He oído decir que el velo que llevan sobre la cabeza algunas mujeres musulmanas es una señal de sumisión. Puede ser. Pero también lo son los tacones altos y a nadie se le ha ocurrido prohibirlos. O los velos de las monjas, ya puestos.
He oído decir que hemos quitado los signos religiosos de los centros de enseñanza pública. No es cierto: se han quitado los signos religiosos oficiales, pero a nadie se le dice que se quite el crucifijo que lleva sobre el pecho.
He oído decir que, por coherencia, si los chicos no pueden llevar gorra en clase, las chicas musulmanas no deben llevar pañuelo. Sí, eso es coherencia. Pero la coherencia no es un valor si no sirve para proteger algo más. Soy ateo, pero entiendo que no es lo mismo forzar una norma de buenas maneras que una religiosa. Además, es tan fácil cambiar el reglamento y decir: “se prohíben los sombreros y gorras en clase”. En el caso de que un niño tenga cáncer y se quede calvo por la radioterapia, ¿van a obligarle a quitarse el pañuelo “por coherencia”?
He oído decir que los centros educativos públicos en España son laicos. Si es así, ¿por qué se sigue impartiendo religión?
He oído decir que hay que poner límites en algún sitio. Estoy de acuerdo. El burka, por ejemplo, que impide reconocer y relacionarte con la persona. O la ablación de clítoris, que es una agresión física e irreversible. Pero, poner el límite en un pañuelo que se lleva en la cabeza... ¿no es desproporcionado?
He oído decir que la comunidad de Madrid siempre apoyará la libertad de los centros educativos. ¿Quiere decir esto que si el consejo escolar decide no aceptar a los gitanos le apoyarán?
Soy ateo y considero a las religiones, en especial a las monoteístas, un atajo de supersticiones. Pero también sé que el sentimiento religioso es algo muy profundo que no puede cambiarse por decreto ley. Para muchas mujeres musulmanas el hiyab es una seña de identidad. Para otras, quitárselo es tanto como desnudarse. Pero también he visto muchas chicas que han aparecido por el instituto y, al cabo del tiempo, se lo han quitado.
Me gustaría que llegase el día en el que el hiyab no fuese más que un adorno, al igual que los crucifijos o los rosarios. Pero para que llegue ese día, el mejor camino no es hacerles sentir que la sociedad les rechaza, sino hacer todo lo posible para que aprendan matemáticas, literatura, filosofía, historia...
Hoy, en una clase, un alumno ha sacado el tema. La opinión del resto ha sido unánime: hay que respetar las costumbres de los compañeros. Mientras decían esto miraban a la mejor alumna de clase, una chica encantadora, que, asustada bajo su hiyab, ha acabado preguntándome si en nuestro instituto podía pasar eso.
miércoles, 21 de abril de 2010
lunes, 19 de abril de 2010
Alicia
A ver si os suena esta historia: una profecía augura que vendrá el elegido, conseguirá la espada mágica, matará al dragón y liberará así al país del sangriento rey que lo gobierna.
Pues donde pone el elegido leed Alicia y donde pone rey sangriento leed reina de roja y ya tenéis el guión de la sorprendente y original historia que cuenta Tim Burton en su última producción, titulada, por evidentes razones económicas, Alice in Wonderland.
Si se busca en www.google.es “alicia país maravillas”, las dos primeras direcciones corresponden a la película de Tim Burton. Si se busca “alice wonderland” en www.google.co.uk, lo mismo.
Si uno mira por ahí en los blogs de cine, verá que hay mucha gente que habla de la Alicia original refiriéndose a la película de Disney.
Lo confieso: he ido a ver Alice in Wonderland. Y me siento deprimido. Por ser tan inocente, por picar de nuevo, por ver que son insaciables rescribiendo la realidad, por ver que han sido capaces, otra vez, de neutralizar una de las obras más escandalosas de la literatura.
En los dos libros que el reverendo Dodgson, alias Lewis Carroll, dedicó a Alicia Liddell, se juega con el lenguaje y la lógica, con la ambigüedad, la paradoja, los juegos de palabras, la relatividad de la existencia, las inversiones especulares, el azar...
Cabrones.
El grabado del gato de Cheshire es del genial John Tenniel.
Pues donde pone el elegido leed Alicia y donde pone rey sangriento leed reina de roja y ya tenéis el guión de la sorprendente y original historia que cuenta Tim Burton en su última producción, titulada, por evidentes razones económicas, Alice in Wonderland.
Si se busca en www.google.es “alicia país maravillas”, las dos primeras direcciones corresponden a la película de Tim Burton. Si se busca “alice wonderland” en www.google.co.uk, lo mismo.
Si uno mira por ahí en los blogs de cine, verá que hay mucha gente que habla de la Alicia original refiriéndose a la película de Disney.
Lo confieso: he ido a ver Alice in Wonderland. Y me siento deprimido. Por ser tan inocente, por picar de nuevo, por ver que son insaciables rescribiendo la realidad, por ver que han sido capaces, otra vez, de neutralizar una de las obras más escandalosas de la literatura.
En los dos libros que el reverendo Dodgson, alias Lewis Carroll, dedicó a Alicia Liddell, se juega con el lenguaje y la lógica, con la ambigüedad, la paradoja, los juegos de palabras, la relatividad de la existencia, las inversiones especulares, el azar...
Pero, lo más pasmoso, es que los libros de Alicia son un canto amoroso a una niña de siete años. No me voy a meter en la cuestión psicoanalista y sexual del asunto. Pero lo que sí sé es que pocas veces un escritor ha hablado con tal admiración de su personaje. Pocas veces un autor se ha convertido a sí mismo en mero instrumento para ensalzar la gloria de su personaje. Carroll, rendido desde un principio a su jovencísima amiga, no intenta ocultar en ningún momento su enamoramiento, y convierte un paseo en barca, aquel en el que creó las historias que le contó a Alicia, en el momento perfecto de su vida, aquel que después añorará y recordará como modelo de la vida que él hubiese querido.
Nada de esto está en la película de Burton. Ni siquiera los personajes que copia los copia como eran. En las historias de Carroll, todos los personajes son complejos, irónicos, egoístas, y ponen a prueba la inteligencia de Alicia. Ahora, todo eso se ha convertido en otra empalagosa versión de la historia de San Jorge y el dragón.
Cabrones.
El grabado del gato de Cheshire es del genial John Tenniel.
domingo, 18 de abril de 2010
Problema de lógica numérica
Almazul dijo...
No tiene nada que ver con el tema que estamos tratando pero puede venir bien para desengrasar un poco después del debate político y tampoco impide que podamos seguir comentándolo, a Alberto y los demás seguro que os gusta este problema de lógica numérica que he encontrado por ahí, si alguno conoce la respuesta que no la dé inmediatamente para dar oportunidad a que los demás lo descubran por si mismos:
7662 = 2
7111 = 0
2172 = 0
6666 = 4
3213 = 0
1111 = 0
9881 = 5
8809 = 6
9312 = 1
8193 = 3
0000 = 4
2222 = 0
3333 = 0
5555 = 0
8096 = 5
7777 = 0
9999 = 4
5531 = 0
7756 = 1
6855 = 3
2581 = ?
No tiene nada que ver con el tema que estamos tratando pero puede venir bien para desengrasar un poco después del debate político y tampoco impide que podamos seguir comentándolo, a Alberto y los demás seguro que os gusta este problema de lógica numérica que he encontrado por ahí, si alguno conoce la respuesta que no la dé inmediatamente para dar oportunidad a que los demás lo descubran por si mismos:
7662 = 2
7111 = 0
2172 = 0
6666 = 4
3213 = 0
1111 = 0
9881 = 5
8809 = 6
9312 = 1
8193 = 3
0000 = 4
2222 = 0
3333 = 0
5555 = 0
8096 = 5
7777 = 0
9999 = 4
5531 = 0
7756 = 1
6855 = 3
2581 = ?
miércoles, 14 de abril de 2010
España franquista
España lleva décadas vanagloriándose de su transición política, el proceso por el cual pasamos de una dictadura a una democracia. Pero lo cierto es que muchas heridas quedaron sin cerrar.
