estás conmigo o contra mí es más vieja que la civilización, pero como yo no tengo estrategas cubriéndome apoyándome, ni me arropa ningún grupo, ni cuento con espectaculares escenarios, no me queda más remedio que cabrearme y gritar a los cuatro vientos lo que debería de ser una obviedad: nadie, absolutamente nadie, ni la gentuza que manda ahora ni la que ha mandado en otras ocasiones, habla en mi nombre.  

Porque, y termino, esta es la mayor de las humillaciones: nos roban la libertad del día a día; nos roban el dinero; nos roban el país; nos roban hasta la historia; pero pretender robarnos los pensamientos es el colmo, es el puto colmo.

domingo, 3 de marzo de 2013

Desdoblando la personalidad


A poco que uno se haga algunas de las preguntas básicas acerca de la vida, como las famosas y estandarizadas “a dónde vamos” y “de dónde venimos”, se encuentra con la contradicción. El ejercicio de la razón nos dice que, con casi toda probabilidad, no somos más que grumos de partículas subatómicas que se organizan efímeramente en estructuras lo suficientemente complejas como para hacerse preguntas sobre su origen y destino, cuando resulta que, tanto el uno como el otro, son la misma sopa chisporroteante y caótica.

Pero, concluyamos lo que concluyamos, no lo acabamos de creer. Y para la supervivencia de la especie es bueno que así sea, porque si nos convenciésemos de que somos eso, tan solo burujos de átomos, y de sus múltiples corolarios, el sinsentido, la inexistencia del más allá, la convencionalidad de toda moral, sería difícil que nadie cumpliese mínimamente con sus deberes sociales.

Otra cosa es si esta renuncia a los descubrimientos de la razón es buena o no para el individuo. En principio le limita, sí, pero también es verdad que nos permite vivir una realidad que, por muy mentirosa que sea, resulta más interesante que un caos amorfo.  

La contradicción podría resumirse en que pensamos unas cosas y sentimos otras, es decir, que tenemos dos imágenes del mundo, la derivada de la observación crítica por un lado y la que es producto de ese lío inextricable de instintos, costumbres y aprendizajes que conforman nuestros hábitos.     

El que no ha vivido nunca la contradicción con cierta intensidad no puede entender lo que significa ser incapaz de conciliar el pensamiento con las tripas. Es desesperante saber que el tiempo no existe y sin embargo verte envejecer en el espejo día tras día; o sufrir por las injusticias del mundo a pesar de haber entendido que la realidad no es más que un constructo social.

Pienso que buena parte del problema viene de una necesidad de unidad que nos obliga a todos, en mayor o menor medida, a armonizar nuestras ideas, nuestras imágenes, en un todo coherente. La verdad es que no sabría decir si es genética o cultural, pero lo que es indudable es que sus ventajas evolutivas también son evidentes, porque alguien con las “ideas claras” actúa siempre con más diligencia que uno cuya imagen del mundo es confusa y repleta de imágenes contradictorias.

Sea como fuere, el camino del pensamiento es irreversible: cuando uno empieza a dudar y acaba por dudar de todo difícilmente puede volver a los cálidos y acogedores mundos de la convicción. Por ello, no nos queda otra que aprender a convivir con la contradicción. Afortunadamente, el cerebro es lo suficientemente plástico como para permitirnos soslayar las trampas de nuestros diversos condicionamientos. El truco en este caso reside en desarrollar un razonable y enriquecedor desdoblamiento de personalidad.

Es decir: ser, al menos, dos. Y no por juego, que tampoco está mal, sino porque realmente somos, al menos, dos, ese que mira el mundo con lucidez y ese otro no puede resistirse a la terca ilusión de la realidad. Aceptar lo múltiple de nuestra naturaleza puede ayudarnos a llevar la contradicción sin tanto sufrimiento y a sacar partido de ambas teorías acerca del mundo, pues ambas lo son. El conocimiento del sinsentido no solo pone coto a las más absurdas creencias, sino que descarga de patetismo a la crueldad de la existencia, mientras que cierto sentido de la realidad nos salva de perdernos en laberintos conceptuales, tan absurdos a veces como las propias creencias, y de tener que vivir experimentando permanentemente la realidad como una mentira.

