martes, 12 de mayo de 2009

STAR TREK XI o "El indomable Jim Kirk"

El siguiente texto no es mío, sino de mi hermano Juanmi.

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STAR TREK XI o "El indomable Jim Kirk"

Tras ver la nueva película de Star Trek estrenada recientemente en el cine, sentí una mezcla de sensaciones algo confusas. No tenía claro si el problema de que no me hubiera gustado eran la altas y esperanzadoras espectativas que albergaba con ella, o si me había decepcionado algún otro aspecto relacionado con el rigor o la falta de rigor de la historia (como haría un buen trekkie). Quiero destacar que nunca me ha gustado considerarme un trekkie al uso. Puedo aceptar tener las películas y algunas bandas sonoras, así como algún cachivache u objeto de merchandising, aunque nunca he tenido pijama trekkie o complementos de tamaño natural. A mí me gustan las películas y la música, si me gusta (por ejemplo NO tengo la banda sonora de Generaciones, Némesis, ni tampoco la de esta última). Al final, tras mucho pensar y buscando en lo más recóndito explicaciones claras e incluso alguna disculpa, al final puedo concluir algo claro y diáfano: me parece una película tremendamente aburrida. No voy a poner en entredicho las intenciones de nadie. Sé que al señor Abrahams, al que admiro por Losts, no le gustaba Star Trek y que ha pretendido darle un aire nuevo. Nada que objetar. Pero cuando desaparece la "química" entre los personajes, Kirk, Spock, MacCoy, e incluso la propia Enterprise (aquí sí soy fetichista), Star Trek desaparece. Me la pela profundamente si matan a la madre, al padre o a la tía de cualquiera de ellos. Me importa un comino si alteran la cronología o datos históricos del mundo Trek. Incluso me la pela también el propio mundo Trek. Podría añadir que los interiores de la nave no son acogedores, que el efecto del transportador es mas "kitsch" aún que el original, que las escenas del espacio tienen demasiado ajetreo y no dejan ver bien, que el papel de Kirk se limita a recibir hostias durante casi toda la película y a comportarse como un imbécil descerebrado durante la otra mitad, que ver a Spock besuqueándose con Uhura en el transportador como quien se despide de la churri antes de ir a trabajar me parece patético, que Scotty parece un niño prodigio con problemas de adaptabilidad y madurez, en lugar de un solido y alcohólizado escocés, y que no sé por qué todos tienen que ser unos jodidos superdotados en su especialidad... (¿Y la idea del equipo eficiente?) Hasta eso queda por debajo de la evidencia: es una película muy, muy aburrida. Mandan a vulcano al carajo, aburrido, sale el viejo Nimoy (menos mal que le dio al monstruo por perseguir al Kirk y éste tener la idea de entrar en la cueva), aburrido, el malo es un honrado minero romulano cabreado, (triste y aburrido). Pues eso: aburridísima. Me cago en la materia roja y en la frivolidad de los viajes temporales mal desarrollados. Me cago en la películas donde falta esa idea cojonuda acompañada de un levantamiento de ceja que salva el universo conocido... Y me cago en la mierda de efecto del salto factorial.

Por lo menos, el Kirk se trinca a la de verde, una de las constantes universales que se han podido respetar en el nuevo universo Trek.

Juanmi CG.

PD: pero soy un puto trekkie y me la compraré cuando salga en DVD.

domingo, 10 de mayo de 2009

Star Trek XI

Desde crío Star Trek me ha parecido fascinante. Pese a los años, los escepticismos y las lecturas, mi utopía sigue siendo ese futuro de gente civilizada que ha convertido el trabajo en juego y la disciplina en lealtad, y que se enfrenta a “esa cosa de ahí fuera” con el mayor arma que hay a bordo de la nave Enterprise: la mente de sus tripulantes.

Ayer vi la undécima entrega cinematográfica de la saga. Con el despliegue publicitario de las grandes producciones, los de la Paramount, deseosos de revitalizar la franquicia, han retomado los personajes de la serie original para contar cómo empezó todo.

Pero no solo han hecho eso. J. J. Abrahams, el director, ha filmado una de acción. Con espectaculares efectos especiales, tan perfectos que ya no lo parecen, y mucho dinamismo, y sus gotitas de sexo, y sus toques de humor, y los imprescindibles guiños al lector avezado, la película es de esas perfectas para alienarse un par de horas retrepado en la butaca.

Pero no es Star Trek. No hay una cosa ahí fuera que quiere cargarse el mundo quizá porque es un bebé cósmico que no sabe lo que hace. No es por esa mezcla de arrojo e inteligencia del tándem Kirk-Spock por lo que vencen. No hay conflicto filosófico, ni psicológico, ni ético. No hay perplejidad.

No soy un ingenio, al menos no demasiado: para los de la Paramount, Star Trek es, y siempre será, un negocio. Si hablo del asunto no es porque me sorprenda que hayan sacrificado el espíritu de la saga al negocio, sino porque me parece una buena muestra de un problema mucho más general: ¿hasta dónde vale la pena diluir un producto con tal de hacerlo vendible?

La cuestión se plantea del siguiente modo: para que pueda haber más películas de Star Trek, para que podamos volver a ver a Spock y a Kirk cabalgando por la galaxia, es necesario hacer que el producto sea más comercial, apto para un público más amplio, acostumbrado por lo general a mucha acción y poca reflexión.

Vale, entendido. Sea. Pero, ¿cuál es el resultado de la operación? Una falsificación mediocre, algo que apenas si tiene que ver con lo que un podía esperar. No se trata de un mal episodio, que los ha habido. No se trata de mal café, se trata de descafeinado.

Lo terrible, y ahora viene la generalización, es que este descafeinarlo todo es uno de los signos de los tiempos que corren. Con tal de “llegar a la gente”, creadores y políticos nos brindan versiones simplificadas de los originales del pasado que luego hacen brillar mediante fuegos de artificio. Con tal de llegar a la gente hoy dejan para mañana el rigor, la profundidad, la creatividad y todo aquello que suponga riesgo. Seamos hoy mediocres que mañana tendremos tiempo de ser algo más, parecen decirse nuestros proveedores de imágenes e ideas.

Pero resulta que hoy siempre es hoy y mañana siempre es mañana.

sábado, 2 de mayo de 2009

¿Emociones o ideas?

Que solo las emociones nos mueven a la acción es un hecho: ya podemos disponer de toda la información acerca del problema que sea que si no nos toca alguna fibra sensible nada haremos al respecto. Solo cuando com-padecemos el destino de los demás somos capaces de con-movernos.

Sí, las emociones son necesarias para la acción, pero no suficientes para una acción eficaz. Muchas veces experimentamos oleadas de justa indignación ante un fragmento de realidad presentado convenientemente por los medios de comunicación o por el arte y, sin embargo, no hacemos nada. Naturalmente que la pereza, el egoísmo y la comodidad tienen mucho que ver, pero también ocurre que, por lo general, esa indignación está vacía de contenido: le faltan ideas.

Para resolver un problema hacen falta ganas de resolverlo, pero también un diagnóstico preciso de cuáles son las causas reales del problema. Las emociones nos proporcionan la energía necesaria, pero solo las ideas nos proporcionan objetivos.

Como dijo aquel, siempre que se piensa se piensa contra algo. Esta reflexión viene a cuento de todo un género cinematográfico y literario muy de moda consistente en mover las emociones del espectador respecto de temas muy éticos y profundos pero poco su cabeza. Está muy bien, tiene éxito, la gente sale encantada de sí misma con la sensación de haber tenido experiencias intensas y de ser de los buenos, pero sin que en sus cerebros se haya producido el más mínimo cambio.