En Alemania, a ningún político de derechas, salvo algún pirado neonazi, se le ocurriría ya no defender a Hitler, sino intentar minimizar lo que fue. En España, el principal partido de la oposición se niega a condenar oficialmente el franquismo (de hecho, su presidente-fundador fue ministro franquista).
En Francia, en Alemania, la derecha es laica. En España no. Aunque digan que sí lo son, luego se ve a los políticos de derechas de la mano del clero en manifestaciones contra el aborto, el matrimonio homosexual y cuanta libertad se intente poner en marcha.
En Francia, los casos de corrupción pueden acabar con un partido. En España, si el partido es de derechas, no. Por qué a los votantes de la derecha no les importa que sus políticos sean unos corruptos es algo que no puedo saber, aunque sí sospechar.
En España los jueces se equivocan mucho. No sé si más o menos que en otros sitios, pero se equivocan mucho. Por eso no deja de sorprender que sea solo cuando un juez intenta juzgar los crímenes del franquismo cuando la fuerza de la ley cae sobre él y le quita del medio.
En Alemania el nazismo es un movimiento marginal. En España, el franquismo sigue vivo en la política y en las instituciones.
Y en la gente, en mucha gente que, con toda la desvergüenza del mundo, defiende que en la Guerra Civil hubo dos bandos, y que si unos eran de uno los otros eran del otro, y que ya está, y que hay que olvidarlo. Naturalmente, la mayoría de los que prefieren olvidar son de derechas y no tienen a sus muertos enterrados en zanjas.
Lo que está pasando en este país es, sencillamente, vergonzoso.
La única esperanza es que los amigos argentinos juzguen desde allá lo que no podemos juzgar desde acá.
En Alemania, a ningún político de derechas, salvo algún pirado neonazi, se le ocurriría ya no defender a Hitler, sino intentar minimizar lo que fue. En España, el principal partido de la oposición se niega a condenar oficialmente el franquismo (de hecho, su presidente-fundador fue ministro franquista).
En Francia, en Alemania, la derecha es laica. En España no. Aunque digan que sí lo son, luego se ve a los políticos de derechas de la mano del clero en manifestaciones contra el aborto, el matrimonio homosexual y cuanta libertad se intente poner en marcha.
En Francia, los casos de corrupción pueden acabar con un partido. En España, si el partido es de derechas, no. Por qué a los votantes de la derecha no les importa que sus políticos sean unos corruptos es algo que no puedo saber, aunque sí sospechar.
En España los jueces se equivocan mucho. No sé si más o menos que en otros sitios, pero se equivocan mucho. Por eso no deja de sorprender que sea solo cuando un juez intenta juzgar los crímenes del franquismo cuando la fuerza de la ley cae sobre él y le quita del medio.
En Alemania el nazismo es un movimiento marginal. En España, el franquismo sigue vivo en la política y en las instituciones.
Y en la gente, en mucha gente que, con toda la desvergüenza del mundo, defiende que en la Guerra Civil hubo dos bandos, y que si unos eran de uno los otros eran del otro, y que ya está, y que hay que olvidarlo. Naturalmente, la mayoría de los que prefieren olvidar son de derechas y no tienen a sus muertos enterrados en zanjas.
Lo que está pasando en este país es, sencillamente, vergonzoso.
La única esperanza es que los amigos argentinos juzguen desde allá lo que no podemos juzgar desde acá.
domingo, 4 de abril de 2010
Creencias laicas
Solemos asociar las creencias con la religión pero, siendo este un ámbito ideal para ellas, no es el único. En realidad las creencias lo infectan todo, desde la biología (las jirafas tienen el cuello largo por su afán de comer las hojas de los árboles) hasta la matemática (existen infinitos números), pasando por la política (los mercados se autorregulan), la lógica (la excepción confirma la regla) o la psicología (All you need is love).
Pensando en algunos de los debates ocurridos por aquí últimamente, pienso que, más allá de las lógicas diferencias entre la forma de pensar de unos y otros, con demasiada frecuencia subyacen creencias injustificables que, sin embargo, condicionan todo el discurso y hacen imposible la comprensión.
Su virulencia provienen de que, en la mayoría de las ocasiones, están tan confundidas y entrelazadas con la forma que tenemos de ver el mundo que somos inconscientes no solo de que son arbitrarias y, casi siempre, erróneas, sino de que son creencias.
Creer en la ilimitada curiosidad infantil, en la innata bondad humana, en que el progreso es imparable o en que la naturaleza es sabia parece tan natural que muchos no ponen en duda lo que es, en casi todos los aspectos y sentidos, falso.
Creer que todos somos iguales, que algo es algo, que existen el bien y el mal o que los pisos nunca bajan nos dejan inermes ante una realidad en la que las diferencias son escandalosas, en las que algo puede en realidad significar nada, en que hay tantas reglas morales como personas, incluso más, y en la que los pisos, a veces, bajan.
Por todo esto creo que puede ser interesante, y hasta divertido, hablar de eso, de las creencias no religiosas, aunque todas, una vez se estudian, tienen cierto tufo religioso, en el sentido de que todas ellas reflejan no cómo es el mundo, sino cómo nos gustaría que fuese.
Ya he citado algunas de las creencias que pienso comentar, aunque la lista puede crecer con las aportaciones del personal. Si alguien ha encontrado alguna creencia solapada por ahí en mis escritos, le agradecería enormemente que la denunciase.
Pensando en algunos de los debates ocurridos por aquí últimamente, pienso que, más allá de las lógicas diferencias entre la forma de pensar de unos y otros, con demasiada frecuencia subyacen creencias injustificables que, sin embargo, condicionan todo el discurso y hacen imposible la comprensión.
Su virulencia provienen de que, en la mayoría de las ocasiones, están tan confundidas y entrelazadas con la forma que tenemos de ver el mundo que somos inconscientes no solo de que son arbitrarias y, casi siempre, erróneas, sino de que son creencias.
Creer en la ilimitada curiosidad infantil, en la innata bondad humana, en que el progreso es imparable o en que la naturaleza es sabia parece tan natural que muchos no ponen en duda lo que es, en casi todos los aspectos y sentidos, falso.
Creer que todos somos iguales, que algo es algo, que existen el bien y el mal o que los pisos nunca bajan nos dejan inermes ante una realidad en la que las diferencias son escandalosas, en las que algo puede en realidad significar nada, en que hay tantas reglas morales como personas, incluso más, y en la que los pisos, a veces, bajan.
Por todo esto creo que puede ser interesante, y hasta divertido, hablar de eso, de las creencias no religiosas, aunque todas, una vez se estudian, tienen cierto tufo religioso, en el sentido de que todas ellas reflejan no cómo es el mundo, sino cómo nos gustaría que fuese.
Ya he citado algunas de las creencias que pienso comentar, aunque la lista puede crecer con las aportaciones del personal. Si alguien ha encontrado alguna creencia solapada por ahí en mis escritos, le agradecería enormemente que la denunciase.
Una habitación con vistas
Fotos tomadas desde un asiento de piedra que hay al lado de una ventana
del monasterio de Santo Estevo de Ribas do Sil
entre el 27 y el 31 de marzo de 2010.
del monasterio de Santo Estevo de Ribas do Sil
entre el 27 y el 31 de marzo de 2010.
sábado, 3 de abril de 2010
Steve Hackett II
Por cierto: también sabe tocar en acústico. Atención al Horizons que suena a partir del minuto cuatro.
viernes, 2 de abril de 2010
Steve Hackett en Finisterrae
Ayer vi y escuché a Steve Hackett en el primer concierto de la primera edición de Finisterrae, un festival de rock progresivo que se está celebrando en A Coruña.
Para quien no lo sepa, diré que el grupo Genesis ha tenido tres etapas: la primera, progresiva, con Peter Gabriel a la voz; la segunda, progresiva, con Phil Collins a la voz; y la tercera, la más larga e infumable, dedicada a recaudar dinero... con Phil Collins a la voz.
Se ha escrito mucho acerca de quién era el alma de Genesis: que si Gabriel, que si Collins. Incluso hubo quien dijo, creo que él mismo, que era Banks... Lo cierto es que Genesis dejó de ser Genesis cuando Steve Hackett se marchó. Sin embargo, Steve Hackett ha seguido siendo durante décadas Steve Hackett.
