sábado 5 de diciembre de 2009

¿Libertad o igualdad?

Como viene a cuento, recupero un texto del 7-4-2007:

¿Libertad o igualdad?

Esta disyunción aparece con frecuencia cuando se intenta etiquetar políticamente a alguien. Y, como en todo, podemos encontrar opiniones para todos los gustos. Lamennais decía que “Donde hay fuertes y débiles, la libertad oprime y la ley libera”, mientras que Popper pensaba que “la libertad es más importante que la igualdad” y que “si se pierde [la libertad] ni siquiera habrá igualdad entre los no libres”.

Da la sensación de que todos tienen razón. Por un lado no parece tener sentido hablar de libertad cuando no puedo elegir porque parto con desventaja. Pero por otro una igualdad lograda a costa de la libertad es más homogeneidad y despersonalización que otra cosa.
Cuando hablamos de libertad o de igualdad estamos hablando de dos aspectos de la vida que entran en conflicto prácticamente por definición, porque su esfera de influencia parece limitar y hasta definirse por la del otro: la individualidad aparece cuando abstraemos a los demás de la ecuación. La colectividad es, precisamente, lo que queda al abstraer las diferencias individuales.

Pero esto no es exactamente así. Buena parte de lo que define al individuo proviene directamente del colectivo en el que está sumergido: las tradiciones y la cultura son el caldo de cultivo del que emergen las características individualidades. Y son estas, recíprocamente, las que, a través del contacto social, nutren la colectividad.

Que hay en todo esto una paradoja lo enuncia perfectamente Pinker cuando habla del amor familiar: según explica, “ninguna sociedad puede ser simultáneamente justa, libre e igualitaria. Si es justa, el que más trabaje acumulará más. Si es libre, la gente dejará sus bienes a sus hijos. Pero entonces no será igualitaria, porque habrá gente que heredará unos bienes que no ha ganado.” El dilema está claro: ¿prohibimos la herencia, limitando con ello la libertad de los padres, para defender la igualdad, o dejamos que los padres sean libres de favorecer a sus hijos como les plazca fomentando con ello la desigualdad entre los humanos?

Quizá alguno apunte que el problema está en el hecho mismo de la propiedad, y que eliminándola se deshace el presunto dilema. Pero no es así, porque desaparecidos los bienes materiales otros cobran aún más peso del que tienen en la sociedad de mercado, y me refiero a los de la mente: en un mundo así los conocimientos y las experiencias se convertirían en los bienes más preciados, y estos pasarían casi inevitablemente de padres a hijos, salvo, eso sí, que los hijos se colectivizasen, pero entonces la libertad quedaría seriamente mermada, sin contar con que siempre queda la herencia genética, difícilmente eliminable sin acudir a una ingeniería genética que...

¿Estamos ante un problema insoluble? Sí, si de lo que se trata es de elegir entre una u otra alternativa. Pero ese es el error. Existe otro camino, que en realidad consiste en tomar los dos a la vez. Optar entre la libertad y la igualdad es un falso dilema, porque una no tiene sentido sin la otra. Libertad e igualdad son en realidad las dos caras de un único concepto bifronte que las engloba y supera y para el que, hasta donde yo sé, aún no hemos encontrado nombre.

Evidentemente no podemos ser completamente libres y completamente iguales, pero sí a la vez ambas cosas y en distintos grados y porcentajes. Esta es la tarea de la política, y la de la filosofía, y la de todos aquellos que aprecien en algo la libertad y la igualdad, a saber, encontrar el sistema que optimice los niveles de libertad y de igualdad, encontrar la compleja química que nos permita vivir en la mayor libertad e igualdad posibles.

Platón propuso en La República su solución ideal, de tanto éxito a lo largo de la historia, consistente en cargarse tanto la libertad como la igualdad. Me parece a mí que es mejor idea la de aquellos locos franceses que hablaron de libertad, igualdad y fraternidad. Y esto último no hay que tomárselo ni a coña ni por lo sentimental: la fraternidad se puede entender como ese saber mirar un poco más allá de nuestras narices para darnos cuenta de lo estrechamente unidos que suelen andar los intereses colectivos y nuestros muy individuales intereses.

lunes 30 de noviembre de 2009

Impuestos

Llevo pagando impuestos ininterrumpidamente desde hace veinticinco años, y lo único que me duele es que hayan sido tan bajos: me gustaría que fuesen mayores para pagar mejor a los profesores (por la cuenta que me trae), médicos, policías, basureros y demás funcionarios; para pagar todos los condones que haga falta; para pagar buenas bajas y jubilaciones; para tener unas carreteras cojonudas; para pagar abortos, y terapias del sida, y programas de rehabilitación de drogodependientes, y centros de acogida, y lo que haga falta; para pagar subsidios del paro, y becas, y para promocionar las artes; también me gustaría pagar más impuestos para la colaboración internacional y así ayudar a otros países a salir del agujero, al igual que han hecho con nosotros durante todos estos años que llevamos creyéndonos “europeos”.

Me jode que parte de mis impuestos se dediquen a la compra de armamentos, y que otra parte se pierda en la corrupción, y que tanto de mi dinero se vaya en apoyar el sistema financiero y el autobombo de los políticos. Pero la solución no está en pagar menos, porque pagando menos todo se va a ir a la mierda, sencillamente porque de donde no hay no se puede sacar: no tiene sentido hablar de derechos si no hay dineros que los respalden, y los dineros tienen que salir de algún sitio. Otros países tienen recursos naturales de los que vivir, pero en nuestro caso solo hay una fuente de ingresos para el Estado: los impuestos.

La solución a los problemas está en pagar más y exigir más, más inspecciones, más control. No se trata de pagar menos, se trata de exigir mayor eficiencia. Y la forma de exigir esto está clara: cargarnos a los que mandan una vez y otra, apartarlos del poder, mandarlos a la mierda en cuanto no cumplan con nuestras expectativas, sean del signo que sean. Se trata de no perdonarles simplemente porque sean “de los nuestros” y exigirles que cumplan con su trabajo.

Los países más avanzados del mundo son aquellos donde se paga más impuestos. No entiendo por qué nos cuesta tanto aprender de los ejemplos ajenos.

