martes, 13 de noviembre de 2018

Oportunidades perdidas

Al lado de la mesa se ven un par de bolsas de viaje. Noche inspecciona el antebrazo derecho del Profesor.

—¿Esos arañazos?
—La gata de Lorenzo.
—¿Lucháis?
—Sí, jugando.
—Si quieres, yo también tengo uñas…

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domingo, 11 de noviembre de 2018

Noche y el Profesor: Apolo y Dionisos

Noche y el Profesor están sentados en el sofá y sujetan cada uno una copa de vino. Sobre la mesa se ve la botella. Se escucha música para dos violas de gamba de Marin Marais.

 Noche da un sorbo, pone cara de pensar y pregunta

—¿Apolo o Dionisos?

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viernes, 9 de noviembre de 2018

Noche y el Profesor: El monolito

Noche y el Profesor están viendo en la televisión  2001, justo la escena en la que los antropoides rodean el monolito. Noche pregunta

—¿Qué crees que es el monolito?

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miércoles, 7 de noviembre de 2018

Noche y el Profesor: Perversión

Es de noche. Por la ventana entra un resplandor rojizo. Noche está sentada en el sofá. Está descalza, con sus largas piernas al aire y lleva una camiseta con la Lolita de Kubrick estampada, esa en la que mira por encima de las gafas de corazón y chupa una piruleta. Noche abraza un oso de peluche, aunque sin interés. El Profesor, en la mesa de dibujo, trastea con el portátil, que ilumina su rostro con una luz azulada y ácida.

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martes, 6 de noviembre de 2018

Noche y el Profesor: Fotos antiguas

Noche está en el sofá mirando viejas fotos que saca de una caja. Lleva una camiseta con un gran corazón rojo y roto estampado en el pecho. El Profesor, en el sillón de orejas, lee.

Noche dice

—Era muy guapa.

—No te haces una idea.

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domingo, 4 de noviembre de 2018

Noche y el Profesor: Los hombres, tan solos

Noche está leyendo el sillón de orejas y el Profesor escribe en el ordenador. Dice Noche

—Pobres.

—¿Qué lees?

—Nietzsche. Más allá del bien y del mal —contesta Noche mostrándole la portada del libro.

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sábado, 3 de noviembre de 2018

Noche y el Profesor: La puerta de Tannhäuser

Noche y el Profesor están sentados en el sofá, con los pies encima de la mesa y las piernas cubiertas por una manta. Sus rostros reflejan la luz ácida y cambiante de la televisión. Suena la música final de Blade Runner. Noche recita...

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Noche y el Profesor: Bifurcaciones

—Profesor, ¿en qué piensas?

Noche lleva una camiseta negra con un árbol en blanco, infinitamente ramificado y sin hojas, estampado en el pecho. El Profesor, vestido con un pantalón negro y flojo, nos mira por la ventana.

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jueves, 1 de noviembre de 2018

Noche y el Profesor: ¿Por qué no habla la gente?

Noche lleva una camiseta en la que se puede leer “Este enunciado es falso”. En la ventana de la cuarta pared hay un montón de papeles adhesivos de colores que el Profesor se dedica a despegar, leer y pegar en sitios distintos. De pronto se para y, sin darse la vuelta, dice...

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Noche y el Profesor: La muerte de Antonio

El profesor está sentado en el sillón de orejas sin hacer nada. Solo está encendida la lámpara de pie. Noche entra. Viste corpiño rojo con encaje negro, falda de gasa gris y unas botas altísimas. Sobre su cabeza dos cuernecillos rojos sobresalen de su pelo, oscuro como la noche. Noche tira sobre el sofá la capa y el bolso que lleva en la mano y dice...

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lunes, 29 de octubre de 2018

Noche y el Profesor: Sin sentido

El profesor tiene mal aspecto: barba de unos días, pelo alborotado, ropa arrugada. Nos mira por la ventana con gesto cansado. Noche, hermosa como una flor, le mira desde el sofá.

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sábado, 27 de octubre de 2018

Noche y el Profesor: Arlequín y Pierrot


Tras el éxito arrollador de Al principio fue un chisporroteo, inicio un nuevo proyecto. Se trata de una colección de diálogos entre dos personajes, Noche y el Profesor, que se van a dedicar a hablar de las cosas que les interesan: filosofía, arte, ciencia, sexo…

Sus edades y sus sexos son lo suficientemente distintos como para situarse en extremos opuestos de la vida. Sin embargo, se entienden. Puede sonar a ciencia ficción, y algo de eso hay, pero este es un asunto que, como otros muchos, iremos descubriendo con el tiempo.