El rock progresivo puede definirse de muchas manera: para unos es el intento de hacer lo que los músicos clásicos, pero con instrumentos electrónicos (el rock progresivo al principio se llamó sinfónico). Para otros, lo importante es el peso de la instrumentación, con especial hincapié en los teclados. Pienso que sin duda algo importante, de ahí lo de progresivo, es la convicción de que la música debe evolucionar: frente al pop, siempre copia de sí mismo, siempre igual pese a los cambios en la indumentaria, el rock progresivo basa su fuerza en la experimentación, en la búsqueda de nuevos timbres y armonías.
Pero hay algo más: el rock progresivo, el buen rock progresivo, cuenta historias. Historias no triviales, quiero decir, historias que van más allá de chico desea chica y chica desea a otro chico. Las historias de las que hablo evolucionan a medida que los largos temas progresivos desgranan sus sonidos. A veces las letras son importantes, pero siempre son lo de menos, porque es la música la que te hace sentir cosas, la que te produce emociones que cambian y crecen con el tiempo construyendo de esta manera una narración.
Steve Hackett lo hace. Ayer lo hizo. Tras la música plana de unos cuantos grupos planos, superficiales en el sentido literal de la palabra, sin profundidad, sin historia, meros ejecutores de escalas y acordes, llegó el espectáculo, la magia de un tipo que entiende un concierto como algo más que una sucesión de estribillos.
Os dejo aquí un vídeo muy similar a lo que sonó ayer en A Coruña. Verlo y oírlo así no tiene casi nada que ver con la realidad, pero menos es nada.
lunes, 22 de marzo de 2010
Los pasajeros del viento
En el año 1981 se editó en España la primera de las cinco entregas de la serie Los pasajeros del viento, de François Bourgeon. La protagonista de la historia, Isa, era espectacular: inteligente, osada, independiente, liberada y hermosa. Estamos a finales del siglo XVIII, un siglo convulso (¿cuál no lo es?) en el que la Ilustración se codea con la esclavitud y la globalización (sí, este proceso empezó hace ya algunos siglos) con la piratería. En un principio, Isa parece un personaje de folletín, pues, siendo de origen noble, le roban su identidad. Sin embargo, Isa pronto se convierte en una heroína moderna, de esas que cuestionan este estúpido mundo de hombres y que usa su cuerpo y su mente para sobrevivir y ser feliz.
Hace unos meses, casi tres décadas después, ha vuelto. Su creador, Bourgeon, tras dos largos y espectaculares ciclos (Los compañeros del crepúsculo, ambientado en la edad media; y La historia de Cyann, que sigue ocurriendo en no sé sabe que mundos futuristas) ha decido contarnos qué le ocurrió a Isa después de aquellas sus aventuras juveniles. A nadie que no se haya reencontrado con alguien muy querido tras mucho tiempo puedo explicarle la emoción que he sentido al volver a ver a Isa después de todos estos años.
Y es que no solo los amores pueden ser de papel: también las buenas y viejas amigas.
Andaba yo el viernes curioseando por la Galerie Daniel Maghen. Es la única galería de arte que conozco que se dedica, en vez de a los óleos y cosas así, a los cómics. En grandes carpetones muestra las planchas originales de grandes autores como Das Pastores, Manara o Juillard. Más allá de la cosa fetichista, ver las páginas de los cómics tal y como las dibujaron sus autores, muchos más grandes, con sus lápices, sus correcciones, sus collages y sus pruebas de color al margen, es toda una experiencia. Lo que no me esperaba al acudir allí era encontrarme con el anuncio de una exposición en el Museo de la Marina dedicado a Los pasajeros del viento. Cojo el autobús y me planto rápidamente en el Trocadero, al ladito de la Torre Eiffel, y allí me la encuentro. Más hermosa que nunca, más irónica, y más de verdad, allí está Isa, con sus trazos originales, con su color, con su carne. Embobado, me paseo por las salas reviviendo lo vivido tantas veces, pero en esta ocasión con un poco más de verdad, porque los tonos son un poco más intensos, porque los trazos son un poco más nítidos, y, sobre todo, porque en un mundo de réplicas encontrarse ante el original es un poco como encontrarse con la verdad que tantas veces nos han explicado que no existe.
Ah, qué dulce es el amor crepuscular...
Isa es, para qué negarlo, uno de mis grandes amores de papel.
Y es que no solo los amores pueden ser de papel: también las buenas y viejas amigas.
Andaba yo el viernes curioseando por la Galerie Daniel Maghen. Es la única galería de arte que conozco que se dedica, en vez de a los óleos y cosas así, a los cómics. En grandes carpetones muestra las planchas originales de grandes autores como Das Pastores, Manara o Juillard. Más allá de la cosa fetichista, ver las páginas de los cómics tal y como las dibujaron sus autores, muchos más grandes, con sus lápices, sus correcciones, sus collages y sus pruebas de color al margen, es toda una experiencia. Lo que no me esperaba al acudir allí era encontrarme con el anuncio de una exposición en el Museo de la Marina dedicado a Los pasajeros del viento. Cojo el autobús y me planto rápidamente en el Trocadero, al ladito de la Torre Eiffel, y allí me la encuentro. Más hermosa que nunca, más irónica, y más de verdad, allí está Isa, con sus trazos originales, con su color, con su carne. Embobado, me paseo por las salas reviviendo lo vivido tantas veces, pero en esta ocasión con un poco más de verdad, porque los tonos son un poco más intensos, porque los trazos son un poco más nítidos, y, sobre todo, porque en un mundo de réplicas encontrarse ante el original es un poco como encontrarse con la verdad que tantas veces nos han explicado que no existe.
Ah, qué dulce es el amor crepuscular...
sábado, 13 de marzo de 2010
Sobre lo que sabemos y lo poco que nos importa
Un tema al que llevo dándoles vueltas bastante tiempo es al de por qué, sabiendo tanto como especie, sabemos tan poco como individuos. No es que pretenda que seamos cada uno especialistas en todo, pero tampoco entiendo por qué el saber logrado por la ciencia y la filosofía no se incorpora, al menos en líneas generales, al equipamiento estándar de los humanos.
Sabemos mucho acerca de cómo funciona del mundo físico en un rango de fenómenos abrumador gracias a la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica. Los mecanismos de la herencia y la especiación tienen cada vez menos secretos gracias a la genética. Las neurociencias y la psicología evolutiva están dando pasos de gigante para la comprensión de nuestro propio pensamiento y de la misma conciencia. La antropóloga cultural ha desvelado la influencia del medio social en el comportamiento. La medicina nos hace más sanos y más longevos. La electrónica logra día a día gadgets cada vez más asombrosos. Las ciencias que tratan la contingencia, la paleontología, la arqueología, la historia, nos muestran a veces con hiperrealismo qué ocurrió. Y, por terminar en algún sitio, la matemática echa luz sobre los paisajes de lo posible y la filosofía sobre los de la real.
La cosa es: sabiendo tanto, ¿por qué sabemos tan poco? Tras mucho pensar, he llegado a la siguiente conclusión: saber por saber no nos importa. No lo suficiente, desde luego, como para coger un libro e intentar entenderlo. Si todo lo que hay que hacer se reduce a ver un vídeo de YouTube de tres minutos con bonitas imágenes, la cosa puede ser aceptable, pero si el esfuerzo es mayor, no. He leído mil veces acerca de la curiosidad natural del ser humano, pero es una tontería. Somos curiosos, sí, pero si la curiosidad no se resuelve de un vistazo o sentimos que nos va la vida en ello, pasamos rápidamente. No somos distintos de los leones del zoo, que si no tienen hambre no abandonan el lado de sombra del árbol para ver lo que hay al otro lado ni aunque les empujen.
Es una pena. Primero, porque el mundo sería un lugar mucho más interesante y, posiblemente, más amable, si cada individuo fuese más sabio. Y, segundo, porque adquirir conocimiento es un placer, un verdadero placer, aunque de esos placeres cabrones que exigen algo de esfuerzo previo.
Desde luego, no voy a decir que el placer del conocimiento sea tan intenso como el de follar o el de comer, pero sí que dura más y no engorda.
