miércoles, 30 de septiembre de 2009
Test para utópicos
Hasta ahora la construcción de utopías se basaba en el material humano disponible convenientemente modelado según las teorías psicologicas y sociológicas del utopista de turno. Ahora podemos actuar incluso sobre la materia prima. Podemos diseñar la especie. Algo así como Walden Dos, pero más. Podemos eliminar instintos primitivos; corregir deficiencias intelectivas; potenciar la memoria o la percepción espacial; aumentar la empatía o la agresividad. Podemos crear un ser humano nuevo.
Yo no sabría qué hacer. La ausencia de límites me produce vértigo. La vida es un juego de tensiones. Puede ser duro a veces, difícil, pero sabes cuales son tus límites. Si de pronto no los hay, si de pronto te conviertes en dios, ¿hacía dónde tirar? Y lo que es más difícil de contestar: ¿por qué?
El sinsentido de la vida se hace, ante este test imposible, absolutamente patente: los límites nos muestran el gradiente por el que ascender o deslizarnos. Incluso los caminos laterales para escapar de la norma. Pero ahora el hombre aparece como uno de los diseños posibles con que modelar un montón de barro. La evolución es sabido que actúa chapuceramente. Pero al menos tenía contra lo que luchar: la muerte.
Ampliemos el test. El universo es una fluctuación del vacío. Quizá podamos crear universos. Supongámoslo. ¿Por qué hacerlo? ¿Por qué una forma y no otra?
Todas estas preguntas son sinsentidos. La ausencia de finalidad impide que su propia formulación tenga sentido. Solo la existencia de seres conscientes da ciertos visos de significado a tales planteamientos, pero las contestaciones deben ser necesariamente subjetivas: todo lo que hagamos será porque nos apetezca, porque así nos divertimos, porque algo tenemos que hacer.
El universo no tiene sentido. El que nosotros nos convirtamos en dioses no cambia las cosas.
domingo, 27 de septiembre de 2009
Belleza, fantasía y materia
Sin entrar en el contexto de Sciascia y Baroja -entiendo perfectamente el pesimismo y el escepticismo de ambos-, creo que posturas así no son más que pura pose en algunos y escapismo barato en otros. El recurso a considerar el mundo de la fantasía como el único en el que la belleza puede proliferar me parece, cuando menos, una simpleza. Cuando más, producto de un dualismo quizá no declarado pero sí presente en el momento en que se oponen tan nítidamente fantasía y realidad.
La realidad lo es todo. Si somos capaces de producir belleza es porque la hemos percibido en el mundo y nos ha gustado tanto que la hemos reelaborado para intensificar su efecto y nuestro disfrute.
Creo que en este momento de la historia ya estamos en condiciones de entender que las cosas son lo que son, que no hay mundos ideales a los que tender o a los que imitar, que nada tiene sentido, que no hay un más allá y un más acá, y que la queja no es más que una forma de oración, de petición de socorro a alguna divinidad que se apiade de nosotros.
Sí, realmente creo que en el fondo, la frase de Sciascia es puro idealismo. A lo hermoso le confiere la calidad de lo inmaterial. Lo bueno es inmaterial. La materia es mala.
Pero no: la materia no es mala. La materia lo es todo.
viernes, 25 de septiembre de 2009
Caos
Esto de ver el caos en el pasado y en el futuro debe ser una extrapolación de lo que vemos en cualquier libro de historia: el desorden azaroso es reducido por voluntades poderosas que imponen su ley con mayor o menor éxito, alcanzando estados de mayor o menor organización, pasando incluso por edades más o menos doradas para acabar siempre en la decadencia y en la extinción del orden.
También en nuestra vidas diaria experimentamos cuan difícil es conseguir el orden y cuan difícil mantenerlo. En el fondo, estamos luchando con el segundo principio de la termodinámica.
La cuestión es que, a poco que pensemos, cualquier otra descripción del universo distinta del caos es un puro cuento. ¿Por qué ha de haber leyes? ¿Por qué va a tener que comportarse el universo de ninguna manera determinada? Cualquier teoría que imponga obligaciones al universo debe explicar de dónde vienen. Además, en seguida se cae en falacias lingüísticas: si hay leyes, ¿quién es el legislador?
“En el principio era el caos”. Y al final. Y siempre. Lo que ocurre es que en un universo caótico todas las posibilidades deben darse. Y esto no es una ley, sino una tautología a partir del propio concepto de caos: no podemos descartar ninguna posibilidad porque eso sería ponerle restricciones a lo que por definición no tiene restricciones.
¿Por qué existe el universo? Ante tan estupenda pregunta yo propongo contestar: porque sí.
martes, 22 de septiembre de 2009
Progreso
Pues tienen razón. Pero otros dicen que nos encontramos en un nuevo Renacimiento, pues en el siglo pasado hemos llegado a la Luna, hemos inventado la píldora anticonceptiva, resuelto el último teorema de Fermat y descubierto el mecanismo de la herencia.
Pues también tienen razón.
