Para las feministas, los malos son los
hombres. Para los pobres, los malos son los ricos. Para los videntes, los
ciegos, y para los ciegos lo son, evidentemente, lo videntes. Para los negros,
malos son los blancos. Para los blancos, todos los demás. Para un demócrata,
malos eran los nazis. Para un judío lo es el musulmán. Para un cristiano, el
ateo. Para un humanista el mal de la civilización está encarnado en los
científicos. Para un pacifista, los militares son los culpables de todo. Para
los militares, los terroristas. Para los nacionalistas, los malos son los otros
nacionalistas…
Podría seguir con este ejercicio, realmente
divertido, pero como muestra basta: no sé lo que tiene esto de genético o de
aprendido, pero nos encanta pensar a los humanos que hay malos, que hay gente
que es realmente mala.
Es lo más fácil: pensar que algunos
individuos fácilmente reconocibles por un puñado de rasgos, o solo uno, son portadores
de una esencia maligna que los hace no solo causantes de males, sino, además, culpables.
Esto último es lo mejor, porque así podemos odiarlos e, incluso, si llega el
caso, castigarlos.
Evidentemente, es un error. La mente humana
es tremendamente plástica. Nuestro comportamiento tiene que ver con nuestra herencia
genética, claro, pero también con el entorno familiar, social, político e histórico
en el que nos desarrollamos. Si queremos cambiar las cosas no basta con señalar
y perseguir a los malos: hay que cambiar las estructuras, esas mismas estructuras
que han dado lugar a los malos… y a los buenos.
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