domingo, 2 de enero de 2011
lunes, 29 de noviembre de 2010
Fractales en blanco y negro
Pues nada, que sepáis que he subido algunas cosas nuevas a Epsilones, entre ellas algunas imágenes fractales en blanco y negro... y también en color.
martes, 9 de noviembre de 2010
Moebius Transe Forme

La sede de la fundación Cartier, obra de Nouvel, es un edificio fantasma, a medias oculto por los reflejos de la mampara de cristal que lo aísla del exterior y a medias flotante por culpa del jardín que parece sostenerlo.
Para colmo llueve en París, lo que hace que sea el momento y el lugar ideal para visitar la exposición Moebius Transe Forme. El asunto es mostrar la constante metamorfosis que los personajes de Moebius han ido experimentando a lo largo de los años: Blueberry, John Difool, Arzach, Stel y Atana, el mayor Gruber, el propio personaje Moebius, todos ellos han ido mutando y, a la vez, contaminándose mutuamente. La exposición la componen una impresionante colección de originales y un corto de ocho minutos en 3D titulado La Planète Encore protagonizado por la pareja del mundo de Edena.
De Moebius me sorprende que me siga sorprendiendo. “Pero, ¿él ha dibujado esto?” me digo una y otra vez mientras inspecciono medio embobado dibujos que a veces me parecen enormemente grandes y, a veces, ridículamente pequeños. Es como si las escalas no influyesen en el pulso de este hombre. Ni las escalas ni nada, quizá porque es de esos tipos que, en vez de observar el mundo, lo crea.
He de reconocer que el hecho de que la exposición estuviese hasta arriba me produjo, además, cierta sensación de confort. A veces se siente uno tan solo...
De todas maneras, Francia es Francia: paseando por los campos Elíseos descubro que Le Monde Diplomatique, magnífica publicación de izquierdas, acaba de editar un número especial en bandé dessiné, es decir, en tebeo: todo un número de cien páginas de artículos políticos escritos con la técnica de los tebeos. La introducción, tremendamente irónica, avisa de que, tras un periodo de transición, Le monde Diplomatique será siempre así, en tebeo.
Están locos estos franceses.
jueves, 21 de octubre de 2010
Banksy goes to Hollywood
Exit through the gift shop es una película del sinvergüenza de Banksy, hilarante y profunda. Imprescindible para los amantes del ARTE con mayúsculas y con minúsculas.
domingo, 17 de octubre de 2010
Máquinas de supervivencia
"Cada organismo individual debería ser visto como un vehículo temporal en el cual los mensajes de DNA pasan una minúscula fracción de sus geológicas vidas."
"Un cuerpo individual es un gran vehículo o ‘máquina de supervivencia’ construido por una cooperativa de genes para la preservación de copias de cada uno de los miembros de la cooperativa."
Richard Dawkins en The Blind Watchmaker
martes, 12 de octubre de 2010
sábado, 9 de octubre de 2010
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Hasta otra
A algunos os debo una explicación. Motivos personales y profesionales me dejan sin tiempo para atender este blog como os merecéis los que, una y otra vez, con buena o mala leche, respondéis a mis propuestas. Ha sido un placer recibir vuestros apoyos y vuestras puyas a mis tontunas, y un estímulo para ir un poco más allá de mis pensamientos, que es lo único que realmente me importa.
Pero, este es el hecho, en lo sucesivo no voy a disponer de demasiado tiempo. Por eso me despido y os pido que me digáis dónde os puedo encontrar para asistir, al menos como oyente, a vuestras cosas.
No voy a cerrar el blog. Si una imagen, o una música, o una película me llaman la atención, puede que me deje caer por aquí.
Salud.
lunes, 9 de agosto de 2010
Paranoias
Estaba yo viendo en el telediario de ayer las ahumadas calles de Moscú y reflexionando sobre todo el bien que el capitalismo le ha traído a la vieja Rusia cuando la imagen cambia al aeropuerto de Barajas. Allí, una reportera ha localizado un ciudadano español con billetes para irse a Moscú de vacaciones con su familia. Ante la doble pregunta “¿qué piensa hacer?, ¿piensa ir de todas maneras?, el ciudadano contesta. “Sí, vamos a ir. He comprado una mascarilla para cada uno y ya veremos. Mejor no pensarlo”.
Sí señor, con dos cojones: “mejor no pensarlo”, no vaya a ser que la conclusión no me guste y me vea obligado a cambiar mis planes. Estamos, señoras y señores, ante un ser libre, auténticamente el libre, completamente independiente de la razón y de todo condicionante que pueda modificar sus impulsos, un ser que no se arredra ante las contingencias de la vida.
Estas demostraciones de sabiduría popular me emocionan. Ver que siglos, milenios de pensamiento e investigación, de experimentación y reflexión no han podido doblegar la sinrazón vale más que todos los tratados de antropología juntos. ¿Progreso? Qué tontería.
Todos nacemos cromagnones. Lo asombroso, lo verdaderamente esperanzador, es que muchos mueren cromagnones.
PD: Vengo un tiempo dándoles vueltas a un blog en el que explicitar y coleccionar mis paranoias. Una de ellas tiene que ver con frases del estilo de “mejor no pensarlo”: me parecen tan geniales que no puedo evitar pensar que han sido acuñadas por algún think tank ancestral cuyo objetivo es salvaguardar la estupidez humana. Sirva esta entrada para invitaros a Homo paranoicus. [Nota del 7-1-2011: Homo paranoicus dejó de existir poco después].
viernes, 6 de agosto de 2010
Mr. Nobody
Ando estos días dándole vueltas al concepto de libertad. Como último paso me he puesto a pensar en la libertad total. La idea que tenemos sobre ella es simple: uno es totalmente libre cuando puede elegir sin que su elección se vea limitada por condicionante alguno.
Más allá de la imposibilidad de este hecho, esta idea muestra nuestra mezquindad de miras, nuestra simpleza. Que esta sea producto de los límites que nos impone el mundo físico no quita para que la idea sea de una completa mezquindad.
La libertad total no consiste en elegir un de los caminos, sino en poder seguirlos todos, o solo la mitad, o los que se quiera. Más aún, la libertad total incluye la posibilidad de rectificar, de rehacer el pasado conocidas las consecuencias futuras. ¿Cómo podemos llamar libertad a actuar ignorante de las consecuencias de nuestros actos?
Bueno, pues en estas estoy cuando voy al cine, veo Mr. Nobody, dirigida por Jaco Van Dormael, y me encuentro con una película que habla de la libertad, y de la multiplicidad de los caminos, y de la complejidad. Mr. Nobody es una película emocionante, divertida, extremadamente inteligente y visualmente extraordinaria que habla de cómo el tiempo, el caos y la entropía configuran las decisiones de los seres humanos, es decir, su libertad.
Asesorado por gente como Schuiten y Peeters (La ciudades oscuras) o la filósofa Isabel Stengers (La nueva alianza), Van Dormael ha filmado un guión espectacular con un montaje complejo y, sin embargo, perfectamente inteligible. Y es que la oscuridad suele ocultar la falta de ideas, mientras que esta película es luminosa.
martes, 13 de julio de 2010
Número 39 de Epsilones
Pues eso, que acabo de subir unas cosillas a Epsilones. Las novedades se pueden ver en:
http://www.epsilones.com/paginas/a-hemeroteca-8-2010.html
http://www.epsilones.com/paginas/a-hemeroteca-8-2010.html
Hijos y libros
Al comienzo de las vacaciones, durante unos días, suelo dedicar unas horas a poner orden en los libros que, como si fuesen setas, han llenado durante el curso todos los rincones de la casa. Aunque soy hiper-ordenado, la falta de espacio me obliga a colocarlos encima de los que ya tienen su sitio, y en doble fila, y en montones sobre cualquier superficie horizontal disponible. Así que, al comenzar las vacaciones, me remango, y me dedico a reorganizarlos, a seleccionarlos, a mandar algunos al ostracismo de las cajas de cartón y a reconfigurar las estanterías. La cosa es que se me pasa el tiempo sin sentir tirado en el suelo rodeado de montones de libros, deshaciendo los montones y volviéndolos a apilar. A veces no sé dónde colocar un determinado texto, como esos que no sé si encajan mejor en psicología, en antropología, en sociología o en ciencias del cerebro, y le doy vueltas a su contenido y recuerdo las sensaciones que me produjo su lectura, y lo que me estaba pasando cuando los leí y en los cabreos que cogí con el autor por decir esas cosas tan...