Estamos con lo de siempre: cada uno, según sus inclinaciones, según sus presunciones ideológicas define internamente el concepto según le viene en gana, opina en función de esa definición y ya la tenemos montada. Las dos posturas anteriores son correctas, y no suponen paradoja alguna porque hablan de cosas distintas, completamente distintas. Incluso cada una de las posturas mezcla ideas que deberían analizarse separadamente. Para no liarla demasiado, solo voy a desglosar la cuestión en cinco preguntas:
¿Ha progresado el hombre desde un punto de vista material? Polución, hambre, desigualdades: no.
¿Ha progresado el hombre desde un punto de vista moral? Si tal frasecita lo que quiere es inquirir sobre si hemos desarrollado y aceptado de modo generalizado unas pautas de comportamiento que permitan a todos los hombres desarrollarse dignamente, la contestación es más que evidente: para nada.
¿Ha progresado nuestra comprensión del mundo universo? Teoría de la relatividad, mecánica cuántica, teoría inflacionista, caos, genética: sí.
¿Ha progresado nuestra comprensión del hombre? Desde las teorías evolucionistas o la neurología se ha conseguido hacer accesibles problemas antes secuestrados por la teología: libre albedrío, consciencia, comportamientos innatos, mientras que la ética ha alcanzado su madurez como ciencia al ser capaz de desarrollarse con independencia de trabas religiosas. Sí, claro que sí.
¿Ha progresado nuestra capacidad tecnológica? Lo que más: para bien y para mal. Las telecomunicaciones han destruido todas las barreras, todas las fronteras. La medicina no solo cura, sino que empieza a saber por qué. Viajamos por el espacio y construimos túneles bajo el mar. Construimos robots que trabajan por nosotros. Y hemos aumentado la capacidad de nuestro cerebro mediante una prótesis externa a la que llamamos ordenador.
¿Entonces? ¿Por qué con tantas posibilidades lo hacemos tan mal? ¿Por qué hemos progresado tanto y a la vez tan poco?
La respuesta es tan sencilla que parece una ridiculez: porque los humanos somos exactamente iguales que éramos hace cien mil años, cuando recorríamos las llanuras africanas en busca de alimento. Es decir, que nuestros instintos siguen ahí, incluido el más necesario para la supervivencia en un medio salvaje pero el más dañino que se pueda imaginar en un medio social: el egoísmo genético. La gente se pregunta cómo es posible lo de Palestina. Siguen preguntándose cómo fue posible lo de Hitler. Simplemente porque el Cromagnon sigue ahí, agazapado, debajo de nuestra civilizada vestimenta, esperando la mejor ocasión para saltar y conseguir, sea como sea, lo mejor para él, su familia, su tribu y su raza.
Lo estúpido es caer en prosopopeyas baratas y echarle la culpa a la ciencia, a la tecnología o al empedrao. Si no nos han servido para hacer de este mundo algo mejor es porque somos unos hijos de puta, simplemente.
Las quijadas de asno no tiene la culpa de nada.
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Derechos
Dejando el punto a) para otra ocasión, tratemos el b) viendo, a modo de ejemplos, algunos de los derechos que con más frecuencia se reivindican:
Derecho de los padres a educar a los hijos: ¿incluye eso el derecho a mentirles sistemáticamente desde la cuna para que acaben creyendo como verdaderas un montón de leyendas fantásticas? ¿Incluye eso dejarles en herencia sus miedos, sus frustraciones, sus prejuicios? Por supuesto, no quiero decir que todos los padres eduquen mal a sus hijos. Todos no, desde luego.
Derecho al trabajo: este es particularmente retorcido: ¿se nos quiere decir con esto que tenemos derecho a dedicar la mayor parte de la vida a obtener beneficios para otros? ¿Se nos quiere decir que tenemos derecho a doblar el espinazo para obtener ingresos con los que satisfacer las necesidades que el propio sistema nos crea?
Derecho a la propiedad. En este derecho reside casi todo el tinglado. ¿Quién no está de acuerdo en que lo suyo es suyo y que nadie debe intentar quitárselo? Lo que ocurre es que no puedo evitar ver diferencias entre la propiedad de un tebeo que he comprado con el dinero obtenido tras una hora de satisfacer mi derecho al trabajo y la propiedad del cuaderno de Leonardo que compró Bill Gates con el dinero que ganó tras miles de horas de trabajo... de sus empleados. ¿Tiene alguien derecho a poseer extensiones de tierra de decenas de miles de hectáreas? ¿O la riqueza petrolífera de un país?
Derecho a la libertad. Este es el derecho que ampara todos los demás derechos, pues los padres son libres de educar a sus hijos como les parezca; y los emprendedores son libres de intentar enriquecerse con el trabajo de los demás; y somos libres de acumular las riquezas que seamos capaces de obtener. Pero también es la mayor broma, por varias razones:
- La libertad no existe. Es un sinsentido lógico. O hay azar o hay necesidad, pero no hay libertad. A lo sumo, una ilusión de libertad, que es la que experimentamos cuando deseamos algo y descubrimos con gusto que podemos alcanzarlo. Pero nuestros deseos a su vez dependen de nuestra educación, del medio, de nuestras experiencias previas...