Sabemos mucho acerca de cómo funciona del mundo físico en un rango de fenómenos abrumador gracias a la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica. Los mecanismos de la herencia y la especiación tienen cada vez menos secretos gracias a la genética. Las neurociencias y la psicología evolutiva están dando pasos de gigante para la comprensión de nuestro propio pensamiento y de la misma conciencia. La antropóloga cultural ha desvelado la influencia del medio social en el comportamiento. La medicina nos hace más sanos y más longevos. La electrónica logra día a día gadgets cada vez más asombrosos. Las ciencias que tratan la contingencia, la paleontología, la arqueología, la historia, nos muestran a veces con hiperrealismo qué ocurrió. Y, por terminar en algún sitio, la matemática echa luz sobre los paisajes de lo posible y la filosofía sobre los de la real.
La cosa es: sabiendo tanto, ¿por qué sabemos tan poco? Tras mucho pensar, he llegado a la siguiente conclusión: saber por saber no nos importa. No lo suficiente, desde luego, como para coger un libro e intentar entenderlo. Si todo lo que hay que hacer se reduce a ver un vídeo de YouTube de tres minutos con bonitas imágenes, la cosa puede ser aceptable, pero si el esfuerzo es mayor, no. He leído mil veces acerca de la curiosidad natural del ser humano, pero es una tontería. Somos curiosos, sí, pero si la curiosidad no se resuelve de un vistazo o sentimos que nos va la vida en ello, pasamos rápidamente. No somos distintos de los leones del zoo, que si no tienen hambre no abandonan el lado de sombra del árbol para ver lo que hay al otro lado ni aunque les empujen.
Es una pena. Primero, porque el mundo sería un lugar mucho más interesante y, posiblemente, más amable, si cada individuo fuese más sabio. Y, segundo, porque adquirir conocimiento es un placer, un verdadero placer, aunque de esos placeres cabrones que exigen algo de esfuerzo previo.
Desde luego, no voy a decir que el placer del conocimiento sea tan intenso como el de follar o el de comer, pero sí que dura más y no engorda.
domingo, 7 de marzo de 2010
Corridas de toros
En el Parlamento Catalán se está discutiendo actualmente si prohibir o no las corridas de toros. En la Comunidad de Madrid, su presidenta ha dicho que va a declarar las corridas de toros Bien de interés cultural.
Lo curioso del asunto es que ambas partes niegan que se trate de un debate acerca de la identidad nacional. Yo no sé si es verdad o no, estoy por asegurar que no es verdad, pero me da igual. No me interesan las intenciones sino los hechos. Y los hechos que me incumben en este asunto son dos:
1. Me repugnan las corridas de toros, como me repugna toda crueldad y violencia gratuita. Me da igual la cultura que tengan detrás y que a Picasso le encantasen. Me da igual que formen parte de la tradición de no sé cuántos pueblos: la erradicación de violencia y la crueldad debería estar por encima de los programas de festejos de las fiestas patronales. Que la presidenta de la comunidad en la que habito quiera hacer de este espectáculo sangriento un Bien de interés cultural me produce una enorme vergüenza.
2. Yo soy español. Esto no significa casi nada para mí salvo la forma rápida de empaquetar en una palabra algunos hechos relativos a mi lugar de nacimiento, el origen de mis padres, mi lengua materna y algunas de mis costumbres gastronómicas. Sea como fuere, no le concedo ningún derecho a nadie a decidir qué significa ser español. A nadie. Si alguien quiere distinguirse de mí afirmando que no le gustan los toros, se equivoca, porque no me gusta. Si alguien quiere negarme españolidad porque me repugnan los toros, también se equivoca, porque soy español.
El gobierno francés anda ahora empeñado en definir lo que significa ser francés. Genial. Imaginemos que lo consiguen (en realidad no buscan qué es ser francés, sino qué quieren ellos que signifique ser francés), ¿y luego, qué? ¿Van a hacer exámenes de francesidad? ¿Van a expulsar a los que no lo superen? (Me temo que por ahí va la cosa).
Lo que me asombra y más me preocupa de todo esto es que a estas alturas sigamos preocupados de patrioterismos, nacionalismos y racismos varios. En vez de pensar sobre qué somos y qué queremos ser los humanos, le damos vueltas a si nos gusta el cocido, la butifarra o el confit de canard.
Hay que joderse.
Lo curioso del asunto es que ambas partes niegan que se trate de un debate acerca de la identidad nacional. Yo no sé si es verdad o no, estoy por asegurar que no es verdad, pero me da igual. No me interesan las intenciones sino los hechos. Y los hechos que me incumben en este asunto son dos:
1. Me repugnan las corridas de toros, como me repugna toda crueldad y violencia gratuita. Me da igual la cultura que tengan detrás y que a Picasso le encantasen. Me da igual que formen parte de la tradición de no sé cuántos pueblos: la erradicación de violencia y la crueldad debería estar por encima de los programas de festejos de las fiestas patronales. Que la presidenta de la comunidad en la que habito quiera hacer de este espectáculo sangriento un Bien de interés cultural me produce una enorme vergüenza.
2. Yo soy español. Esto no significa casi nada para mí salvo la forma rápida de empaquetar en una palabra algunos hechos relativos a mi lugar de nacimiento, el origen de mis padres, mi lengua materna y algunas de mis costumbres gastronómicas. Sea como fuere, no le concedo ningún derecho a nadie a decidir qué significa ser español. A nadie. Si alguien quiere distinguirse de mí afirmando que no le gustan los toros, se equivoca, porque no me gusta. Si alguien quiere negarme españolidad porque me repugnan los toros, también se equivoca, porque soy español.
El gobierno francés anda ahora empeñado en definir lo que significa ser francés. Genial. Imaginemos que lo consiguen (en realidad no buscan qué es ser francés, sino qué quieren ellos que signifique ser francés), ¿y luego, qué? ¿Van a hacer exámenes de francesidad? ¿Van a expulsar a los que no lo superen? (Me temo que por ahí va la cosa).
Lo que me asombra y más me preocupa de todo esto es que a estas alturas sigamos preocupados de patrioterismos, nacionalismos y racismos varios. En vez de pensar sobre qué somos y qué queremos ser los humanos, le damos vueltas a si nos gusta el cocido, la butifarra o el confit de canard.
Hay que joderse.
martes, 2 de marzo de 2010
Los sentimientos del señor Mahler
Oigo en la radio que el señor Mahler, poco antes de casarse, le dijo en una carta a su futura esposa, la famosa Alma, que cuidadito con sus veleidades como compositora, que ella debía plegarse a sus necesidades.
Si alguien consigue describir las ecuaciones exactas de la teoría M, el que en la intimidad sea un ser mezquino y despreciable no le va a quitar en absoluto valor a su obra. Pero si alguien pretende expresar sentimientos y resulta que es un déspota con aquellos a los que quiere, me tendré que preguntar, por lo menos, de la validez de tales sentimientos.
Era Ian Stewart, creo recordar, el que decía que si alguien pierde los sentimientos que le producía la contemplación de la Luna por saber que se trata de un enorme trozo de roca, es que tales sentimientos no merecían la pena. Pues algo así se puede aplicar al tema que trato de exponer. Partamos de la base de que el déspota realmente logra comunicar algún tipo de sentimientos: puede tratarse de una casualidad: puede ser que allá alcanzado una técnica que provoque en los demás los sentimientos que él es incapaz de experimentar. O que la gente sensible lea en aquello cosas distintas a las sentidas por el autor. O que en su genialidad sepa como hacer que los demás sientan más allá de sus propias experiencias. Todo esto es posible, y en nada disminuye el valor de la obra.
Pero también puede ser que los sentimientos comunicados no merezcan la pena. Puede ser que nos encontramos con vicios culturales, con manifestaciones viciadas de sentimientos literarios, irreales, falsos. Puede ser mera sensiblería, formas masturbatorias, edulcoradas y simuladas de sentimientos reales.
Es otra posibilidad que merece la pena ser, al menos, tenida en cuenta: no ya tanto por la valoración de la obra artística como por lo que tiene de pista para nuestro propio conocimiento.
Hace un montón de años, un compañero de facultad fue al cine a ver ET, la película de Spilberg: se quedó francamente jodido porque habían jugado con sus sentimientos, porque le habían hecho llorar con tonterías. Le comprendo: había descubierto una vena sensiblera que desconocía y que le repugnaba.