La libertad es una ilusión, pero nada nos impide sentirla; estamos solos, la mónada está cerrada, sin ventanas, pero no por ello hay que renunciar a la ilusión de la amistad y el amor.

viernes, 22 de febrero de 2013

El Príncipe Valiente y el mercado laboral


No tenía yo los veinte cuando tuve la suerte de encontrarme con el Príncipe Valiente de Harold Foster completito. Habían pasado los exámenes de análisis en varias variables y de geometría multidimensional y pude enfrascarme en su lectura. Lo leí de un tirón en… no sé, dos, tres semanas. Durante días mi vida consistió en comer algo, dormir un poco y leer el Príncipe Valiente y saber, gracias a su lectura, de sus aventuras en los tiempos de Arturo, Merlín y el genial Gawain; de su maravillosa mujer Aleta, princesa de las islas Brumosas, y de su hijo Arn quien, ante mis ojos atónitos, creció para convertirse en un joven digno de sus padres y protagonista de sus propias aventuras. Fue aquella una de las experiencias más intensas de mi vida. Fue tan intensa que lo que vino después me pareció de una insulsez espectacular.

Cuando se me pasó el anticlímax me puse a pensar en la experiencia y me di cuenta, sin demasiado esfuerzo, es verdad, que había devorado la obra de un genio en eso, dos, tres semanas, cuando el mencionado genio había tardado en desarrollarla más de treinta años. ¿Cómo no va a ser intenso algo así?, me dije, ¿cómo no va a ser intenso vivir en tres semanas la creación de treinta años?

Desde entonces he repetido la experiencia alguna vez más. Es uno de los lujos de la cultura y el lenguaje: poder devorar el producto concentrado de mentes excepcionales en un tiempo varios órdenes de magnitud por debajo de lo que a dichos genios les costó sacarlo adelante.

La última experiencia de este tipo ha consistido en leer de corrido y cronológicamente todos los cuentos publicados por Cortázar. Desde luego, y en muchos sentidos, no ha sido lo mismo que con el Príncipe Valiente, entre otras cosas porque a ciertas edades todo es más sutil pero, ¡ay!, menos intenso. Cosa de las proporciones, que diría Nabokov.

Sin embargo, ha sido espectacular. Igual que no se ve al conejo hasta que se mueve, solo se descubre al escritor cuando este cambia: es al pasar de un libro al siguiente cuando se ve lo que era accidental y lo que era esencial; lo que era moda y búsqueda; lo que era experimento y lo que era hallazgo. Conocer a alguien siempre es emocionante y conocer a alguien fantástico es emocionante y fantástico.

Por eso, porque lo sé, porque lo sabemos, nos esforzamos tantos en comunicar la riqueza de esa experiencia, el lujo extraordinario que supone vivir vicariamente otras vidas gracias a esos concentrados que vienen en esos viales a los que llamamos libros.

Por eso me extraña, y en esto estaba pensando cuando empecé a escribir este escrito, que haya estos días tipejos que andan recomendando a los jóvenes que no elijan sus estudios en función de lo que les guste, sino en función del marcado de trabajo. Hay que ser muy simple o muy canalla para recomendar a los humanos del futuro que renuncien a sus deseos, a sus inclinaciones, a sus pasiones. Hay que ser un tarado, madres aparte, para pensar que la guía de la vida debe ser el beneficio, el rendimiento económico, la “colocación”. Hay que ver a los demás como piezas de la maquinaria para pedirles que se ajusten a la maquinaria.

¿Tiene sentido vivir una vida cuando se puede vivir muchas? A tan capciosa pregunta solo cabe una respuesta: no, claro que no, porque la renuncia solo es un valor para los pusilánimes. La cultura es el mecanismo que la evolución ha encontrado para aprovechar la experiencia ajena en una sola generación y no tener que esperar eones de azarosos cambios para incorporarla al genoma. La pega es que la cultura hay que inaugurarla con cada generación, hay que recrearla en cada nuevo cerebro, hacerla vivir en cada nueva mente. Y esto cada vez es más difícil… pero esto ya es otra historia. 

sábado, 16 de febrero de 2013

El mejor enemigo


Hace unos años, un amigo filósofo me echaba en cara que acudiese a las manifestaciones en contra de la guerra de Irak. Él, estando en contra de la susodicha guerra, le fastidiaba enormemente ver cómo, según él y tantos otros, aquellas manifestaciones estaban dirigidas y manipuladas por sindicatos colaboracionistas, partidos de pseudoizquierda, miembros de la intelligentsia mediática y artistas subvencionados.