Sinceramente, como ciudadano del Estado Español, no me gustaría acabar como en los USA viendo cómo alguien de mi familia se muere porque no podemos pagarle el médico.

sábado 28 de noviembre de 2009

Un mundo trivial y emotivo

La trivialidad de la sociedad contemporánea es una cuestión de mercado. Ahora, la masa tiene en conjunto una capacidad de consumo tan grande que se ha convertido en el objetivo prioritario de la producción. Es lógico por ello que la cultura y la política se hagan para ellos. Y la masa es trivial y emotiva, luego la política y la cultura se han hecho triviales y emotivas.

Esto no es malo en sí. Lo ha dicho otras veces y lo repito sin ironía: a mí no me ofende que la gente goce en los centros comerciales o leyendo a Ruiz Zafón. Lo único malo es que el mundo no es trivial. Por contrario, es complejo, impredecible, paradójicamente lleno de elementos extraordinarios. Siendo así, una cultura trivial poco nos puede ayudar a entenderlo. Siendo así, una política trivial poco nos puede ayudar a vivirlo.

Hace unos días una emisora de máxima audiencia hizo a través de Internet una encuesta entre los oyentes. La pregunta venía a plantear si determinada ley era constitucional o no. Las miles de respuestas fueron negativas en un sesenta y tantos por ciento. Pero esto es lo de menos. Lo de más es que miles de personas contesten a una pregunta respecto de la cual no saben nada. La inmensa mayoría de esas personas no se ha leído la ley en cuestión. La mayoría de esas personas no sabe nada de nada de derecho constitucional. La mayoría de esas personas no sabe nada de nada de técnica jurídica. Sin embargo, van y opinan. ¿Basándose en qué? Pues en sus emociones, claro está.

Es como si en un matemático presentase a la sociedad una demostración de un teorema y la gente pudiese votar acerca de su corrección. ¿Qué validez puede tener la opinión de quienes no solo no sabe matemáticas sino que ni siquiera se han leído la demostración? ¿Se puede decidir la verdad matemática en función de emociones?

Lo malo es que exactamente así funcionan las cosas: los partidos políticos les dicen a sus votantes lo que saben que les hace sentir, no pensar. Los medios le dicen a la gente lo que sabe que estimula a comprar sus productos, igual que hace la cultura, incapaz de hacer llegar a la gente nada que no sea de fácil y trivial digestión.

El resultado de todo esto es que la imagen del mundo se ha reescrito, muy democráticamente, a imagen y semejanza de quienes menos saben de él.

Todo conocimiento es metafórico. Toda descripción del mundo es una aproximación, una simplificación, un mapa. Pero unos mapas son peores que otros. Y el que ahora estamos usando parece esbozado por un niño de dos años.

miércoles 18 de noviembre de 2009

Creencias

Toda afirmación es en realidad una suposición y, en el sentido de falta de certeza, una creencia. Todos disponemos, porque las necesitamos, de un conjunto de creencias: creemos que existe el mundo, creemos que existen los demás, creemos cada día que va a salir el sol, etc. Algunos, muchos, creen además en otras cosas: fantasmas, espíritus, dioses... Estrictamente, la diferencia entre unas creencias y otras es de grado: para algunas la evidencia empírica es más o menos grande, mientras que, para otras, esta se reduce a cero.

Hasta aquí, bien. Los problemas surgen cuando las creencias se convierten, en las mente de algunos, en certezas. Entonces las suposiciones se transforman en dolor, guerra y muerte. Las dudas no matan. Las certezas sí.

Antídoto: empezar desde el principio, no dar nada por sentado y, sobre todas las cosas, dudar, siempre dudar.

lunes 16 de noviembre de 2009

Azur & Asmar

Azur & Asmar es una película de animación con guión, diseños y dirección de Michel Ocelot. Se trata de una verdadera joya, con unos dibujos exquisitos y historia contada con una delicadeza sorprendente. Cuento oriental, narra la historia de dos niños que se crían juntos, siendo uno francés y el otro árabe. La madre de este último es la nodriza del primero, hijo de un gentil hombre que es un auténtico cabrón. La madre-nodriza les contará la historia del hada de los Djins, que está atrapada y ha de ser liberada. La historia les impresionará tanto que, ya convertidos en apuestos jóvenes, ambos partirán al rescate del hada.

Llaman poderosamente la atención lo imaginativo de los escenarios, de una belleza a veces extraordinaria. Es de esas cosas que le reconcilian a uno con el cine.


domingo 15 de noviembre de 2009

Una caricatura

Escribió Nietzsche “Todo aquello de lo que adquirimos conciencia está de todo punto compuesto, simplificado, esquematizado, interpretado”. Es decir: lo que percibimos no es el mundo, sino una mera apariencia, un esquema simplificado que nos permite entenderlo. Hoy sabemos que la evolución ha seleccionado, de todo el continuo disponible, tan solo unos cuantos rasgos y solo dentro de ciertos rangos para mostrarnos: solo vemos ciertas longitudes de onda, solo oímos ciertas frecuencias. Eso es lo que tenemos y con eso vivimos.

Lo terrible vino cuando Friedrich dejó de mirar hacia fuera y dirigió su pensamiento hacia el interior. Dijo entonces: “...todo cuanto llamamos conciencia es un comentario más o menos fantasioso sobre un texto que no sabemos, que quizá no podemos saber, pero que sentimos”. De lo que se dio cuenta es de que si la conciencia solo percibe parte el mundo exterior, lo mismo le ocurre cuando su objeto es el mundo interior, el propio ser: solo somos consciente de una muestra, de una simplificación, de lo que realmente somos. No se trata aquí de que haya contenidos que no nos sean accesibles, como cuando hablamos del inconsciente. Se trata de que el yo, eso que creemos que somos, no es más que una simplificación del todo seleccionada para poder entendernos.

Dicho de otra manera: el yo es una mera caricatura.

domingo 8 de noviembre de 2009

Carrera armamentista

El afán por conseguir estatus dicen los antropólogos y biólogos evolucionistas que tiene su origen en la selección sexual: más nivel dentro de la manada, más accesos sexuales, más transmisión de genes.