A veces tengo la sensación de que muchos de estos productos culturales están hechos para que cierto sector de la población esté contento consigo mismo o, al menos, se sienta justificado.

martes, 28 de abril de 2009

El dinero

Si algo hace del mundo un sistema unidimensional es el dinero: al permitir comparar cualquier par de cosas según su valor monetario, los bienes y servicios más dispares se convierten en peldaños de una escala graduada en unidades monetarias.

Cuando el trueque era la base del comercio, el intercambio de mercancías era un arte que obligaba a reflexionar sobre el valor de lo que se tenía y de lo que se deseaba. Había que darle muchas vueltas a un montón de variables: funcionalidad, efectividad, durabilidad... Hoy no son necesarias tales reflexiones, porque vienen dadas: lo que se posee tiene un precio de mercado, y lo que se desea, también.

A esta doble función del dinero, que sirve de medio de cambio y de unidad de cuenta, se le une una tercera: es un depósito de valor. Si uno se dedica a criar ganado y vive en una sociedad de trueque, la mejor forma que tiene de ahorrar es tener la mayor cantidad de cabezas de ganado posible. Pero esto es costoso y peligroso: costoso porque hay que alimentar a los animales, y peligroso porque puede venir una epidemia y matarlos a todos.

Con el dinero este problema se resuelve: uno guarda el dinero conseguido en una caja y ya está. Además, cuando uno acude al mercado en busca de telas, o herramientas, o desea simplemente disfrutar de una buena comida, no tiene por qué cargar con su ganado para cambiarlo por lo que desea tras largas conversaciones: lleva su dinero, paga, y listo.

Sí, el dinero es uno de los inventos más extraordinarios de la humanidad. Pero nos ha hecho unidimensionales.

Se ha escrito mucho acerca de cómo las sociedades modernas han hecho del dinero el nuevo dios. Pero no estoy de acuerdo. La gente no es tan imbécil. La gente no le reza al dinero: la gente quiere dinero. La gente no sueña con bañarse en dinero como el tío Gilito: la gente quiere dinero para gastarlo, para disfrutar y, sobre todo, para demostrar con ello a los demás que ha triunfado y darle en los morros al vecino, al cuñado y al jefe.

El deseo de estatus es universal: todo el mundo (sí, todo el mundo) desea prestigio. En un ámbito u otro, cada uno quiere ocupar una buena posición en el entramado social. La razón subyacente es, aunque sea inconsciente, la reproducción: si hay un instinto básico es este, y aunque a veces pensemos que hemos superado nuestros instintos, muchos comportamientos siguen estando guiados por esa necesidad básica de gustar y, con ello, poder optar al mejor apareamiento posible. Que no se lleve a cabo no tiene nada que ver: los cuerpos hermosos gustan con independencia de que uno piense cruzar sus propios genes con ellos.

La cuestión es que los humanos, al inventar el dinero, hemos conseguido simplificar el problema al máximo. Entre otras especies se dan complejísimos protocolos de apareamiento en los cuales cada candidato a poner la semillita debe demostrar de lo que es capaz. Esto implica realizar toda una serie de pruebas que muestren las destrezas y cualidades de cada contendiente.

Los humanos, en nuestra infinita inteligencia, lo hemos reducido todo a una sola variable. Da igual todo lo demás: si uno tiene dinero, ya lo ha demostrado todo.

Ahora es cuando la gente dice: “yo no soy así”. Ya, ya lo sé: no todo el mundo es así. Pero me gustaría que el lector pensase por un momento con quién se acabó la chica guapa de clase. O, en términos sociales, con quien se juntan las chicas esas de piernas larguísimas que desfilan por las pasarelas: ¿con doctores del consejo superior de investigaciones científicas? No, por lo general, no.

A lo que voy es que el dinero, al hacer de todo mercancía comparable, ha cosificado el mundo y, como consecuencia, nos ha cosificado a las personas que formamos parte de ese mundo. Si todo se hubiese quedado en el tráfico de mercancías inanimadas no hubiese sido tan terrible, pero en el momento en el que todos, de una manera u otra, somos mercancías (por ser fuerza de trabajo, o cuerpos, o consumidores) hacer del mundo una cuestión de moneda se ha convertido en un problema, posiblemente en el problema.

Por qué pasa esto es obvio y lo he explicado al principio: la mayor ventaja del dinero es que, al ser unidad de cuenta, permite compararlo todo, y para una especie como la nuestra tan necesitada de comparaciones, eso es algo genial.

La pega también es obvia: todos los valores que no sean fácilmente mensurables en términos monetarios tienen toda las de perder.

Mis alumnos, cuando se enteran de que tengo una página web propia, me miran con interés y hasta con admiración. Cuando se enteran de que no gano un euro con ella (porque me lo preguntan) pierden buena parte del interés. De hecho, muchos de ellos me consideran más marciano de lo que ya creían previamente.

lunes, 20 de abril de 2009

Bipartidismo y dinámica unidimensional

El bipartidismo y, en concreto, esa tendencia de los partidos mayoritarios a coincidir en sus políticas, es el resultado de una dinámica unidimensional. Me explico:

Desde que en los Estados Generales de la Francia de 1789 los defensores del poder monárquico se sentaron a la derecha y los revolucionarios a la izquierda, estamos acostumbrados a calificar a los partidos políticos como de derechas o de izquierdas, y a graduar esta calificación según lo más o menos extremo de sus propuestas. Esto implica una visión unidimensional de la política, pues podríamos colocar a las distintas agrupaciones a lo largos de una recta (objeto geométrico de una dimensión) según su grado de “derechez” o de “izquierdez”.

Esta forma de ver la política tiene una consecuencia inevitable: los partidos con posibilidades de formar gobierno tenderán a parecerse cada vez más porque todos ellos tenderán a ocupar más y más la posición central.

Para mayor claridad, vamos a reducir la cuestión a la economía: si se hiciese una encuesta entre la población acerca de en qué grado debería de intervenir el Estado en la economía y le pidiésemos al personal que graduase su opinión según una escala que fuese del cero (no intervención en absoluto) al 10 (intervención total), los datos obtenidos darían lugar a una cierta distribución (gaussiana, sin lugar a dudas) en la que lo de menos sería la media obtenida (cinco, tres, siete), siendo lo importante que alrededor de esa media, y en un intervalo más o menos amplio, se agruparía la mayoría de la gente. ¿Qué por qué? Pues porque quitando periodos particularmente revolucionarios, la gente tiende de modo natural a la mediocridad.

Supongamos que la media fuese cinco, signifique eso lo que signifique en términos económicos reales. Está claro que allí están los votos. Da igual que previamente el partido mayoritario de la derecha defendiese posturas entre el uno y el dos y el de izquierdas entre el siete y el ocho: según vean dónde está el nicho de voto se irán a por él, y esto por dos razones: una, porque en las cercanías del cinco hay muchos votos. Y la otra, porque esos votos valen doble. Pensemos en la izquierda (para la derecha es lo mismo pero al revés): un partido de centro izquierda, a la hora de diseñar su campaña electoral, tiene dos frentes a los que mirar (recuerdo que estamos en un sistema unidimensional, en una recta): su derecha (el centro) y su izquierda (la izquierda-izquierda). Aunque intentarán contentar a ambos frentes, en caso de que la cosa se ponga difícil acabarán optando por el voto de centro-izquierda y abandonando al de izquierda-izquierda. La razón es la siguiente: si por derivar al centro pierden al voto de izquierda-izquierda, este no se perderá del todo, porque irá a parar a un partido que, colocado lejos del centro y, por tanto sin opciones de alcanzar el poder, en caso de tener que apoyar a alguien apoyará antes al partido de centro-izquierda que al de centro-derecha. Sin embargo, el voto de centro es crucial, porque si lo pierde por derivar más a la izquierda-izquierda puede que ese voto se vaya al partido oponente, y allí sí que le hace daño, porque lo pierden ellos y lo gana el competidor directo por el poder real.