- El derecho a la libertad se da de leches con todos los demás derechos. No soy libre de coger lo que quiero porque los demás tienen derecho a su propiedad. No soy libre si resulta que otros, mis padres, tienen derecho a educarme como a ellos les parezca. No soy libre desde el momento en el que no puedo elegir la sociedad en la que vivo.
- La propia declaración de unos derechos supone una drástica limitación de la libertad que podríamos suponer que traemos bajo el brazo al nacer. Lo cierto es que venimos a la vida en el seno de una sociedad que no hemos elegido. Lo terrible es que no podemos apearnos en marcha, no podemos decir paso de esto, no podemos renunciar al sistema y huir a los bosques, entre otras cosas porque los bosques ya son propiedad de alguien.
Propongo que al lector que haga una lectura de, por ejemplo, la Declaración de los Derechos Humano de la ONU. Se la suele criticar por su generalizado incumplimiento, pero eso es estúpido, porque las declaraciones no tienen culpa de que no se cumplan. De lo que sí son culpables (en realidad no ellas, claro, sino quienes las compusieron) es de la soterrada ideología que esconden. Mi propuesta consiste en emprender la lectura con espíritu de sospecha, con ese talante paranoico que a todos se nos pone de vez en cuando, y reírse un poco.
Otro ejercicio, este más creativo, consistiría en redactar una buena declaración de derechos humanos. Los objetivos de este ejercicio son dos: tomar conciencia de lo difícil que es desear con inteligencia y comprobar que no puede existir una buena declaración de derechos humanos.
PD: Cuando un extranjero se nacionaliza norteamericano debe asistir a un acto en el que, antes de jurar esas cosas que se juran, un juez le hace algunas preguntas al aspirante para constatar que conoce el sistema político del país. En 1947, el lógico Kurt Gödel, se presentó a la ceremonia. Como buen chico que era se había estudiado la constitución. El problema era que había encontrado inconsistencias en el texto, inconsistencias que pensaba explicarle al juez. Afortunadamente para él, Einstein y Morgenstein, sus testigos, le entretuvieron como pudieron y convencieron al juez de que no dejase hablar demasiado a su amigo.
martes, 25 de agosto de 2009
Descartes y Pascal

viernes, 21 de agosto de 2009
Campamento de verano ateo
El invento se llama Camp Quest, que se podría traducir como “Campamento búsqueda”, y la idea es desterrar de las actividades de los campistas todo rastro de religión y enseñarles a pensar. Un jueguecito que me ha encantado es el llamado Reto del unicornio invisible: a los críos se les dice que existen unicornios alrededor del campamento, pero que si no los ven es porque son invisibles. El reto consiste en demostrar racionalmente que dichos unicornios no existen (sugiero al sufrido lector que lo intente).
La directora del campamento, Samantah Stein, explica que “la idea de Camp Quest es realmente dejar que los niños decidan qué pensar. Para ello se van a desarrollar algunas actividades filosóficas orientadas a niños y otras relacionadas con las falacias lógicas. Es un modo de interesar a los críos en el pensamiento, en la filosofía, en cuestiones religiosas y en todo tipo de pensamiento científico y crítico”.
Hablando de futuro, el futuro se construye así.
sábado, 25 de julio de 2009
Mediocridad

Sin embargo, no es la misma mediocridad la de una masa embrutecida que la de una con un cierto barniz de civilización. No es lo mismo la mediocridad de una sociedad con grandes desigualdades que la de una sociedad en la que la educación está al alcance de todos. Siempre habrá diferencias entre los mediocres, aquellos que habitan la parte ancha de la gaussiana, y aquellos que se salen de la media. Pero la diferencia entre unos y otros puede ser mayor o menor.
Nos quejamos en las sociedades desarrolladas del desinterés de la gente por la cultura, de la proliferación de programas basura en televisión, del desprecio que se muestra en general por el conocimiento. Sí, son asuntos preocupantes, pero cuando se tratan parece a veces como si, quien lo hace, estuviese pensando en alguna otra época en la que las cosas fueron mejores. Tal pensamiento es un error: esa época no ha existido. Nunca se ha leído tanto cómo se lee ahora. Nunca la gente ha asistido tanto a exposiciones y museos. Nunca la gente ha llenado tanto los teatros. ¿Entonces? Pues ocurre que la mediocridad sigue existiendo, pero que muchos de esos mediocres ahora leen, aunque sea en el metro, y asisten a exposiciones, aunque no sepan muy bien lo que están viendo. Y los otros, los que no se consideran mediocres, se encuentran codo a codo con ellos, y se ofenden de su falta de conocimiento, de lo vulgar de su gusto, y hasta de sus malas maneras, pues ni saben que en los conciertos de clásica no se aplaude hasta el final de la obra. Los ven como advenedizos.
La cuestión es que ahora están ahí. Están presentes. Y no solo eso, sino que con su poder adquisitivo, influyen sobre la oferta, de modo que hoy día, la mayor parte de la oferta cultural es mediocre. Pero es que no podría ser de otra manera, por una sencilla y democrática razón: son más.