El estatus entre los animales se basa en rasgos fácilmente apreciables: tamaño, fuerza, arrojo... Entre los pueblos primitivos se ritualiza un poco la cosa, pero es claramente apreciable la continuidad: la fuerza, la belleza física entendida como síntoma de salud, los potlach…

¿Y qué pasa en nuestra desarrollada civilización?

Pues lo mismo. No hemos cambiado nada, salvo en las formas externas. Cubiertas las necesidades básicas le dedicamos unas cantidades enormes de recursos a la cosa del aspecto. Las industrias de la moda o la perfumería son de las que más dinero mueven en el mundo. La gente se vuelve loca por la ropa y llena los centros comerciales en los escasos ratos de ocio que les dejan los trabajos donde se dejan la piel para ganar el dinero con el que comprar la ropa de moda, y el calzado de marca, y el móvil de última generación, y el coche station wagon con el que mejorar lo más posible el propio aspecto para follar más y mejor, lo cual vienen a significar hacerlo con más ejemplares y de mejor calidad.

No pretendo ponerme moralista. La finalidad me parece genial. Lo que apena es el medio. Me apena que no seamos capaces de reconocer la trampa, el despilfarro estúpido que supone toda carrera armamentística. Si todo el mundo conduce BMW, para sobresalir hay que ir sentado en un Porche. Pero si todo el mundo va en Seat, el BMW basta. Lo malo es que, cuando nos damos cuenta de que el BMW basta, hacemos el esfuerzo y nos hacemos con uno. Todos. Entonces el que antes tenía un BMW hace a su vez un esfuerzo y se agencia un Porche. De este modo estamos como al principio, todos iguales salvo el destacado, pero con una gran diferencia: todos hemos tenido que invertir muchos más recursos para mantenernos como estábamos. Sí, es la carrera de la Reina Roja de Alicia. Sí, es un sin sentido.

¿Qué falla aquí? Pues falla el punto de vista individualista. Uno solo no puede luchar contra la carrera armamentística, porque entonces será el único Seat en un mar de BMWs. Solo podemos parar el despilfarro de nuestros propios recursos adoptando puntos de vista colectivos.

Con perdón.

sábado 31 de octubre de 2009

Inside Moebius

Inside Moebius es la hostia. Jean Giraud ha decidido devenir definitivamente en personaje y mezclarse con Arzack, Blueberry, el Mayor y demás personajes del Garaje hermético, Edena, el Incal y todos sus otros mundos. Y lo hace dibujando al ritmo al que el resto hablamos o divagamos. Le vienen a la cabeza las ideas, o los recuerdos, o los pensamientos, y va y los dibuja.

Me siento a gusto leyendo Inside Moebius porque es una obra de arte, claro. Pero también porque es el reencuentro más íntimo que uno pueda imaginar con un viejo amigo: Moebius. Y porque el reencuentro se produce exactamente en el lugar y en el modo en el que yo hubiese elegido: en el desierto y volando.

Quizá lo leas y no lo entiendas, o quizá te parezca una simpleza. En ambos casos el diagnóstico es el mismo: te has perdido algunas de las mejores cosas del siglo XX. La buena noticia es que estás a tiempo de recuperar el tiempo perdido.

miércoles 28 de octubre de 2009

La fuerza de las ideas

Hay gente que cree en la fuerza de las ideas. De hecho, se ha convertido un tópico bienpensante, como ese otro de la fuerza de la palabra. Pero no es más que eso, un tópico, que no significa nada si no se matiza.

Imaginemos a una persona muy lista que se dedica a reflexionar sobre la felicidad y encuentra un camino para alcanzarla, e imaginemos que ese camino exige un cierto grado de sacrificio previo, consistente, por ejemplo, en la comprensión de algunos conceptos filosóficos complejos. Esta persona, deseosa de compartir su método con toda la humanidad, intentará explicarlo. ¿Tendrá éxito?

No, claro que no. Quizá logre comunicar su idea a un grupo que disfrutaran de la felicidad que proporciona, aunque matizada esta por la frustración de ver que el resto de la humanidad sigue siendo refractaria al conocimiento.

Pensemos ahora en John Lennon diciendo aquello de “Todo lo que necesitas es amor”. Da igual que la frase sea una simpleza, y que, además, sea una simpleza falsa. Da igual que tal idea lleve a un callejón sin salida y deje sin defensas a sus creyentes ante los que no creen en ella. Da igual que sepamos que el ser humano no está programado para el amor universal. Pese a todo ello, la idea tuvo un éxito espectacular, no en el sentido de que se propagase el amor, claro, sino en el de que el dichoso estribillo colonizó una enorme cantidad de mentes.

No pretendo decir que las grandes ideas no influyan en el mundo. Claro que lo hacen, pero de un modo indirecto, simplificado, vulgarizado y con unas consecuencias que, casi siempre, desvirtúan la idea inicial.

Un ejemplo: la crítica racionalista y el posterior rodillo nietzschniano dejaron sin sentido a las religiones, mostrando que estas son, en el mejor de los casos, colecciones de leyendas y, en el peor, burdas falsificaciones. Sin embargo, siendo enorme la influencia que ha tenido la idea de “la muerte de dios”, lo cierto es que muchos siguen creyendo y, lo que es casi peor, muchos de los que no creen se han limitado a redirigir sus ansias de fantasía hacia otras supersticiones y espiritualismos varios.

¿Por qué pasa todo esto? ¿Por qué lo que sabemos influye tan poco en el mundo o, cuando lo hace, lo hace de un modo tan insatisfactorio? Pues porque las ideas, para ser exitosas, deben ser asequibles, asimilables por un porcentaje importante de la población, lo cual significa, entre otras cosas, que deben ser sencillas de entender y fáciles de seguir. Pero resulta que ni el mundo es sencillo ni es fácil hacer caso de ideas que van en contra de nuestra programación genética. Por eso las complejidades y los matices se pierden por el camino. Por eso todo lo que no apele a nuestros instintos básicos está llamado al fracaso.