Si alguien consigue describir las ecuaciones exactas de la teoría M, el que en la intimidad sea un ser mezquino y despreciable no le va a quitar en absoluto valor a su obra. Pero si alguien pretende expresar sentimientos y resulta que es un déspota con aquellos a los que quiere, me tendré que preguntar, por lo menos, de la validez de tales sentimientos.
Era Ian Stewart, creo recordar, el que decía que si alguien pierde los sentimientos que le producía la contemplación de la Luna por saber que se trata de un enorme trozo de roca, es que tales sentimientos no merecían la pena. Pues algo así se puede aplicar al tema que trato de exponer. Partamos de la base de que el déspota realmente logra comunicar algún tipo de sentimientos: puede tratarse de una casualidad: puede ser que allá alcanzado una técnica que provoque en los demás los sentimientos que él es incapaz de experimentar. O que la gente sensible lea en aquello cosas distintas a las sentidas por el autor. O que en su genialidad sepa como hacer que los demás sientan más allá de sus propias experiencias. Todo esto es posible, y en nada disminuye el valor de la obra.
Pero también puede ser que los sentimientos comunicados no merezcan la pena. Puede ser que nos encontramos con vicios culturales, con manifestaciones viciadas de sentimientos literarios, irreales, falsos. Puede ser mera sensiblería, formas masturbatorias, edulcoradas y simuladas de sentimientos reales.
Es otra posibilidad que merece la pena ser, al menos, tenida en cuenta: no ya tanto por la valoración de la obra artística como por lo que tiene de pista para nuestro propio conocimiento.
Hace un montón de años, un compañero de facultad fue al cine a ver ET, la película de Spilberg: se quedó francamente jodido porque habían jugado con sus sentimientos, porque le habían hecho llorar con tonterías. Le comprendo: había descubierto una vena sensiblera que desconocía y que le repugnaba.
viernes, 26 de febrero de 2010
El in-justo medio
No, lo bueno no está en el justo medio, en el equilibrio, en la mesura. No. Entiendo perfectamente la fuente de este error tan aristotélico: en casi cualquier tema al que uno le eche el ojo se ven verdades propias de ambos extremos: tenían razón los que defendían el individualismo, pero también aquellos que abogaban por el colectivismo. Tienen razón los innatistas, pero también los ambientalistas. Conservadores y progresistas, racionalistas y empiristas, conductistas y vitalistas, todos tienen razón. Los que nunca la han tenido son los del medio.
El medio tiene de todo y no tiene de nada. Es una tierra de nadie, vacía de contenidos y de fuerza. Por otro lado, la alternancia, el ir dando tumbos de un extremo a otro no resulta atractivo. ¿Qué hacer entonces? Yo propongo una superposición de estados. Hay que serlo todo a la vez. Hay que ser radical. Hay que ser absolutamente materialista, absolutamente conductista, y también holista y romántico hasta no poder más. Hay que defender a muerte la esfera del individuo, y luchar porque de una vez entendamos lo cerca que estamos todos unos de otros. Hay que hacer poesía arrebatadamente científica. Hay que desmenuzar la realidad hasta sus más mínimas cuerdas y después inventar lo más locos universos.
¿Filosofía borrosa? Sí. ¿Relativismo? No, no es eso. No es que la verdad dependa de las circunstancias, sino que la verdad es multiforme, lo cual es completamente distinto.
Los errores provienen de quedarse en uno de los extremos e intentar explicar toda la complejidad del mundo con la mitad de las herramientas.
Sigamos: no se puede regir el mundo con una economía salvajemente liberal y una política social de izquierdas. Son incompatibles: por más que se pongan, los gobiernos acaban perdiendo un poder que acaba en manos de las multinacionales y la política social se va a tomar por culo.
¿Entonces? El fracaso del comunismo fue no tener en cuenta la psicología humana. Hay que jugar con los instintos humanos. Y entre ellos está el de la competencia. pero también el del altruismo. Hay que canalizar ambas pulsiones. Debemos aprender todo lo posible sobre cómo somos y potenciar ambas tendencias. Se trata de conseguir de un modo dirigido lo que los liberales creían que se conseguiría de modo espontáneo: que los esfuerzos individuales redundasen en el bien común.
Ahora bien, se ha visto que el dirigismo es complicado, muy complicado: sistemas tan esencialmente complejos son caóticos y no hay quien los maneje sin meter la pata. La solución, si la hay, está en la educación, léase programación, del personal: hay que modificar los fines individuales. Mientras el objetivo sea únicamente económico vamos de culo. Si no somos capaces de crear una cultura del disfrute, del progreso personal, vamos de culo.
Siempre me pasa igual: cuando empiezo a pensar en estas cosas lo hago animado de un discreto optimismo. Al final, no veo la más mínima posibilidad. La única esperanza que me queda es saber que el futuro es impredecible.
Espero.
El medio tiene de todo y no tiene de nada. Es una tierra de nadie, vacía de contenidos y de fuerza. Por otro lado, la alternancia, el ir dando tumbos de un extremo a otro no resulta atractivo. ¿Qué hacer entonces? Yo propongo una superposición de estados. Hay que serlo todo a la vez. Hay que ser radical. Hay que ser absolutamente materialista, absolutamente conductista, y también holista y romántico hasta no poder más. Hay que defender a muerte la esfera del individuo, y luchar porque de una vez entendamos lo cerca que estamos todos unos de otros. Hay que hacer poesía arrebatadamente científica. Hay que desmenuzar la realidad hasta sus más mínimas cuerdas y después inventar lo más locos universos.
¿Filosofía borrosa? Sí. ¿Relativismo? No, no es eso. No es que la verdad dependa de las circunstancias, sino que la verdad es multiforme, lo cual es completamente distinto.
Los errores provienen de quedarse en uno de los extremos e intentar explicar toda la complejidad del mundo con la mitad de las herramientas.
Sigamos: no se puede regir el mundo con una economía salvajemente liberal y una política social de izquierdas. Son incompatibles: por más que se pongan, los gobiernos acaban perdiendo un poder que acaba en manos de las multinacionales y la política social se va a tomar por culo.
¿Entonces? El fracaso del comunismo fue no tener en cuenta la psicología humana. Hay que jugar con los instintos humanos. Y entre ellos está el de la competencia. pero también el del altruismo. Hay que canalizar ambas pulsiones. Debemos aprender todo lo posible sobre cómo somos y potenciar ambas tendencias. Se trata de conseguir de un modo dirigido lo que los liberales creían que se conseguiría de modo espontáneo: que los esfuerzos individuales redundasen en el bien común.
Ahora bien, se ha visto que el dirigismo es complicado, muy complicado: sistemas tan esencialmente complejos son caóticos y no hay quien los maneje sin meter la pata. La solución, si la hay, está en la educación, léase programación, del personal: hay que modificar los fines individuales. Mientras el objetivo sea únicamente económico vamos de culo. Si no somos capaces de crear una cultura del disfrute, del progreso personal, vamos de culo.
Siempre me pasa igual: cuando empiezo a pensar en estas cosas lo hago animado de un discreto optimismo. Al final, no veo la más mínima posibilidad. La única esperanza que me queda es saber que el futuro es impredecible.
Espero.
miércoles, 24 de febrero de 2010
Los ultras de las Luces
El cuarto volumen de la Contrahistoria de la filosofía de Michel Onfray trata de Meslier, La Mettrie, Helvecio, D’Holbach y Maupertuis, a quienes llama, colectivamente, Los ultras de las Luces. No todos pensaban los mismo, pero todos ellos se acercaron en un grado u otro al ateísmo, al materialismo, al hedonismo, al determinismo y al consecuencialismo.
Me sorprendo una y otra vez al descubrir todo lo que sabíamos ya hace más de doscientos años y, sobre todo, que no se tratase del conocimiento de ningún ser extraño y privilegiado, sino el de mucha gente que poco a poco fue incorporando los nuevos saberes a su forma de entender el mundo y su propia vida.
Por un lado es reconfortante saber que en épocas tan lejanas puede encontrar uno compañeros de viaje. Por otro, resulta frustrante comprobar lo poco que avanzamos como especie.
Me sorprendo una y otra vez al descubrir todo lo que sabíamos ya hace más de doscientos años y, sobre todo, que no se tratase del conocimiento de ningún ser extraño y privilegiado, sino el de mucha gente que poco a poco fue incorporando los nuevos saberes a su forma de entender el mundo y su propia vida.
