miércoles, 24 de febrero de 2010

El viejo camino

Acabo de conseguir el CD The Old Road, de Martin Orford, antiguo teclista de IQ. Lo del viejo camino se refiere a los viejos modos de hacer música, entendiendo por viejos aquellos modos del rock sinfónico. El disco es interesante, emocionante, entrañable, acojonante, todo ello a veces y en pequeñas dosis, como corresponde a todo homenaje, porque eso es el disco, un homenaje a aquel espejismo que fue el rock progresivo de los años setenta.

Pero si lo menciono no es por el disco en sí, sino por lo que se puede leer después de los agradecimientos: “No le doy las gracias a quien quiera que cargue, o descargue, la música de otros en Internet. Tú estás haciendo cada vez más difícil hacer álbumes como este”. No es la primera noticia que tengo al respecto. Tengo un hermano que se dedica a esto de hacer música y de grabar discos y que, cuando nos vemos, no se jacta de los discos vendidos, sino de las descargas piratas de internet. Como es natural, lo hace con un gesto irónico, porque yo sé lo que eso significa: que para vivir tiene que hacer otra cosa y que, por tanto, su próximo disco tendrá que esperar mucho más de los deseable, si es que acaba por llegar.

No pretendo hacer defensa de los derechos de autor, ni apoyar a los locos de las SGAE, ni nada de eso, y no porque no piense que la cosa no lo merece, sino porque sé que es inútil. Internet está ahí, y sé que ponerle puertas al campo es imposible. Lo único que pretendo es cargar de responsabilidad a quien la tiene, es decir, a todo el mundo. Estoy harto de escuchar a unos y otros quejarse de no sé cuántas cosas, cuando resulta que hasta los más débiles tenemos responsabilidad en lo que ocurre. La música popular decente, hecha por buenos músicos y con buenos medios, está a punto de desaparecer, sencillamente porque ya no es rentable. Sé que con el sistema anterior algunos han ganado fortunas exageradas e injustificables, pero ahora hemos pasado a lo contrario, a que la obra de gente valiosa, preparada, motivada y, sobre todo, creativa, no pueda ver la luz porque, sencillamente, no es rentable.

No voy a comparar lo de hoy con la música de “mis tiempos”. Me vale comparar con cualquier otra época. Nunca la música popular ha sido tan cutre, paleta, mezquina y vulgar. La razón: solo sobreviven aquellos que tienen el apoyo de las televisiones. Así de sencillo.

Todo esto es generalizable al problema de la democracia. Cuando, para escuchar música, había que comprar discos, comprar era, en cierta forma, votar, porque estabas con tu compra diciéndole a la compañía de discos: “este disco me gusta, esta gente me interesa”. Al dejar de comprar, al descargarte la música sin pagar un duro, estás dejando de influir sobre las compañías de discos, estás dejando de importar. Así de sencillo.

No quiero yo decir que la solución sea comprar discos. De hecho, tengo la sensación de que esto no tiene solución y de que todo se va a la mierda. Y cuando digo todo quiero decir “todo” porque, en realidad, no estoy hablando de la música, sino de todo, porque este des-responsabilizarse de los individuos permite que los sistemas y los poderosos hagan de las suyas tranquilamente en todos los ámbitos. Y todo por esa mentalidad, a la vez modesta y a la vez egoísta, de “¿qué más da lo que yo haga si los demás...?”.

Pues claro que da, claro que importa, porque si el mundo es una mierda es, precisamente, por esa humilde, egoísta y, sobre todo, imbécil forma de pensar que consiste en despreciar el poder del individuo.

Esto tiene que ver, nauralmente, con la paradoja del preso, pero de eso hablaré otro día, si acaso.

lunes, 8 de febrero de 2010

Noah's Ark-God, Giraffes & Genocide

Mi buen amigo Kiyoshi me ha hecho saber de la existencia del siguiente vídeo. Está en inglés, pero se entiende perfectamente. Merece la pena. Un magnífico ejemplo de lo que es enseñar divirtiendo.





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Otra recomendación, mencionada en uno de los comentarios: Prototipo, de Ralf König.

Libre albedrío

Ver  texto.

domingo, 31 de enero de 2010

Democracia, espacio y tiempo

El sistema democrático occidental está incapacitado para resolver los grandes problemas que tenemos encima no por la ineptitud de sus dirigentes, que no es necesaria ni universal, ni por su desvergüenza, que no es necesaria ni universal.

La incapacidad del sistema democrático occidental no depende de cuestiones personales ni contingentes, sino que es, desgraciadamente, esencial, pues tiene su origen en el desfase existente entre dicho sistema y la realidad.

Este desfase se da en las dos dimensiones de la realidad: la espacial y la temporal.

El desfase espacial es obvio: los problemas se han hecho globales, es decir, trasnacionales (clima, economía, crimen organizado, multinacionales, valga la redundancia), pero no los gobiernos, que siguen siendo nacionales.

El desfase temporal es de escala. La democracia renueva sus dirigentes cada cierto tiempo. En esa higiene se basa su fuerza. Pero resulta que los plazos a los que estamos acostumbrados, cuatro, cinco años, son completamente insuficientes para afrontar los problemas globales que, por su dificultad y magnitud, exigen soluciones a largo plazo.