Hoy sabemos mucho acerca del comportamiento humano, y del mundo físico, y de la historia, que tiran por tierra milenios de supersticiones y costumbres sin sentido. Sin embargo, pocos tienen en cuenta ese conocimiento a la hora de tomar decisiones o a la de imaginar alternativas para el futuro. La solución parece estar en la educación, pero hasta esta idea en apariencia tan simple ha calado poco entre los humanos.

Cabría preguntarse en este punto por qué seguir pensando. Yo, esto al menos, sí lo tengo claro: por placer, por qué si no.

sábado 24 de octubre de 2009

Clinamen cuántico

Para que un universo sea interesante, necesita disponer de una fuente de orden y una fuente de cambio. Sin una cierta cantidad de orden, o de información útil si se quiere, el mundo sería un caos sin nada que reconocer ni nadie que lo hiciese. Sin una fuente de desorden, o de cambio, para entendernos, todo permanecería igual a sí mismo y el tiempo no existiría.

La ciencia, se diga lo que se diga, no explica nada, sino que se limita a describir y, en el mejor de los casos, reducir el contenido conceptual de dichas causas. Así, tomando el ejemplo de la gravedad, de complejas causas mitológicas pasamos a una simple fuerza de atracción entre las masas para después reducir aún más la ontología del asunto al hablar de simple geometría.

En este proceso de reducción, de acotamiento, de empujar más y más lejos el lugar donde se encuentran las causas, hemos situado la fuente del orden en las condiciones iniciales del Big-Bang y la del desorden en la incertidumbre cuántica.

Situar todo el orden posterior en la homogeneidad total del instante inicial nos puede permitir, aparte de la salida absurda de recurrir a una entidad creadora (que más bien podríamos llamar inicializadora, y que en absoluto entiendo cómo algunos tan alegremente asocian con sus supersticiosos dioses personales), el siguiente truco: sin situación previa de la que depender, sin historia, no hay razón ninguna para la diferencia: ¿por qué algo debería ser distinto de algo? ¿Por qué, de hecho, la multiplicidad? De este modo, el orden absoluto inicial no exige explicación, y solo necesitamos de una fuente de desorden que dé forma al universo.

Es entonces cuando nos topamos con la incertidumbre cuántica, que nos dice algo tan asombroso como que ante una situación dada, las partículas elementales no tienen por qué actuar siempre igual, sino que pueden “elegir” entre todo un conjunto de alternativas.

Este “clinamen” cuántico le ha servido a unos y otros para explicarlo todo (en especial cuando parece ser que el caos matemático aplicado al mundo físico puede entenderse como una amplificación de la incertidumbre Heisenbergiana): desde la propia aparición del universo inicial a partir de la nada hasta la conciencia, pasando por los grumos de materia que llamamos galaxias.

Normalmente llama la atención el hecho de que el universo tenga un principio. A mí me asombra, y cada vez más, la ausencia de causa en el comportamiento de las partículas elementales. Solo la teoría de los Muchos Mundos ayuda un poco: si no hay ninguna razón para que un fotón, por ejemplo, siga un camino en vez de otro, va y sigue todos los posibles.

¿Se podría usar como heurístico esto de la ausencia de causas del mismo modo que se usa el Principio Antrópico o las leyes de mínimos?

viernes 16 de octubre de 2009

La culpa es del empedrao

Popper tiene una teoría, la de la conspiración, que tiene que ver mucho con lo de echarle la culpa al empedrao: dice que cuando Dios dejo de ser causa directa de cuanto ocurría, el personal se preguntó entonces por quién tenía la culpa de las cosas que pasaban, y se inventó todo tipos de sociedades secretas y conspiraciones para justificar lo que, por lo general, se debe simplemente al azar de la vida.

Hacemos mucho esto de inventarnos conspiraciones, y no solo para explicar los grandes males, sino cualquier cosa, desde pequeños contratiempos a esa simple insatisfacción de fondo que a veces se vuelve tan insoportable.

Podemos echar mano de cualquiera para convertirle en culpable: por supuesto que está el gobierno (a este, a fin de cuentas, le pagamos para que esté ahí, así que no hay problema). También despotricamos del sistema, entidad mucho más vagorosa heredada de tiempos más revolucionarios y que permite no tener que entrar en detalles. Lo malo es cuando necesitamos alguien más cercano, cuando sabemos que nuestro mal no puede provenir de tan altas instancias. Entonces culpamos a los que tenemos más cerca a los amigos, a la familia, a la propia pareja. Esto, aparte de injusto, es inútil y casi siempre perjudicial.

El origen de esta mala costumbre puede estar en la necesidad de desahogarse. No nos es suficiente analizar el problema y buscar soluciones. Necesitamos, además, quemar sustancias, y para eso buscamos un punchball que se lleve los golpes.

Por eso necesitamos culpables. Y por eso nos sentimos tan frustrados cuando no los encontramos. O cuando descubrimos que somos nosotros mismos.

domingo 11 de octubre de 2009

Las edades del hombre (y la mujer)

¿Por qué y para qué tiene hijos la gente? Hay un montón de motivos que aparecen sin esfuerzo: porque sí, por inercia, porque toca, porque la pareja ya no funciona, por presión ambiental, porque lo pide el cuerpo... Otros, también clásicos, son sin embargo más metafísicos: por asegurarse una parcela de inmortalidad o por perpetuar algo tan estupendo como uno mismo. Lo triste es que tengo la sensación de que estas “razones” valen para la mayoría. Así pasa lo que pasa; luego los tratan como si fuesen fardos, se limitan a satisfacer sus necesidades y deseos más estúpidos y en ningún momento se preocupan de lo fundamental: su educación. La importancia de los primeros años cada vez me mayor: en la primera infancia se van a establecer las líneas básicas de la personalidad: después se matizarán, se concretarán, se perfilará un individuo en función de las mil contingencias de la existencia. Pero el substrato que va a condicionar el cómo se asimilen todas las experiencias posteriores, podríamos decir que el estilo vital, se da ahí, en esa primera fase de aprendizaje. Y, sorprendentemente, parece como si los padres intentasen, por todos los medios, hacer que el número de experiencias de sus hijos y la calidad de estas sea lo más limitado posible, como si intentasen premeditadamente transmitirles su propia mediocridad. Quizá sea un mecanismo de defensa de las viejas generaciones ante las nuevas: quizá la evolución ha permitido que los padres corten las alas de sus hijos para limitar un vuelo demasiado rápido y elevado. A lo peor es simple ignorancia.

