A la mayoría de los habitantes de los
países ricos, el mundo le vale como está. Todo es mejorable, claro, y es cierto
que se producen crisis, en especial económicas, claro, pero, en líneas
generales, a la mayoría le parece que el mundo está bien así. Y esto no es una
opinión personal: lo dicen los estudios de opinión; lo dice el hecho de que, la
mayoría, vote en los distintos comicios a partidos políticos conservadores (se
digan estos de derechas o de izquierdas); y lo dice la elección de sus héroes:
deportistas, modelos, cantantes pop...
A mí, el mundo, me parece una inmensa
mierda granada con pepitas de oro. Me lo ha parecido desde mi más tierna
adolescencia, y este parecer, aunque se ha matizado mucho al convertirme en
experto en el hallazgo de las dichosas pepitas, no ha cambiado sustancialmente.
Este juicio me llevó de crío a soñar con futuros no mejores, sino radicalmente
distintos y, desde entonces, no he dejado de soñar. Al principio, más que de
sueños se trataba de predicciones, tan completa era mi confianza en el futuro.
Pero, con el tiempo, esa confianza se fue reduciendo, imperceptible pero
inevitablemente, hasta acabar desapareciendo por completo.
Esta incursión biográfica tiene por objeto
explicar un poco a qué vienen las ideas que estoy intentando perfilar
últimamente. Y no solo a ti, lector, sino a mí mismo, porque como en todo work
in progress, las motivaciones y los objetivos se van fijando al tiempo que
se desarrollan las ideas mismas. Mi vida, en lo que concierne a mi esfera más
inmediata, es buena. No sé si resultará ofensivo lo que voy a decir, pero lo
cierto es que disfruto del amor, de la amistad, tengo una salud razonable, dinero
más que suficiente y hasta mi vanidad se ve razonablemente recompensada de vez
en cuando. Sin embargo me empeño en hablar de melancolía, ¿por qué? Pues porque
las pepitas de oro están manchadas de mierda.
Es una cuestión estética, y con esto no
quiero hacer dandismo. La ética, en cuando empezamos a hacer preguntas, se
reduce a estética. Lo bueno y lo malo es lo que nos gusta y lo que no. Todos
tenemos una vocecita dentro que nos dice lo que está bien y lo que está mal,
incluso los que somos vocacionalmente amorales. Pero esa vocecita no proviene
de ninguna divinidad, sino de nuestro personal asesor de estilo, una especie de
monstruo de cien cabezas hijo de mil padres.
Decía, sin ánimo de ofender, que mi vida es
buena. Pero la verdad es que no lo es del todo. La culpa la tiene mis sueños y
los demás. Mis sueños por ser absurdos, y los demás por ser los culpables de
que sean absurdos. Uno de mis mayores placeres es saber, pero resulta que el
mundo, con frecuencia, sabe mal. Si el futuro soñado es ser estomatólogo,
regentar una tienda de ultramarinos o ser banquero, el mundo ofrece grandes
posibilidades de satisfacción. Si el horizonte de uno abarca hasta los límites
de la urbanización o el resort, el mundo puedes ser limpio y hermoso.
Pero como se te ocurra mirar por encima de la tapia...
Quieres disfrutar. Y miras, porque
disfrutas mirando. Pero, salvo momentos gloriosos, lo que ves es feo. Durante
un tiempo te consuelas pensando que las cosas cambiarán, y hasta luchas para
que así sea, pero hoy sabes que no cambiarán. Podrías dejar de mirar, y de
actuar, pero no, no puedes, primero porque te perderías los momentos gloriosos
y, segundo, porque dejarías de ser tú y eso no puede ser...
¿O sí? Justo aquí es donde entra la
estética. Claro que podemos cambiar. Es bueno cambiar, disolver un poco ese yo
tan hipertrofiado y probar otras formas de ser. No es fácil, ojo, pero es
posible, aunque hay un límite claro, el marcado por la propia estética, porque
uno no va a transformarse en algo que no le guste. Inconscientemente podemos
hacerlo, ir cambiado poco a poco hasta convertirnos en monstruos para nosotros
mismos. Pero conscientemente, como decisión personal, no tiene sentido. Como
solución para el problema de la fealdad del mundo podría plantearme en
convertirme en un hijo de puta insensible, pero no me apetece, no me resulta
atractiva la idea. Podría pensar también en hacerme budista y trabajar para
renunciar a todo deseo, pero paso igualmente, porque no me gustaría a mí mismo.
No quiero dejar de mirar, no quiero dejar de buscar pepitas de oro por muy
manchadas de mierda que estén. Tampoco quiero dejar de soñar con un mundo
distinto, ni de luchar porque se produzca el cambio, aun sabiendo que es
imposible.
¿Irracional? Bueno, así dicho, la verdad es
que lo parece: actuar como si se pudiese cambiar el mundo aun sabiendo que no
puede hacerse no parece tener mucho sentido. Optar por vivir en contradicción,
por vivir apasionadamente lo que sabemos lúcidamente que no es posible, es una
solución sin duda absurda. Pero la existencia, por más vueltas que le demos, es
absurda, de modo que cualquier posición que tomemos respecto de ella tiene que
ser necesariamente absurda. Así las cosas, la pobre razón solo nos puede ayudar
a negociar con nuestra propia locura. Pero lo que no puede evitar es que uno,
pasado el subidón endorfínico producido por el ejercicio retórico, se sienta
profundamente melancólico.