Pero esto no es ningún problema. A mí no me ofende que en un teatro se represente Mamma Mia en vez de una tragedia griega o una de Shakespeare. A mí no me ofende que Ruiz Zafón venda sus libros a millones. Lo preocupante sería que solo pudiésemos ver Mamma Mia o leer a Zafón.
Las posturas elitistas no son solo intransigentes sino profundamente erróneas. Por un lado debería de estar claro que cada uno tiene derecha a divertirse como le de la gana. Por otro, hay que entender que las causas sociales que han llevado a unos a ser como son no se diferencian de las que han llevado a los otros a ser como son. Quiero decir que creemos tan ciegamente en nuestra individualidad que no pensamos que somos producto de un sistema. Sea cual sea nuestra posición en la campana de Gauss, formamos parte de esa particular distribución del conocimiento. Pensar que somos como queremos ser es un presunción difícil de sostener.
Hay cierta contradicción en esto de pensar que el mundo es una mierda cuando resulta que estamos nosotros en él. Quiero decir que, a poco razonable que sea uno, tendrá que admitir que no es un ser único, que hay otros como uno mismo, aunque no sean más que esos con los que comparte quejas. Están también aquellos que solo conocemos en estado larvario pero que ya prometen todo un futuro de incomprensión. Tenemos, además, todos esos que conocemos por sus obras y que no solo nos proporcionan inteligencia y placer, sino que hasta parecen unos aceptables seres humanos. Y, por supuesto, esta toda esa maravillosa gente que no conocemos.
Entendido esto, la postura razonable debería ser profundizar las relaciones con los conocidos, ayudar a las crías de la especie, investigar más a los grandes y buscar a los desconocidos. Lo que no tiene ningún sentido es esa postura condescendiente de “uf, qué poco me gusta el mundo”. Salvo, naturalmente, que uno se considere absolutamente único.
Los humanos podemos sentirnos islas en muchas ocasiones. Es algo que propicia precisamente la extraordinaria abundancia de oportunidades y alternativas que se nos ofrecen: gracias a ellas podemos vivir de modos distintos a como vivieron nuestros predecesores o a como vive la gente que nos rodea. Pero eso nos puede convertir en islas, en especial si nos salimos de la media, sea en el sentido que sea, por listo o de puro friki.
Pero ser un friki no es preocupante. Lo preocupante es utilizar la propia rareza como excusa para no sentirse concernido por el mundo. Ser raro no significa no pertenecer al sistema, aunque el poder suela empeñarse en convencernos de ello. Para el poder el raro es una molestia, algo que estropea las estadísticas y la foto. Pero no hay que caer en la trampa del burócrata y convertirse en un rebelde sin causa. A fin de cuentas, hay causas a montones, empezando por la de reivindicar la propia rareza.
Las islas, a fin de cuentas, suelen formar archipiélagos.
domingo, 12 de julio de 2009
Sobre lo apolíneo y lo dionisiaco
Sin embargo, Anderson ha perdido. Pero no por viejo. Tampoco por músico: hoy posiblemente lo sea mejor que antes. La cosa es que hoy es apolíneo, y entonces era dionisiaco. No tengo hoy el día para teorías, así que resumiré rápidamente: lo apolíneo es lo medido, lo perfecto, lo preciso, mientras que lo dionisiaco es el desparrame, el exceso, el descontrol. No voy a decantarme por ninguna de las dos posturas, y ello por dos razones: la primera, porque siendo de vocación dionisiaca, soy apolíneo de formación. La segunda, porque pienso que la belleza que hemos sido capaces de aportar al mundo los humanos proviene de la tensión existente entre ambos extremos, entre al polo apolíneo y el polo dionisiaco de esta especie nuestra.
Pero... algo no va bien. El equilibrio se ha roto. Este mundo de hoy no es que sea muy apolíneo, pero lo que no es en absoluto es dionisiaco. Porque el ser dionisiaco no consiste en alcanzar rápidamente el estado de embriaguez. No consiste en perder el control o el sentido. Consiste, por el contrario, en traer a la palestra fuerzas que de diario mantenemos bajo control pero en las que reside buena parte de nuestra capacidad de creación. No voy a defender las drogas o el alcohol, no se trata de eso. Lo único que quiero decir es que, quitando alguna jamsession de jazzeros, no he vuelto a ver una interpretación con la intensidad de la que se puede ver en el siguiente vídeo. Que el tema se titule My God no es ninguna casualidad. Otro día quizá teorice acerca de este asunto, pero hoy me voy a limitar a mostrar.
Señoras y señores, ladys and gentlemente, con ustedes, en estado de gracia, Dios:
jueves, 9 de julio de 2009
Una enumeración cósmica
Escribió acerca de la enumeración caótica que “debe parecer un caos, un desorden y ser íntimamente un cosmos, un orden”. Da la sensación de que toda su obra es precisamente eso, un aparente caos que nos brinda un asombroso cosmos. Esa es su magia: convertir lo confuso en un “álgebra, un palacio de precisos cristales”. Tras adentrase en su poesía surge la sospecha de si quedó algo fuera.
PD: ahora que lo pienso, mil veces mejor que mi enumeración, una suya:
Las causas
Los ponientes y las generaciones.
Los días y ninguno fue el primero.