Por un lado es reconfortante saber que en épocas tan lejanas puede encontrar uno compañeros de viaje. Por otro, resulta frustrante comprobar lo poco que avanzamos como especie.
El viejo camino
Acabo de conseguir el CD The Old Road, de Martin Orford, antiguo teclista de IQ. Lo del viejo camino se refiere a los viejos modos de hacer música, entendiendo por viejos aquellos modos del rock sinfónico. El disco es interesante, emocionante, entrañable, acojonante, todo ello a veces y en pequeñas dosis, como corresponde a todo homenaje, porque eso es el disco, un homenaje a aquel espejismo que fue el rock progresivo de los años setenta.
Pero si lo menciono no es por el disco en sí, sino por lo que se puede leer después de los agradecimientos: “No le doy las gracias a quien quiera que cargue, o descargue, la música de otros en Internet. Tú estás haciendo cada vez más difícil hacer álbumes como este”. No es la primera noticia que tengo al respecto. Tengo un hermano que se dedica a esto de hacer música y de grabar discos y que, cuando nos vemos, no se jacta de los discos vendidos, sino de las descargas piratas de internet. Como es natural, lo hace con un gesto irónico, porque yo sé lo que eso significa: que para vivir tiene que hacer otra cosa y que, por tanto, su próximo disco tendrá que esperar mucho más de los deseable, si es que acaba por llegar.
No pretendo hacer defensa de los derechos de autor, ni apoyar a los locos de las SGAE, ni nada de eso, y no porque no piense que la cosa no lo merece, sino porque sé que es inútil. Internet está ahí, y sé que ponerle puertas al campo es imposible. Lo único que pretendo es cargar de responsabilidad a quien la tiene, es decir, a todo el mundo. Estoy harto de escuchar a unos y otros quejarse de no sé cuántas cosas, cuando resulta que hasta los más débiles tenemos responsabilidad en lo que ocurre. La música popular decente, hecha por buenos músicos y con buenos medios, está a punto de desaparecer, sencillamente porque ya no es rentable. Sé que con el sistema anterior algunos han ganado fortunas exageradas e injustificables, pero ahora hemos pasado a lo contrario, a que la obra de gente valiosa, preparada, motivada y, sobre todo, creativa, no pueda ver la luz porque, sencillamente, no es rentable.
No voy a comparar lo de hoy con la música de “mis tiempos”. Me vale comparar con cualquier otra época. Nunca la música popular ha sido tan cutre, paleta, mezquina y vulgar. La razón: solo sobreviven aquellos que tienen el apoyo de las televisiones. Así de sencillo.
Todo esto es generalizable al problema de la democracia. Cuando, para escuchar música, había que comprar discos, comprar era, en cierta forma, votar, porque estabas con tu compra diciéndole a la compañía de discos: “este disco me gusta, esta gente me interesa”. Al dejar de comprar, al descargarte la música sin pagar un duro, estás dejando de influir sobre las compañías de discos, estás dejando de importar. Así de sencillo.
No quiero yo decir que la solución sea comprar discos. De hecho, tengo la sensación de que esto no tiene solución y de que todo se va a la mierda. Y cuando digo todo quiero decir “todo” porque, en realidad, no estoy hablando de la música, sino de todo, porque este des-responsabilizarse de los individuos permite que los sistemas y los poderosos hagan de las suyas tranquilamente en todos los ámbitos. Y todo por esa mentalidad, a la vez modesta y a la vez egoísta, de “¿qué más da lo que yo haga si los demás...?”.
Pues claro que da, claro que importa, porque si el mundo es una mierda es, precisamente, por esa humilde, egoísta y, sobre todo, imbécil forma de pensar que consiste en despreciar el poder del individuo.
Esto tiene que ver, nauralmente, con la paradoja del preso, pero de eso hablaré otro día, si acaso.
Pero si lo menciono no es por el disco en sí, sino por lo que se puede leer después de los agradecimientos: “No le doy las gracias a quien quiera que cargue, o descargue, la música de otros en Internet. Tú estás haciendo cada vez más difícil hacer álbumes como este”. No es la primera noticia que tengo al respecto. Tengo un hermano que se dedica a esto de hacer música y de grabar discos y que, cuando nos vemos, no se jacta de los discos vendidos, sino de las descargas piratas de internet. Como es natural, lo hace con un gesto irónico, porque yo sé lo que eso significa: que para vivir tiene que hacer otra cosa y que, por tanto, su próximo disco tendrá que esperar mucho más de los deseable, si es que acaba por llegar.
No pretendo hacer defensa de los derechos de autor, ni apoyar a los locos de las SGAE, ni nada de eso, y no porque no piense que la cosa no lo merece, sino porque sé que es inútil. Internet está ahí, y sé que ponerle puertas al campo es imposible. Lo único que pretendo es cargar de responsabilidad a quien la tiene, es decir, a todo el mundo. Estoy harto de escuchar a unos y otros quejarse de no sé cuántas cosas, cuando resulta que hasta los más débiles tenemos responsabilidad en lo que ocurre. La música popular decente, hecha por buenos músicos y con buenos medios, está a punto de desaparecer, sencillamente porque ya no es rentable. Sé que con el sistema anterior algunos han ganado fortunas exageradas e injustificables, pero ahora hemos pasado a lo contrario, a que la obra de gente valiosa, preparada, motivada y, sobre todo, creativa, no pueda ver la luz porque, sencillamente, no es rentable.
No voy a comparar lo de hoy con la música de “mis tiempos”. Me vale comparar con cualquier otra época. Nunca la música popular ha sido tan cutre, paleta, mezquina y vulgar. La razón: solo sobreviven aquellos que tienen el apoyo de las televisiones. Así de sencillo.
Todo esto es generalizable al problema de la democracia. Cuando, para escuchar música, había que comprar discos, comprar era, en cierta forma, votar, porque estabas con tu compra diciéndole a la compañía de discos: “este disco me gusta, esta gente me interesa”. Al dejar de comprar, al descargarte la música sin pagar un duro, estás dejando de influir sobre las compañías de discos, estás dejando de importar. Así de sencillo.
No quiero yo decir que la solución sea comprar discos. De hecho, tengo la sensación de que esto no tiene solución y de que todo se va a la mierda. Y cuando digo todo quiero decir “todo” porque, en realidad, no estoy hablando de la música, sino de todo, porque este des-responsabilizarse de los individuos permite que los sistemas y los poderosos hagan de las suyas tranquilamente en todos los ámbitos. Y todo por esa mentalidad, a la vez modesta y a la vez egoísta, de “¿qué más da lo que yo haga si los demás...?”.
Pues claro que da, claro que importa, porque si el mundo es una mierda es, precisamente, por esa humilde, egoísta y, sobre todo, imbécil forma de pensar que consiste en despreciar el poder del individuo.
Esto tiene que ver, nauralmente, con la paradoja del preso, pero de eso hablaré otro día, si acaso.
lunes, 8 de febrero de 2010
Noah's Ark-God, Giraffes & Genocide
Mi buen amigo Kiyoshi me ha hecho saber de la existencia del siguiente vídeo. Está en inglés, pero se entiende perfectamente. Merece la pena. Un magnífico ejemplo de lo que es enseñar divirtiendo.
domingo, 31 de enero de 2010
Democracia, espacio y tiempo
El sistema democrático occidental está incapacitado para resolver los grandes problemas que tenemos encima no por la ineptitud de sus dirigentes, que no es necesaria ni universal, ni por su desvergüenza, que no es necesaria ni universal.
La incapacidad del sistema democrático occidental no depende de cuestiones personales ni contingentes, sino que es, desgraciadamente, esencial, pues tiene su origen en el desfase existente entre dicho sistema y la realidad.
Este desfase se da en las dos dimensiones de la realidad: la espacial y la temporal.
El desfase espacial es obvio: los problemas se han hecho globales, es decir, trasnacionales (clima, economía, crimen organizado, multinacionales, valga la redundancia), pero no los gobiernos, que siguen siendo nacionales.