No estoy inventando nada: por eso hay tanta institución internacional; por eso, entre otras cosas, se inventó la ONU. Pero estas instituciones no tienen poder real: ni económico, ese lo tienen las grandes corporaciones; ni ejecutivo, en manos de los estados y sus ejércitos. Así, las cosas, son los problemas locales e inmediatos los que acaban imponiéndose siempre sobre los problemas globales del futuro.

Nada de esto sería tan grave si no fuese porque el futuro ya está aquí.

viernes, 29 de enero de 2010

De matrices y anillos

Hace poco más de seis años, cómo pasa el tiempo, escribí en una sección de Epsilones que se llamaba El cuaderno rojo el siguiente texto. Como lo he mencionado hace un par de días, lo reproduzco aquí.


De matrices y anillos

A riesgo de ser odiado voy a decir lo siguiente: las sagas cinematográficas de El Señor de los Anillos y Matrix son pura basura.

Con esta afirmación no me refiero a su calidad técnica, que sin duda es increíble en ambas en lo relativo a cuestiones como fotografía, diseño de producción, efectos especiales, sonido, artes bélicas y demás.

Tampoco a la calidad de la historia, pues en ambos casos es tan escueta que prácticamente no existe: en la del Anillo consiste en “hay un malo, vamos a por él” y en la de la Matriz en un “hay unos malos, vamos a por ellos”, estando las horas intermedias rellenas de hechos “contingentes” y/o “accidentales”.

Ni siquiera voy a criticar la poca originalidad de ambas historias, basadas en leyendas y mitos ancestrales o en cuestiones filosóficas con siglos de antigüedad: revisitar a los clásicos, si se hace bien, siempre es enriquecedor.

Cuando digo que son pura basura estoy pensando en los valores que muestran.

1. Mesianismo

Frodo y Neo son “elegidos”. Son una especie de profetas sin profecías con una misión: salvar al mundo. No hay merito en ellos. Ni voluntad. Son lo que son porque sí, porque les ha tocado en la lotería del destino.

Lo anterior tiene una consecuencia inmediata: sus seguidores no lo pueden ser en virtud de los méritos de sus líderes, porque en principio los desconocen: les siguen porque tienen fe ciega en ellos.

El porqué de su elección y de la fe de sus acólitos es un misterio emparentado sin duda con el de la Santísima Trinidad (“Tres anillos”, “Trinity”).

2. Maniquieísmo

Los conceptos morales no son absolutos. Raramente podemos dibujar una línea y decir del lado de acá estamos los buenos y del lado de allá los malos. Y quienes dicen distinguir claramente entre unos y otros suelen confundir los valores humanos con el color de la piel o la cantidad de petróleo que se les puede robar.

Sin embargo, en nuestras películas preferidas la distinción es absoluta. Los buenos son buenísimos henchidos de amistad y deseos de salvar al mundo, aunque no sepan muy bien cómo. Y los malos, los malos ni siquiera son humanos: son monstruos o programas de ordenador con los que podemos olvidarnos de dudas o piedad: se les aniquila y listo.

Los humanos llevamos haciendo lo mismo desde hace miles de años: para poder matar al otro sin demasiado problemas de conciencia nos convencemos de que el otro no es tan “humano” como los somos nosotros mismos: a veces por su raza, a veces por su nivel cultural o por su religión, casi siempre porque sí, no vemos al otro tan humano. Y lo seguimos haciendo: como ejemplo basta ver cómo algunos líderes mundiales distinguen entre los muertos propios (“bajas”) y los ajenos (“daños colaterales”).

3. Violencia y heroísmo

Total, que durante horas nos dedicamos a luchar y matar/eliminar a cuantos más enemigos mejor para conseguir salvar el mundo. Y esto podría entenderse como un rasgo de realismo de ambas trilogías que no considero censurable: la violencia forma parte de la vida del humano y ocultarla es solo un ejercicio de hipocresía.

Lo que me resulta ofensivo es que los héroes hagan gala de un grado de violencia tan desmesurado. Lo que me parece preocupante es que sin el más mínimo pudor se exponga la alianza entre heroísmo y violencia y se ensalce de un modo tan obsceno la figura del guerrero.

El mal, si tenemos que ubicarlo en algún sitio, no es una violencia u otra: es la violencia. Podemos hablar de ella, exponerla, mostrarla hasta que hiera nuestra sensibilidad y nos haga revolvernos en el sillón o girar la cabeza. Pero ensalzarla me parece la mayor de las maldades.

4. Entertainment

Los anglosajones son los reyes de esto de la industria del espectáculo. Y hace mucho que se dieron cuenta de la atracción que causa sobre los humanos la violencia, siempre y cuando el espectador se identifique con el que reparte y no con el que recibe. Y sin duda nos encontramos ahora ante dos obras cumbres en este sentido. Hace unos días, cuando les manifesté a unos alumnos lo estúpido que me parecía que en Matrix la forma de comunicarse entre programas de ordenador fuese a patada limpia, uno de ellos comentó: “ya, pero ¿y las hostias que se dan?”.

El éxito multitudinario de ambas sagas habla bien a las claras del acierto y habilidad de sus productores y de lo patético de este escrito mío, condenado a ser leído por millones de veces menos gente que la que ha visto y verá Matrix y El Señor de los Anillos. Ellos, a fin de cuentas, tienen a favor la propia naturaleza humana, mientras que yo, triste de mí, abogo por llevarle la contraria.