Para empezar he colgado nueve entregas. El título de la primera es 



A partir de ahora, y sin periodicidad previsible, irá apareciendo por aquí el oportuno aviso de un nuevo diálogo.

Ya me diréis.

Aquello que me irrita I

Hoy doy inicio a una serie de entradas en la que pretendo enunciar aquellas cosas y personas que me irritan particularmente. Al principio la idea era escribir un texto al respecto, pero visto el enorme tamaño de la enumeración me he decidido por desgranarlo en toda una serie.

1. Me irritan profundamente aquellos seres humanos, políticos o no, que dicen cosas del estilo de:
·        Todo el mundo piensa que...
·        La mayoría de la gente quiere que...
·        El sentido común dice que...
·        La gente de bien piensa que...

¿Que por qué?
·        Porque es una profunda idiotez pensar que un colectivo de millones de personas tiene pensamientos comunes.
·        Porque es insultante que alguien, por lo general un idiota, se erija como portavoz de todos. 
·        Porque es fascista manipular a la opinión pública para dejarnos fuera de la normalidad a los que pensamos distinto.
·        Porque es intolerable que dirigentes políticos desprecien de esta manera a buena parte de la gente que les paga el sueldo.
·        Porque no es verdad, y lo saben.

martes, 17 de julio de 2018

El paseo de Chagall

Vi hace unos días este cuadro en la exposición Chagall. Los años decisivos, 1911-1919  en el Guggenheim de Bilbao. 


En la pintura vemos a una pareja que ha ido de paseo a las afueras del pueblo. En el suelo, la mantita con el vino. De pie, el hombre, Marc, mira feliz a cámara con el brazo izquierdo levantado y la palma de su mano hacia arriba. Ella, Bella, se apoya su palma en la de él para flotar, para bailar en el aire.

Me ha encantado el detalle de las manos, porque la imagen, conocida, siempre la interpreté con cierta tensión, porque veía que la mujer podría volar, seguir ascendiendo como un globo de hidrógeno y que era él, sujetando su mano, quien lo impedía. Veía felicidad, el cuadro en esto es obvio, pero también veía a un hombre-tierra sujetando a una mujer-aire.

Pero no: en el cuadro de Chagall no hay sujeción ni amarre: tan solo muestra a un hombre feliz y a una mujer que vuela mientras juntan las palmas de sus manos.

miércoles, 11 de julio de 2018

Por el camino de Swann


Resultado de imagen de por el camino de swann alianza editorialAcabo de terminar de leer Por el camino de Swann, primer volumen de En busca del tiempo perdido, de Proust. Hay lecturas que olvidas y otras que te acompañan toda la vida. Pero aun entre estas últimas cabe muchos distingos: están las de iniciación y las reveladoras; están las que pusieron nombre a emociones apenas intuidas; están las que aportaron frases, imágenes, argumentos fundacionales; están las que me hicieron feliz y las que me ayudaron a aguantar; están las que me motivaron a ser y las que me avisaron de los peligros de ser demasiado; están las que me hicieron soñar. Pero aun entre todas estas cabe distinguir un puñado que lograron algo más, algo increíble, extraordinario: hacerme creer que no estaba solo.

Al leer Por el camino de Swann desde el otro lado de la vida me he dado cuenta de que en aquellos tiempos me enamoré del pequeño Marcel, pero no de Swann. Hoy, sin embargo, he visto en Swann un camarada, posiblemente un amigo. Y he entendido al narrador que revisa melancólicamente su existencia, que desgrana con minuciosidad de orfebre o cirujano sus recuerdos en un intento patético de comprender y de fijar, de capturar  aquellos tiempos en palabras y frases.

Hace treinta seis años, al leer sobre ese niño bien que lo miraba todo con un detalle enfermizo y que sufría cada uno de los instantes de los días que preveía que su madre no iba a darle el beso de buenas noches, supe que no estaba solo. Hoy, al leer las penas de Swann, me asombro de lo poco que aprendí de su lectura y me lamento de los dolores que me hubiese evitado si hubiese leído su historia como si fuese un manual para la vida o si, mejor aún, le hubiese tenido como amigo.

martes, 19 de junio de 2018

El fútbol, los centros comerciales y los programas de cotilleo


El fútbol tiene muchos valores: proporciona un tema de conversación común a un porcentaje enorme de la población, cercano al cincuenta por ciento, diría yo; canaliza la ancestral emoción de pertenencia a un grupo; permite experimentar la pasión del combate y, a veces, la de la victoria, aunque sea de modo vicario; y es asequible a todo el mundo: su complejidad no excluye a nadie. En resumen: lo tiene todo para triunfar.