Vamos, que disfruto como un enano. La cosa es que estaba yo el otro día en estas, ocioso, relajado, y rodeado de mis libros, cuando me ha dado por preguntarme por el futuro, en concreto, por su futuro, por el futuro de mi biblioteca. Sé lo que pasa con ellas cuando el dueño desaparece (cuando se muere, vamos): llega alguien, un sobrino quizá, la vende a una librería de viejo y los libros del difunto aparecen por ahí a la venta por prácticamente nada. Lo sé porque algunos libros que fueron de otros ahora están en mis estanterías. Que los libros pasen de mano en mano no es malo. Lo malo de esto es que se produce una pérdida de información. Me explico.
Mis libros son, en su inmensa mayoría, malos. Quiero decir que son libros de bolsillo, baratos, encuadernados casi todos en rústica, la mayoría de colecciones baratas si no de quiosco. No tienen valor como objetos. Pero están trabajados. Tienen mis notas, y esas notas los comunican con los otros, y todos en conjuntos forman una extensión de lo que yo soy. Yo, y mis archivos electrónicos, los conectamos, y tejemos una red cuyos nodos son textos y cuyas conexiones van, en muchos casos, a través de la red, a otras bibliotecas, reales o virtuales.
Cuando una biblioteca se vende todo esto se va a la mierda. Quedan los textos, pero se pierden las conexiones. Enardecido por la tarea y ensoberbecido por los recuerdos, he deseado evitar tamaña ignominia y me he puesto a pensar en cómo evitar que mi biblioteca se diluya y sucumba a la entropía cuando yo me muera. Si fuese alguien importante, podría pensar en crear una fundación que tuviese como parte de su patrimonio mi biblioteca. Pero no es el caso: yo no soy nadie (curiosa frase, ¿eh?). Consciente de mi insignificancia, otra solución me ha venido a la cabeza: los hijos.
Los hijos son los herederos de uno. Su prolongación en el tiempo. Una de las dos formas de la inmortalidad, junto con la memoria. Por eso he pensado en ellos, por eso, durante un momento, me he imaginado a mis descendientes cuidando mi biblioteca, leyéndola, y haciéndola crecer. Qué bonito...
Lo cierto es que solo ha sido un segundo. Al segundo segundo, he dado un manotazo al aire y he disuelto la ensoñación. ¿Mis hijos leyendo mis libros? ¿Cuidándolos? ¿Ampliando la biblioteca? En primer lugar, ¿por qué pensar que les interesaría lo más mínimo? A la inmensa mayoría de la humanidad le importan un pimiento los libros, así que no hay por qué pensar que fuese a ser distinto con mis hijos. En segundo lugar, ¿quién soy yo para incluir en mis planes a otros? En tercer lugar, ¿de verdad quiero ser sucedido? No, en realidad no. Tampoco soy para tanto...
Ya he comentado que, si es posible, desearía que lo que no se pueda reutilizar de mi cuerpo se lo tiren a los buitres. Teniendo en cuenta que mi biblioteca es una extensión de mí mismo, se me ocurre que lo equivalente es, si nadie le encuentra mejor uso, hacer con ella una bonita fogata en una noche de solsticio.
En cuanto a los hijos, no sé que razones puede haber para tenerlos, pero, desde luego, esta de la inmortalidad no es una de ellas, porque considerarlos herederos significa convertirlos en medios, y un humano nunca debe ser un medio.
Vamos, que disfruto como un enano. La cosa es que estaba yo el otro día en estas, ocioso, relajado, y rodeado de mis libros, cuando me ha dado por preguntarme por el futuro, en concreto, por su futuro, por el futuro de mi biblioteca. Sé lo que pasa con ellas cuando el dueño desaparece (cuando se muere, vamos): llega alguien, un sobrino quizá, la vende a una librería de viejo y los libros del difunto aparecen por ahí a la venta por prácticamente nada. Lo sé porque algunos libros que fueron de otros ahora están en mis estanterías. Que los libros pasen de mano en mano no es malo. Lo malo de esto es que se produce una pérdida de información. Me explico.
Mis libros son, en su inmensa mayoría, malos. Quiero decir que son libros de bolsillo, baratos, encuadernados casi todos en rústica, la mayoría de colecciones baratas si no de quiosco. No tienen valor como objetos. Pero están trabajados. Tienen mis notas, y esas notas los comunican con los otros, y todos en conjuntos forman una extensión de lo que yo soy. Yo, y mis archivos electrónicos, los conectamos, y tejemos una red cuyos nodos son textos y cuyas conexiones van, en muchos casos, a través de la red, a otras bibliotecas, reales o virtuales.
Cuando una biblioteca se vende todo esto se va a la mierda. Quedan los textos, pero se pierden las conexiones. Enardecido por la tarea y ensoberbecido por los recuerdos, he deseado evitar tamaña ignominia y me he puesto a pensar en cómo evitar que mi biblioteca se diluya y sucumba a la entropía cuando yo me muera. Si fuese alguien importante, podría pensar en crear una fundación que tuviese como parte de su patrimonio mi biblioteca. Pero no es el caso: yo no soy nadie (curiosa frase, ¿eh?). Consciente de mi insignificancia, otra solución me ha venido a la cabeza: los hijos.
Los hijos son los herederos de uno. Su prolongación en el tiempo. Una de las dos formas de la inmortalidad, junto con la memoria. Por eso he pensado en ellos, por eso, durante un momento, me he imaginado a mis descendientes cuidando mi biblioteca, leyéndola, y haciéndola crecer. Qué bonito...
Lo cierto es que solo ha sido un segundo. Al segundo segundo, he dado un manotazo al aire y he disuelto la ensoñación. ¿Mis hijos leyendo mis libros? ¿Cuidándolos? ¿Ampliando la biblioteca? En primer lugar, ¿por qué pensar que les interesaría lo más mínimo? A la inmensa mayoría de la humanidad le importan un pimiento los libros, así que no hay por qué pensar que fuese a ser distinto con mis hijos. En segundo lugar, ¿quién soy yo para incluir en mis planes a otros? En tercer lugar, ¿de verdad quiero ser sucedido? No, en realidad no. Tampoco soy para tanto...
Ya he comentado que, si es posible, desearía que lo que no se pueda reutilizar de mi cuerpo se lo tiren a los buitres. Teniendo en cuenta que mi biblioteca es una extensión de mí mismo, se me ocurre que lo equivalente es, si nadie le encuentra mejor uso, hacer con ella una bonita fogata en una noche de solsticio.
En cuanto a los hijos, no sé que razones puede haber para tenerlos, pero, desde luego, esta de la inmortalidad no es una de ellas, porque considerarlos herederos significa convertirlos en medios, y un humano nunca debe ser un medio.
lunes, 5 de julio de 2010
Superstición y escepticismo
Escucho en la radio, en un programa de máxima audiencia, decir al locutor: “la victoria de Nadal es un buen augurio para la selección española”.
Aunque soy un completo ignorante en las cosas estas deportivas, he pensado que si se conectan los éxitos del tenista con los de la selección de fútbol es porque, en el pasado, se ha producido una serie apreciable de coincidencias que ha llevado al personal, por inducción incompleta, a conjeturar una “ley”.
Este procedimiento de la inducción incompleta es el que aplicamos de modo instintivo cada vez que descubrimos una regularidad, y forma parte de nuestra capacidad de aprendizaje. La idea es sencilla: si observamos que un fenómeno se produce en ciertas circunstancias, inferimos que en el futuro, en las mismas condiciones, se producirá el mismo fenómeno. Tiene sus riesgos, claro, (recuérdese el pollo de Russell, aquel que indujo a partir de la experiencia que el granjero le alimentaría día tras día), pero como punto de partida, y a falta de otra cosa, la inducción incompleta es utilísima. Gracias a ella aprendimos a creer en la salida del sol cada mañana, o que los embarazos viene precedidos de cópula, o que todos los humanos somos mortales.
Pues, como iba diciendo, al escuchar lo del augurio, presto atención a la radio para ver si lo explican: y sí, lo explican: si consideran que la victoria de Nadal es un buen augurio para la selección es porque una vez, UNA VEZ, que ganó Nadal también ganó la selección española.