A los que lean esto solo les pido lo siguiente: la próxima vez que pasen un buen rato en el cine viendo como la gente se pega y se mata, que se pregunten acerca de lo que pensarían de alguien que pasase buenos ratos viendo como la gente se pega y se mata.
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Nota (29-1-2010): me gustaría recalcar que en el texto anterior hablo de las películas, no de los libros de El señor de los anillos, los cuales ni había leído entonces ni he leído después. Lo he intentado, eso sí, pero el tedio que me produjeron sus cien primeras páginas fue tal que no pude continuar.

miércoles, 27 de enero de 2010

Otra de héroes

Siempre me ha parecido bueno tener héroes. Primero porque somos animales imitadores, especialmente en la juventud y, dado que es así, no viene mal disponer de algunos modelos interesantes. Es lo que pasa en las artes: nadie nace con un estilo propio: este emerge de la original mezcla que el futuro artista construye escogiendo y rechazando de entre los materiales existentes.

En segundo lugar, pienso que es bueno tener héroes porque, antes o después, la experiencia muestra que dichos héroes están llenos de imperfecciones, lo cual nos lleva a desembarazarnos de ellos en un movimiento higiénico y liberador.

Yo, en algún momento de mi vida, me he querido parecer a Bugs Bunny, el señor Spock, el profesor Xavier, Ian Anderson, Harry Haller o Nietzsche, por citar solo algunos de mis héroes. En otros momentos han sido personajes más cercanos los que me han ofrecido formas interesantes de ser o de vivir. No sé si hay gente que se ha desarrollado sin héroes, pero yo no me imagino sin esos prototipos, paradigmas, puntos de fuga, focos de atracción, o como se les quiera llamar, que han sido para mí esos personajes. A estas alturas ya no lo son, pero siguen acompañándome como viejos amigos a los que, pese a conocer sus miserias, sigo apreciando.

Ahora bien: a todo movimiento de atracción debe oponérsele otro de repulsión, porque sino todo se hace una amalgama indigesta. En este caso, a la atracción del héroe se le debe oponer el espíritu crítico, que es el que, si se cultiva lo suficiente, nos acabará mostrando las fallas de los modelos y nos obligará con ello a forjarnos esquemas nuevos y originales.

Sin el espíritu crítico la admiración se convierte en fanatismo, y ahí la hemos liado, porque el fan, sea de un cantante, un político, un mesías o un personaje de novela, reconstruye el mundo en torno a su amado, y si algo no cuadra, le echa la culpa al mundo y tilda de hereje a quien no comulga con él.

A mí nunca me han insultado tanto como cuando se me ocurrió escribir que las películas Matrix y El señor de los anillos son basura, cosa que, naturalmente, sigo pensando.

domingo, 24 de enero de 2010

“Gracias a Dios”

La expresión “gracias a Dios” se usa, a veces, pensando menos en su sentido literal y más como forma de manifestar la satisfacción de haber sido tocado por el azar.

Pero otras veces no, otras veces se usa en su sentido literal, como cuando en un desastre natural en el que han muerto miles, un superviviente da gracias a Dios por haber sobrevivido. En este caso se está responsabilizando a Dios de la supervivencia de un individuo. ¿Y de la muerte de los demás? ¿No es responsable?

Supuesta la existencia de Dios, que un individuo le agradezca la propia suerte cuando el dolor le rodea es lo mismo que si el hijo de un maltratador le agradeciese a su padre que no la emprenda a golpes con él después de haberlo hecho con su madre y sus hermanos.
En realidad, lo que no acabo de ver es cómo pueden los creyentes, creyendo en Dios, no ver en Él al mayor de los maltratadores, por no decir al mayor de los genocidas.

Un misterio más.

[Por cierto: sobre el tema de lo duro que pude ser Dios es muy recomendable la última película de los hermanos Cohen, A serious man].

sábado, 23 de enero de 2010

Épica atea

En esto tiempos tan feos no viene mal un poco de épica. Lo malo es que la épica, la exaltación del héroe, suele tener un carácter mesiánico muy desagradable, pues los héroes suelen ser tipos elegidos, gente predestinada a cumplir una misión, en concreto la de salvarnos, sin que muchas veces esté claro de qué nos tienen que salvar, ni por qué son ellos precisamente los que van a lograrlo, ni si queremos los demás, los de a pie, ser salvados.

Aunque no mucha, tenemos algo de épica atea. En música, por ejemplo, está la obra de Dimitri Shostakovich. En ella aparecen héroes, pero son héroes anónimos, muchas veces colectivos, cuyo valor no reside en ningún mandato divino, sino en la fuerza de tener la justicia de su parte. Que Shostakovich estuviese del lado de los perdedores le evitó, además, la indignidad de la victoria.

No sé si el concierto para violoncello número 1 de Shostakovich tiene programa o no, pero es un ejemplo magnífico de épica y, también, de ironía y dramatismo. La versión que propongo es vieja, sí, pero tiene el aliciente de estar interpretada por Mstislav Rostropovich, que fue quien la estrenó y a quien se la dedicó el propio Shostakovich.