A partir de aquí la dinámica es evidente: cada vez que un partido siente el atractivo de sus extremos, las posiciones centrales abandonadas son tomadas rápidamente por la competencia, lo que convierte el juego democrático en una lucha despiadada por ser cada vez más iguales aunque pareciendo distintos, en un proceso muy parecido al que los economistas llaman competencia monopolística, consiste en convencer al consumidor que su detergente es distinto, siendo todos iguales.

¿Y? Pues nada, que estaría muy bien si la política fuese unidimensional, pero es que no lo es. La política tiene que ver con la economía, claro, pero también con la educación, la religión, la cultura, la política exterior, el deporte, la ética y mil cosas más. A alguien, por ejemplo un servidor, le repugna el sistema económico capitalista, pero no puede entender la política educativa de la izquierda ni ese café aguado para todos que llevan defendiendo décadas. Uno puede estar de acuerdo con el estado social, pero no compartir el igualitarismo por decreto. Una política rica en soluciones debería dar lugar a sistemas multidimensionales en los que la búsqueda desesperada del voto no provocase ese apiñamiento en posiciones mediocres y necesariamente conservadoras.

En varios de estos textos he hablado de la necesidad de inventar nuevas soluciones, y sin duda un primer paso para esas nuevas soluciones es salirse de la recta y navegar por mundos conceptuales más ricos. Outsider es de la opinión de que ya existen pero que se impide que salgan a la luz. Hoy ando pesimista y me inclino a pensar que es así. El día que me convenza del todo cerraré este blog.

Nota: la idea central de la dinámica bipartidista aparece expuesta en el libro de Cohen y Stewart The collapse of chaos. Impresionante.

domingo, 12 de abril de 2009

El culto de la mano invisible

En la vieja Florencia, cuando un tipo era el responsable de una bancarrota, le exponían bajo la loggia del mercado nuevo para escarnio público. Que hiciesen esto los florentinos, inventores del papel moneda, de los bancos y, con ello, de los fundamentos del sistema capitalista, debería de servir de ejemplo a tanto aprendiz neoliberal como hoy anda suelto.

Pero esto es lo de menos: a estas alturas, que los estúpidos pijos que se han cargado el sistema económico mundial no pidan disculpas me trae sin cuidado: me gustaría que alguien les metiese en la cárcel y después tirase la llave al río, pero solo por darnos el gusto de verlos jodidos, y no porque tal escarmiento vaya a servir de nada.

Los que me preocupan son los teóricos, y los políticos que se apoyan en tales teóricos. Me explico.

El marxismo resultó un fracaso. Es difícil no estar de acuerdo porque es un hecho.

El liberalismo también lo ha sido, y no una, sino varias veces, demostrándose en cada ocasión que lo de la autorregulación del mercado es una gilipollez. Sin embargo, los mismos que babean de placer cuando critican al marxismo, son incapaces de entonar el mea culpa capitalista y reconocer que su juguete tampoco funciona. La prueba de que no funciona es que se ha roto. Otra vez.

¿Por qué les es tan fácil aceptar un fracaso y no el otro? ¿Por qué no llevamos a la plaza del mercado a todos los que se han equivocado e intentamos crear modelos nuevos, más eficientes?
El otro día leí la explicación en un periódico [*]: los defensores del liberalismo económico (que no del liberalismo en todo lo demás, hasta ahí podíamos llegar) son creyentes: tienen fe.
De los marxistas ya lo sabíamos: ellos, los fieles, tenían sus profetas (Marx y Engels); sus textos sagrados (El manifiesto comunista, El capital), y su paraíso (la futura utopía de la sociedad sin clases).

Lo que no se dice, o no se dice lo suficiente, es que el liberalismo también es una fe. Los fieles de esta creencia aceptan como si de una verdad incontestable se tratase que los mercados son capaces de autorregularse como si una “mano invisible” se preocupase de organizar la codicia individual para general el bien común. Que es un cuento de hadas es obvio. Y que ha fallado estrepitosamente más de una vez y de dos también. Pero sus fieles siempre encuentran excusas y culpables con los que dejar su creencia inmaculada.

Lo sorprendente es que haya tanta gente empeñada en negar que el fracaso del capitalismo sea parejo al del comunismo. Si me limitase a mencionar a los ricos sería una verdad de Perogrullo. Por eso voy a añadir también a la izquierda que, quizá acomplejada, o quizá demasiado acostumbrada a manejarse en el libre mercado, se ha olvidado que la libertad significa algo más que libre circulación de mercancías.

Sí, esto es lo sorprendente. Lo peor, sin embargo, es que tan pocos reconozcan que tanto el capitalismo como el comunismo son pobres aproximaciones a una realidad que se muestra siempre esquiva y más compleja que nuestros insuficientes modelos.

Lo triste es que andamos como siempre: salvo cuatro, no parece que exista un interés generalizado por hacer el mundo mejor, sino por tener razón. Los dirigentes del mundo andan más preocupados por demostrar su sagacidad que en descubrir las causas de sus errores. No se trata de encontrar la verdad, o una buena aproximación, sino de mostrar que el otro está equivocado. En resumidas cuentas, pretenden ganar.

Y cuando alguien quiere ganar, perdemos todos.

[*] Alain Garrigou, Les prophètes ne se trompent jamais, Le Monde diplomatique, Avril 2009.

viernes, 3 de abril de 2009

Un problema sencillo

Llevo unos días dándole vueltas a un problemas de 2º de la ESO. Cuando se lo puse a mis alumnos pensé que podría resolverse sin demasiadas complicaciones. Difícil para ellos, pero asequible, pensé, al menos para algunos. Pero no, no lo era. Sorprendido de no encontrar ninguna forma de resolverlo que solo hiciese uso de herramientas elementales, me fui al libro del profesor para descubrir que la solución brindada no solo era bastante compleja, sino que era incorrecta.

Así que le he dedicado unas buenas horas a escribir al ordenador una resolución del problema que fuese lo más asequible posible, disminuyendo todo lo que he podido las complejidades de cálculo para que no introdujesen mayor confusión en la parte conceptual, de por sí liosa, y con un buen número de gráficos que mostrasen las figuras y datos intermedios utilizados: ya que se lo había puesto, quería que viesen una solución y, de paso, que no todos los problemas tienen soluciones sencillas.

Lo interesante del asunto es que mis cálculos en ningún momento me han llegado a convencer. Estaba quedando bien, creo que comprensible incluso para ellos, y desde luego mejor que la del libro. Sin embargo...

Hoy he dado por terminado el asunto. Contemplando mi obra, dos folios de apretados cálculos, me he puesto a pensar en alguna forma de comprobar ya no la argumentación, sino el propio resultado final. Liberado de la obligación de resolver el problema como si fuese un alumno de 2º de la ESO, he obtenido rápidamente la solución utilizando integrales (es un problema de áreas), y he comprobado con satisfacción que coincidía exactamente con la obtenida por el otro método.

Eso sí: también he sentido esa sutil insatisfacción que produce a veces el cálculo: siendo una herramienta poderosísima, nos hurta muchas veces del conocimiento del objeto de observación. En este caso concreto, tras horas de darle vueltas a la figura, he aprendido muchas cosas de todo lo que oculta, he tomado conciencia de algunas de las relaciones implícitas que se dan entre algunas de las figuras invisibles que subyacen al dibujo. He llegado a conocer la figura. Sin embargo, el cálculo no proporciona eso. Uno aplica unas reglas, obtiene la solución, y a otra cosa. Y es que a veces tenía razón aquel que decía que la matemática tiene por objetivo impedir el pensamiento racional.