Antes de indignarme y empezar a echar espumarajos por la boca y exabruptos contra estos imbéciles pagados de sí mismo que en la radio hablan de todo y contra todos como si de todo supiesen cuando no saben de nada excepto de estafar al personal con su ignorancia y su superstición, recupero un texto del 21 de abril de 2003 en el que trato el asunto con más calma:
Superstición y escepticismo
Los humanos somos increíbles captando regularidades. Como explica Gell-Mann en The Quark and the Jaguar, los sistemas adaptativos complejos (por ejemplo, los seres humanos) identifican regularidades en los datos que reciben y los comprimen en esquemas. Como todo proceso, puede realizarse erróneamente, bien confundiendo regularidad con azar o lo contrario. Por ello es lógico pensar que los sistemas adaptativos complejos hayan evolucionado hacia una situación de equilibrio en la que el reconocimiento correcto de regularidades se vea acompañado por las dos clases de errores. Podemos identificar estos dos errores con la superstición y el escepticismo.
El escepticismo generalizado es tremendamente pernicioso, pues imposibilita el aprendizaje al convertir el mundo en un caos incomprensible en el que nada podemos prever, ni perjuicios ni beneficios. Y la superstición no es mejor, pues nos lleva a ver reglas donde no las hay, a condicionar nuestro comportamiento según unas previsiones que sencillamente no se van a cumplir.
El típico comportamiento escéptico es el de aquel que para negar un fenómeno dice aquello de “no veo cómo puede ser eso posible”. Que la imaginación o los conocimientos de uno tengan sus limitaciones no es siempre un pecado. El mal está en confundir nuestra carencia con la imposibilidad real del fenómeno. Vamos, que porque uno sea incapaz de imaginar algo no por eso va a dejar de ser posible.
También caer en la superstición es más fácil de lo que parece. No se trata de que creamos que ver a un gato negro cruzarse en nuestro camino nos vaya a traer mala suerte: la sinrazón puede capturarnos más sutilmente. A todos nos ha ocurrido en alguna ocasión el siguiente y peculiar fenómeno: nunca hemos oído hablar de alguien hasta que un amigo nos lo menciona o hasta que oímos su nombre en una noticia llamativa. Entonces, como por arte de magia, nos encontremos con el dichoso personaje en todos los sitios: lo oímos en la radio, es citado en un libro, alguien le menciona, sale en la televisión... Nos sentimos perplejos, desconcertados, y empezamos a hablar de casualidad, la auténtica antesala de la superstición.
Pero todo tiene explicación: sencillamente nuestro cerebro, que constantemente está filtrando la información que captamos para eliminar aquello que no interesa y ahorrárselo al consciente, hasta ese momento nos había evitado todo lo referente a un personaje que nunca había llamado nuestra atención y que por tanto nos era absolutamente indiferente. A partir del instante en el que tomamos conciencia de su existencia la situación cambia radicalmente, el personaje pasa a ser importante y el cerebro empieza a comunicarnos cuanto recibe relacionado con la persona en cuestión por si fuese relevante.
Veamos otro ejemplo, ahora matemático: el número 31 es primo. Y el 331. Y el 3331. Al igual que lo son los números 33331, 333331, 3333331 y 33333331. La regla es obvia, ¿verdad? Pues puede parecer obvia, pero es falsa: el 333333331 no es primo.
Las casualidades existen. Pero no son productos de ninguna clase de agente extraño y misterioso. Sencillamente, nuestro cerebro selecciona de entre la plétora de fenómenos que observa a su alrededor aquellos que presentan regularidades. Podemos ver aparecer en una pantalla miles de números sin inmutarnos, pero no podremos evitar incorporarnos cuando aparezcan cinco seises seguidos. A lo largo del día captamos una cantidad inimaginable de sucesos sin prestarles la más mínima atención. Pero cuando dos sucesos parecen relacionados todas las alarmas empiezan a sonar y nuestra atención se focaliza en ellos y empieza a buscar desesperadamente las causas de aquella conexión. Es un mecanismo útil, tremendamente eficiente, y una de las máximas habilidades de los seres humanos. Pero, como todo, tiene su lado oscuro, que aparece cuando al no encontrar causas naturales a lo observado invocamos causas sobrenaturales.
La ciencia se mueve precisamente en la difícil frontera entre el escepticismo y la superstición, siempre intentando distinguir la casualidad de la regla pero procurando al tiempo no perder tampoco regularidad alguna por un exceso de escepticismo. De hecho, en multitud de ocasiones ha caído en uno u otro error, aunque su carácter colectivo ayuda a superarlos, pues siempre hay alguien que llena los huecos dejados por un investigador demasiado tímido o alguien que crítica y limita los excesos de otro demasiado optimista.
No hay recetas para evitarnos los tropiezos, pero sí actitudes que nos pueden ayudar: una de ellas es evitar los dogmas. Otra, ser despiadadamente crítico con las ideas, especialmente con las propias. Una tercera es aprender todo lo posible.
Se puede pensar que superstición y escepticismo son errores del mismo calibre, pero yo pienso, quizá influido por la edad, que no. Desde luego es malo ser escéptico, pero peor es ser supersticioso, porque los primeros suelen ir por libre, mientras que los segundos se juntan, forman iglesias e intentan venderte cosas.
Aunque soy un completo ignorante en las cosas estas deportivas, he pensado que si se conectan los éxitos del tenista con los de la selección de fútbol es porque, en el pasado, se ha producido una serie apreciable de coincidencias que ha llevado al personal, por inducción incompleta, a conjeturar una “ley”.
Este procedimiento de la inducción incompleta es el que aplicamos de modo instintivo cada vez que descubrimos una regularidad, y forma parte de nuestra capacidad de aprendizaje. La idea es sencilla: si observamos que un fenómeno se produce en ciertas circunstancias, inferimos que en el futuro, en las mismas condiciones, se producirá el mismo fenómeno. Tiene sus riesgos, claro, (recuérdese el pollo de Russell, aquel que indujo a partir de la experiencia que el granjero le alimentaría día tras día), pero como punto de partida, y a falta de otra cosa, la inducción incompleta es utilísima. Gracias a ella aprendimos a creer en la salida del sol cada mañana, o que los embarazos viene precedidos de cópula, o que todos los humanos somos mortales.
Pues, como iba diciendo, al escuchar lo del augurio, presto atención a la radio para ver si lo explican: y sí, lo explican: si consideran que la victoria de Nadal es un buen augurio para la selección es porque una vez, UNA VEZ, que ganó Nadal también ganó la selección española.
Antes de indignarme y empezar a echar espumarajos por la boca y exabruptos contra estos imbéciles pagados de sí mismo que en la radio hablan de todo y contra todos como si de todo supiesen cuando no saben de nada excepto de estafar al personal con su ignorancia y su superstición, recupero un texto del 21 de abril de 2003 en el que trato el asunto con más calma:
Superstición y escepticismo
Los humanos somos increíbles captando regularidades. Como explica Gell-Mann en The Quark and the Jaguar, los sistemas adaptativos complejos (por ejemplo, los seres humanos) identifican regularidades en los datos que reciben y los comprimen en esquemas. Como todo proceso, puede realizarse erróneamente, bien confundiendo regularidad con azar o lo contrario. Por ello es lógico pensar que los sistemas adaptativos complejos hayan evolucionado hacia una situación de equilibrio en la que el reconocimiento correcto de regularidades se vea acompañado por las dos clases de errores. Podemos identificar estos dos errores con la superstición y el escepticismo.
El escepticismo generalizado es tremendamente pernicioso, pues imposibilita el aprendizaje al convertir el mundo en un caos incomprensible en el que nada podemos prever, ni perjuicios ni beneficios. Y la superstición no es mejor, pues nos lleva a ver reglas donde no las hay, a condicionar nuestro comportamiento según unas previsiones que sencillamente no se van a cumplir.
El típico comportamiento escéptico es el de aquel que para negar un fenómeno dice aquello de “no veo cómo puede ser eso posible”. Que la imaginación o los conocimientos de uno tengan sus limitaciones no es siempre un pecado. El mal está en confundir nuestra carencia con la imposibilidad real del fenómeno. Vamos, que porque uno sea incapaz de imaginar algo no por eso va a dejar de ser posible.