Por cierto: las cuatro primeras notas forman parte de la secuencia DSCH, la famosa firma musical de Shostakovich.



martes, 19 de enero de 2010

Haití

Se hace difícil hablar de nada cuando ocurren cosas como el terremoto de Haití. Cuando el dolor entra en acción, cuando la indefensión es absoluta, no hay moralinas ni matices filosóficos que valgan. Quien haya sentido alguna vez un dolor intenso, prolongado, desesperante, sabe a qué me refiero. Y quien no lo haya experimentado no puede entenderlo, porque el lenguaje es incapaz de evocarlo. Uno siente la tentación en estas ocasiones de buscar un culpable sobre el que descargar su ira, y a mí se me ha ocurrido hablar del obispo canalla ese que ha comparado el mal físico de los de allá con el mal espiritual que sufrimos los de acá. Pero no merece la pena. No serviría de nada. Lo que ha ocurrido en Haití, como lo que ocurre todos los días en tantos lugares del planeta, es una manifestación más de lo poquito que le importamos a una naturaleza ciega a los asuntos humanos. Es devastación pura, sin sentido, amoral.

Sobre lo que sí merece la pena reflexionar es sobre por qué los desastres azotan a unos territorios de una manera y a otros de otra. Me refiero, naturalmente, a la pobreza, que a hasta en esto nos hace distintos al convertir a quien la padece en víctima propiciatoria de todas las desgracias.

Pero este es asunto para otro momento. Ahora, en medio del caos, solo cabe pensar una cosa: ayudar. Y es bien fácil: basta entrar en Internet, o en una sucursal bancaria, y dar dinero y hacer que, por una vez, sirva para algo limpio. Habrá quien diga que buena parte de ese dinero se lo quedarán los especuladores, y las mafias, y los gobiernos locales, y hasta las ONGs. Es posible, pero esto no deja de ser una excusa para no hacer nada porque, sea lo que sea lo que llegue, merecerá la pena.

martes, 12 de enero de 2010

Saber incorporado

Para los antiguos era evidente que la Tierra era plana, y la idea de que esta en realidad pudiese ser esférica resultaba perturbadora, cuando no increíble.

Hoy, sin embargo, nadie tiene problemas en aceptar la aproximada esfericidad del planeta y en resolver las dificultades que esto conlleva (que los de “abajo” no se caigan, por ejemplo) echando mano de la fuerza de la gravedad universal, fuerza que nadie entiende pero que casi todos aceptan.

Si esto es así se debe a que el conocimiento de la forma de la Tierra es un saber incorporado, concepto desarrollado por Nietzsche y que pone de manifiesto un hecho curioso: no nos basta saber algo: necesitamos, además, interiorizarlo, sentirlo como real. No basta disponer de la verdad: hay que acreditarla como tal.

La situación intermedia surge cada vez que un nuevo conocimiento llega a la sociedad. La teoría de la evolución por selección natural de Darwin y Wallace, por ejemplo. Mucha gente la acepta como parte del canon científico, pero poca gente sabe exactamente qué significa. Se acepta la idea vaga de que los animales tienden a adaptarse al medio y que eso provoca los cambios que gradualmente dan lugar a las distintas especies, cuando no es eso lo que dice la teoría. Pero lo peor no es la falta de conocimiento, sino la no incorporación de alguna de sus consecuencias. Una de ellas, quizá la más importante, es que nada hay en la naturaleza humana de trascendente, pues no somos más que una de las muchas especies que pueblan la Tierra surgidas de esa sorprendente y azarosa combinación de azar y necesidad que es la evolución.

Esta situación de saber pero no sentir es frecuente. Y terrible, porque lleva a quienes la sufren a vivir en una especie de esquizofrenia, de desdoblamiento de la personalidad. Son muchos los que, por ejemplo, habiendo comprendido intelectualmente el sin sentido de la religiones, son incapaces, sin embargo, de aceptar un mundo sin trascendencia. Es el caso de tantos que, no siendo creyentes, no ven con los mismos ojos la religión en la que se han criado que la vivida por otros.

Para muchos el saber científico es algo que hay que aceptar pero que produce tristeza por lo que tiene de expulsión del paraíso. Es esa gente para la cual saber que la Luna es un enorme peñasco entra en contradicción con su romántica contemplación.

A lo que voy es que el conocimiento duele si nos cambia, pero no si nos criamos con él. Por eso es tan importante hacer el mundo lo más transparente posible. Los misterios son deliciosos si lo son de verdad, pero perniciosos si consisten en ocultación premeditada, pues los primeros estimulan la imaginación y la investigación, mientras que los segundos nos sumen en el desconcierto y la superstición.

Hoy sabemos muchas cosas. Sabemos que no existen entidades divinas ni fantasmales. Sabemos que la vida no tiene ningún sentido salvo el que queramos darle cada uno. Sabemos que nuestra propia naturaleza no juega necesariamente en nuestro favor, sino en el de los genes. Durante el siglo XX hemos aprendido más sobre el cosmos y sobre nosotros mismos que en toda nuestra historia y prehistoria. Sin embargo, no hemos incorporado ese conocimiento. Por el contrario, parece como si lejos de aumentar, el saber incorporado estuviese disminuyendo. La causa de esto es, teorías de la confabulación aparte, la desidia inherente a las sociedades opulentas. Dicho menos pedantemente: nos volvemos vagos. La vida laboral nos genera un cansancio que nos hace olvidar lo importante y dedicarnos simplemente a lo urgente. No merece la pena meterse en más problemas de los necesarios. No merece la pena entrar en discusión con quien piensa distinto.
Qué pereza... Total, qué mas da...