Ante sus ataques, dado que poco podía objetar, solo me quedaba una contestación: “amigo, posiblemente todo lo que dices sea verdad, pero resulta que, en este momento, ellos y yo vamos en el mismo sentido”. Al decirlo, me imaginaba yo quitando un tronco que obstruía el camino codo con codo con un montón de desconocidos. O Spock subiéndose al Enterprise porque la nave, en busca de V’Ger, iba en su misma dirección (perdón por la cita erudita).

Mientras que yo veía imposible poder colaborar con nadie si para ello era necesario compartirlo prácticamente todo, mi amigo filósofo no podía entender cómo se podía colaborar con gente con la que tenía tan poco en común.

El quid de la cuestión estaba en su acendrado concepto de la lealtad. Para él, la fidelidad era una de las virtudes esenciales, como lo es para tantos que piensan que ser leal a los amigos, a la familia, al partido, es defenderlos en cualquier circunstancia, pase lo que pase. La fidelidad es considerada una virtud, mientras que al que pone condiciones se le ve como un traidor. Pero lo cierto es que la fidelidad incondicional es la base de las organizaciones mafiosas, de la corrupción generalizada y de multitud de injusticias.
Somos una especie social. Poco se puede hacer fuera del grupo, nada somos sin ligas, asociaciones, partidos, sindicatos, gremios, federaciones y confederaciones. El individuo se ve amplificado por el grupo y protegido por él. Y eso exige un compromiso con el grupo. Es lógico, es genial. Pero dicho compromiso no puede ser un cheque en blanco, ni una anulación de la individualidad.

La fidelidad incondicional parcela la realidad en subconjuntos arbitrarios. Si tomamos la política como ejemplo, se nos ha acostumbrado a pensar en ella como una magnitud unidimensional en la que uno se ubica más a la derecha o más a la izquierda y en los partidos como los defensores únicos de trocitos de ese continuo. Pero esto es un completo absurdo, porque la realidad es mutidimensional: yo, por ejemplificar,  puedo estar de acuerdo con la política territorial de unos, con la social de otros y con la cultural de otros, por lo que, elija a quien elija, voy a sentirme frustrado, que es lo que le ocurre hoy a tanta gente.

Pero la solución no es crear un nuevo partido que recoja esa particular combinación de ideas, porque entonces habría que crear tantos partidos como seres pensantes. No, lo que necesitamos son nuevos modelos de participación, modelos más flexibles que permitan aprovechar la fuerza del grupo sin que eso signifique anular y desaprovechar lo que hace diferentes a los individuos. Esto supone un mayor esfuerzo de reflexión; exige olvidarse de “los míos”, de las defensas numantinas, del “pase lo que pase”; exige explicarse muchos más, explicitar el pensamiento, ayudar a que los demás sepan de qué vas. Hay que aprender a vivir en asociaciones coyunturales, agrupaciones efímeras, colectividades provisionales.

El conflicto entre lo individual y lo colectivo forma parte de nuestra propia naturaleza. No hemos conseguido resolverlo, quizá porque no tenga solución y sea de esos problemas con los que hay que convivir dinámicamente. Ser masa es malo, pero quedarse solo, como me indicaba el otro día un colega, también.  

Mi amigo el filósofo, en su afán por no ser masa, acarició muchas veces la soledad. Como buen epicúreo, buscó consuelo en la amistad. Desde luego es una buena opción. Ya decía Nietzsche que la amistad es la superación del egoísmo del amor; aunque, eso sí, como lo cortés no quita lo valiente, también escribió: “el amigo debe ser el mejor enemigo”.

Yo lo intenté.

martes, 12 de febrero de 2013

Efecto apelotonamiento

Ha sido escuchar en la radio que la gripe ya había alcanzado el rango de epidemia en no sé cuántos sitios y, antes de que me diese tiempo a pensar en ello, ya he empezado a experimentar los primeros síntomas. Así dicho podría parecer el efecto psicosomático de una hipocondría galopante, pero siendo profesor saber que el virus está por ahí es saber que, antes o después, te va a saltar al cuello.

¿Qué pasa, que los profesores nos abrigamos menos que el resto? Pues no. Lo que pasa es que sufrimos como nadie el efecto apelotonamiento, que es el factor más importante en la transmisión de virus como la gripe o el resfriado o de bichos más grandes como los piojos: meta usted treinta niños en un aula, déjeles hablar, toser, comer, cantar, abrazarse, pegarse, y habrá usted conseguido que el virus vaya saltando alegremente de uno a otro con total impunidad. Que también nos salte a los sufridos profesores o que se lo lleven después a casa es inevitable.