La frescura del agua en la garganta
de Adán. El ordenado Paraíso.
El ojo descifrando la tiniebla.
El amor de los lobos en el alba.
La palabra. El hexámetro. El espejo.
La Torre de Babel y la soberbia.
La luna que miraban los caldeos.
Las arenas innúmeras del Ganges.
Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña.
Las manzanas de oro de las islas.
Los pasos del errante laberinto.
El infinito lienzo de Penélope.
El tiempo circular de los estoicos.
La moneda en la boca del que ha muerto.
El peso de la espada en la balanza.
Cada gota de agua en la clepsidra.
Las águilas, los fastos, las legiones.
César en la mañana de Farsalia.
La sombra de las cruces en la tierra.
El ajedrez y el álgebra del persa.
Los rastros de las largas migraciones.
La conquista de reinos por la espada.
La brújula incesante. El mar abierto.
El eco del reloj en la memoria.
El rey ajusticiado por el hacha.
El polvo incalculable que fue ejércitos.
La voz del ruiseñor en Dinamarca.
La escrupulosa línea del calígrafo.
El rostro del suicida en el espejo.
El naipe del tahúr. El oro ávido.
Las formas de la nube en el desierto.
Cada arabesco del calidoscopio.
Cada remordimiento y cada lágrima.
Se precisaron todas esas cosas
para que nuestras manos se encontraran.
Jorge Luis Borges, Historia de la noche (1977)
martes, 7 de julio de 2009
¿Invención o descubrimiento?
Sí, he dicho política, y es que, por mucho que nos moleste, todo es política, hasta las matemáticas, hasta las mismísimas matemáticas. Me hace mucha gracia cuando algunos padres se quejan de que algunos profesores aleccionan a sus alumnos. Suelen ser profesores de filosofía, o de historia, o de literatura los que reciben estos ataques. Pero nunca los de matemáticas. Y ¿por qué? Porque la mayoría piensa que la matemática es fría, objetiva, neutra y, sobre todo, verdad. Pero no es así.
Hay muchas interpretaciones filosóficas acerca de la matemática, pero voy a centrarme en las dos visiones que importan para mi argumento. Una de ellas es la visión platónica: según esta, la matemática consiste en descubrir, es decir, des-cubrir algo que estaba oculto pero que existía previamente. Según esta interpretación del quehacer matemático, acuñar un concepto, u obtener un teorema, consiste en acceder a un mundo ideal en el que las entidades matemáticas tienen existencia propia e independiente y donde, tras echarle un vistazo a la criatura arquetípica, podemos rescribirla en términos humanos. Mirar el cielo, vamos.
La visión contrapuesta es la que considera que las matemáticas son una creación humana, como lo es el lenguaje. Desde este punto de vista, los objetos matemáticos serían abstracciones, constructor mentales que manipularíamos mediante reglas obtenidas por el mismo procedimiento. Es decir, una invención, con todo lo que eso tiene de relativismo cultural.
Las consecuencias de aceptar una u otra opción son evidentes: la primera es profundamente mística, pues acepta la existencia de un mundo etéreo habitado de esencias y hace de menos este mundo material que transitamos al convertirlo en burda copia del modelo perfecto.
La segunda es, por el contrario, profundamente materialista: sitúa la matemática en el cerebro humano, y la hace un producto cultural más, no menos dependiente de las contingencias de la historia que la literatura o el arte.
Los teoremas son los mismos. Pero no la forma de contarlos. Habrá quienes, al explicar los números o el cálculo diferencial, transmitan a la vez su creencia en un mundo superior y perfecto. Otros, por el contrario, al explicar los axiomas de la geometría, deslizaran su opinión de que se trata de productos culturales. Muchas veces será inconscientemente, pero eso no evitará que las puras y límpidas matemáticas sean un vehículo de adoctrinamiento cultural y político.
No he contestado a la cuestión inicial: las matemáticas, ¿son invención o descubrimiento? Quizá otro día lo explique, pero ahora me limitaré a enunciar mis conclusiones: mientras que la ciencia descubre y la tecnología inventa, la matemática explicita.
martes, 30 de junio de 2009
Cosas nuevas en Epsilones
Para quien pueda interesar.
sábado, 27 de junio de 2009
Fotografía de la depresión
La visión de las fotografías, increíbles si tenemos en cuenta que la pobreza extrema que muestran se produjo en el país más rico de la Tierra, me ha llevado a tres reflexiones
La primera tiene que ver con la teoría económica: ¿cómo se puede seguir defendiendo las bondades del libre mercado cuando la historia nos muestra una y otra vez cómo masas enteras pueden caer en la pobreza y el hambre cuando el sistema colapsa? Solo desde la ignorancia se puede realmente pensar que el mercado, dejado a su albur, será capaz de subvenir las necesidades de todos. Solo siendo un canalla se puede defender el libre mercado sabiendo lo que hay que saber.