Hace unos años, en el estado norteamericano de Kansas, se abolió la obligatoriedad de la enseñanza de la evolución, lo cual dio entrada en las escuelas a la teoría del creacionismo. Esto es como si una ley dijera que, para explicar la reproducción humana, en vez de contar a los niños la cosa del pene, la vagina*, los espermatozoides y los óvulos, también se les puede enseñar la teoría de la cigüeña que viene de París. Pero así fue. Cuando los científicos americanos se dieron cuenta de lo que había ocurrido, vieron la necesidad de participar en el debate social, debate del que, encerrados en su torre de marfil, habían desertado.

Es terrible, pero la superstición lleva las de ganar. Hay muchas razones, pero dos destacan sobre las demás: una es que ser supersticioso es fácil, mientras que ser escéptico cuesta más. La otra es que, por definición, el escéptico no está convencido de nada. Esto, siendo bueno, implica que el supersticioso es poco proselitista, a diferencia del creyente que, convencido de lo suyo, no se corta a la hora de hacer propaganda.

No pretendo animar al personal a caer en los pecados de los otros, pero sí que animo a no callar, a opinar siempre que surja la oportunidad, a defender con argumentos y con pasión las propias convicciones. Quizá sea el caso de que no se tengan convicciones. Eso sería genial. Entonces se puede ser vehemente en defensa de la única convicción incuestionable: la duda.

A.

* ¿A alguien se le ocurre una explicación racional de por qué el programa Word da la palabra “vagina” como inexistente? Joder, están enfermos.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Días de ira

Dies Irae (‘Días de ira’, pero en latín) es un canto llano gregoriano que contiene una corta melodía, un pequeño motivo que ha sido utilizado posteriormente en muchas ocasiones. Incluyo a continuación, además del himno original, dos de esta citas musicales.

La primera es El sueño de una noche de Sabbat, quinto movimiento de la Sinfonía fantástica escrita por un Berlioz enamorado y en estado de gracia.

La segunda, de unos pocos años después, es Totentanz, de Listz, y se trata de una danza macabra. Listz, obsesionado con la muerte, llegó a visitar hospitales y cárceles para ver a los condenados a muerte.

La melodía de la que hablo se utiliza en varios lugares a lo largo de los tres ejemplos que propongo, pero, para su localización, indico la primera vez que aparece en cada caso:
  • Dies Irae gregoriano: nueve primeros segundos, voces.
  • Sinfonía fantástica de Berlioz: poco después del minuto tres, tras las campanas, interpretado primero por las tubas y luego por trombones de varas.
  • Totentanz de Listz: treinta primeros segundos, interpretado por los metales (escalofriantes los golpes de piano).










La sibila délfica de Miguel Ángel



sábado, 26 de diciembre de 2009

Ética objetiva

¿Se puede hablar de ética con objetividad?

Las elecciones éticas pueden ser de dos tipos: la elección de criterios o principios generales por un lado y la evaluación de comportamientos concretos por otro.
La elección de criterios generales es un proceso subjetivo e irracional. Podemos optar por buscar la felicidad de los humanos o por servir a los deseos de alguna deidad. Podemos elegir entre éticas materiales y éticas formales. Podemos abrazar el imperativo categórico o bien lanzarnos a una vida singular y libre. Todas estas elecciones son producto de la propia genética, la tradición, el contexto histórico, la educación, la experiencia personal, y montones de influencias más. Es decir, son subjetivos e irracionales. Hasta la elección de la racionalidad es irracional.

Por su parte, la evaluación de los comportamientos tiene por objetivo decidir efectivamente qué hacer, lo que implica clasificar los comportamientos en buenos y malos, cosa que se hace aplicando los criterios éticos generales. Habrá quien considere que matar es malo porque disminuye la felicidad del mundo, o porque desencadenará el círculo vicioso de la venganza, o porque lo prohíbe algún dios. Otros considerarán que es bueno porque con ello debilitan al enemigo, o porque obtienen alguna ganancia o, simplemente, porque lo dice algún dios.

La forma de realizar estas elecciones difiere mucho de unos a otros. Mientras que unos se limitan a tomar su decisiones aplicando las imprecisas reglas heredadas que conforman su instinto moral, otros reflexionan sobre dichas reglas y elaboran complejos sistemas de evaluación.
Dicho esto, paso a contestar la pregunta “¿podemos hablar de ética con objetividad?”. La respuesta es que sí, aunque no siempre. Es casi imposible discutir sobre los criterios generales, porque la discusión en sí exige unos criterios compartidos que no se tienen. Y discutir acerca de la bondad o maldad de un comportamiento apenas tienen sentido cuando los criterios generales no tienen nada en común.

Sin embargo, la aplicación de los principios generales a los comportamientos particulares sí admite la discusión racional y objetiva. Racional en el sentido del propio análisis del lenguaje; y objetiva en el sentido de análisis de la realidad. Asumido el imperativo categórico “compórtate con los demás como quieres que los demás se comporten contigo”, sería contradictorio defender el asesinato como algo bueno. Asumido el objetivo general de alcanzar una sociedad pacífica en la que los humanos puedan vivir felizmente es absurdo confiar en que eso llegará por sí mismo gracias a la natural bondad humana cuando sabemos que los humanos no somos buenos por naturaleza.

Los criterios son difícilmente discutibles. En caso de conflicto, solo cabe optar, si es posible, entre la coexistencia pacífica o la imposición por la fuerza de una de las dos alternativas, lo cual es, en sí, una elección moral, aunque a veces venga forzada por las circunstancias. Pero sobre los medios para alcanzar los objetivo sí se puede discutir, lo cual permite que unos digan estupideces y otros no.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Tradición

La tradición es saber congelado, es la forma en que las sociedades codifican comportamientos que han demostrado ser útiles para la supervivencia y cohesión del grupo. No son, por tanto, necesariamente malas, y merece la pena tenerlas en cuenta.