Durante la Edad Media Europa se vio asolada por terribles epidemias de peste. Una de las razones de su extraordinaria transmisión es que en aquellos cristianos tiempos, las gentes, asustadas por la enfermedad e invitadas por sus párrocos, abarrotaban las iglesias para rezar y pedirle a su dios que les librase de ella, aunque con tal mala suerte que, en vez de frenarla, favorecían la transmisión de la enfermedad al colocarse los rogantes tan cerca unos de otros mientras desgranaban sus plegarias. Otra vez el efecto apelotonamiento.

No todos los virus son trocitos de ácido nucleico con su cubierta proteica. Algunos son inmateriales: pensamientos, comportamientos, memes, que diría Dawkins, cosas intangibles que no transporta el aire sino el lenguaje pero cuya transmisión también se ve favorecida por el efecto apelotonamiento. Los humanos, cuando nos apelotonamos, tendemos a identificarnos con el de al lado, a contaminarnos de sus costumbres, a imitar sus actitudes. Cuando mantenemos las distancias la conciencia actúa, la razón analiza, y decidimos qué aceptar y que no de aquello que nos llega. Pero apelotonados no, apelotonados somos acríticos, estúpidos, carne de infección. Solo esto explica la propagación de la corrupción, del compadreo, del nepotismo, y que gente que se considera a sí misma honrada sea capaz de robar con total desvergüenza.

Para combatir la gripe, más que abrigarse, que sirve de poco o de nada, hay que mantener una higiene exquisita y, desde luego, alejarse como de la peste de quienes ya están infectados.

Pues eso.

martes, 29 de enero de 2013

París gay


El sábado estuve en una manifestación a favor del matrimonio gay en París. No, mi vocación solidaria no llega a tanto como para desplazarme hasta orillas del Sena para apoyar una reivindicación: si estaba allí era para comer ostras y foie en La Coupole y para ver la exposición de Bilal en el Louvre (sí, Bilal, el de los tebeos; sí, el Louvre de la Gioconda y los leones alados).

Pero al pasar por el boulevard St Germain y ver la riada humana y las banderas multicolores, me apunté: siempre es agradable tomar, aunque sea por un rato, el centro de una de las calles más hermosas del mundo y disfrutar de la vieja ciudad mientras caminas rodeado de gente que pide, en el idioma que sea, que le dejen hacer lo que le dé la gana.

La polémica es siempre la misma: la iglesia católica francesa (aunque no tiene ni mucho menos el poder que la española, existe), se niega a que los gays se casen y puedan adoptar hijos. Hacen hincapié en la cosa de los hijos diciendo que, faltando la parte maternal o paternal, algo falta. Lo falaz del argumento hace hasta ridículo comentarlo, pero lo voy a hacer, por no callar.

En primer lugar, es una simplificación estúpida asignar papeles a los sexos, como si el carácter dependiese de si te cuelga algo o no. La fortaleza no es exclusiva de un sexo u otro, ni la ternura, ni la sensibilidad, ni la inteligencia. Quien piense así es que tiene pocos amigos y debería hacérselo mirar.

En segundo lugar, nunca he visto a la iglesia católica pedir que castren a los malos o que esterilicen a los canallas. No les importa que la gentuza más despreciable del mundo tenga hijos. No les importa que los niños vivan en un ambiente de pobreza extrema, ni de explotación, ignorancia, o maltratos. Nunca he visto que estén por prohibir que los padres inadecuados se reproduzcan. Tampoco recuerdo que hayan inhabilitado a los viudos/as para la crianza de sus hijos. Lo único que les preocupa es que los niños tengan un papá con pene y una mamá con vagina. La razón se me escapa, pero una obsesión así me suena sucia, muy sucia.

El derecho de los niños a criarse en un ambiente decente es un derecho extraordinariamente complejo, porque choca con el de los padres (para mí a todas luces secundario) a educarlos. Pero centrar el debate en torno a los atributos sexuales de quienes les van a criar dice muy poco de la mirada de quienes lo hacen.

Ahora bien: si pensamos que, quienes lo hacen, están aleccionados por unos tipos que visten como Nosferatu y han renunciado a su propia sexualidad, todo se explica. 

O no, porque no es fácil entender por qué alguien que ve tanta suciedad en el sexo se empeña en que los niños se desarrollen rodeados de dos, pudiendo hacerlo en compañía de solo uno...