También caer en la superstición es más fácil de lo que parece. No se trata de que creamos que ver a un gato negro cruzarse en nuestro camino nos vaya a traer mala suerte: la sinrazón puede capturarnos más sutilmente. A todos nos ha ocurrido en alguna ocasión el siguiente y peculiar fenómeno: nunca hemos oído hablar de alguien hasta que un amigo nos lo menciona o hasta que oímos su nombre en una noticia llamativa. Entonces, como por arte de magia, nos encontremos con el dichoso personaje en todos los sitios: lo oímos en la radio, es citado en un libro, alguien le menciona, sale en la televisión... Nos sentimos perplejos, desconcertados, y empezamos a hablar de casualidad, la auténtica antesala de la superstición.
Pero todo tiene explicación: sencillamente nuestro cerebro, que constantemente está filtrando la información que captamos para eliminar aquello que no interesa y ahorrárselo al consciente, hasta ese momento nos había evitado todo lo referente a un personaje que nunca había llamado nuestra atención y que por tanto nos era absolutamente indiferente. A partir del instante en el que tomamos conciencia de su existencia la situación cambia radicalmente, el personaje pasa a ser importante y el cerebro empieza a comunicarnos cuanto recibe relacionado con la persona en cuestión por si fuese relevante.
Veamos otro ejemplo, ahora matemático: el número 31 es primo. Y el 331. Y el 3331. Al igual que lo son los números 33331, 333331, 3333331 y 33333331. La regla es obvia, ¿verdad? Pues puede parecer obvia, pero es falsa: el 333333331 no es primo.
Las casualidades existen. Pero no son productos de ninguna clase de agente extraño y misterioso. Sencillamente, nuestro cerebro selecciona de entre la plétora de fenómenos que observa a su alrededor aquellos que presentan regularidades. Podemos ver aparecer en una pantalla miles de números sin inmutarnos, pero no podremos evitar incorporarnos cuando aparezcan cinco seises seguidos. A lo largo del día captamos una cantidad inimaginable de sucesos sin prestarles la más mínima atención. Pero cuando dos sucesos parecen relacionados todas las alarmas empiezan a sonar y nuestra atención se focaliza en ellos y empieza a buscar desesperadamente las causas de aquella conexión. Es un mecanismo útil, tremendamente eficiente, y una de las máximas habilidades de los seres humanos. Pero, como todo, tiene su lado oscuro, que aparece cuando al no encontrar causas naturales a lo observado invocamos causas sobrenaturales.
La ciencia se mueve precisamente en la difícil frontera entre el escepticismo y la superstición, siempre intentando distinguir la casualidad de la regla pero procurando al tiempo no perder tampoco regularidad alguna por un exceso de escepticismo. De hecho, en multitud de ocasiones ha caído en uno u otro error, aunque su carácter colectivo ayuda a superarlos, pues siempre hay alguien que llena los huecos dejados por un investigador demasiado tímido o alguien que crítica y limita los excesos de otro demasiado optimista.
No hay recetas para evitarnos los tropiezos, pero sí actitudes que nos pueden ayudar: una de ellas es evitar los dogmas. Otra, ser despiadadamente crítico con las ideas, especialmente con las propias. Una tercera es aprender todo lo posible.
Se puede pensar que superstición y escepticismo son errores del mismo calibre, pero yo pienso, quizá influido por la edad, que no. Desde luego es malo ser escéptico, pero peor es ser supersticioso, porque los primeros suelen ir por libre, mientras que los segundos se juntan, forman iglesias e intentan venderte cosas.
sábado, 3 de julio de 2010
¿Inconmensurable?
El filósofo Thomas Khun defendió a lo lago de su obra la idea de que la ciencia se desarrollaba de dos maneras completamente distintas. Una es la ciencia normal, aquella que se hace de modo habitual en los centros de investigación y que va aportando, día a día, pequeños o grandes avances que completan o enriquecen el sistema. Y luego están las revoluciones científicas, que consisten en cambios radicales ya no solo en las teorías, sino en los conceptos y objetivos científicos, cambios tan drásticos que implican una nueva forma de entender la disciplina.
Una revolución científica fue la que se produjo cuando se pasó de la ciencia aristotélica a la mecánica newtoniana. Otra, la que nos llevó de las leyes de Newton a la relatividad de Einstein. A cada una de estas formas de interpretar la ciencia Khun las llamó paradigma, de modo que, para él, las revoluciones científicas comportan un cambio de paradigma.
El punto más polémico de su teoría reside en su afirmación de que los distintos paradigmas son inconmensurables, es decir, que no pueden ser comparados por tener conceptos y objetivos distintos. Para entendernos: la ciencia de Galileo y Newton no es mejor que la de Aristóteles. Son, simplemente, distintas.
Es de entender que Khun se convirtiese en el referente filosófico de los amantes del relativismo cultural y de los defensores de la diversidad. La idea de los paradigmas inconmensurables era la coartada perfecta para huir de toda comparación que clasificase a las teorías en mejores y peores. Haciendo suya la afirmación de que toda comparación es odiosa, veían en todo intento de clasificación una forma de totalitarismo, de imposición. Fue tan fructífera está idea que se llevó más allá de las teorías científicas y alcanzó a las corrientes artísticas, a las culturas antropológicas, a los sistemas políticos. Así, comparar la ciencia de los bosquimanos con la de los europeos, o la música de Bach con la de The Beatles es un sin sentido porque, sencillamente, corresponden a paradigmas distintos.
Por el tonillo que utilizo supongo que está claro que no soy seguidor del señor Khun. Aunque de su separación entre ciencia normal y ciencia revolucionaria se puede salvar algo, la falta de precisión de sus tesis las hace tremendamente ambiguas. Sin embargo, no es esto lo que me interesa discutir ahora, sino la cosa de las comparaciones.
A este respecto, no solo pienso que se puede comparar todo, sino que hay que compararlo todo. Ahora bien: antes de hacerlo, hay que precisar bien el cómo y el para qué.
El cómo consiste en precisar los criterios de clasificación. Dos sistemas pueden compararse de infinitas maneras y dar resultados distintos atendiendo a unos u otros de sus aspectos. Por ejemplo: ¿qué país es mejor, Francia o los USA? Si miramos el PIB per capita, veremos que los USA están muy por encima de Francia. Sin embargo, si miramos la tasa de mortalidad infantil, veremos que la de Francia es casi la mitad de norteamericana (obtengo mis datos de la CIA: indexmundi).
Más comparaciones: no seré yo quien afirme que el modelo occidental da mayor felicidad a sus habitantes que la que cultura masái da a sus partícipes: en occidente estamos casi todos locos, mientras que me da que la vida masái debe ser de todo menos estresante (al menos antes de que convirtiésemos África en un avispero en guerra). Sin embargo, esto que así, sin profundizar, pudo ser verdad, cambia radicalmente si nos fijamos en el hecho de que entre las costumbres masáis está la ablación de clítoris.
La otra cuestión que he mencionado respecto de las comparaciones es el para qué. Lo mal de las comparaciones, lo odioso, es que establece un ranking que objetiva las diferencias y que parece reflejar la superioridad de unos sobre otros. Esta “superioridad objetiva” se utiliza con frecuencia para justificar la imposición de determinados modelos. Vuelvo al ejemplo del PIB. Si miramos la lista de los países con mayor PIB y quitamos a los muy pequeñitos y a los productores de petróleo, la primera posición la ocupan los USA, lo que viene a demostrar que su modelo es magnífico a la hora de producir riqueza. Esto es utilizado, es un ejemplo, por la derecha española para presentárnoslos como el modelo a seguir; o por el mismo gobierno norteamericano, es otro ejemplo, para presentarse a sí mismo como paladín de la libertad y la democracia, cuando sabemos que no es así
Ni todo vale ni todo es igual. Ningún relativismo cultural puede justificar que se mutile a la mitad de la población. Ninguna lista de resultados económicos puede justificar imponer modelos basados en la desigualdad y la guerra. No tiene sentido caer en la simpleza de clasificar el mundo en función de índices numéricos ni alimentar el orgullo patrio enseñando tablas en las que se aparece primero. Los humanos somos seres complejos, y nuestros objetivos lo son en la misma medida.
Concluyo: comparar teorías, sistemas, culturas, lo que sea, es apasionante y enriquecedor, siempre y cuando se le dedique el mismo o más empeño al análisis de los criterios de comparación que a la propia clasificación, y siempre que el objetivo sea aprender y ampliar los márgenes de libertad, y no justificar los propios desmanes.