La segunda es acerca del sistema como un todo. Hubo tiempos en que, cuando la gente tenía dificultades, hacías el petate y buscaba nuevas tierras, nuevas oportunidades. Pero eso hoy ya no es posible. No hay tierras fuera del sistema. No hay mundos vírgenes. Uno no puede salirse del sistema, porque, vaya donde vaya, se encontrará con que las tierras tienen amo y leyes. El sistema lo es todo, lo abarca todo. Entonces, ¿cómo podemos siquiera pensar que el sistema no se ocupe de todos? ¿Cómo podemos admitir que haya gente en sus márgenes, olvidados, apartados? Defenderlo es no entender nada. O ser un canalla. En los viejos tiempos un ermitaño podía meterse en una cueva y llamarla su hogar. Hoy no: rápidamente aparecerá un municipal y le explicará que el ayuntamiento prohíbe la acampada libre.
La tercera y última tiene que ver con el papel de los hijos en el destino de los pobres. Viendo las fotos uno no puede dejar de preguntarse cómo es que toda esa gente no se levantó, cómo es que no hizo uso de la violencia y arrasó el país. La respuesta está en las propias fotografías: en ellas se ven hombres y mujeres asqueados, hambrientos, cubiertos de polvo, con la mirada tan curtida como la piel, desesperados. Pero alrededor, siempre, se ven a sus hijos: siete, ocho, diez. Esas siete, ocho, diez bocas son las razones que les impidieron levantarse y luchar. Ellos, los hijos, son el gran estabilizador social. Una mujer sola, un hombre solo, serán capaces de cualquier cosa, de cualquier revolución. Unos padres, sin embargo, lo soportarán todo por un puñado de avena.

Madre emigrante
1936
jueves, 25 de junio de 2009
Genotipos, fenotipos, biotipos
La variabilidad genética es enorme: es tan grande el número de combinaciones posibles que la probabilidad de que dos individuos tengan el mismo bagaje genético es, salvo en al caso de gemelos univitelinos, cero. Sin embargo, todos tenemos la experiencia de gente que se parece. De hecho, todos tenemos en la cabeza una serie de tipos, personajes podríamos decir, en los que acabamos encuadrando, al menos en una primera instancia, a nuestros conocidos. A esas formas típicas, a esos modelos, les llamamos biotipos. La justificación de la existencia de estos biotipos tiene que ver con las cuencas de atracción de los sistemas dinámicos caóticos, pero esto es otra historia.
Cuando ayer le comentaba a una amiga mis reflexiones sobre la cosa esta de ser un pobre plagiario de Borges, me intentó consolar diciendo que lo que ocurría es que somos del mismo biotipo: Borges y yo.
Cuando uno lleva un par de copas de Albariño en el cuerpo y le dicen semejante cosa, el ego experimenta un súbito ataque de autosatisfacción siempre injustificado, pero placentero. Luego llega la lucidez, la puñetera lucidez, y te dice que no, que para nada, y que pese a lo sospechoso de la existencia del tiempo, tiene su importancia, y que Borges fue antes, y uno después, y que eso lo cambia todo.
La primera vez que escuché la palabra biotipo tendría yo quince años y la utilizó un tipo mucho mayor que yo para decir que yo era del biotipo descerebrado, proclive a las adicciones, y no sé cuantas cosas más. Posiblemente tuviese razón. De hecho, tengo muchísimas adicciones: Brahms es una. Odilon Redon es otra. Y Nietzsche, al que siempre regreso. Y Jethtro Tull, mi banda sonora. Y Bilal, siempre increíble (alucinante su última obra, Animal’z). Y Thomas Bernhard, a quien plagio cada vez que hablo. Y...
No, no me voy a poner enumerativo, porque no se trata de eso. Se trata de explicar que mi amiga tenía razón cuando me decía que uno arranca de un punto de partida, que pertenece a un biotipo, y que ese biotipo te hace proclive a determinadas influencias. Y que también tenía yo algo de razón al afirmarme plagiario, porque si bien es achacable a ese biotipo al que pertenezco mi tendencia a ver el mundo al estilo de Borges, el que adopte sus formas, sus temas, hasta su forma de sospechar, son un mero y simple acto de copia.
La conclusión es que nuestra individualidad es tan real como el punto de vista que apliquemos, y que de este depende el que seamos capaces de incluirnos en tipos mayores. Tal como experimento el mundo, lo único que tiene sentido es aceptarse miembro de distintas estructuras, y ser capaz de vivir entendiendo que ser individuo no está reñido con ser genotipo, fenotipo ni biotipo.
Del fenotipo extendido, que era el tema que inicialmente tenía en la cabeza, hablaré otro día.
miércoles, 24 de junio de 2009
Plagiario
La respuesta me viene cuando me doy cuenta de que, la pregunta en sí, es borgiana.
Naturalmente no soy Borges, ni otro Borges, ni el otro Borges: soy, todos los somos, resultado de una cantidad enorme de influencias. Somos plagiarios de muchos, y a las particulares combinaciones de influencias, o de plagios, le llamamos personalidad.
El orgullo y la ingratitud nos hacen olvidar nuestras deudas. Pero cuando, de pronto, ves tanto de ti en un lugar concreto bajo un nombre concreto el recuerdo vuelve y el yo se diluye, el manos durante un rato.
domingo, 21 de junio de 2009
La primera de Brahms
Cuando por fin Brahms osó componer su primera sinfonía, la crítica, por aquellos tiempos siempre lista para hacer daño, la apodó “la décima de Beethoven”.