De todas formas, lo más curioso ha venido después: tras comprobar la solución y escribirla cuidadosamente en el documento que estaba preparando para mis alumnos, he seguido dándole vueltas al dibujo. Es como si aquello no estuviese terminado. De hecho, me he puesto a analizarlo como si me enfrentase a él por primera vez. Dos minutos después, no más, he encontrado una solución sencilla y elegante que resuelve el asunto en apenas cuatro líneas.



miércoles, 1 de abril de 2009

Immaculate Fools

Pasé la adolescencia andorreando por San Blas, un barrio obrero, al menos por aquel entonces, de Madrid. Eran aquellos tiempos en los que todavía se compraban discos. Nuestros héroes, porque, más allá de lo musical, para nosotros eran eso, héroes, tenían por nombres King Crimson, Led Zeppelín, Jethro Tull, Yes, Deep Purple, Génesis, Tangerine Dream, Mike Oldfield...

Estoy hablando de mediados de los años setenta del pasado siglo, que es cuando uno ingresó en la adolescencia. Pese a lo patético de aquella época en España, nos sentíamos bien: lo de atrás era una mierda, pero el futuro tenía mejor pinta, más que nada porque era nuestro. Hasta en este país, poco dado a lo musical (salvo alguna que otra casposa manifestación popular), surgían grupos interesantes, innovadores, progresivos: Ñu, Leño, Asfalto, Iceberg, Cucharada...

Entonces llegó el punk. Al mismo tiempo que las grandes bandas progresivas alcanzaban sus más altas cotas de calidad, otra corriente, regresiva y crítica, afloraba. El punk apareció como un grito de queja, y muchos los disfrutamos por ello, pero supuso el fin.

¿El fin? Pues sí, el fin del progreso de la música popular. A partir de finales del siglo xix y principios del xx la música clásica se había alejado de los gustos populares. La complejidad de las nuevas composiciones se hizo tan grande que la tónica habitual, consistente en que las melodías de las grandes composiciones acabasen siendo tarareadas por la gente menos formada musicalmente, se truncó. La música clásica, también llamada por ello culta, se convirtió en juguete exclusivo de clases acomodadas, que eran las únicas con la suficiente formación como para entender las nuevas composiciones.

En paralelo a este proceso, la música popular se había ido nutriendo de otras fuentes que introdujeron grandes novedades en los gustos de la gente. Uno de los elementos más revolucionarios fue el rock and roll. Este nuevo ritmo, derivado de las músicas que los esclavos africanos llevaron a Norteamérica, abrió una nueva línea de progreso musical. Con lo de progreso quiero decir que a partir de las primeras composiciones, tremendamente rítmicas, surgió la necesidad por parte de los músicos de explorar nuevos campos, nuevas instrumentaciones, nuevas armonías. Y el rock empezó a progresar. Y entonces llegaron The Beatles. Los de Liverpool, más allá de sus bonitas melodías, lograron algo espectacular: romper las pocas normas que quedaban y permitir el afloramiento de grupos como los que ha mencionado arriba, grupos que, en cierto momento y como reflejo de su ambición, se atrevieron a calificarse de sinfónicos, porque eso es lo que querían, sonar con la grandeza de las orquestas sinfónicas, pero haciendo su música.

Entonces llegó el punk. Estaban cabreados, y con razón. La derecha de Margaret Thatcher castigó a los obreros de Gran Bretaña como si ellos fuesen los culpables de la crisis económica que por aquel entonces asolaba al mundo occidental. Y la música no podía dejar de ser reflejo de esa situación. Lo malo es que su reacción, lejos de cargarse el modelo hegemónico, le ayudó. Lejos de subvertir el sistema capitalista, el punk mostró a las grandes compañías el modo de desembarazarse de los viejos dinosaurios del rock y de hacer negocio con bandas siempre nuevas, bandas que después de un éxito inicial no sobrevivían más de dos o tres discos para dar paso a nuevos grupos, muchas veces prefabricados por las propias compañías.

Si me ha dado por escribir sobre esto es porque ayer me fui al mueble de los discos (sí, soy viejo, y tengo un mueble lleno de CDs, en su mayoría originales, ¿qué pasa?) y me dio por echar mano de los discos de Immaculate Fools. Este grupo inglés fue uno de los representantes de un movimiento curioso que se produjo en los años ochenta. Por paradójico que pueda resultar, lo cierto es que lo único que consiguió el punk fue potenciar la música pop, dicho esto en el peor sentido de la expresión. Sin embargo, desde dentro del pop emergió gente que quería hacer buena música, grupos que que no querían limitarse a repetir melodías estúpidas que acompañasen a estúpidas letras de amor, sino que querían experimentar, innovar y encontrar nuevos temas y nuevas músicas. Ellos no partieron del rock, sino del pop, pero su tendencia a la complejidad, expresada en una instrumentación cuidada y una letras elaboradas y profundas, les convirtieron en una tendencia que, aunque nunca se llamó así, podríamos etiquetar de pop progresivo.

Y a mí me llegó. Tengo que decir que el punk me marcó, y mucho, negativamente, porque me convirtió en un viejo prematuro: no era mayor de edad y ya me decían que la música que a mi me gustaba, el rock por aquel entonces llamado sinfónico y hoy progresivo, era una antigualla. Uno, cuando tienen quince años, sabe que a los cuarenta será un viejo, pero de ninguna manera imagina que lo será a los diecisiete.

Pero fue así: el punk, la movida madrileña, los tecnos, los neorromanticismos y otras muchas corrientes y gentes nos dejaron a los del rock sinfónico fuera de juego antes incluso de que nos diese tiempo a sentirnos inmersos en ningún juego.

Entonces llegaron ellos: los poperos progresivos como Immaculated Fools. Pareció una segunda oportunidad. Sin ser Yes o King Crimson, aquellos nuevos grupos hacían una música interesante, profunda, elaborada. No eran heavy metal pero sabían usar las guitarras con dureza. No eran progresivos, pero sabían dar densidad a sus composiciones mediante los teclados. No era Jethro, pero sus letras eran complejas e interesantes.

Y algunos nos lo creímos. De hecho, creo que es la única moda a la que recuerdo haberme apuntado: me anudé los pelos en una larga coleta; me agencié unas gafas de sol de pasta negra y me puse, sobre mi camisa rosa, unos tirantes que sujetaban mis flojos pantalones.

El punto de esta historia está en que aquello, como tantas otras historias, fue un efecto óptico: aquel pop fue un fracaso, uno de los movimientos musicales más efímeros de la historia, más, mucho más, que el propio rock sinfónico. Si algo da medida de la fama hoy día es Google, y mientras que Jethro Tull (banda misteriosamente castigada por algunos medios de comunicación españoles) tiene 3.370.000 entradas, los chicos de Immaculated Fools tienen 68.200.

En el fondo, lo único que quiero decir quiero es que fue aquella una buena época, porque fue uno de los escasos momentos en los que me sentí participe del mundo. Duró poco y, además, fue mentira, pero me gustó.

Kevin Weatherill, estés donde estés, mis saludos.

A.

PD: Padme me sugiere que adjunte un vídeo y, como tiene razón, lo hago:


miércoles, 25 de marzo de 2009

Teorías fosilizadas

Las religiones son un producto humano: en todas sus variantes, las religiones nos brindan convenientemente empaquetados hechos históricos, leyendas fuundacionales, fábulas morales, intuiciones filosóficas, explicaciones naturales y hasta prescripciones higiénicas.