Me he acordado de la sensación de ignorancia que me embargó al finalizar la carrera, de cómo descubrí consternado que no sabía nada de nada. Y de cómo había evitado preguntarme nada durante todos esos años. Es la excusa, la salida fácil, el dejar las cosas para luego, para cuando no esté uno tan ocupado. La educación debería, entre tantas cosas más, luchar por evitar que se eviten las preguntas. Acostumbrar al personal a una constante revisión de la propia vida, a un constante preguntarse por la viabilidad y el sentido de lo que uno está haciendo. No se trata de buscar certezas que no se pueden encontrar, pero sí de evitar vivir según las asunciones de otros. Lo que se ha hecho siempre no es necesariamente lo mejor. Si hay que asumir algo, que sea con toda la conciencia de la que seamos capaces.

Con el tiempo la gente tiende a fosilizarse, a perder flexibilidad mental, es decir, se “hace mayor”. Asume entonces un papel perfectamente perfilado y lo sigue punto por punto, siendo el caso que parece creérselo –si realmente se lo cree o no es un estado de conciencia que se escapa, de momento, a la observación-. Eso de hacerse mayor puede ocurrir en momentos de la vida completamente distintos en unas persona y en otras: los hay que parece que nacieron viejos mientras que otros alcanzan la “madurez” en plena juventud, pero la mayoría acceden a tal estado en la treintena, lo cual me hace pensar que este fenómeno pueda obedecer a algún tipo de mecanismo fisiológico. Hace tiempo leí que la perdida de la memoria se debe a que, de modo espontáneo, se sustituyen en las neuronas ciertos receptores de gran eficiencia por otros menos eficientes. Me pregunto si no será posible que llegado cierto momento el individuo pierda las capacidades necesarias para cambiar, para alterar sus preconcepciones, sus comportamientos y en general todos los mecanismos que hay detrás de la percepción y la evaluación de la realidad. Es evidente que, una vez superados los primeros años reproductivos, a la evolución le ha importado bastante poco que conservásemos una mente ágil y despierta. Incluso puede que, ahora que lo pienso, la madurez sea en conjunto una enfermedad.

O, mejor, un síndrome, siendo uno de sus síntomas... tener hijos.

jueves 8 de octubre de 2009

Un poco de estética

Uno va y dice: “voy a revolucionar el arte” y decide que va a reducir el número de sus límites, que va a despreciar alguna de las restricciones que impone el canon hegemónico en ese momento. Coge alguna cosa de un basurero, lo coloca en una galería de arte y dice: "es una obra de arte". Y tiene razón, porque decidir que es una obra hace que sea una obra de arte. Perfecto. Hasta aquí. Pero entonces llegan los demás y en ese a veces muy destructor instinto simplificador que tienen los humanos dicen: todo el arte es así: lo único que hace que algo sea arte es la decisión del artista. De modo que lo mismo es el urinario de Duchamp que las Meninas de Velázquez. Son así los humanos.

Cierto es que el espectador siempre ha de poner algo de su parte: siempre ha de haber cierta complicidad con la obra artística: de alguna manera, debe fingir que se lo cree. Pero hay que reconocer que si la obra condensa cierto conjunto de características, esta complicidad será más fácil que si no. Yo, por ejemplo, me siento mucho más inclinado a creerme los trampantojos de Velázquez que el hiperrealista urinario de Duchamp. Yo soy así.

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Lo que ha marcado al siglo XX es el afán por la originalidad, por ser distinto, por romper. Esto, unido a un acceso a la información en permanente y extraordinario aumento y a una conciencia nunca vista anteriormente de las implicaciones de los propios actos (antes, el artista generaba signos; ahora, los busca) ha conducido a esta carrera de ismos que llega a su perversión completa con la postmodernidad. Y digo perversión porque en el fondo no han hecho más que inventar nuevos nombres para los viejos problemas: el fin de los grandes relatos, horizontalidad, deconstrucción, simulacros, lo dicho, una nueva jerga para hablar de lo de siempre, de la contradicción de la existencia, del absurdo, de la relación entre lenguaje y realidad, etc, etc, etc. (Es revelador el uso del prefijo post- en todos ellos: postestructuralismo, postmarxismo, postmodernismo).

Yo les pondría a todos estos a plantar berzas. Y no lo digo como castigo, sino como terapia. Me da la sensación de que valorarían de otra manera todos sus hallazgos teóricos si tuviesen de vez en cuando un contacto más físico con el mundo (el sexo tampoco es mala terapia, aunque para mentes filosóficas puede ser motivo de nuevos desvaríos).

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Se me ocurre que uno de los males de las artes plásticas es un exceso de literatura. ¿Qué sería de la mayoría de las instalaciones, obras de técnica mixta y collages que uno se puede encontrar por ahí si no estuviesen acompañadas de los correspondientes folletos y catálogos explicativos. La verdadera creación se encuentra en estas piezas de literatura fantástica en las que, como en un retrato en hueco, se habla de lo que no existe más que en la imaginación siempre generosa del lector.

Con esto no niego la validez y hasta la necesidad de cierta labor crítica, pero lo que ha ocurrido en el siglo XX es que el órgano ha creado la función. Un crítico necesita tener de qué hablar, un galerista necesita tener qué exponer, un teórico necesita algo para enseñar e investigar. Todos ellos necesitan obra nueva, corrientes nuevas, nuevo léxico, nuevos hallazgos. Lo demás es una cuestión de combinatoria: pongamos a cien mil humanos a mezclar colores, objetos, soportes y luego elijamos algo que parezca distinto a lo de antes. La justificación teórica, la génesis histórica, los aspectos psicoanalíticos, la red de influencias, de eso ya nos encargaremos los críticos. No hay problema (un caso excepcional es Tapies: él mismo se encarga de generar la basura verbal con la que dar contenido a su obra).