El problema surge cuando el personal no se percata de su carácter “congelado”. Los comportamientos que transmite la tradición fueron útiles en ciertas condiciones concretas, pero eso no asegura en absoluto que sean útiles en condiciones distintas. Tampoco asegura que los criterios de utilidad sean los mismos que en el pasado.

Es obvio que en un mundo cambiante como el nuestro las tradiciones han perdido todo su sentido. Las sucesivas revoluciones tecnológicas han cambiado de tal modo la forma de ver y de vivir el mundo que las tradiciones han quedado obsoletas y se han convertido en meros vestigios de una pasado que apenas logramos entender.

Sin embargo, muchos las siguen utilizando como argumento a favor de sus particulares locuras. La tradición sirve para justificar desde ritos y fiestas religiosas hasta salvajadas como el toreo, pasando por todas las formas de nacionalismo, pues, a fin de cuentas, la tradición es el método perfecto para apoyar todo lo irracional, todo lo que, de otra manera, no hay dios que lo justifique.

Como moralizar es un rollo, voy a decirlo en términos estéticos: no me gustan los que van a los toros porque disfrutan de un espectáculo cruel; no me gusta que se mienta a los niños con la chorrada de los reyes magos porque les prepara para creer en todo tipo de sandeces; no me gusta la gente que pontifica sobre lo que significa ser español o catalán o guatemalteco como si por nacer en un lugar u otro uno se viese imbuido por algún tipo de espíritu ancestral.

Naturalmente, el motivo de este escrito es que se me abren las carnes de solo pensar en las entrañables fiestas que se avecinan. Lo ideal en esta época es la huida, pero si no se puede solo queda la resignación, una estoica y elegante resignación.

Para los que las tengan, felices vacaciones.

sábado, 5 de diciembre de 2009

¿Libertad o igualdad?

Como viene a cuento, recupero un texto del 7-4-2007:

¿Libertad o igualdad?

Esta disyunción aparece con frecuencia cuando se intenta etiquetar políticamente a alguien. Y, como en todo, podemos encontrar opiniones para todos los gustos. Lamennais decía que “Donde hay fuertes y débiles, la libertad oprime y la ley libera”, mientras que Popper pensaba que “la libertad es más importante que la igualdad” y que “si se pierde [la libertad] ni siquiera habrá igualdad entre los no libres”.

Da la sensación de que todos tienen razón. Por un lado no parece tener sentido hablar de libertad cuando no puedo elegir porque parto con desventaja. Pero por otro una igualdad lograda a costa de la libertad es más homogeneidad y despersonalización que otra cosa.
Cuando hablamos de libertad o de igualdad estamos hablando de dos aspectos de la vida que entran en conflicto prácticamente por definición, porque su esfera de influencia parece limitar y hasta definirse por la del otro: la individualidad aparece cuando abstraemos a los demás de la ecuación. La colectividad es, precisamente, lo que queda al abstraer las diferencias individuales.

Pero esto no es exactamente así. Buena parte de lo que define al individuo proviene directamente del colectivo en el que está sumergido: las tradiciones y la cultura son el caldo de cultivo del que emergen las características individualidades. Y son estas, recíprocamente, las que, a través del contacto social, nutren la colectividad.

Que hay en todo esto una paradoja lo enuncia perfectamente Pinker cuando habla del amor familiar: según explica, “ninguna sociedad puede ser simultáneamente justa, libre e igualitaria. Si es justa, el que más trabaje acumulará más. Si es libre, la gente dejará sus bienes a sus hijos. Pero entonces no será igualitaria, porque habrá gente que heredará unos bienes que no ha ganado.” El dilema está claro: ¿prohibimos la herencia, limitando con ello la libertad de los padres, para defender la igualdad, o dejamos que los padres sean libres de favorecer a sus hijos como les plazca fomentando con ello la desigualdad entre los humanos?

Quizá alguno apunte que el problema está en el hecho mismo de la propiedad, y que eliminándola se deshace el presunto dilema. Pero no es así, porque desaparecidos los bienes materiales otros cobran aún más peso del que tienen en la sociedad de mercado, y me refiero a los de la mente: en un mundo así los conocimientos y las experiencias se convertirían en los bienes más preciados, y estos pasarían casi inevitablemente de padres a hijos, salvo, eso sí, que los hijos se colectivizasen, pero entonces la libertad quedaría seriamente mermada, sin contar con que siempre queda la herencia genética, difícilmente eliminable sin acudir a una ingeniería genética que...

¿Estamos ante un problema insoluble? Sí, si de lo que se trata es de elegir entre una u otra alternativa. Pero ese es el error. Existe otro camino, que en realidad consiste en tomar los dos a la vez. Optar entre la libertad y la igualdad es un falso dilema, porque una no tiene sentido sin la otra. Libertad e igualdad son en realidad las dos caras de un único concepto bifronte que las engloba y supera y para el que, hasta donde yo sé, aún no hemos encontrado nombre.

Evidentemente no podemos ser completamente libres y completamente iguales, pero sí a la vez ambas cosas y en distintos grados y porcentajes. Esta es la tarea de la política, y la de la filosofía, y la de todos aquellos que aprecien en algo la libertad y la igualdad, a saber, encontrar el sistema que optimice los niveles de libertad y de igualdad, encontrar la compleja química que nos permita vivir en la mayor libertad e igualdad posibles.