Casi na.
Una revolución científica fue la que se produjo cuando se pasó de la ciencia aristotélica a la mecánica newtoniana. Otra, la que nos llevó de las leyes de Newton a la relatividad de Einstein. A cada una de estas formas de interpretar la ciencia Khun las llamó paradigma, de modo que, para él, las revoluciones científicas comportan un cambio de paradigma.
El punto más polémico de su teoría reside en su afirmación de que los distintos paradigmas son inconmensurables, es decir, que no pueden ser comparados por tener conceptos y objetivos distintos. Para entendernos: la ciencia de Galileo y Newton no es mejor que la de Aristóteles. Son, simplemente, distintas.
Es de entender que Khun se convirtiese en el referente filosófico de los amantes del relativismo cultural y de los defensores de la diversidad. La idea de los paradigmas inconmensurables era la coartada perfecta para huir de toda comparación que clasificase a las teorías en mejores y peores. Haciendo suya la afirmación de que toda comparación es odiosa, veían en todo intento de clasificación una forma de totalitarismo, de imposición. Fue tan fructífera está idea que se llevó más allá de las teorías científicas y alcanzó a las corrientes artísticas, a las culturas antropológicas, a los sistemas políticos. Así, comparar la ciencia de los bosquimanos con la de los europeos, o la música de Bach con la de The Beatles es un sin sentido porque, sencillamente, corresponden a paradigmas distintos.
Por el tonillo que utilizo supongo que está claro que no soy seguidor del señor Khun. Aunque de su separación entre ciencia normal y ciencia revolucionaria se puede salvar algo, la falta de precisión de sus tesis las hace tremendamente ambiguas. Sin embargo, no es esto lo que me interesa discutir ahora, sino la cosa de las comparaciones.
A este respecto, no solo pienso que se puede comparar todo, sino que hay que compararlo todo. Ahora bien: antes de hacerlo, hay que precisar bien el cómo y el para qué.
El cómo consiste en precisar los criterios de clasificación. Dos sistemas pueden compararse de infinitas maneras y dar resultados distintos atendiendo a unos u otros de sus aspectos. Por ejemplo: ¿qué país es mejor, Francia o los USA? Si miramos el PIB per capita, veremos que los USA están muy por encima de Francia. Sin embargo, si miramos la tasa de mortalidad infantil, veremos que la de Francia es casi la mitad de norteamericana (obtengo mis datos de la CIA: indexmundi).
Más comparaciones: no seré yo quien afirme que el modelo occidental da mayor felicidad a sus habitantes que la que cultura masái da a sus partícipes: en occidente estamos casi todos locos, mientras que me da que la vida masái debe ser de todo menos estresante (al menos antes de que convirtiésemos África en un avispero en guerra). Sin embargo, esto que así, sin profundizar, pudo ser verdad, cambia radicalmente si nos fijamos en el hecho de que entre las costumbres masáis está la ablación de clítoris.
La otra cuestión que he mencionado respecto de las comparaciones es el para qué. Lo mal de las comparaciones, lo odioso, es que establece un ranking que objetiva las diferencias y que parece reflejar la superioridad de unos sobre otros. Esta “superioridad objetiva” se utiliza con frecuencia para justificar la imposición de determinados modelos. Vuelvo al ejemplo del PIB. Si miramos la lista de los países con mayor PIB y quitamos a los muy pequeñitos y a los productores de petróleo, la primera posición la ocupan los USA, lo que viene a demostrar que su modelo es magnífico a la hora de producir riqueza. Esto es utilizado, es un ejemplo, por la derecha española para presentárnoslos como el modelo a seguir; o por el mismo gobierno norteamericano, es otro ejemplo, para presentarse a sí mismo como paladín de la libertad y la democracia, cuando sabemos que no es así
Ni todo vale ni todo es igual. Ningún relativismo cultural puede justificar que se mutile a la mitad de la población. Ninguna lista de resultados económicos puede justificar imponer modelos basados en la desigualdad y la guerra. No tiene sentido caer en la simpleza de clasificar el mundo en función de índices numéricos ni alimentar el orgullo patrio enseñando tablas en las que se aparece primero. Los humanos somos seres complejos, y nuestros objetivos lo son en la misma medida.
Concluyo: comparar teorías, sistemas, culturas, lo que sea, es apasionante y enriquecedor, siempre y cuando se le dedique el mismo o más empeño al análisis de los criterios de comparación que a la propia clasificación, y siempre que el objetivo sea aprender y ampliar los márgenes de libertad, y no justificar los propios desmanes.
Casi na.
lunes, 28 de junio de 2010
EL mundial
Ya he leído u oído a varias personas decir que quieren que gane España el mundial de fútbol porque sería muy bueno para levantar el ánimo de la población en estos momentos de crisis y de falta de confianza que atravesamos. Algunos llegan, incluso, a tachar de antipatriota no apoyar a la selección.
Yo, sintiéndolo mucho, quiero que la selección española pierda. Tengo dos motivos.
Uno, que me caen demasiado bien los argentinos y los alemanes, por poner dos ejemplos, para desearles que, como consecuencia de la derrota, se vean sumidos en una profunda depresión anímica y una aún mayor depresión económica (depresión que, por otra parte, nos acabaría arrastrando a nosotros en el marco de esta economía globalizada que sufrimos).
El otro es que no quiero que los españoles, como consecuencia del efecto balsámico de la victoria, no se den cuenta de que nos están bajando los sueldos, subiendo los impuestos, bajando las pensiones, alargando la edad de jubilación, abaratando el despido y, en general, desmotando el Estado y con él la sanidad y la educación públicas.
Pienso, sinceramente, que lo que hace falta ahora mismo es gente cabreada, gente asqueada, gente dolorosamente consciente del momento por el que estamos pasando, y no hinchas narcotizados por “haber ganado”.
Ahora que lo pienso, no quiero que pierda la selección español: quiero que suspendan el mundial.
Yo, sintiéndolo mucho, quiero que la selección española pierda. Tengo dos motivos.
Uno, que me caen demasiado bien los argentinos y los alemanes, por poner dos ejemplos, para desearles que, como consecuencia de la derrota, se vean sumidos en una profunda depresión anímica y una aún mayor depresión económica (depresión que, por otra parte, nos acabaría arrastrando a nosotros en el marco de esta economía globalizada que sufrimos).
El otro es que no quiero que los españoles, como consecuencia del efecto balsámico de la victoria, no se den cuenta de que nos están bajando los sueldos, subiendo los impuestos, bajando las pensiones, alargando la edad de jubilación, abaratando el despido y, en general, desmotando el Estado y con él la sanidad y la educación públicas.
Pienso, sinceramente, que lo que hace falta ahora mismo es gente cabreada, gente asqueada, gente dolorosamente consciente del momento por el que estamos pasando, y no hinchas narcotizados por “haber ganado”.
Ahora que lo pienso, no quiero que pierda la selección español: quiero que suspendan el mundial.
sábado, 19 de junio de 2010
Vanidad
Le están haciendo una entrevista de trabajo a un tipo.
- Bueno, su currículo es sorprendente. Aquí pone que usted habla 20 idiomas, primero inglés.
- Sí, claro, fui a un colegio bilingüe...
- Y también domina el francés.
- Sí es que mi madre es francesa...
- Y habla perfectamente alemán.
- Sí, es que mi padre nació en Munich...
- Y también conoce el italiano...
- Bueno, es que tuve una novia que vivía en Roma...
- Y también el portugués.
- Bueno, es que en mi anterior trabajo me destacaron a Lisboa.
- Muy bien, muy bien, queda usted contratado. Solo una curiosidad. Conociendo tantas lenguas diferentes... Usted, ¿en qué piensa?
- ¿Yo? En follar, como todo el mundo.
---
Los dos instintos básicos son la supervivencia y el sexo. Para sobrevivir los humanos disponemos de una inteligencia que nos permite adaptarnos a cualquier medio y aprender a una velocidad mucho mayor que la cansina evolución. Para procurarnos sexo hemos llevado las artes de la vanidad hasta límites insospechados. Pocas industrias mueven más dinero en el mundo que las relacionadas directamente con la vanidad, como son las cosméticas, la del automóvil, la de la moda, las dietéticas...