Las intuiciones filosóficas son particularmente interesantes: cuando apenas sabíamos nada, cuando los humanos empezamos a preguntarnos por las causas del mundo, algunos propusieron las primeras teorías acerca de lo que veían: unos vieron un caos previo al orden de la naturaleza. Otros pensaron en dos fuerzas de cuya enfrentamiento surgió todo lo demás. Unos identificaron las fuerzas de la naturaleza personificándolas. En oriente creyeron descubrir la unidad subyacente a la aparente multiplicidad del mundo. Y en occidente creyeron encontrar en las matemáticas el lenguaje secreto de la armonía cósmica.

Estas intuiciones no son interesantes solo por lo estimulante que resulta darse cuenta de lo que fueron capaces de imaginar aquellos humanos partiendo prácticamente de la nada, sino porque hoy día siguen siendo, quizá gracias a su sencillez originaria, fuente de inspiración para nuevos planteamientos más técnicos y complejos.

Lo que quiero decir es que, en la medida que la comprensión del mundo se basa en los sistemas con los que intentamos modelizarlo, estas intuiciones nos proporcionan comprensión, una comprensión burda, primitiva, una comprensión a veces ingenua e infantil, pero comprensión a fin de cuentas. Un primer paso, una primera aproximación en el proceso inacabado que es la búsqueda de comprensión.

Lo malo es cuando se fosilizan, cuando llegan unos y pretenden convertir cualquiera de estas intuiciones en verdades absolutas y montan para ello una organización dedicada al control y explotación de las ideas heredadas del pasado. Entonces el pensamiento pierde la batalla, porque todos los esfuerzos se encaminarán a apuntalar lo que en principio no era más que una posibilidad, una suposición, y a evitar por todos los medios la crítica.

Sé que algunos dirán que también pasa con la ciencia. Y tendrán razón si lo hacen. Pero se equivocarán si no se dan cuenta de la gran diferencia: en la ciencia es esencial precisamente lo que está prohibido en las religiones reveladas: la crítica. Naturalmente que hay gente encastillada en sus teorías e incapaz de darse cuenta de sus errores. Pero eso no evita que los demás sometan a asedio sus tesis y acaben derribándolas si se demuestra su falsedad. Si hay un profeta en la ciencia ese fue Newton, y cayó. Y si tuvo una segunda venida fue Einstein y, pese al absurdo ensalzamiento popular, todos sabemos de sus errores y de las limitaciones de sus teorías. Eso no los hace pequeños. Solo gente cobarde y acomplejada piensa que no estar en posesión de la verdad te disminuye.

Ellos fueron grandes porque se atrevieron a equivocarse. Y lo hicieron a lo grande.

domingo, 22 de marzo de 2009

El tedio de lo vulgar

No sé a cuento de qué, pero hoy me he acordado de lo apasionante que era Internet al principio: si a aquello le llamaron navegar es porque realmente la búsqueda de sitios tenía mucho de aventura pues, llevado por la intuición, iba uno saltando de un vínculo a otro en busca del artículo fundacional, de la página deslumbrante, o del portal definitivo sin saber nunca si tus elecciones te estaba llevando al objetivo deseado, a una maravillosa sorpresa o al fracaso más estrepitoso.

Guardábamos por entonces las direcciones que encontrábamos como si fuesen joyas y esperábamos ansiosos el momento y la oportunidad de, a partir de aquellas direcciones, continuar la búsqueda de nuevos campos de información. Y es que, por aquel entonces, encontrar una gráfica de un campo de fuerzas, el fotograma de una película, o un texto original era una sorpresa y un regalo. La consecuencia de todo aquello fue una época estimulante, una época en la que la sensación de descubrimiento y de frontera se propagó por el mundo.

Sí, fue apasionante, pero apenas si duró unos pocos años. Internet es el ejemplo perfecto de la aceleración de los tiempos, y de cómo esa aceleración aniquila esos momentos de transición tan interesantes. Cuando las nuevas ideas o las nuevas tecnologías se instalan, los normales mortales que las recibimos lo único que sabemos es copiarlas, alterarlas, estirarlas y caer en manierismos y barroquismos: explotamos y sobreexplotamos las posibilidades de los nuevos hallazgos hasta que, cansados todos de darle vueltas y revueltas a lo mismo, algunos, esos dotados por el azar con el toque genial, generan nuevas ideas y nos dan nuevo impulso. Es en esos momentos de frontera, de transición entre lo viejo y caduco y lo nuevo y apenas esbozado cuando las mentes, gracias a esa materia prima que son las nuevas ideas, parecen explotar de creatividad. Son tiempos convulsos y a veces ridículos, pero también apasionantes y creativos.

Hoy día los procesos son tan rápidos, el consumo tan voraz, que los periodos de transición apenas si existen: en cuanto una idea salta a la palestra pública es fagocitada por la industria y esa máquina de trivialización y vulgarización, en el peor sentido de la palabra, que es el conjunto de los medios de comunicación de masas. Antes de que uno pueda ponerse a reflexionar sobre una nueva idea, esta ya ha sido ensalzada, consumida y arrojada al cubo de la basura por quienes, lógicamente, desprecian las ideas y solo quieren “información”, término que para ellos alude a cualquier dato que pueda ser empaquetado y vendido.

Hoy le hubiesen puesto los bigotes a la Gioconda al día siguiente de ser expuesta por primera vez. Y la teoría heliocéntrica de Copérnico se hubiese convertido en póster antes incluso de que la iglesia la condenase.

Y no es que me parezca mal del todo, la verdad. Lo que pasa es que la facilidad se convierte tan rápidamente en superficialidad que temo sinceramente que el tedio de lo vulgar acabe inundando el mundo... todavía más.

viernes, 20 de marzo de 2009

Natalidad y pobreza

En los países económicamente subdesarrollados, natalidad y pobreza dan lugar a un círculo vicioso. En una familia con muchos hijos, la mera subsistencia consume todos los recursos disponibles, sin que queden remanentes que puedan dedicarse a mejorar el nivel de vida y la instrucción de los hijos. Tampoco los padres pueden mejorar su formación, quedando condenados a realizar siempre las tareas peor pagadas. Los hijos se ven forzados por la necesidad a trabajar desde muy pronto, condenándose así a repetir el esquema: pobreza, incultura y, claro está, muchos, muchos hijos.

Si unimos a esto el drama sanitario que supone la epidemia del SIDA, epidemia que de momento solo sabemos frenar mediante la utilización de preservativos, se entiende perfectamente que sean tantos los que, desde gobiernos y organizaciones humanitarias, apoyen y promuevan la utilización de este sencillo, barato y asequible medio profiláctico.

Entonces, ¿por qué hay quienes se oponen a su uso y hasta llegan a mentir acerca de su eficacia? Iba a hacer un poco de retórica, pero hoy no estoy de humor: si la Iglesia Católica, con ese Papa mentiroso que tienen a la cabeza, hace campaña contra el uso del preservativo es porque quieren que en África las cosas sigan como están, porque desean que el continente entero viva sumido en el hambre, el dolor y la muerte. Y si quieren esto es porque, dado que la falta de instrucción está íntimamente ligada a la credulidad religiosa (esto no es una opinión, es estadística), la mejor forma de mantener la clientela es luchando contra todo lo que pueda remediar su miseria y su esclavitud. Lo malo es que, como se descuiden, no va a quedar nadie para rezar.

Entiendo que aceptar esta teoría es aceptar que la jerarquía católica está formada por asesinos sin escrúpulos, pero esto no es nada extraño, porque siempre ha sido así.

Como es natural, si estoy equivocado, estaré encantado de que alguien me saque de mi error. De hecho, me gustaría estarlo: quizá así la realidad no me resultase tan espantosa.

jueves, 19 de marzo de 2009

¿Loco o charlatán?