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Los textos de contraportada, o los trailers de las películas, incluso algunas recensiones no muy independientes, todas son formas de un nuevo arte. Un arte, eso sí, corrupto, y no solo porque su finalidad sea convencer al posible consumidor, lo cual es, en sí, sospechoso. Es, sobre todo, corrupto porque miente: nos hace creer que es un reflejo fiel, un epítome, un avance de lo que nos vamos a encontrar, cuando ni el autor, ni las técnicas utilizadas, ni la intencionalidad de la obra y su argumento de venta tienen nada que ver. Lo que están haciendo es vendernos nuestra propia capacidad de asombro, nuestra curiosidad, nuestra imaginación. Consiguen que imaginemos aquello que deseamos y después nos dicen que eso, precisamente eso que estamos imaginando, es lo que nos ofrecen. La verdad es que la idea es genial. Y perversa, porque cuanto mayores son las ganas de nuevas sensaciones artísticas, de nuevas experiencias intelectuales, los batacazos son mayores. Es la publicidad. El arte de la simulación, de la sugestión, el auténtico arte virtual.

La gran puta.

sábado 3 de octubre de 2009

Personajes autorreferenciales

De niño abominaba de las canciones en las que se reconocía explícitamente que aquello era una canción. Veía algo completamente estúpido en aquella confesión de impostura. Para mí la ficción debía imitar la realidad lo mejor posible, y la autorreferencia se cargaba por completo la ilusión. Vamos, que estaba dispuesto a aceptar cómplicemente la farsa siempre y cuando la farsa se esforzase lo más posible en no parecerlo.

Algo parecido me pasa con la vida misma. Para poder funcionar, para poder vivir cada día damos por buenas una serie de asunciones que se concretan en reglas morales y sociales, en ciertos consensos implícitos. Sin embargo, en el momento en que me asalta la certeza de su convencionalidad, todo se esfuma.

Para la mayoría esto no es un problema, pues olvida el carácter convencional de casi todo lo que hacemos y aceptamos. Muchos incluso cierran el círculo imponiendo a la realidad lo que de ella emanó como simple modelo provisional. Este olvido de lo provisional es la raíz de la vejez y de la guerra.

Del informe caos inicial y después de una estupenda secuencia de azares, un grumo de materia adquiere cierta forma y da lugar a uno de nosotros. No somos más que eso, una forma provisional, un poco de orden que durante un instante se hace preguntas. En resumen, un préstamo de la nada. Cuando reconocemos esto, cuando nos hacemos conscientes de que el préstamo hay que devolverlo, la ilusión de absoluto, de ser, se desvanece: el reconocimiento de la propia naturaleza hace añicos la farsa.

Mucho se habla de la contradicción de la existencia. Pero la contradicción surge solo si olvidamos el carácter hipotético de nuestros modelos vitales. La contradicción está en la autorreferencia, está en el personaje buscando a su autor. ¿Absurdo? No: olvido. Aquellos seis personajes tenían autor, claro que sí. Se llamaba Pirandello. Nuestras morales, religiones, estructuras sociales, todo tiene autor: el hombre.

Si nos quedamos en el mundo de la ética, de lo práctico, de la vida, vale. Pero si queremos pasar a lo absoluto, al mundo de las esencias, el discurso debe dar el salto y olvidarse de casi todo.

Basta olvidar las palabras para que el absurdo desaparezca.

miércoles 30 de septiembre de 2009

Test para utópicos

Cuando la desigualdad es inevitable resulta relativamente fácil luchar contra ella. Pero, ¿qué ocurre si tenemos las herramientas necesarias para diseñar una nueva humanidad? ¿Cómo hacemos al personal? ¿Todos iguales? Entonces, ¿quién nos va a poner el café? ¿Todos buenos? Pero, ¿la creación no está relacionada en parte con la violencia? ¿Es necesario el mal?

Hasta ahora la construcción de utopías se basaba en el material humano disponible convenientemente modelado según las teorías psicologicas y sociológicas del utopista de turno. Ahora podemos actuar incluso sobre la materia prima. Podemos diseñar la especie. Algo así como Walden Dos, pero más. Podemos eliminar instintos primitivos; corregir deficiencias intelectivas; potenciar la memoria o la percepción espacial; aumentar la empatía o la agresividad. Podemos crear un ser humano nuevo.

Yo no sabría qué hacer. La ausencia de límites me produce vértigo. La vida es un juego de tensiones. Puede ser duro a veces, difícil, pero sabes cuales son tus límites. Si de pronto no los hay, si de pronto te conviertes en dios, ¿hacía dónde tirar? Y lo que es más difícil de contestar: ¿por qué?

El sinsentido de la vida se hace, ante este test imposible, absolutamente patente: los límites nos muestran el gradiente por el que ascender o deslizarnos. Incluso los caminos laterales para escapar de la norma. Pero ahora el hombre aparece como uno de los diseños posibles con que modelar un montón de barro. La evolución es sabido que actúa chapuceramente. Pero al menos tenía contra lo que luchar: la muerte.

Ampliemos el test. El universo es una fluctuación del vacío. Quizá podamos crear universos. Supongámoslo. ¿Por qué hacerlo? ¿Por qué una forma y no otra?

Todas estas preguntas son sinsentidos. La ausencia de finalidad impide que su propia formulación tenga sentido. Solo la existencia de seres conscientes da ciertos visos de significado a tales planteamientos, pero las contestaciones deben ser necesariamente subjetivas: todo lo que hagamos será porque nos apetezca, porque así nos divertimos, porque algo tenemos que hacer.

El universo no tiene sentido. El que nosotros nos convirtamos en dioses no cambia las cosas.

domingo 27 de septiembre de 2009

Belleza, fantasía y materia

Una frase de El Archivo de Egipto: “Solo las cosas de la fantasía son bellas”. Me recuerda a aquella otra, genial, de Baroja: “Ya ves, todo lo maravilloso es mentira”. Ambas reflejan el profundo pesimismo acerca de las cosas y los seres de este mundo de dos ilustrados a los que les tocó sufrir tiempos duros en tierras aún más duras.