En esta carrera armamentista que es la guerra por el sexo, los pavos reales se han hecho con una cola tan espectacular como molesta, mientras que nosotros hemos desarrollado toda una forma de vida basada en el más puro espectáculo. Desde la moda hasta las casas, pasando por los aparatos electrónicos, los gimnasios, o el colegio de los niños, todo sirve para generar una imagen que vender a los demás. De hecho, nos hemos obsesionado tanto con halagar nuestra propia vanidad que a veces se convierte en un fin en sí misma y nos conformamos con su mero ejercicio.
Con frecuencia es difícil saber cuánto hay de vanidad en nuestros actos y cuánto de las presuntas causas, aunque en otras muchas ocasiones es bien fácil: basta con hacerse la pregunta y echar cuentas. Puede ser que unos zapatos rojos de tacón alto sean monísimos, pero el sacrificio que supone ponérselos (y a veces pagarlos) no parece estar justificado. Es verdad que el automóvil es un medio de transporte. Pero es sospechoso que tan poca gente se dé cuenta de que su coste, en dinero y en tiempo, lo hacen completamente ineficiente.
Es patético observar como el personal no utiliza el dinero, cuando lo tiene, para ser feliz, sino para fardar, para construir un escenario en el cual aparecer como protagonista de una historia de éxito. Tener dinero, ser alguien, triunfar, todo eso, ¿para qué? Para follar, se podría contestar, pero a veces ni siquiera para eso...
En fin, a lo que voy es que en el mundo este en el que vivimos pocos tienen claros los objetivos y se sacrifican enormes cantidades de recursos materiales e intelectuales para lograr una imagen, un estatus público cuya finalidad original, el sexo, muchas veces ha desaparecido de escena, entre otras cosas porque los sacrificios son a veces tan grandes que el solo sexo no podría justificarlos.
Entonces, ¿tenemos que luchar contra la vanidad? No, para nada: la vanidad es estimulante, muy estimulante, y un motor para hacer cosas. Difícilmente se investigaría, se pensaría o se crearía nada si la vanidad no estuviese por ahí azuzándonos para no dejarnos llevar por la vagancia. Pero lo que no tiene sentido es gastar la vida en montar un escaparate; en luchar unos con otros por conseguir más cuando todos viviríamos estupendamente con menos; en luchar desesperadamente por ganar, aunque sea al futbolín.
- Bueno, su currículo es sorprendente. Aquí pone que usted habla 20 idiomas, primero inglés.
- Sí, claro, fui a un colegio bilingüe...
- Y también domina el francés.
- Sí es que mi madre es francesa...
- Y habla perfectamente alemán.
- Sí, es que mi padre nació en Munich...
- Y también conoce el italiano...
- Bueno, es que tuve una novia que vivía en Roma...
- Y también el portugués.
- Bueno, es que en mi anterior trabajo me destacaron a Lisboa.
- Muy bien, muy bien, queda usted contratado. Solo una curiosidad. Conociendo tantas lenguas diferentes... Usted, ¿en qué piensa?
- ¿Yo? En follar, como todo el mundo.
---
Los dos instintos básicos son la supervivencia y el sexo. Para sobrevivir los humanos disponemos de una inteligencia que nos permite adaptarnos a cualquier medio y aprender a una velocidad mucho mayor que la cansina evolución. Para procurarnos sexo hemos llevado las artes de la vanidad hasta límites insospechados. Pocas industrias mueven más dinero en el mundo que las relacionadas directamente con la vanidad, como son las cosméticas, la del automóvil, la de la moda, las dietéticas...
En esta carrera armamentista que es la guerra por el sexo, los pavos reales se han hecho con una cola tan espectacular como molesta, mientras que nosotros hemos desarrollado toda una forma de vida basada en el más puro espectáculo. Desde la moda hasta las casas, pasando por los aparatos electrónicos, los gimnasios, o el colegio de los niños, todo sirve para generar una imagen que vender a los demás. De hecho, nos hemos obsesionado tanto con halagar nuestra propia vanidad que a veces se convierte en un fin en sí misma y nos conformamos con su mero ejercicio.
Con frecuencia es difícil saber cuánto hay de vanidad en nuestros actos y cuánto de las presuntas causas, aunque en otras muchas ocasiones es bien fácil: basta con hacerse la pregunta y echar cuentas. Puede ser que unos zapatos rojos de tacón alto sean monísimos, pero el sacrificio que supone ponérselos (y a veces pagarlos) no parece estar justificado. Es verdad que el automóvil es un medio de transporte. Pero es sospechoso que tan poca gente se dé cuenta de que su coste, en dinero y en tiempo, lo hacen completamente ineficiente.
Es patético observar como el personal no utiliza el dinero, cuando lo tiene, para ser feliz, sino para fardar, para construir un escenario en el cual aparecer como protagonista de una historia de éxito. Tener dinero, ser alguien, triunfar, todo eso, ¿para qué? Para follar, se podría contestar, pero a veces ni siquiera para eso...
En fin, a lo que voy es que en el mundo este en el que vivimos pocos tienen claros los objetivos y se sacrifican enormes cantidades de recursos materiales e intelectuales para lograr una imagen, un estatus público cuya finalidad original, el sexo, muchas veces ha desaparecido de escena, entre otras cosas porque los sacrificios son a veces tan grandes que el solo sexo no podría justificarlos.
Entonces, ¿tenemos que luchar contra la vanidad? No, para nada: la vanidad es estimulante, muy estimulante, y un motor para hacer cosas. Difícilmente se investigaría, se pensaría o se crearía nada si la vanidad no estuviese por ahí azuzándonos para no dejarnos llevar por la vagancia. Pero lo que no tiene sentido es gastar la vida en montar un escaparate; en luchar unos con otros por conseguir más cuando todos viviríamos estupendamente con menos; en luchar desesperadamente por ganar, aunque sea al futbolín.
domingo, 13 de junio de 2010
Allá donde residen los conceptos abstractos
Durante mucho tiempo, los conceptos abstractos fueron para mí un problema, porque, por un lado, creía en su existencia pero, por otro lado, no sabía cómo manejarlos, cómo entender su existencia. La solución platónica, adjudicarles un mundo donde morar independiente, inmaterial, me parecía pura fantasía, puro mito. Sin embargo, si los conceptos abstractos no existen por sí mismos, ¿dónde están?, ¿de qué son parásitos?
Un buen día leí en algún sitio (no lo puedo recordar, es horroroso, apostaría porque fue en algún libro de Russell, pero no lo puedo asegurar) que todo lo que existe, existe en algún sitio. Estoy seguro que para muchos será una perogrullada, y que para otros será la negación de todas sus creencias, pero para mi fue uno de esos pensamientos que aclaran montones de ideas confusas y parecen organizarlo todo de pronto con su mera presencia. ¡Pues claro!, si algo existe, debe estar en algún sitio.
Por ejemplo: el gato. No me refiero al de Cheshire, ni uno blanquinegro que tuve de crío, ni al gato egipcio del que hablaba el otro día, ni a los que viven de los roedores del Jardín Botánico de Madrid. Me refiero al concepto de gato, a la idea abstracta de gato. ¿Dónde está? Pues es bien sencillo: en mi cabeza. El concepto gato es una determinada configuración neuronal de mi cerebro que abarca, de uno modo entre extensional e intensional, los límites del conjunto de cosas del mundo a las que yo puedo, sin forzar mucho la analogía, llamar gato.
¿Y solo está en mi cabeza? No, claro que no. No conozco con precisión la extensión geográfica de la especie gatuna, pero sé que hay miles de millones de cerebros con una configuración neuronal dedicada a contener conceptos más o menos parecidos al mío de gato.
¿Solo parecidos? Sí, solo parecidos, porque el concepto de gato que tenemos cada uno depende de nuestra experiencia personal. Ya comenté que yo difícilmente llamaría gato a un gato egipcio, como me imagino que muchos tendrían problemas en llamar gato a un plumoso gato de Angora. Y luego están los gatos salvajes, y los linces, y yo qué sé cuántas especies y variedades de gatos que son gatos según quien los mire.