Los centros comerciales son sitios geniales: en ellos hace fresco en verano, calor en invierno y jamás llueve; favorecen la socialización; canaliza los instintos básicos de la caza a través de las compras; y posibilitan el sueño de cualquier mamífero carnívoro: la fácil ingesta de proteínas mezcladas con grandes cantidades de grasa.

Los programas de cotilleo son altamente informativos: dicen cómo visten, viajan, se divierten y se relacionan los que saben, que son los ricos y famosos. Sin necesidad de tediosas jornadas de cotilleo, tan preciada información fluye de unas clases a otras, de unos poderes adquisitivos a otros. Lo que hubiesen dado los aldeanos y aldeanas de la Edad Media por saber cómo se lo montaban los amos en el interior de sus castillos. Ahora basta poner la televisión para enterarse.

Supongo que estaréis esperando que redondee el sarcasmo, pero no lo voy a hacer: todo lo anterior es rigurosamente cierto. Si a mí el fútbol, los centros comerciales y el cotilleo televisivo me aburren es porque soy una anomalía: mis placeres suelen implicar esfuerzos que nada tienen que ver con el fácil dejarse llevar de todo lo anterior. Durante siglos se ha discutido acerca de la intensidad de los placeres: los utilitaristas han intentado levantar éticas basadas precisamente en eso, en la utilidad, y han buscado justificaciones para clasificar jerárquicamente los placeres. Pero no hay justificaciones que valgan: solo la mente individual puede comparar placeres, porque es en ella, y solo en ella, donde la comparación tiene sentido. Por mucho que yo le intente explicar a un futbolero lo bien que se lo va a pasar leyendo el Zaratustra de Nietzsche no creo que consiga nada, salvo que, previamente, el futbolero tuviese también intereses filosóficos.

Tampoco creo que el fútbol, los centros comerciales o los programas de cotilleo sean producto de una confabulación del capital para entontecer a la gente: si tienen éxito es porque le dan a la gente lo que quiere. Zara no funciona porque de dinero: da dinero porque funciona, y si funciona es porque ha dado en el clavo: la gente no quiere resguardarse del frío, ni llevar ropa cómoda ni resistente: quiere gustar, quiere pasear sus signos por ahí, quiere demostrar que está a la última, y Zara se lo permite por poco dinero. ¿Qué más se puede pedir?

El problema del Mundo feliz de Huxley no es el mundo que describe: la inmensa mayoría de la gente pagaría por vivir en un mundo así. El problema es que es insostenible. La avidez del capitalismo es ciega y estúpida, porque es capaz de cargarse la gallina de los huevos de oro sin reparar en lo que hace. En vez de conformarse con un estado del bienestar en el que la masa elabora bienes de consumo que luego compra con su sueldo por más dinero del que costó su producción, en cuanto puede reduce salarios, precariza el empleo, genera desigualdades, reduce las prestaciones públicas y, si puede, se carga el propio Estado. Y todo porque no existe un club de capitalistas a los mandos de las grandes decisiones, sino que es una maquinaria ciega que se mueve a impulsos de los millones de espíritus codiciosos que la conforman y que, en su estupidez, ponen palos en las ruedas de su propio interés.

A lo que voy es que ese mundo superficial y algo vulgar tan del gusto de las grandes masas no es el mal en sí. Me irrita ver como alguna gente se pone exquisita y crítica a unos y otros pos su falta de estilo o de profundidad. La gente tiene derecho a tomarse la vida con ligereza y frivolidad, por qué no. El problema estriba en que ese abandonarse mórbidamente a sus pequeños o grandes placeres puede impedirles ver cómo sus modestos sueños se convierten en sueños imposibles.