Leyendo Filosofía en el tocador del Marqués de Sade entiendo una idea curiosa: partiendo de la base de que dios no existe, Jesús resulta ser entonces un embaucador, un trolero, un estafador, al igual que los discípulos que le ayudaron a pergeñar los milagros que tanto éxito le depararon entre el pueblo.

Es sorprendente que la figura de Jesús haya quedado tan preservada de las críticas cuando su condición humana queda automáticamente desprestigiada si no aceptamos la superchería de que también era dios.

Se me ocurre que el mecanismo psicológico ha podido ser el de la coherencia: en el supuesto de su divinidad, todo lo que hizo tenía explicación: los milagros, las profecías, los prodigios, forman parte de los superpoderes de un ser celestial. El personaje es en sí tan absurdo (un semidios suicida que es hijo de una mortal fecundada por un espíritu que también es dios, distinto tanto del semidios y del dios creador, pero los tres en el fondo la misma persona) y su mensaje tan amoral (da igual lo que hagas: si crees y te arrepientes, serás perdonado) pero a la vez tan demagógico(no te preocupes de lo que te pase aquí: allí serás recompensado) que pocos se ha atrevido, o dignado, no sé, a criticarlo, centrándose por lo general el análisis ateo en el más serio asunto de la posibilidad de un dios creador, omnipotentes, omnipresente y todas esas cosas.

No pretendo decir que la crítica a Cristo no haya existido, sino que su imagen ha mantenido cierta dignidad incluso entre quienes han comprendido lo absurdo del concepto de dios, cuando resulta que este absurdo le convierte bien en un loco, bien en un charlatán.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Vivir el presente

Eso de vivir el presente, de preocuparse únicamente por el presente porque es lo único que existe, la cosa del carpe diem y demás, es algo que aparece con frecuencia entre las expresiones de los que, escépticos, intentamos expresar nuestra forma de ver el mundo.

Y está muy bien: refleja esa desconfianza hacia todo de quienes no hemos encontrado ninguna justificación aceptable a las posiciones optimistas respecto del futuro.

Esto no quita, sin embargo, para que afirmaciones del estilo de “yo vivo al día”, no tengan el más mínimo sentido. Si fuese verdad que solo nos preocupa el momento presente no iríamos a trabajar, ni al médico, ni nos preocuparíamos de nuestras obligaciones tributarias. Tampoco sacaríamos entradas con antelación, y es muy posible que le dijésemos a vecinos y familiares lo que realmente pensamos de ellos. Nadie que no pensase en el futuro se preocuparía en empezar una novela de Tolstoi, y mucho menos pasaría por el martirio de ensayar una y otra vez las primeras escalas de la guitarra. Y lo de aprender un idioma extranjero, ni te cuento.

Si actuamos de modo contrario a cómo acabo de describir es porque sí nos preocupa el futuro. Posiblemente no tanto como a otros, no a un plazo tan largo como quien suscribe planes de pensiones, pero nos preocupa. Quizá el plazo se más corto, de días en algunos casos, pero en cualquier caso nos preocupa.

Esto me lleva a plantear la siguiente cuestión: ¿cuál es el plazo que, de un modo razonable, debemos tener en cuenta? Hace ya mucho tiempo servidor se licenció en matemáticas. Aquello me supuso cinco años de esfuerzos. Hoy no me arrepiento, pero, ¿fue una locura? ¿Fui un irresponsable al embarcarme en un proyecto que implicaba tal exigencia temporal?

Me gustaría vivir el presente. Solo el presente. Eso implicaría que el pasado no me rondaría cual mosca cojonera por ahí por la cabeza todo el santo día con sus recuerdos de ridículos y frustraciones. También implicaría que no le prestaría atención al futuro y, por tanto, a todas las exigencia de ese que seré en el mañana: estoy harto de que me diga que me cuide, que no coma, que no beba, que haga deporte, que cuide las cosas que mañana serán sus cosas. En definitiva: estoy harto de que me obligue a pensar en el futuro, en ese tiempo que no será mío, sino suyo.

Mi pregunta es: ¿dónde está la frontera?

domingo, 1 de marzo de 2009

Mundo

He visto que mientras en la edición 22 del DRAE se define mundo como ‘conjunto de todas las cosas creadas’, la edición 23 dirá ‘conjunto de todo lo existente’.

Llamadme simple, pero a mí estas cosas me emocionan.

Miedo al futuro

La gente no sola compra lotería, sino que lo hace en ciertos lugares donde “toca más”. Pese a que los hechos demuestran la incapacidad de los analistas económicos de predecir nada de nada, los periódicos y los discursos de los políticos siguen llenándose de sus opiniones. Aunque jamás se ha cumplido una profecía, la mayoría de la población mundial sigue creyendo en sacerdotes, hechiceros y videntes. Los enamorados siguen creyendo, generación tras generación, que lo suyo es especial y eterno, pese a la evidencia estadística en contra.

Solemos achacarle este extraño comportamiento a la ignorancia del personal y a la manipulación de los poderosos, pero no es suficiente. Tienen que haber algo más, algo que sea beneficioso en esta credulidad inverosímil, algo que explique por qué los miembros de una especie dotada de un procesador de información prodigioso son capaces de equivocarse tanto y tan a menudo.

La explicación resida quizá en el miedo, en la angustia existencial. Somos animales dotados de futuro, a diferencia de casi todos los demás. Sabemos que tenemos un provenir, y que ese porvenir está limitado, acotado por la muerte. El futuro de un gato tan solo abarca hasta el momento en que satisfará sus apetitos. Y a eso se limitan sus preocupaciones: comer, follar y sobrevivir al momento presente. Sin embargo, nosotros los humanos, al conocer la existencia de un futuro indeterminado pero que sabemos puede prolongarse durante años, no podemos evitar preocuparnos por él, hacerle objeto de nuestras reflexiones y cuidados.

Esta preocupación, este miedo es el que nos hace proclives a aceptar la palabra de cualquier cantamañanas que diga conocer lo que vendrá. Irracional, irreflexivamente, abrazaremos con alegría lo que sea que cartografíe el futuro con tal de que reduzca el misterio, la inquietud, la angustia.

Esto no debería de ser malo si no fuera porque, además de ponernos en manos de dichos cantamañanas, nos hace vivir una ilusión, la de que el transcurrir de nuestra vida es un proceso al menos en parte previsible. Por el contrario, ser conscientes de nuestra ignorancia, de todo lo que el futuro tiene de caótico, nos estimulará a vivir con intensidad lo único que tenemos, el presente, y a prepararnos para la sorpresa.

sábado, 28 de febrero de 2009

No estamos solos

Michel Onfrey lleva varios años desarrollando un proyecto filosófico consistente en denunciar la imposición por parte del poder y los medios académicos oficiales de un cierto tipo de filosofía idealista y dualista en perjuicio de otra filosofía ocultada, censurada, acallada a lo largo de los siglos: la filosofía materialista, monista y, en última instancia, atea.

La filosofía oficial, tendría su origen en Platón y Aristóteles, y pasando por Aquino o Descartes, defendería la existencia de otro mundo distinto al de la materia, un mundo de ideas, o espíritus, o almas, o pensamientos de dios, o como se quiera. La de esta filosofía es una visión trascendente en la que siempre acaba apareciendo un personaje omnipotente y creador de cuya voluntad proviene todo, humanos incluidos.