Sin embargo, la comunicación es posible. ¿Por qué? Pues porque los conceptos de gato suelen solaparse. No completamente, no precisamente, pero sí en buena parte. Gracias a eso, la mayor parte del tiempo, cuado alguien dice que ha visto un gato o que tiene un gato o que le ha arañado un gato, los demás le entienden, porque todos disponemos de una imagen de gato que cuadra bastante bien con lo que nos quieren contar. Sin embargo, si viajamos a países lejanos, quizá nuestros conceptos no se solapen lo suficiente con los de allá como para entendernos, lo cual puede provocar que, al escuchar “viene un gato”, no salgamos corriendo lo suficientemente rápido como para escapar de las garras del león.
La cosa es, ¿todos esos conceptos de gato, no tienen un referente real? Sí y no. Para verlo podemos echar mano de la definición clásica de especie, basada en la capacidad de cruzamiento, o de la genética, para ver si a todo aquello a lo que llamamos gato comparte un mismo genoma. La cosa merece la pena estudiarla sincrónica y diacrónicamente.
Sincrónicamente descubriríamos que las especies no tiene unas fronteras tan perfiladas como solemos pensar. Por un lado hay variedades tan distintas entre sí que cuesta reconocerlas como de la misma especie. Por otro, hay variedades que, habiendo iniciado el camino de la especiación, aún comparten lo suficiente como para poder cruzarse (perros y lobos, por ejemplo). Un experto distinguiría un lobo amaestrado de un perro, pero yo no. Recuerdo una vez, en un pueblo de Soria, que entré en un bar. Me acerco hasta la barra y pido unos vinos. Al mirar a mi derecha veo un bicho descomunal, tres veces más grande que un gato “normal”. Me asusté, por qué negarlo. Me tomé el vino, más que nada para mantener la compostura, y pregunté que qué era aquello. El lugareño que atendía tras la barra me miro extrañado y me contesto: “el gato”.
Diacrónicamente, la cosa es aún más interesante. Las especies, con el tiempo, y como consecuencia de la selección natural, van cambiando, modificándose. Los gatos domésticos de hoy no han existido siempre. Proceden de otros bichos que no eran gatos. La cosa es que entre los bichos que no eran gatos y los que sí son gatos no hay saltos bruscos, sino todo un continuo, toda una secuencia de animales que, de modo imperceptible, fueron pasando de una especie que no era gato a otra especie que sí era gato. La cosa es: ¿dónde ponemos la frontera? ¿A qué le llamamos gato y a qué no? Estamos demasiado acostumbrados a que el registro fósil nos ofrezca, en su mezquindad, ejemplos demasiado distantes de los bichos. Pero si dispusiésemos de toda la gama, nos encontraríamos con miles de esqueletos que, de modo imperceptible y con una lentitud exasperante, se irían pareciendo al de un gato. Así las cosas, ¿cuándo los gatos empezaron a ser gatos?
De todo lo dicho se pueden sacar las siguientes conclusiones:
1. Las ideas abstractas residen en los cerebros humanos (aunque sean tan reales como la idea de gato).
2. Su origen es experiencial, pues cada idea es producto de la experiencia personal de alguien. Por eso, la extensión de las ideas abstractas es distinta en cada mente, salvo que se llegue a un acuerdo explícito (a través de definiciones, por ejemplo).
3. La relación entre las ideas abstractas y la realidad es aproximada y polémica. Aproximada porque la experiencia de cada uno es limitada. Y polémica porque las ideas abstractas imponen una discretización del mundo y, con ella, la imposición de unos bordes precisos a lo que en realidad no tiene bordes, ni sincrónica ni diacrónicamente.
4. El lenguaje, en el caso de que el solapamiento sea suficiente, permite la comunicación. Pero cuando el solapamiento es escaso, genera confusión.
Odio discutir sobre el significado de las palabras. Me encanta hablar sobre el significado de las palabras, y su etimología, y hacer comparaciones con lo poquito que sé de otras lenguas. Pero discutir sobre el significado de las palabras me parece ridículo. Lo importante no es decidir si un bicho de 200 kilos, abundante melena y pelo rubio es un gato o no. Lo importante es, en el supuesto de que el bicho tenga hambre, estar lo suficientemente lejos.
Un buen día leí en algún sitio (no lo puedo recordar, es horroroso, apostaría porque fue en algún libro de Russell, pero no lo puedo asegurar) que todo lo que existe, existe en algún sitio. Estoy seguro que para muchos será una perogrullada, y que para otros será la negación de todas sus creencias, pero para mi fue uno de esos pensamientos que aclaran montones de ideas confusas y parecen organizarlo todo de pronto con su mera presencia. ¡Pues claro!, si algo existe, debe estar en algún sitio.
Por ejemplo: el gato. No me refiero al de Cheshire, ni uno blanquinegro que tuve de crío, ni al gato egipcio del que hablaba el otro día, ni a los que viven de los roedores del Jardín Botánico de Madrid. Me refiero al concepto de gato, a la idea abstracta de gato. ¿Dónde está? Pues es bien sencillo: en mi cabeza. El concepto gato es una determinada configuración neuronal de mi cerebro que abarca, de uno modo entre extensional e intensional, los límites del conjunto de cosas del mundo a las que yo puedo, sin forzar mucho la analogía, llamar gato.
¿Y solo está en mi cabeza? No, claro que no. No conozco con precisión la extensión geográfica de la especie gatuna, pero sé que hay miles de millones de cerebros con una configuración neuronal dedicada a contener conceptos más o menos parecidos al mío de gato.
¿Solo parecidos? Sí, solo parecidos, porque el concepto de gato que tenemos cada uno depende de nuestra experiencia personal. Ya comenté que yo difícilmente llamaría gato a un gato egipcio, como me imagino que muchos tendrían problemas en llamar gato a un plumoso gato de Angora. Y luego están los gatos salvajes, y los linces, y yo qué sé cuántas especies y variedades de gatos que son gatos según quien los mire.
Sin embargo, la comunicación es posible. ¿Por qué? Pues porque los conceptos de gato suelen solaparse. No completamente, no precisamente, pero sí en buena parte. Gracias a eso, la mayor parte del tiempo, cuado alguien dice que ha visto un gato o que tiene un gato o que le ha arañado un gato, los demás le entienden, porque todos disponemos de una imagen de gato que cuadra bastante bien con lo que nos quieren contar. Sin embargo, si viajamos a países lejanos, quizá nuestros conceptos no se solapen lo suficiente con los de allá como para entendernos, lo cual puede provocar que, al escuchar “viene un gato”, no salgamos corriendo lo suficientemente rápido como para escapar de las garras del león.
La cosa es, ¿todos esos conceptos de gato, no tienen un referente real? Sí y no. Para verlo podemos echar mano de la definición clásica de especie, basada en la capacidad de cruzamiento, o de la genética, para ver si a todo aquello a lo que llamamos gato comparte un mismo genoma. La cosa merece la pena estudiarla sincrónica y diacrónicamente.
Sincrónicamente descubriríamos que las especies no tiene unas fronteras tan perfiladas como solemos pensar. Por un lado hay variedades tan distintas entre sí que cuesta reconocerlas como de la misma especie. Por otro, hay variedades que, habiendo iniciado el camino de la especiación, aún comparten lo suficiente como para poder cruzarse (perros y lobos, por ejemplo). Un experto distinguiría un lobo amaestrado de un perro, pero yo no. Recuerdo una vez, en un pueblo de Soria, que entré en un bar. Me acerco hasta la barra y pido unos vinos. Al mirar a mi derecha veo un bicho descomunal, tres veces más grande que un gato “normal”. Me asusté, por qué negarlo. Me tomé el vino, más que nada para mantener la compostura, y pregunté que qué era aquello. El lugareño que atendía tras la barra me miro extrañado y me contesto: “el gato”.
Diacrónicamente, la cosa es aún más interesante. Las especies, con el tiempo, y como consecuencia de la selección natural, van cambiando, modificándose. Los gatos domésticos de hoy no han existido siempre. Proceden de otros bichos que no eran gatos. La cosa es que entre los bichos que no eran gatos y los que sí son gatos no hay saltos bruscos, sino todo un continuo, toda una secuencia de animales que, de modo imperceptible, fueron pasando de una especie que no era gato a otra especie que sí era gato. La cosa es: ¿dónde ponemos la frontera? ¿A qué le llamamos gato y a qué no? Estamos demasiado acostumbrados a que el registro fósil nos ofrezca, en su mezquindad, ejemplos demasiado distantes de los bichos. Pero si dispusiésemos de toda la gama, nos encontraríamos con miles de esqueletos que, de modo imperceptible y con una lentitud exasperante, se irían pareciendo al de un gato. Así las cosas, ¿cuándo los gatos empezaron a ser gatos?