A final de curso suele pasarme que, como profesor que soy, entre en crisis. Por estas fechas siempre acabo preguntándome qué derecho tengo yo para presionar a mis alumnos con las cosas del álgebra o el cálculo. A fin de cuentas, me digo, pueden llevar una vida feliz sin nada de eso. Sin embargo, después, tras reflexionar sobre el asunto, siempre acabo diciéndome ¿sí?, ¿pueden?  

miércoles, 2 de mayo de 2018

Locura filosófica


Pensando en la locura del pos-posestructuralismo me he preguntado si la filosofía ha enloquecido por encontrarnos en alguna fase terminal o si, por el contrario, esto le ha pasado ya otras veces, y me he dado cuenta de que, efectivamente, el pensamiento humano se ha enajenado y perdido por derroteros alucinatorios varias veces: sin escarbar mucho, la escolástica medieval, el idealismo alemán y, en buena parte, la más reciente fenomenología, son corrientes filosóficas que se sumergieron voluntariamente en especulaciones lingüísticas sin sentido.

¿Por qué sin sentido? Pues porque renunciaron a la realidad, porque en su búsqueda de la verdad o de su demolición, igual da, renunciaron a la información aportada por los sentidos y se encerraron en infinitos juegos verbales autorreferenciales.

Ahora lo veo evidente, pero me ha costado llegar a esta afirmación: la filosofía ha enloquecido varias veces. ¿Por qué? Supongo que se debe a que el prejuicio del progreso sigue haciendo de las suyas, porque íntimamente sigo creyendo, aunque sé que no es así, que avanzamos, que cada nuevo paso es un paso hacia delante, cuando en realidad llevamos cinco mil años dándole vueltas a las mismas cosas, a veces acercándonos al núcleo de la cuestión, a veces alejándonos en largas curvas divergentes.

domingo, 29 de abril de 2018

Voluntad propia

Louise d'Epinay Liotard.jpg
El gran error que he estado cometiendo con mis amigos y conmigo misma fue el de dar siempre preferencia a las fantasías de ellos, sin pensar en lo que yo podía desear. Y por ese pequeño sistema descubrí que la mitad de mis “amigos” eran, en realidad, mis amos. Tener voluntad propia me parecía un crimen. Hacía miles de cosas inapropiadas con una disposición igualmente inapropiada. Era una víctima perpetua, y no inspiraba gratitud a nadie. Me cuestioné a fondo. Empecé a atreverme a ser yo misma. Ahora no tengo consideración por los caprichos ajenos. Hago únicamente lo que prefiero, y me siento maravillosamente por ello.

Louise d'Épinay, siglo XVIII

sábado, 28 de abril de 2018

Monstruos


Toda sociedad genera monstruos. En toda estructura aparecen anomalías. Todo sistema adolece de su propia teratología. Y es lógico: una sociedad implica una elección, un conjunto de elecciones. Inevitablemente, hay quien no se adapta: son los monstruos.

Las sociedades conscientes de este hecho se preocupan de perseguir, neutralizar, restañar el daño y evitar en la medida de lo posible la acción de sus monstruos. En estas sociedades el complejo de culpa es inevitable: incapaces de autoaniquilarse, sufren sin embargo y permanentemente ser la causa de sus monstruos, lo que las lleva en ocasiones a ser excesivamente contemporizadoras.

Otras sociedades, inconscientes, no reconocen a sus monstruos como propios. Por el contrario, en cuanto los identifican como monstruos los consideran extraños, ajenos, lo que les permite perseguirlos con saña homicida. Lo que nunca logran comprender estas sociedades es por qué nunca dejan de aparecer nuevos monstruos: por eso, su lucha sin cuartel contra la monstruosidad no tiene fin.

Un tercer tipo de sociedad es la perversa, aquella en la que sus jerarquías aceptan sus monstruos como propios pero sin reconocerlos como tales. Aquí el mal está encarnado en las propias estructuras de poder. Aquí los monstruos andan por las calles, pero también llevan toga. Aquí la sociedad está rota entre el odio y la comprensión, entre la ciudadanía y el poder, entre la ética común que odia instintivamente a los monstruos y un poder corrupto, absurdo y prepotente que los defiende quizá solo por dejar patente que su poder emana de algún sitio muy alejado del sentido común, quizá de dios, no sé.

Lo que sí sé es que es asqueroso poner en duda que cinco hombres, al penetrar a una mujer en manada, están ejerciendo violencia. Lo que sí sé es que demuestra mucha ignorancia, o mucha perversión, no sé, pensar que una  mujer puede disfrutar de semejante situación. Lo que sí sé es que un juez no puede juzgar con equidad sin empatía, y que hay que tener muy poca empatía para entender consentimiento en una situación como la que hemos conocido. Lo que sí sé es que me repugna vivir en un país donde cinco animales pueden violar a una mujer sin que los jueces sean incapaces de ver la violencia de semejante acto.