La filosofía alternativa de la que nos habla Onfray arranca del atomismo de Demócrito y del hedonismo de Epicuro y es una filosofía de la inmanencia, de lo material, una pensamiento sin fantasmas ni espectros, una búsqueda cuyo objetivo no es ganar el más allá, sino disfrutar del más acá. Precisamente este afán de vivir bien ha sido una de las excusas que sus críticos han esgrimido a los largo de los siglos para criticarlos y censurarlos: considerado libidinoso, egoísta, corrupto, el hedonista siempre ha sido visto como un esclavo de sus más bajas pasiones.

Que tantas veces se haya ocultado que, empezando por el propio Epicuro, un buen número de filósofos hedonistas han encontrado el disfrute de la vida en la ascesis, en el estudio, en la vida frugal, en una economía de los deseos y en la viaje estrategia epicúrea de no entregarse a placeres que después le puedan a uno acarrear males mayores, es prueba de que nunca fue la actitud de estos pensadores lo que les preocupaba a los poderosos, sino su libertad, su independencia de dogmas, iglesias y doctores.

Si algo caracteriza esta filosofía es el rechazo de la pesadez y la tristeza en favor de la alegría. Platón no hizo más que amontonar prohibiciones. Aristóteles despreció las cosas del mundo convirtiéndolas en medios para no sé qué fines. Descartes, después de poner a punto el escalpelo de la razón, lo dejó maltrecho al decidir que era impropio de asuntos trascendentes.

De otro carácter son los monistas, los negadores de la existencia de otros mundos más allá de este: Demócrito era el filósofo que reía. Epicuro ensalzaba por encima de todo el placer de la amistad. Para Cyrano nada era más amable que la libertad. Y Spinoza nos explicó que convenía desembarazarse de las pasiones tristes y buscar la perfección mediante el cultivo de las pasiones alegres, y también que la condición previa para la ética es el conocimiento.

La romántica tentación de sentirse solo, de ser único entre iguales es comprensible si tenemos en cuenta la prepotencia con la que quienes controlan los medios de comunicación, las instituciones académicas y los grupos políticos imponen su pensamiento único. Por eso pienso que es importante descubrir y saber que toda una línea de pensamiento ha recorrido la historia desde que tenemos noticia y que defiende una forma de mirar el mundo limpia de las cataratas de la superstición.

Que esa corriente haya tenido a veces que avanzar subterráneamente no ha impedido que en otros momentos haya podido aflorar y discurrir a cielo abierto. Va siendo hora de que vuelva a hacerlo.

domingo, 15 de febrero de 2009

God is not Great

El título de esta entrada es el de un libro de Christopher Hitchens en el que se hace un repasito a las locuras mantenidas y perpetradas por las tres grandes religiones monoteístas. Aunque servidor tiende más a la cosa teórica, la exposición de hechos de Hitchens es tan "reveladora" de la barbarie teísta que recomiendo encarecidamente su lectura.

Para motivar al personal, enumero aquí algunas preguntas y algunos hechos de los que se pueden encontrar en el libro.

Preguntas
  • Si dios es el creador, ¿por qué hay que rezarle para que haga lo que es natural en él?
  • Si Jesús puede curar a un ciego, ¿por qué no erradica la ceguera?
  • ¿Por qué hay que reconocer en público que uno es un miserable pecador?
  • ¿Por qué se considera al sexo tan tóxico?
  • ¿Quién si no un esclavo agradecería a su amo haber hecho de él lo que quiera sin haberle consultado?
  • ¿Por qué los cristianos son incapaces de describir los placeres de su paraíso?
  • Muchas revelaciones son inconsistentes internamente y discrepantes con las demás: entonces ¿qué creer?
  • ¿Por qué dios se suele revelar a iletrados?
  • Si dios quería que la gente estuviese libre de ciertos pensamientos, ¿por qué nos hizo tan proclives a tenerlos?
  • Los chinos le preguntaron a los primeros misioneros cristianos que aparecieron por allí que, dado que según ellos dios se había revelado a sí mismo, ¿por qué esperó tanto tiempo en informarles a ellos? [A lo que se puede añadir, ¿por qué no informó a todo el mundo a la vez y desde el principio]
  • ¿Castiga dios con sus rayos a los humanos descarriados? Benjamín Franklin demostró que no al inventar el pararrayos.


Hechos

  • Occam ya dijo que si se acepta que todo debe tener una causa, dios también debe de tener una, por lo que presentarlo como la causa incausada no tiene sentido.
  • Lo bueno es milagroso, obra de dios, mientras que lo malo se le achaca a otra fuente. Cuando alguien se salva se le agradece a dios, pero los muertos no se le imputan. Tampoco la enfermedad.
  • El argumento del diseño es estúpido, entre otras cosas porque la naturaleza, lejos de ser sabia, es una gran chapucera: ahí está el apéndice, el nervio óptico, el dolor de las mujeres al parir, el dolor de espalda que sufrimos tantos humanos...
  • El término almah significa ‘mujer joven’. Sin embargo lo tradujeron como ‘virgen’. Se referían a María.
  • El dogma de la Inmaculada concepción es de 1852. El de la Asunción, de 1951.
  • Muchas de las presuntas palabras de Mahoma transmitidas por la tradición son fragmentos de la Torah, los evangelios y fuentes así.
  • En la beatificación de la Madre Teresa de Calcuta, un tipo dijo que en una filmación había aparecido su áurea de santidad. El cámara explicó que había usado una nueva película de Kodak de gran sensibilidad. También dijeron que había curado un cáncer. El médico explicó que no, que aquella mujer no tenía cáncer, sino tuberculosis, y que la curaron con un nuevo tratamiento. Pese a todo, la beatificaron.
  • Pio XI describió a Mussolini como “un hombre mandado por la providencia”. Pio XII fue pronazi.
  • Un estudio ha demostrado que no hay ninguna relación entre los rezos de los pacientes y su recuperación (lo que sí hay es cierta correlación entre los problemas postoperatorios sufrido por pacientes que sabían que habían rezado por ellos).

No quiero engañar a nadie: esto no es un resumen, sino tan solo una muestra de las perlas que se pueden encontrar en este libro. Solo puedo añadir una cosa más: si no fuese tan terrible, sería divertido.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Muerte digna

Hablar de “muerte digna” es un oxímoron, una contradicción en los términos. Morirse es lo más indignante que un ser vivo pueda imaginar. La muerte nos roba el futuro y deja sin sentido cada uno de nuestros actos. Esos cuentos de que la muerte da valor a la vida son excusas baratas de quienes necesitan encontrarle sentido a todo. Todos vamos a morir y, por muy estadístico que sea este hecho, esto es una mierda porque, incapaces de vivir como si cada segundo fuese el último, nos vemos obligados a fingir que no nos damos cuenta, o a refugiarnos en falsos consuelos.

Sin embargo, el oxímoron cobra sentido cuando algunos se empeñan en que los últimos instantes de la vida sean indignos. No podemos morir dignamente: la muerte siempre es un fracaso. Pero al menos podemos vivir los últimos instantes con dignidad, con la dignidad que proporcionan la conciencia, la ausencia de dolor y, sobre todo, la satisfacción de poder elegir, dentro de lo que cabe, el cómo y quizá el cuándo.

Que el masoquismo de católicos y otras sectas monoteístas les lleve a sufrir y a alabar el dolor me parece bien, de veras: allá cada cual con su cuerpo. Cuando sacan su lado sádico y pretenden que los demás también muramos destrozados por la enfermedad, hundidos por el dolor y humillados por la incapacidad es cuando me preocupo. En tales casos recuerdo que el único placer que han sido capaces de describir con cierto detalle para las benditas almas que vayan a ese cielo suyo es el de que estas podrán contemplar con alborozo el eterno sufrimiento de los condenados al infierno. Supongo que ese deseo suyo de que muramos retorcidos por el dolor debe ser un adelanto de los más largos y profundos placeres que esperan disfrutar en el más allá.