De todo lo dicho se pueden sacar las siguientes conclusiones:
1. Las ideas abstractas residen en los cerebros humanos (aunque sean tan reales como la idea de gato).
2. Su origen es experiencial, pues cada idea es producto de la experiencia personal de alguien. Por eso, la extensión de las ideas abstractas es distinta en cada mente, salvo que se llegue a un acuerdo explícito (a través de definiciones, por ejemplo).
3. La relación entre las ideas abstractas y la realidad es aproximada y polémica. Aproximada porque la experiencia de cada uno es limitada. Y polémica porque las ideas abstractas imponen una discretización del mundo y, con ella, la imposición de unos bordes precisos a lo que en realidad no tiene bordes, ni sincrónica ni diacrónicamente.
4. El lenguaje, en el caso de que el solapamiento sea suficiente, permite la comunicación. Pero cuando el solapamiento es escaso, genera confusión.
Odio discutir sobre el significado de las palabras. Me encanta hablar sobre el significado de las palabras, y su etimología, y hacer comparaciones con lo poquito que sé de otras lenguas. Pero discutir sobre el significado de las palabras me parece ridículo. Lo importante no es decidir si un bicho de 200 kilos, abundante melena y pelo rubio es un gato o no. Lo importante es, en el supuesto de que el bicho tenga hambre, estar lo suficientemente lejos.
miércoles, 9 de junio de 2010
Existencias
Todo aquello de lo que se puede hablar existe, porque si no no podríamos hablar de ello.
Pero no todas las cosas existen de la misma manera.
Buena parte de los problemas de la filosofía, y casi todas las guerras, surgen de no entender correctamente la diferencia entre las distintas formas que tienen las cosas de existir.
Los nombres son hechizos que nos hacen creer en las cosas que nombran. Por eso tantas mitologías identifican el acto de crear con el acto de nombrar.
Algunos piensan por ello que estamos condenados a vivir hechizados, pero yo no lo creo. Podemos ir más allá de las palabras, podemos pensar en el mundo que a veces nos esconden.
Posiblemente todos nuestros conceptos sean ficticios, aunque unos más que otros. La idea de unicornio solo existe en nuestra imaginación y sus productos. La idea de gato también, aunque algo de la realidad debe contener esa idea cuando lo que percibimos como gato suele huir ante lo que percibimos como perro. Estas regularidades son las que nos hacen creer en la realidad de nuestras ideas.
Los conceptos residen en las mentes. Y, por lo general, tienen bordes brumosos. Además, la extensión de cada concepto en las distintas mentes no tiene por qué coincidir. De hecho, no lo hace. En la zona que comparten las extensiones de los conceptos de dos mentes, el acuerdo es inmediato y el hechizo del lenguaje se refuerza. Ante un gato domestico casi todos estaremos de acuerdo en que es un gato. Pero ante uno de esos huesudos gatos egipcios el acuerdo será problemático. Yo nunca diría que es un gato... salvo que un genetista me lo demostrase.
La ciencia ayuda a reducir la carga subjetiva y supersticiosa de nuestros conceptos enfocándolos, afinando sus bordes y encastrándolos en sistemas coherentes. El objetivo es que nuestras ficciones sean más útiles. Qué significa ser útil depende de cada uno.
No existen de la misma manera los gatos y los unicornios. Tampoco Ana Karenina y Scarlett Johansson, aunque para mí, a todo los efectos, son seres igual de ficcionales. No existen de la misma manera una pesa de un kilo, el concepto de kilo del sistema métrico decimal o la secuencia de signos “1 kg”, como no existen de la misma manera mi yo, los cuerpos, el monte Everest, las olas, el número cinco, Europa, el arco iris, Saturno, los átomos, el amor, la belleza o el mal.
Hay conceptos que poseemos intuitivamente. Hay otros que inventamos a partir del lenguaje, jugando con las palabras, creando definiciones. El concepto de número imaginario no es intuitivo. Sin embargo, lo definimos, lo ponemos a prueba, y funciona. El concepto de dinero no es natural. Sin embargo, lo inventamos, y se adueña del mundo.
Sea un esfericubo una ‘esfera cúbica’. ¿Existen los esfericubos? No, claro que no. No es suficiente tener una definición para existir. La definición de unicornio nos permite imaginarlos, y hasta pintarlos: los podemos imaginar. Pero la de esfericubo no nos permite nada, es un sinsentido, la forma más baja de existencia.
¿Y el dios de la Biblia? Un esfericubo. ¿Y el infinito matemático? No lo sé. Podría serlo.
¿Y el dios de la Biblia? Un esfericubo. ¿Y el infinito matemático? No lo sé. Podría serlo.
Etiquetas:
ateísmo,
especulación,
idola,
lógica,
reciclado
viernes, 4 de junio de 2010
Finito
No creo en el infinito. No creo que exista en ningún sentido fuerte.
Esta negación, aplicada al mundo, no hace más que recoger lo que dice la física contemporánea: ni el espacio ni el tiempo son infinitos. Tampoco son infinitamente divisibles. A gran escala el universo se curva y se cierra sobre sí mismo. En las pequeñas, todo se convierte en espuma.
Es verdad que hay especulaciones cosmológicas que hablan de universos nacidos de universos en una secuencia sin fin. Pero estas especulaciones, tan alejadas de la corroboración empírica que rayan en lo metafísico, hablan en cualquier caso de universos tan ajenos entre sí que toda influencia causal entre ellos es imposible. En este sentido, postular su existencia no es muy distinto que postular que vivimos sumergidos en una burbuja de aparente orden en medio de un completo caos.
Tampoco creo en el infinito matemático. Esto no quiere decir que no me fascinen las “terribles dinastías” de números transfinitos que creara Cantor, o que no aprecie la genialidad del cálculo infinitesimal. Lo que quiero decir es que el infinito matemático me parece una ficción más ficción que otras ficciones matemáticas.
Me explico: de entre las variadas formas de entender la matemática, aquella con la que más me identifico es con el ficcionalismo. Según este punto de vista de la filosofía matemática, los objetos matemáticos son ficciones, como lo son Ana Karenina o los unicornios, y su utilidad en las ciencias físicas tiene mucho que ver con la capacidad explicativa de la novela de Tolstoi respecto de la psicología humana. Nada en la novela es real, se trata de una ficción. Sin embargo, nos permite comprender aspectos del comportamiento humano. Así es la matemática: algunas de sus teorías, adecuadamente adobadas con interpretaciones físicas, funcionan experimentalmente. Genial. Otras, como las malas novelas, no nos dicen nada de nada.
Ana Karenina es tan ficcional como los unicornios. Pero, mientras que al leer sobre la primera nos parece estar viendo la vida, las aventuras de los unicornios tan solo nos dan placer. Ana Karenina no existió, pero lo parece. Los unicornios, por su parte, nunca han existido, salvo en nuestra imaginación.
Los números naturales, pongamos del 1 al 10000000000, son ficciones: no hay números por ahí pegados a las cosas como etiquetas. Sin embargo, convenientemente interpretados, los números nos ayudan a manejarnos con una realidad abarrotado de colectividades. Al infinito hay que reconocerle su utilidad en el cálculo. Sin embargo, también nos da una idea equivocada del mundo y sus entidades y nos sumerge en paradojas, en extraños reinos donde todo es posible, incluido imaginar una lista infinita con todas las afirmaciones sobre la aritmética en la que, sin embargo, faltan algunas.
Ana Karenina es una ficción, sí, pero más lo es el unicornio. Pues eso pienso del infinito respecto de otras ficciones matemáticas.
Termino con una reflexión lingüística: el infinito es, como muchos otros conceptos del estilo, un gigante con pies de barro, porque no surge por un proceso de abstracción, sino de negación. No es a base de ver montones de entidades infinitas como llegamos a la conclusión de que existe algo así como la infinitud, sino que es a partir del concepto de finitud como llegamos, por negación, a lo infinito. No tenemos referentes, nada lo sugiere, solo ese salto mortal que es negar un concepto. Hasta el unicornio tiene más sentido: a fin de cuentas, al imaginar un caballito con cuerno de narval y barbas de chivo no estamos negando nada.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)