De la anécdota se pueden extraer dos enseñanzas: 1) la mala baba de los humanos es ilimitada, sobre todo si tenemos en cuenta que a la segunda sinfonía de Brahms la apodaron “pastoral”; y 2) la genialidad no está necesariamente reñida con la honestidad, como prueba que Brahms no se atreviese a ofrecer una alternativa sinfónica hasta que se sintió verdaderamente preparado.
Sin embargo... algo no cuadra en esa espera de años. Brahms sabía componer sinfonías. El problema no podía ser técnico. De hecho, cuando uno escucha su primera sinfonía no descubre nada nuevo, nada sorprendente, salvo una cosa: la melodía del cuarto movimiento. Pienso que ahí está la clave del enigma: el problema de Brahms era la herencia del maestro, sí, pero especialmente esa maldita melodía que singulariza a la novena. Brahms necesitaba un puñado de notas para colocar en su cuarto movimiento, algo que se acercase a la categoría del himno a la alegría. Y no paró hasta estar seguro de disponer de su pequeña joya.
Lo anterior no es más que una especulación. Pero invito al personal a escuchar la primera sinfonía de Brahms con la idea en mente de que se trata de una obra cuyo autor pensó que merecía ser publicada después de la novena de Beethoven. Con este presupuesto, me atrevo a decir que la escucha nos llevará por una obra magnífica que, sin embargo, no justifica la osadía... hasta que, de pronto, empiezan ese puñado de notas y todo parece cobrar sentido: qué belleza...
Si no las conocías, apréndelas. Si las conocías, recuérdalas. En cualquier caso, tararéalas una, dos, tres veces. Al final acabarás sintiendo la medida grandeza de una melodía arrebatadora.
Lo curioso del asunto es que Brahms, pese a todos sus esfuerzos, o quizá gracias a ellos, elaboró una melodía que jamás hubiese firmado el ególatra de Beethoven. Y es que Brahms no pudo evitar que en ella se deslizase un rasgo esencial de su carácter: su humildad.
viernes, 19 de junio de 2009
Etimologías
Escribió Borges: “He ejecutado un acto irreparable, he establecido un vínculo”.
sábado, 13 de junio de 2009
El mejor de los mundos posibles
Leibniz dijo que este era el mejor de los mundos posibles. No se le ha entendido demasiado bien. Hasta el fino Voltaire se rió de él parodiándolo en el Candido. La verdad es que nunca quiso decir Leibniz que este mundo fuese genial. Solo que, en coherencia con su sistema de creencias y como consecuencia lógica, este mundo nuestro tenía que ser el mejor de los posibles, lo cual, si se piensa un poco, lejos de ser una afirmación de cándido optimismo es la más terrible expresión de pesimismo que pueda imaginarse, porque descarta definitivamente toda atisbo de esperanza.
Para Stendhal, “si alguien mantiene que es feliz, seguro que está de broma”. Según Flaubert, para ser feliz hay que ser estúpido, ser egoísta y gozar de buena salud. En el colmo del patetismo decadente D’Annunzio escribió: “Otros son más desgraciados; pero yo no sé si ha habido en el mundo un hombre menos feliz que yo”. Einstein, más práctico, cuando le preguntaron si era feliz, contestó: “No. Ni falta que me hace”.
No es que la felicidad tenga muy buena prensa, la verdad. Desde luego, parece que una felicidad continuada en el tiempo es, o bien imposible, o bien el estado de un simple. Episodios aislados de felicidad parecen más al alcance mortal, aunque siempre vengan acompañados por la sospecha de que, antes o después, habrá que pagar algún precio por ellos.
Pero lo realmente difícil es escribir sobre la felicidad, sobre el estado de felicidad, sobre la vivencia de la felicidad. Los católicos han sido capaces de describir con toda precisión terribles infiernos, pero nunca un paraíso convincente. El de los musulmanes, que sí han sido capaces de imaginarlo, se parece demasiado a un burdel.
El estado de bienestar propio casi no le dice nada a los demás, a no ser que los demás vean en el bien de uno el reflejo del suyo propio. Los poemas que enardecieron nuestro ánimo cuando el ánimo estaba enardecido nos parecen ripios de poetastro con el ánimo templado. El final feliz raramente aguanta en nuestra boca el tiempo que tardamos en darnos cuenta del rictus bobalicón, de la sonrisa tontorrona que nos han dejado en la cara.
¿Que a qué viene esto? Pues a que hoy me he levantado de buen rollo, de muy buen rollo, y por una vez me apetecía decirlo.
jueves, 11 de junio de 2009
Bifurcaciones
Una vez le dijo Miguelito a Mafalda que no quería ver la televisión porque no quería ser del montón que la veía. Mafalda, con su habitual mala leche, le contestó que así sería del montón que no quería ser del montón, lo cual llevó al pobre y contrito Miguelito frente al aparato.