Platón propuso en La República su solución ideal, de tanto éxito a lo largo de la historia, consistente en cargarse tanto la libertad como la igualdad. Me parece a mí que es mejor idea la de aquellos locos franceses que hablaron de libertad, igualdad y fraternidad. Y esto último no hay que tomárselo ni a coña ni por lo sentimental: la fraternidad se puede entender como ese saber mirar un poco más allá de nuestras narices para darnos cuenta de lo estrechamente unidos que suelen andar los intereses colectivos y nuestros muy individuales intereses.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Impuestos

Llevo pagando impuestos ininterrumpidamente desde hace veinticinco años, y lo único que me duele es que hayan sido tan bajos: me gustaría que fuesen mayores para pagar mejor a los profesores (por la cuenta que me trae), médicos, policías, basureros y demás funcionarios; para pagar todos los condones que haga falta; para pagar buenas bajas y jubilaciones; para tener unas carreteras cojonudas; para pagar abortos, y terapias del sida, y programas de rehabilitación de drogodependientes, y centros de acogida, y lo que haga falta; para pagar subsidios del paro, y becas, y para promocionar las artes; también me gustaría pagar más impuestos para la colaboración internacional y así ayudar a otros países a salir del agujero, al igual que han hecho con nosotros durante todos estos años que llevamos creyéndonos “europeos”.

Me jode que parte de mis impuestos se dediquen a la compra de armamentos, y que otra parte se pierda en la corrupción, y que tanto de mi dinero se vaya en apoyar el sistema financiero y el autobombo de los políticos. Pero la solución no está en pagar menos, porque pagando menos todo se va a ir a la mierda, sencillamente porque de donde no hay no se puede sacar: no tiene sentido hablar de derechos si no hay dineros que los respalden, y los dineros tienen que salir de algún sitio. Otros países tienen recursos naturales de los que vivir, pero en nuestro caso solo hay una fuente de ingresos para el Estado: los impuestos.

La solución a los problemas está en pagar más y exigir más, más inspecciones, más control. No se trata de pagar menos, se trata de exigir mayor eficiencia. Y la forma de exigir esto está clara: cargarnos a los que mandan una vez y otra, apartarlos del poder, mandarlos a la mierda en cuanto no cumplan con nuestras expectativas, sean del signo que sean. Se trata de no perdonarles simplemente porque sean “de los nuestros” y exigirles que cumplan con su trabajo.

Los países más avanzados del mundo son aquellos donde se paga más impuestos. No entiendo por qué nos cuesta tanto aprender de los ejemplos ajenos.

Sinceramente, como ciudadano del Estado Español, no me gustaría acabar como en los USA viendo cómo alguien de mi familia se muere porque no podemos pagarle el médico.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Un mundo trivial y emotivo

La trivialidad de la sociedad contemporánea es una cuestión de mercado. Ahora, la masa tiene en conjunto una capacidad de consumo tan grande que se ha convertido en el objetivo prioritario de la producción. Es lógico por ello que la cultura y la política se hagan para ellos. Y la masa es trivial y emotiva, luego la política y la cultura se han hecho triviales y emotivas.

Esto no es malo en sí. Lo ha dicho otras veces y lo repito sin ironía: a mí no me ofende que la gente goce en los centros comerciales o leyendo a Ruiz Zafón. Lo único malo es que el mundo no es trivial. Por contrario, es complejo, impredecible, paradójicamente lleno de elementos extraordinarios. Siendo así, una cultura trivial poco nos puede ayudar a entenderlo. Siendo así, una política trivial poco nos puede ayudar a vivirlo.

Hace unos días una emisora de máxima audiencia hizo a través de Internet una encuesta entre los oyentes. La pregunta venía a plantear si determinada ley era constitucional o no. Las miles de respuestas fueron negativas en un sesenta y tantos por ciento. Pero esto es lo de menos. Lo de más es que miles de personas contesten a una pregunta respecto de la cual no saben nada. La inmensa mayoría de esas personas no se ha leído la ley en cuestión. La mayoría de esas personas no sabe nada de nada de derecho constitucional. La mayoría de esas personas no sabe nada de nada de técnica jurídica. Sin embargo, van y opinan. ¿Basándose en qué? Pues en sus emociones, claro está.

Es como si en un matemático presentase a la sociedad una demostración de un teorema y la gente pudiese votar acerca de su corrección. ¿Qué validez puede tener la opinión de quienes no solo no sabe matemáticas sino que ni siquiera se han leído la demostración? ¿Se puede decidir la verdad matemática en función de emociones?

Lo malo es que exactamente así funcionan las cosas: los partidos políticos les dicen a sus votantes lo que saben que les hace sentir, no pensar. Los medios le dicen a la gente lo que sabe que estimula a comprar sus productos, igual que hace la cultura, incapaz de hacer llegar a la gente nada que no sea de fácil y trivial digestión.

El resultado de todo esto es que la imagen del mundo se ha reescrito, muy democráticamente, a imagen y semejanza de quienes menos saben de él.