He intentado imaginar la psicología de los miembros del tribunal (atención, entre ellos hay una jueza), pero no he sido capaz. Lo primero que le viene a uno a la cabeza es que sean machistas, de extrema derecha, católicos, carcas en general, pero nada de esto explica nada. Un amigo me sugiere que están pagados. No lo sé, claro, pero, no sé, sería tan tremendo…

Tras darle vueltas, solo se me ocurre encuadrarlos en ese tipo humano que culpa a las víctimas, ese que culpa de su enfermedad al enfermo, al desgraciado de su mala suerte, al pobre de su pobreza, o a la violada de su violación. Son ese tipo de gente que desprecia a aquellos que hacen feo el mundo, aquellos que dan problemas, aquellos que nos obligan a enfrentarnos a una realidad que muchas veces es cruel, aquellos que nos fuerzan a cuestionarnos la mierda de mundo en el que vivimos. Son aquellos que les recuerdan que este mundo, del que ellos son miembros sobresalientes, puede ser el peor de los mundos.

Son ese tipo de gente que entre los monstruos y las victimas se quedan con los monstruos. De lo que no parecen conscientes es de que, a su vez, esta elección los convierte a ellos mismos en monstruos.

Qué asco.

domingo, 22 de abril de 2018

¿Cómo se puede creer en Dios después del telediario?


Uno de los temas que más me desconciertan es el de la contradicción que existe entre lo mucho que sabemos como especie y lo poco que sabemos como individuos.

Con la mecánica cuántica es comprensible, porque es difícil, porque hay que manejar matemáticas superiores y eso no está al alcance de todo el mundo, de modo que hay que conformarse con que solo unos cuantos las conozcan y la entiendan y los demás disfruten de lo que para todos supone tal conocimiento.

Sin embargo, desde hace siglos sabemos que la existencia de un dios personal, todo  bondad, omnipotente y omnipresente es una bobada, una contradicción lógica, y, pese a todo, miles de millones de personas en todo el mundo siguen creyendo en entidades así.
No sé por qué. Sospecho que tiene que ver con la educación, y hasta pienso que algo en nuestra programación genética nos incline a la superstición. Pero que gente con formación, gente que lee, viaja y conoce gente de otras culturas y otras religiones siga aferrada a sus mitos familiares y sea incapaz de superarlos me desconcierta.

Soy comprensivo, que no condescendiente, con la gente sencilla, léase aquellos que tienen que dedicar su tiempo a sobrevivir: bastante tienen. Pero no puedo ser otra cosa que intransigente con aquellos que han disfrutado de la formación y los medios de vida para disponer de un rato y ponerse a pensar. En esas circunstancias, ¿cómo se puede creer en cuentos de hadas, en amantes seres paternales cuando todos los días mueren millares de personas de hambre, de miseria, de asco?

No me considero una buena persona. De hecho, no sé muy bien qué significa eso, pero no puedo entender cómo gente que piensa que lo es, gente que se cree buena, acepta que este mundo de mierda sea obra de un ser bondadoso. ¿Les parece obra de un ser bondadoso lo que ven en el telediario de la cena?

Me cuesta escribir sobre estas cosas porque me enciendo y porque, de verdad lo digo, no entiendo cómo se puede conjugar un mínimo de empatía con lo que pasa en el mundo y la creencia en un creador bondadoso.

Supongo que ahora habrá algún lector que piense en recordarme aquello de que dios nos ha hecho libres. Entonces yo diré aquello de qué clase de libertad de mierda es la que tienen los inocentes que mueren bombardeados por las bombas de da igual quién.

En el siglo XVIII, el terremoto de Lisboa, en el que murieron cien mil personas (alguna buena habría, ¿no?), dejó consternados a los franceses y, de alguna manera, espoleó la Ilustración, la enciclopedia y la Revolución. Hoy, gracias a los medios de comunicación globales, asistimos en directo a todo tipo de desastres, naturales o no, que tienen como consecuencia dolor, sufrimiento y muerte. ¿Cómo se puede creer en dios ante algo así?

Si alguien me lo puede explicar, se lo agradecería.