Toda afirmación es una decisión. Pero también las huidas, las renuncias, las ausencias: toda negación es una opción, algo que tiene valor por ser lo contrario de lo otro. Como los signos, que extraen su fuerza de la oposición de contrarios, cada vez que decidimos saltar del tren en marcha, apearnos del mundo y reivindicar nuestra libertad estamos en realidad reduciendo nuestras posibilidades y concediendo nuestro fracaso a los que, más avispados o más afortunadamente indecisos, siguen sin decantarse por uno u otro de los senderos de la bifurcación.
En mecánica cuántica los objetos se encuentran en un estado que es en realidad una superposición de estados: un electrón no está aquí o allí, sino que está, a su modo particular, en todos los lugares a la vez. Solo cuando algo ocurre a su alrededor que puede entenderse como un a observación de su estado, es decir, solo cuando el universo entra en ciertas interacciones con él, va la onda del electrón y colapsa, que es la forma mecánico-cuántica de decir que el electrón opta por una de sus posibilidades y se hace explícitamente presente al resto del cosmos. A partir de ese momento, el electrón está en un lugar, no en todos. Ha elegido. Y ha perdido su potencial, su libertad.
Sí, utilizando la terminología aristotélica, la libertad podría entenderse así, como un crédito, como una potencialidad, que al hacerse actual pierde su valor. Da igual que la posibilidad se perfeccione en sentido afirmativo o negativo, como una apuesta o como una renuncia: siempre es una elección y, por tanto, una pérdida.
Envejecer tiene mucho que ver con este tomar decisiones, con este quedarse sin crédito.
miércoles, 10 de junio de 2009
Europa
La segunda fue de trámite, sin brío, apenas un sucedáneo: estas cosas pasan.
Mi tercera novena tuvo el aliciente de ocurrir en el Philharmoniker de Berlín: allí, desde lo alto de una de sus terrazas, en el antro del mismísimo Karajan, aprendí como mueve Beethoven las masas instrumentales: como si olas sonoras fuesen dando vida a violines, violas, violonchelos y contrabajos, los distintas cuerdas van recogiendo y entonando la perturbación que viaja a través de ellas animada por los gestos del director: la sensación de que un soplo vital y regenerador está recorriendo el escenario es espectacular.
Mi cuarta novena, como ya ha dicho, ocurrió hace unos días. Esta vez fue el coro el que llamó mi atención. En muchas obras podemos disfrutar de intenso momentos de apoteosis. Pero solo el quinto movimiento de la novena de Beethoven se atreve a hacernos subir y bajar una vez, y otra, y otra, y a utilizar la orquesta para coger carrerilla, para situar nuestro ánimo en una calma tensa antes de acelerarnos y arrojarnos sin piedad a ese orgasmo coral y reiterativo que habla de vino, de amor, de amistad y de armonía universal...
En los casi doscientas años que han pasado desde su estreno han ocurrido muchas cosas en Europa. Una de ellas, que podría resultar esperanzadora, es que los dirigentes europeos, unidos después de siglos de guerras, dos mundiales incluidas, eligieron precisamente esta música como himno.
Pero la esperanza es vana. Si eligieron esta obra seguramente fue porque, tras muchos cálculos y componendas, encontraron que coincidía con los diversos equilibrios que eran necesario satisfacer: siendo alemán, Beethoven fue de los más afrancesados. Siendo el texto panteísta, menciona explícitamente a un dios creador. Siendo compleja, es una obra asequible. Siendo musical, es literaria.
Esta es la Europa de hoy. No un lugar de acuerdos, sino de equilibrios. Un lugar donde los poderes negocian, lo cual no es malo, si se logran acuerdos. Pero no es lo mismo acordar que pactar. Y en Europa se pacta. Por eso entendemos tan poco de lo que ocurre en ella. Porque nadie nos dice: los jefes han acordado que a partir de hoy vamos a ser más libres, o más cultos, o más fuertes. No. Cada vez que cierran una negociación el resultado se plasma en un grueso volumen repleto de cláusulas, considerandos y excepciones.
A los ciudadanos nos gustan las constituciones. Esa sencillez suya tan básica que expone los derechos de todos excita al más escéptico. Esos encabezados maximalistas de sus artículos por los que “todos” disfrutan de no sé qué derecho, o deberes, que también hay, son uno de los hallazgos retóricos de la humanidad. Todos sabemos que son meras declaraciones de intenciones, hermosas desideratas. Pero ver escrita la utopía en papel oficial siempre levanta el ánimo.
Sabiendo esto, ¿han escrito nuestros líderes una constitución de la que podamos sentirnos orgullosos? Pues no: a lo más que han llegado es a escribir un grueso contrato lleno de cláusulas, considerandos y excepciones.
La gente no se siente europea. Ni siquiera mueve el culo para votar a sus dirigentes. Pero es normal. Yo me puedo sentir europeo porque soy un pedante que se emociona con Veermer y Hume y Beethoven y Sciascia, pero la gente lo único que sabe es que todos esos otros hablan una lengua que no es la suya. Y que no tiene ni idea de qué se vota en las elecciones europeas.
Y es así: importa la cosa de la tribu, y la cosa del jefe. Europa ni es una tribu ni tiene jefe. Eso sí: tiene un himno espectacular.
Lástima que no me gusten los himnos.