Todo conocimiento es metafórico. Toda descripción del mundo es una aproximación, una simplificación, un mapa. Pero unos mapas son peores que otros. Y el que ahora estamos usando parece esbozado por un niño de dos años.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Creencias

Toda afirmación es en realidad una suposición y, en el sentido de falta de certeza, una creencia. Todos disponemos, porque las necesitamos, de un conjunto de creencias: creemos que existe el mundo, creemos que existen los demás, creemos cada día que va a salir el sol, etc. Algunos, muchos, creen además en otras cosas: fantasmas, espíritus, dioses... Estrictamente, la diferencia entre unas creencias y otras es de grado: para algunas la evidencia empírica es más o menos grande, mientras que, para otras, esta se reduce a cero.

Hasta aquí, bien. Los problemas surgen cuando las creencias se convierten, en las mente de algunos, en certezas. Entonces las suposiciones se transforman en dolor, guerra y muerte. Las dudas no matan. Las certezas sí.

Antídoto: empezar desde el principio, no dar nada por sentado y, sobre todas las cosas, dudar, siempre dudar.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Azur & Asmar

Azur & Asmar es una película de animación con guión, diseños y dirección de Michel Ocelot. Se trata de una verdadera joya, con unos dibujos exquisitos y historia contada con una delicadeza sorprendente. Cuento oriental, narra la historia de dos niños que se crían juntos, siendo uno francés y el otro árabe. La madre de este último es la nodriza del primero, hijo de un gentil hombre que es un auténtico cabrón. La madre-nodriza les contará la historia del hada de los Djins, que está atrapada y ha de ser liberada. La historia les impresionará tanto que, ya convertidos en apuestos jóvenes, ambos partirán al rescate del hada.

Llaman poderosamente la atención lo imaginativo de los escenarios, de una belleza a veces extraordinaria. Es de esas cosas que le reconcilian a uno con el cine.


domingo, 15 de noviembre de 2009

Una caricatura

Escribió Nietzsche “Todo aquello de lo que adquirimos conciencia está de todo punto compuesto, simplificado, esquematizado, interpretado”. Es decir: lo que percibimos no es el mundo, sino una mera apariencia, un esquema simplificado que nos permite entenderlo. Hoy sabemos que la evolución ha seleccionado, de todo el continuo disponible, tan solo unos cuantos rasgos y solo dentro de ciertos rangos para mostrarnos: solo vemos ciertas longitudes de onda, solo oímos ciertas frecuencias. Eso es lo que tenemos y con eso vivimos.

Lo terrible vino cuando Friedrich dejó de mirar hacia fuera y dirigió su pensamiento hacia el interior. Dijo entonces: “...todo cuanto llamamos conciencia es un comentario más o menos fantasioso sobre un texto que no sabemos, que quizá no podemos saber, pero que sentimos”. De lo que se dio cuenta es de que si la conciencia solo percibe parte el mundo exterior, lo mismo le ocurre cuando su objeto es el mundo interior, el propio ser: solo somos consciente de una muestra, de una simplificación, de lo que realmente somos. No se trata aquí de que haya contenidos que no nos sean accesibles, como cuando hablamos del inconsciente. Se trata de que el yo, eso que creemos que somos, no es más que una simplificación del todo seleccionada para poder entendernos.

Dicho de otra manera: el yo es una mera caricatura.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Carrera armamentista

El afán por conseguir estatus dicen los antropólogos y biólogos evolucionistas que tiene su origen en la selección sexual: más nivel dentro de la manada, más accesos sexuales, más transmisión de genes.

El estatus entre los animales se basa en rasgos fácilmente apreciables: tamaño, fuerza, arrojo... Entre los pueblos primitivos se ritualiza un poco la cosa, pero es claramente apreciable la continuidad: la fuerza, la belleza física entendida como síntoma de salud, los potlach…

¿Y qué pasa en nuestra desarrollada civilización?

Pues lo mismo. No hemos cambiado nada, salvo en las formas externas. Cubiertas las necesidades básicas le dedicamos unas cantidades enormes de recursos a la cosa del aspecto. Las industrias de la moda o la perfumería son de las que más dinero mueven en el mundo. La gente se vuelve loca por la ropa y llena los centros comerciales en los escasos ratos de ocio que les dejan los trabajos donde se dejan la piel para ganar el dinero con el que comprar la ropa de moda, y el calzado de marca, y el móvil de última generación, y el coche station wagon con el que mejorar lo más posible el propio aspecto para follar más y mejor, lo cual vienen a significar hacerlo con más ejemplares y de mejor calidad.

No pretendo ponerme moralista. La finalidad me parece genial. Lo que apena es el medio. Me apena que no seamos capaces de reconocer la trampa, el despilfarro estúpido que supone toda carrera armamentística. Si todo el mundo conduce BMW, para sobresalir hay que ir sentado en un Porche. Pero si todo el mundo va en Seat, el BMW basta. Lo malo es que, cuando nos damos cuenta de que el BMW basta, hacemos el esfuerzo y nos hacemos con uno. Todos. Entonces el que antes tenía un BMW hace a su vez un esfuerzo y se agencia un Porche. De este modo estamos como al principio, todos iguales salvo el destacado, pero con una gran diferencia: todos hemos tenido que invertir muchos más recursos para mantenernos como estábamos. Sí, es la carrera de la Reina Roja de Alicia. Sí, es un sin sentido.

¿Qué falla aquí? Pues falla el punto de vista individualista. Uno solo no puede luchar contra la carrera armamentística, porque entonces será el único Seat en un mar de BMWs. Solo podemos parar el despilfarro de nuestros propios recursos adoptando puntos de vista colectivos.

Con perdón.