Sin entrar en el contexto de Sciascia y Baroja -entiendo perfectamente el pesimismo y el escepticismo de ambos-, creo que posturas así no son más que pura pose en algunos y escapismo barato en otros. El recurso a considerar el mundo de la fantasía como el único en el que la belleza puede proliferar me parece, cuando menos, una simpleza. Cuando más, producto de un dualismo quizá no declarado pero sí presente en el momento en que se oponen tan nítidamente fantasía y realidad.

La realidad lo es todo. Si somos capaces de producir belleza es porque la hemos percibido en el mundo y nos ha gustado tanto que la hemos reelaborado para intensificar su efecto y nuestro disfrute.

Creo que en este momento de la historia ya estamos en condiciones de entender que las cosas son lo que son, que no hay mundos ideales a los que tender o a los que imitar, que nada tiene sentido, que no hay un más allá y un más acá, y que la queja no es más que una forma de oración, de petición de socorro a alguna divinidad que se apiade de nosotros.

Sí, realmente creo que en el fondo, la frase de Sciascia es puro idealismo. A lo hermoso le confiere la calidad de lo inmaterial. Lo bueno es inmaterial. La materia es mala.

Pero no: la materia no es mala. La materia lo es todo.

viernes 25 de septiembre de 2009

Caos

“En el principio era el caos”. Casi todas las cosmogonías empiezan con una afirmación de este estilo. Y casi todas tienen su “Caída de los dioses”, o su “Apocalipsis”, como si después de un periodo más o menos ordenado el caos primigenio acabase siempre por retornar.
Esto de ver el caos en el pasado y en el futuro debe ser una extrapolación de lo que vemos en cualquier libro de historia: el desorden azaroso es reducido por voluntades poderosas que imponen su ley con mayor o menor éxito, alcanzando estados de mayor o menor organización, pasando incluso por edades más o menos doradas para acabar siempre en la decadencia y en la extinción del orden.

También en nuestra vidas diaria experimentamos cuan difícil es conseguir el orden y cuan difícil mantenerlo. En el fondo, estamos luchando con el segundo principio de la termodinámica.

La cuestión es que, a poco que pensemos, cualquier otra descripción del universo distinta del caos es un puro cuento. ¿Por qué ha de haber leyes? ¿Por qué va a tener que comportarse el universo de ninguna manera determinada? Cualquier teoría que imponga obligaciones al universo debe explicar de dónde vienen. Además, en seguida se cae en falacias lingüísticas: si hay leyes, ¿quién es el legislador?

“En el principio era el caos”. Y al final. Y siempre. Lo que ocurre es que en un universo caótico todas las posibilidades deben darse. Y esto no es una ley, sino una tautología a partir del propio concepto de caos: no podemos descartar ninguna posibilidad porque eso sería ponerle restricciones a lo que por definición no tiene restricciones.

¿Por qué existe el universo? Ante tan estupenda pregunta yo propongo contestar: porque sí.

martes 22 de septiembre de 2009

Progreso

La idea de progreso está desprestigiada. ¿Cómo podemos hablar de progreso, dicen unos, cuando nos estamos cargando el planeta, cuando las guerras cada vez son más crueles, cuando la gente sigue muriendo de hambre en las tres cuartas partes del mundo?

Pues tienen razón. Pero otros dicen que nos encontramos en un nuevo Renacimiento, pues en el siglo pasado hemos llegado a la Luna, hemos inventado la píldora anticonceptiva, resuelto el último teorema de Fermat y descubierto el mecanismo de la herencia.

Pues también tienen razón.

Estamos con lo de siempre: cada uno, según sus inclinaciones, según sus presunciones ideológicas define internamente el concepto según le viene en gana, opina en función de esa definición y ya la tenemos montada. Las dos posturas anteriores son correctas, y no suponen paradoja alguna porque hablan de cosas distintas, completamente distintas. Incluso cada una de las posturas mezcla ideas que deberían analizarse separadamente. Para no liarla demasiado, solo voy a desglosar la cuestión en cinco preguntas:

¿Ha progresado el hombre desde un punto de vista material? Polución, hambre, desigualdades: no.

¿Ha progresado el hombre desde un punto de vista moral? Si tal frasecita lo que quiere es inquirir sobre si hemos desarrollado y aceptado de modo generalizado unas pautas de comportamiento que permitan a todos los hombres desarrollarse dignamente, la contestación es más que evidente: para nada.

¿Ha progresado nuestra comprensión del mundo universo? Teoría de la relatividad, mecánica cuántica, teoría inflacionista, caos, genética: sí.

¿Ha progresado nuestra comprensión del hombre? Desde las teorías evolucionistas o la neurología se ha conseguido hacer accesibles problemas antes secuestrados por la teología: libre albedrío, consciencia, comportamientos innatos, mientras que la ética ha alcanzado su madurez como ciencia al ser capaz de desarrollarse con independencia de trabas religiosas. Sí, claro que sí.

¿Ha progresado nuestra capacidad tecnológica? Lo que más: para bien y para mal. Las telecomunicaciones han destruido todas las barreras, todas las fronteras. La medicina no solo cura, sino que empieza a saber por qué. Viajamos por el espacio y construimos túneles bajo el mar. Construimos robots que trabajan por nosotros. Y hemos aumentado la capacidad de nuestro cerebro mediante una prótesis externa a la que llamamos ordenador.

¿Entonces? ¿Por qué con tantas posibilidades lo hacemos tan mal? ¿Por qué hemos progresado tanto y a la vez tan poco?

La respuesta es tan sencilla que parece una ridiculez: porque los humanos somos exactamente iguales que éramos hace cien mil años, cuando recorríamos las llanuras africanas en busca de alimento. Es decir, que nuestros instintos siguen ahí, incluido el más necesario para la supervivencia en un medio salvaje pero el más dañino que se pueda imaginar en un medio social: el egoísmo genético. La gente se pregunta cómo es posible lo de Palestina. Siguen preguntándose cómo fue posible lo de Hitler. Simplemente porque el Cromagnon sigue ahí, agazapado, debajo de nuestra civilizada vestimenta, esperando la mejor ocasión para saltar y conseguir, sea como sea, lo mejor para él, su familia, su tribu y su raza.