El desfase temporal es de escala. La democracia renueva sus dirigentes cada cierto tiempo. En esa higiene se basa su fuerza. Pero resulta que los plazos a los que estamos acostumbrados, cuatro, cinco años, son completamente insuficientes para afrontar los problemas globales que, por su dificultad y magnitud, exigen soluciones a largo plazo.
No estoy inventando nada: por eso hay tanta institución internacional; por eso, entre otras cosas, se inventó la ONU. Pero estas instituciones no tienen poder real: ni económico, ese lo tienen las grandes corporaciones; ni ejecutivo, en manos de los estados y sus ejércitos. Así, las cosas, son los problemas locales e inmediatos los que acaban imponiéndose siempre sobre los problemas globales del futuro.
Nada de esto sería tan grave si no fuese porque el futuro ya está aquí.
La incapacidad del sistema democrático occidental no depende de cuestiones personales ni contingentes, sino que es, desgraciadamente, esencial, pues tiene su origen en el desfase existente entre dicho sistema y la realidad.
Este desfase se da en las dos dimensiones de la realidad: la espacial y la temporal.
El desfase espacial es obvio: los problemas se han hecho globales, es decir, trasnacionales (clima, economía, crimen organizado, multinacionales, valga la redundancia), pero no los gobiernos, que siguen siendo nacionales.
El desfase temporal es de escala. La democracia renueva sus dirigentes cada cierto tiempo. En esa higiene se basa su fuerza. Pero resulta que los plazos a los que estamos acostumbrados, cuatro, cinco años, son completamente insuficientes para afrontar los problemas globales que, por su dificultad y magnitud, exigen soluciones a largo plazo.
No estoy inventando nada: por eso hay tanta institución internacional; por eso, entre otras cosas, se inventó la ONU. Pero estas instituciones no tienen poder real: ni económico, ese lo tienen las grandes corporaciones; ni ejecutivo, en manos de los estados y sus ejércitos. Así, las cosas, son los problemas locales e inmediatos los que acaban imponiéndose siempre sobre los problemas globales del futuro.
Nada de esto sería tan grave si no fuese porque el futuro ya está aquí.
viernes, 29 de enero de 2010
De matrices y anillos
Hace poco más de seis años, cómo pasa el tiempo, escribí en una sección de Epsilones que se llamaba El cuaderno rojo el siguiente texto. Como lo he mencionado hace un par de días, lo reproduzco aquí.
De matrices y anillos
A riesgo de ser odiado voy a decir lo siguiente: las sagas cinematográficas de El Señor de los Anillos y Matrix son pura basura.
Con esta afirmación no me refiero a su calidad técnica, que sin duda es increíble en ambas en lo relativo a cuestiones como fotografía, diseño de producción, efectos especiales, sonido, artes bélicas y demás.
Tampoco a la calidad de la historia, pues en ambos casos es tan escueta que prácticamente no existe: en la del Anillo consiste en “hay un malo, vamos a por él” y en la de la Matriz en un “hay unos malos, vamos a por ellos”, estando las horas intermedias rellenas de hechos “contingentes” y/o “accidentales”.
Ni siquiera voy a criticar la poca originalidad de ambas historias, basadas en leyendas y mitos ancestrales o en cuestiones filosóficas con siglos de antigüedad: revisitar a los clásicos, si se hace bien, siempre es enriquecedor.
Cuando digo que son pura basura estoy pensando en los valores que muestran.
1. Mesianismo
Frodo y Neo son “elegidos”. Son una especie de profetas sin profecías con una misión: salvar al mundo. No hay merito en ellos. Ni voluntad. Son lo que son porque sí, porque les ha tocado en la lotería del destino.
Lo anterior tiene una consecuencia inmediata: sus seguidores no lo pueden ser en virtud de los méritos de sus líderes, porque en principio los desconocen: les siguen porque tienen fe ciega en ellos.
El porqué de su elección y de la fe de sus acólitos es un misterio emparentado sin duda con el de la Santísima Trinidad (“Tres anillos”, “Trinity”).
2. Maniquieísmo
Los conceptos morales no son absolutos. Raramente podemos dibujar una línea y decir del lado de acá estamos los buenos y del lado de allá los malos. Y quienes dicen distinguir claramente entre unos y otros suelen confundir los valores humanos con el color de la piel o la cantidad de petróleo que se les puede robar.
Sin embargo, en nuestras películas preferidas la distinción es absoluta. Los buenos son buenísimos henchidos de amistad y deseos de salvar al mundo, aunque no sepan muy bien cómo. Y los malos, los malos ni siquiera son humanos: son monstruos o programas de ordenador con los que podemos olvidarnos de dudas o piedad: se les aniquila y listo.
Los humanos llevamos haciendo lo mismo desde hace miles de años: para poder matar al otro sin demasiado problemas de conciencia nos convencemos de que el otro no es tan “humano” como los somos nosotros mismos: a veces por su raza, a veces por su nivel cultural o por su religión, casi siempre porque sí, no vemos al otro tan humano. Y lo seguimos haciendo: como ejemplo basta ver cómo algunos líderes mundiales distinguen entre los muertos propios (“bajas”) y los ajenos (“daños colaterales”).
3. Violencia y heroísmo
Total, que durante horas nos dedicamos a luchar y matar/eliminar a cuantos más enemigos mejor para conseguir salvar el mundo. Y esto podría entenderse como un rasgo de realismo de ambas trilogías que no considero censurable: la violencia forma parte de la vida del humano y ocultarla es solo un ejercicio de hipocresía.
Lo que me resulta ofensivo es que los héroes hagan gala de un grado de violencia tan desmesurado. Lo que me parece preocupante es que sin el más mínimo pudor se exponga la alianza entre heroísmo y violencia y se ensalce de un modo tan obsceno la figura del guerrero.
El mal, si tenemos que ubicarlo en algún sitio, no es una violencia u otra: es la violencia. Podemos hablar de ella, exponerla, mostrarla hasta que hiera nuestra sensibilidad y nos haga revolvernos en el sillón o girar la cabeza. Pero ensalzarla me parece la mayor de las maldades.
4. Entertainment
Los anglosajones son los reyes de esto de la industria del espectáculo. Y hace mucho que se dieron cuenta de la atracción que causa sobre los humanos la violencia, siempre y cuando el espectador se identifique con el que reparte y no con el que recibe. Y sin duda nos encontramos ahora ante dos obras cumbres en este sentido. Hace unos días, cuando les manifesté a unos alumnos lo estúpido que me parecía que en Matrix la forma de comunicarse entre programas de ordenador fuese a patada limpia, uno de ellos comentó: “ya, pero ¿y las hostias que se dan?”.
El éxito multitudinario de ambas sagas habla bien a las claras del acierto y habilidad de sus productores y de lo patético de este escrito mío, condenado a ser leído por millones de veces menos gente que la que ha visto y verá Matrix y El Señor de los Anillos. Ellos, a fin de cuentas, tienen a favor la propia naturaleza humana, mientras que yo, triste de mí, abogo por llevarle la contraria.
A los que lean esto solo les pido lo siguiente: la próxima vez que pasen un buen rato en el cine viendo como la gente se pega y se mata, que se pregunten acerca de lo que pensarían de alguien que pasase buenos ratos viendo como la gente se pega y se mata.
______________________________________________________________
Nota (29-1-2010): me gustaría recalcar que en el texto anterior hablo de las películas, no de los libros de El señor de los anillos, los cuales ni había leído entonces ni he leído después. Lo he intentado, eso sí, pero el tedio que me produjeron sus cien primeras páginas fue tal que no pude continuar.
De matrices y anillos
A riesgo de ser odiado voy a decir lo siguiente: las sagas cinematográficas de El Señor de los Anillos y Matrix son pura basura.
Con esta afirmación no me refiero a su calidad técnica, que sin duda es increíble en ambas en lo relativo a cuestiones como fotografía, diseño de producción, efectos especiales, sonido, artes bélicas y demás.
Tampoco a la calidad de la historia, pues en ambos casos es tan escueta que prácticamente no existe: en la del Anillo consiste en “hay un malo, vamos a por él” y en la de la Matriz en un “hay unos malos, vamos a por ellos”, estando las horas intermedias rellenas de hechos “contingentes” y/o “accidentales”.
Ni siquiera voy a criticar la poca originalidad de ambas historias, basadas en leyendas y mitos ancestrales o en cuestiones filosóficas con siglos de antigüedad: revisitar a los clásicos, si se hace bien, siempre es enriquecedor.