Pensando en esto me asusto de veras y ruego al azar que, en mis últimos momentos, mi vida y mi muerte no dependa de los deseos sadomasoquistas de alguno de estos canallas de púrpura.

viernes, 6 de febrero de 2009

Incentivos

Cuando descubrieron los primeros Rollos del mar Muerto, los arqueólogos, para motivar a los pastores de la zona a colaborar en la búsqueda, les ofrecieron una cantidad fija por fragmento de rollo encontrado. Los pastores, como no podía ser de otra manera, cada vez que encontraban un fragmento lo hacían pedazos para obtener así mayores ingresos.

En una empresa que conocí bien hace años andaban los del departamento de mercadotecnia muy preocupados por el estancamiento de la cartera de clientes: si bien era verdad que los clientes antiguos eran fieles a la empresa, también era cierto que los clientes nuevos brillaban por su ausencia. Por eso se les ocurrió motivar a los vendedores incentivando la contratación de nuevos clientes. La consecuencia, como no podía ser de otra manera, es que los comerciales se dedicaron a convencer a sus clientes de que se diesen de baja y, a continuación, firmasen contratos como nuevos clientes.

Si uno quiere seleccionar personal para realizar cierta actividad intentará diseñar unas pruebas que permitan valorar el nivel de adecuación de los candidatos al puesto. Lo curioso es que tales pruebas rápidamente perderán su validez, porque rápidamente la gente se dedicará a prepararse no para el puesto, sino para superar las pruebas. Y es que ya lo dijo aquel: los test de inteligencia solo miden la capacidad del sujeto para resolver test de inteligencia [“ese test de inteligencia”, podríamos precisar].

Durante mucho tiempo la formación académica estuvo muy valorada en España, porque el personal veía en ella la forma de escapar de la pobreza. Con el tiempo caló entre la gente la idea de que no era tan importante la formación en sí como el poder justificarla. Es decir: concluyeron que lo de menos era lo que se aprendiese y que lo realmente importante era tener “el título”.

Los humanos no actuamos porque sí: actuamos para conseguir objetivos. A veces son materiales y a veces son espirituales, pero siempre queremos conseguir algo. Lo que queremos conseguir está inevitablemente relacionado con instintos básicos: sexo, prestigio social (para tener sexo), dinero (para tener prestigioso social y, por tanto, sexo)... Esta búsqueda es instintiva, y genética. Lo que es social es el qué hay que hacer para conseguir el sexo, y el prestigio, y el dinero, y todo eso.

Aquí entra la cosa de la moda: la moda establece el criterio estándar, la universal vara de medir para los asuntos humanos: la moda dice lo que es hermoso, atractivo, deseable. Esta moda a veces va de arriba abajo: un puñado de listos diseñan sus productos estéticos o éticos y utilizan sus medios de adoctrinamiento de masas para imponerlos. Sin embargo, otras veces, el fenómeno se produce al revés: de alguna forma, una idea, una imagen, una melodía nace en algún lugar de los bajos fondos y poco a poco empapa al colectivo. Los de arriba no perderán un momento: en cuanto la detecten la estandarizarán, normalizarán, reproducirán y venderán masivamente. La genialidad máxima del sistema capitalista ha sido aprender a fagocitar cualquier idea y convertirla en mercancía.

Lo que digo es: ¿nadie será capaz de generar un sistema de incentivos lo suficientemente robusto como para que nadie sea capaz de transformarlo en un artículo de venta? ¿No seremos capaces de idear un sistema que sea a la vez funcional y amable?

Esta es la idea.

domingo, 1 de febrero de 2009

Egoísmo inteligente

Sigo insistiendo en la idea de diseñar el futuro, aunque en esta ocasión voy a ser algo más concreto y dar una pista de por dónde podrían ir los tiros. Para ello me voy a basar en la experiencia de otros, porque aunque sea de necios seguir ciegamente la tradición, más necio aún es no aprovechar la experiencia.

La mano invisible de Adam Smith metaforiza un concepto que solo después hemos empezado a entender, el de la emergencia: de montones de comportamientos individuales, sin una dirección centralizada, se produce un resultado colectivo inesperado, superior a la suma de las partes. Adam Smith observó que la gente actúa movida por el egoísmo: si el panadero hace pan no es para que nosotros disfrutemos al comerlo, sino para obtener un beneficio. También observó que pese a la falta de dirección y al egoísmo generalizado, la sociedad funciona y genera riqueza, como si una mano invisible la guiase. Del egoísmo particular emerge un bien general.

Marx vio las cosas desde otro punto de vista. No vio el egoísmo en los humanos individuales, sino repartido por clases sociales. También observó un mundo que estaba muy lejos de ser idílico, y pensó que había que hacer algo por cambiarlo: no se podían dejar las cosas al albur del azar o de las clases dominantes. Había que dirigir y planificar. Además, el estudio de la historia le mostró que la lucha de clases solo podía tener un final: la llegada del proletariado al poder.

Los dos acertaron en muchas cosas y se equivocaron en otras. Adam Smith erró en su análisis de los éxitos de la sociedad: es verdad que la codicia individual es un estupendo motor para producir riqueza, pero también es verdad que la distribuye fatal. Pero acertó en su visión emergentista: dejando libertad al personal se consigue aprovechar una masa enorme de pequeñas ideas, de pequeñas iniciativas, de sinergias sorprendentes que ningún ministerio centralizado sería capaz de planificar.

Marx se equivocó en su estudio del pasado: vio necesidad en algo tan esencialmente contingente como es la historia. Y se equivocó, seguramente, por su incomprensión de la psicología humana. Tuvo en cuenta, y con razón, la influencia de la sociedad en el comportamiento de los hombres, pero despreció completamente la propia naturaleza humana y no vio que nacemos egoístas. Sin embargo, acertó plenamente en la necesidad de una planificación, en la necesidad de utilizar la razón para hacer que las cosas sean como queremos que sean y evitar las nefastas consecuencias de la codicia individual.

Tomando nota de los errores y fundiendo los aciertos tenemos la planificación de la emergencia. La idea es la siguiente: los humanos nos movemos por una serie de instintos básicos: vanidad, sexo, altruismo para con los próximos... Somos capaces de hacer casi cualquier cosa por conseguir prestigio entre los que nos rodean. Si la moda es vestirse de verde nos vestiremos de verde. Si lo que se lleva es ser un bestia, seremos bestiales. Instinto e influencia social: el primero pone la base, la segunda le da forma. También en lo positivo: estamos programados para colaborar con la tribu. Serán las circunstancias sociales las que nos digan si la tribu se limita a la gente de nuestro poblado o a la del país, la raza, la clase, la religión o la humanidad entera.

Cuando hablo de diseñar el futuro me refiero a diseñar un buen juego de estímulos que dirijan la emergencia en uno u otro sentido. No vamos a evitar el egoísmo congénito (a no ser que nos dediquemos a hacer ingeniería genética con la especie, que todo llegará), pero si podemos intentar redirigirlo hacía objetivos positivos. No vamos a dejar de ser vanidosos simplemente por quererlo, pero sí podemos hacer que el prestigio social esté relacionado con la inteligencia y no con la superstición, o con la honradez y no con la picaresca. Si leer a Kant estuviese bien visto, la gente leería a Kant en masa.

No estoy haciendo una declaración de intenciones. No se trata de imaginar que bonito sería si fuésemos de una manera o de otra. Se trata de utilizar la fuerza del egoísmo individual para alcanzar objetivos colectivos. Se trata de alcanzar un egoísmo inteligente. Pero esto exige diseñar todo un esquema de objetivos y de los incentivos adecuados para alcanzarlos.