Lo estúpido es caer en prosopopeyas baratas y echarle la culpa a la ciencia, a la tecnología o al empedrao. Si no nos han servido para hacer de este mundo algo mejor es porque somos unos hijos de puta, simplemente.

Las quijadas de asno no tiene la culpa de nada.

miércoles 9 de septiembre de 2009

Derechos

Vivimos en una sociedad de derechos. Todo el mundo invoca sus derechos. Vale, me parece bien. Lo malo es que pocos se han parado a pensar a) qué es un derecho y b) qué esconden realmente algunos de los derechos fundamentales.

Dejando el punto a) para otra ocasión, tratemos el b) viendo, a modo de ejemplos, algunos de los derechos que con más frecuencia se reivindican:

Derecho de los padres a educar a los hijos: ¿incluye eso el derecho a mentirles sistemáticamente desde la cuna para que acaben creyendo como verdaderas un montón de leyendas fantásticas? ¿Incluye eso dejarles en herencia sus miedos, sus frustraciones, sus prejuicios? Por supuesto, no quiero decir que todos los padres eduquen mal a sus hijos. Todos no, desde luego.

Derecho al trabajo: este es particularmente retorcido: ¿se nos quiere decir con esto que tenemos derecho a dedicar la mayor parte de la vida a obtener beneficios para otros? ¿Se nos quiere decir que tenemos derecho a doblar el espinazo para obtener ingresos con los que satisfacer las necesidades que el propio sistema nos crea?

Derecho a la propiedad. En este derecho reside casi todo el tinglado. ¿Quién no está de acuerdo en que lo suyo es suyo y que nadie debe intentar quitárselo? Lo que ocurre es que no puedo evitar ver diferencias entre la propiedad de un tebeo que he comprado con el dinero obtenido tras una hora de satisfacer mi derecho al trabajo y la propiedad del cuaderno de Leonardo que compró Bill Gates con el dinero que ganó tras miles de horas de trabajo... de sus empleados. ¿Tiene alguien derecho a poseer extensiones de tierra de decenas de miles de hectáreas? ¿O la riqueza petrolífera de un país?

Derecho a la libertad. Este es el derecho que ampara todos los demás derechos, pues los padres son libres de educar a sus hijos como les parezca; y los emprendedores son libres de intentar enriquecerse con el trabajo de los demás; y somos libres de acumular las riquezas que seamos capaces de obtener. Pero también es la mayor broma, por varias razones:
  1. La libertad no existe. Es un sinsentido lógico. O hay azar o hay necesidad, pero no hay libertad. A lo sumo, una ilusión de libertad, que es la que experimentamos cuando deseamos algo y descubrimos con gusto que podemos alcanzarlo. Pero nuestros deseos a su vez dependen de nuestra educación, del medio, de nuestras experiencias previas...
  2. El derecho a la libertad se da de leches con todos los demás derechos. No soy libre de coger lo que quiero porque los demás tienen derecho a su propiedad. No soy libre si resulta que otros, mis padres, tienen derecho a educarme como a ellos les parezca. No soy libre desde el momento en el que no puedo elegir la sociedad en la que vivo.
  3. La propia declaración de unos derechos supone una drástica limitación de la libertad que podríamos suponer que traemos bajo el brazo al nacer. Lo cierto es que venimos a la vida en el seno de una sociedad que no hemos elegido. Lo terrible es que no podemos apearnos en marcha, no podemos decir paso de esto, no podemos renunciar al sistema y huir a los bosques, entre otras cosas porque los bosques ya son propiedad de alguien.

Propongo que al lector que haga una lectura de, por ejemplo, la Declaración de los Derechos Humano de la ONU. Se la suele criticar por su generalizado incumplimiento, pero eso es estúpido, porque las declaraciones no tienen culpa de que no se cumplan. De lo que sí son culpables (en realidad no ellas, claro, sino quienes las compusieron) es de la soterrada ideología que esconden. Mi propuesta consiste en emprender la lectura con espíritu de sospecha, con ese talante paranoico que a todos se nos pone de vez en cuando, y reírse un poco.

Otro ejercicio, este más creativo, consistiría en redactar una buena declaración de derechos humanos. Los objetivos de este ejercicio son dos: tomar conciencia de lo difícil que es desear con inteligencia y comprobar que no puede existir una buena declaración de derechos humanos.

PD: Cuando un extranjero se nacionaliza norteamericano debe asistir a un acto en el que, antes de jurar esas cosas que se juran, un juez le hace algunas preguntas al aspirante para constatar que conoce el sistema político del país. En 1947, el lógico Kurt Gödel, se presentó a la ceremonia. Como buen chico que era se había estudiado la constitución. El problema era que había encontrado inconsistencias en el texto, inconsistencias que pensaba explicarle al juez. Afortunadamente para él, Einstein y Morgenstein, sus testigos, le entretuvieron como pudieron y convencieron al juez de que no dejase hablar demasiado a su amigo.

martes 25 de agosto de 2009

Descartes y Pascal

Una forma de pensar en el futuro consiste en echar vistazos al pasado. Una magnífica ocasión de hacerlo es ver la obra de teatro El encuentro de Descartes con Pascal joven de Jean Claude Brisville. Brisville imagina en ella los que ambos genios hablaron en la única entrevista que se sabe tuvieron pero de la que no ha quedado ningún registro. El texto es inteligentísimo, puro placer, increíblemente ameno por el despliegue de ingenio que supone el enfrentamiento entre el ya maduro Descartes, amante de los placeres que le proporcionan la inteligencia y el sosiego, y el joven y airado Pascal, obsesionado con la religión y la verdad, su verdad.

Hace unos días tuve la fortuna de asistir a la versión que Flotats dirige e interpreta magistralmente en Madrid. Un montaje austero que no desvía en ningún momento la atención de lo importante, la palabra y el gesto de este encuentro entre dos formas de ver el mundo: ciencia y Biblia, relativismo y dogmatismo, la mirada desapasionada y la pasión de la juventud.

Descartes es creyente, es cristiano, pero le dice a Pascal, otro cristiano: “Señor, terrible religión la vuestra”.

Fascinante.