Cuando digo que son pura basura estoy pensando en los valores que muestran.
1. Mesianismo
Frodo y Neo son “elegidos”. Son una especie de profetas sin profecías con una misión: salvar al mundo. No hay merito en ellos. Ni voluntad. Son lo que son porque sí, porque les ha tocado en la lotería del destino.
Lo anterior tiene una consecuencia inmediata: sus seguidores no lo pueden ser en virtud de los méritos de sus líderes, porque en principio los desconocen: les siguen porque tienen fe ciega en ellos.
El porqué de su elección y de la fe de sus acólitos es un misterio emparentado sin duda con el de la Santísima Trinidad (“Tres anillos”, “Trinity”).
2. Maniquieísmo
Los conceptos morales no son absolutos. Raramente podemos dibujar una línea y decir del lado de acá estamos los buenos y del lado de allá los malos. Y quienes dicen distinguir claramente entre unos y otros suelen confundir los valores humanos con el color de la piel o la cantidad de petróleo que se les puede robar.
Sin embargo, en nuestras películas preferidas la distinción es absoluta. Los buenos son buenísimos henchidos de amistad y deseos de salvar al mundo, aunque no sepan muy bien cómo. Y los malos, los malos ni siquiera son humanos: son monstruos o programas de ordenador con los que podemos olvidarnos de dudas o piedad: se les aniquila y listo.
Los humanos llevamos haciendo lo mismo desde hace miles de años: para poder matar al otro sin demasiado problemas de conciencia nos convencemos de que el otro no es tan “humano” como los somos nosotros mismos: a veces por su raza, a veces por su nivel cultural o por su religión, casi siempre porque sí, no vemos al otro tan humano. Y lo seguimos haciendo: como ejemplo basta ver cómo algunos líderes mundiales distinguen entre los muertos propios (“bajas”) y los ajenos (“daños colaterales”).
3. Violencia y heroísmo
Total, que durante horas nos dedicamos a luchar y matar/eliminar a cuantos más enemigos mejor para conseguir salvar el mundo. Y esto podría entenderse como un rasgo de realismo de ambas trilogías que no considero censurable: la violencia forma parte de la vida del humano y ocultarla es solo un ejercicio de hipocresía.
Lo que me resulta ofensivo es que los héroes hagan gala de un grado de violencia tan desmesurado. Lo que me parece preocupante es que sin el más mínimo pudor se exponga la alianza entre heroísmo y violencia y se ensalce de un modo tan obsceno la figura del guerrero.
El mal, si tenemos que ubicarlo en algún sitio, no es una violencia u otra: es la violencia. Podemos hablar de ella, exponerla, mostrarla hasta que hiera nuestra sensibilidad y nos haga revolvernos en el sillón o girar la cabeza. Pero ensalzarla me parece la mayor de las maldades.
4. Entertainment
Los anglosajones son los reyes de esto de la industria del espectáculo. Y hace mucho que se dieron cuenta de la atracción que causa sobre los humanos la violencia, siempre y cuando el espectador se identifique con el que reparte y no con el que recibe. Y sin duda nos encontramos ahora ante dos obras cumbres en este sentido. Hace unos días, cuando les manifesté a unos alumnos lo estúpido que me parecía que en Matrix la forma de comunicarse entre programas de ordenador fuese a patada limpia, uno de ellos comentó: “ya, pero ¿y las hostias que se dan?”.
El éxito multitudinario de ambas sagas habla bien a las claras del acierto y habilidad de sus productores y de lo patético de este escrito mío, condenado a ser leído por millones de veces menos gente que la que ha visto y verá Matrix y El Señor de los Anillos. Ellos, a fin de cuentas, tienen a favor la propia naturaleza humana, mientras que yo, triste de mí, abogo por llevarle la contraria.
A los que lean esto solo les pido lo siguiente: la próxima vez que pasen un buen rato en el cine viendo como la gente se pega y se mata, que se pregunten acerca de lo que pensarían de alguien que pasase buenos ratos viendo como la gente se pega y se mata.
______________________________________________________________
Nota (29-1-2010): me gustaría recalcar que en el texto anterior hablo de las películas, no de los libros de El señor de los anillos, los cuales ni había leído entonces ni he leído después. Lo he intentado, eso sí, pero el tedio que me produjeron sus cien primeras páginas fue tal que no pude continuar.
miércoles, 27 de enero de 2010
Otra de héroes
Siempre me ha parecido bueno tener héroes. Primero porque somos animales imitadores, especialmente en la juventud y, dado que es así, no viene mal disponer de algunos modelos interesantes. Es lo que pasa en las artes: nadie nace con un estilo propio: este emerge de la original mezcla que el futuro artista construye escogiendo y rechazando de entre los materiales existentes.
En segundo lugar, pienso que es bueno tener héroes porque, antes o después, la experiencia muestra que dichos héroes están llenos de imperfecciones, lo cual nos lleva a desembarazarnos de ellos en un movimiento higiénico y liberador.
Yo, en algún momento de mi vida, me he querido parecer a Bugs Bunny, el señor Spock, el profesor Xavier, Ian Anderson, Harry Haller o Nietzsche, por citar solo algunos de mis héroes. En otros momentos han sido personajes más cercanos los que me han ofrecido formas interesantes de ser o de vivir. No sé si hay gente que se ha desarrollado sin héroes, pero yo no me imagino sin esos prototipos, paradigmas, puntos de fuga, focos de atracción, o como se les quiera llamar, que han sido para mí esos personajes. A estas alturas ya no lo son, pero siguen acompañándome como viejos amigos a los que, pese a conocer sus miserias, sigo apreciando.
Ahora bien: a todo movimiento de atracción debe oponérsele otro de repulsión, porque sino todo se hace una amalgama indigesta. En este caso, a la atracción del héroe se le debe oponer el espíritu crítico, que es el que, si se cultiva lo suficiente, nos acabará mostrando las fallas de los modelos y nos obligará con ello a forjarnos esquemas nuevos y originales.
Sin el espíritu crítico la admiración se convierte en fanatismo, y ahí la hemos liado, porque el fan, sea de un cantante, un político, un mesías o un personaje de novela, reconstruye el mundo en torno a su amado, y si algo no cuadra, le echa la culpa al mundo y tilda de hereje a quien no comulga con él.
A mí nunca me han insultado tanto como cuando se me ocurrió escribir que las películas Matrix y El señor de los anillos son basura, cosa que, naturalmente, sigo pensando.
En segundo lugar, pienso que es bueno tener héroes porque, antes o después, la experiencia muestra que dichos héroes están llenos de imperfecciones, lo cual nos lleva a desembarazarnos de ellos en un movimiento higiénico y liberador.
Yo, en algún momento de mi vida, me he querido parecer a Bugs Bunny, el señor Spock, el profesor Xavier, Ian Anderson, Harry Haller o Nietzsche, por citar solo algunos de mis héroes. En otros momentos han sido personajes más cercanos los que me han ofrecido formas interesantes de ser o de vivir. No sé si hay gente que se ha desarrollado sin héroes, pero yo no me imagino sin esos prototipos, paradigmas, puntos de fuga, focos de atracción, o como se les quiera llamar, que han sido para mí esos personajes. A estas alturas ya no lo son, pero siguen acompañándome como viejos amigos a los que, pese a conocer sus miserias, sigo apreciando.
Ahora bien: a todo movimiento de atracción debe oponérsele otro de repulsión, porque sino todo se hace una amalgama indigesta. En este caso, a la atracción del héroe se le debe oponer el espíritu crítico, que es el que, si se cultiva lo suficiente, nos acabará mostrando las fallas de los modelos y nos obligará con ello a forjarnos esquemas nuevos y originales.
Sin el espíritu crítico la admiración se convierte en fanatismo, y ahí la hemos liado, porque el fan, sea de un cantante, un político, un mesías o un personaje de novela, reconstruye el mundo en torno a su amado, y si algo no cuadra, le echa la culpa al mundo y tilda de hereje a quien no comulga con él.
A mí nunca me han insultado tanto como cuando se me ocurrió escribir que las películas Matrix y El señor de los anillos son basura, cosa que, naturalmente, sigo pensando.
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