sábado 31 de octubre de 2009

Inside Moebius

Inside Moebius es la hostia. Jean Giraud ha decidido devenir definitivamente en personaje y mezclarse con Arzack, Blueberry, el Mayor y demás personajes del Garaje hermético, Edena, el Incal y todos sus otros mundos. Y lo hace dibujando al ritmo al que el resto hablamos o divagamos. Le vienen a la cabeza las ideas, o los recuerdos, o los pensamientos, y va y los dibuja.

Me siento a gusto leyendo Inside Moebius porque es una obra de arte, claro. Pero también porque es el reencuentro más íntimo que uno pueda imaginar con un viejo amigo: Moebius. Y porque el reencuentro se produce exactamente en el lugar y en el modo en el que yo hubiese elegido: en el desierto y volando.

Quizá lo leas y no lo entiendas, o quizá te parezca una simpleza. En ambos casos el diagnóstico es el mismo: te has perdido algunas de las mejores cosas del siglo XX. La buena noticia es que estás a tiempo de recuperar el tiempo perdido.

miércoles 28 de octubre de 2009

La fuerza de las ideas

Hay gente que cree en la fuerza de las ideas. De hecho, se ha convertido un tópico bienpensante, como ese otro de la fuerza de la palabra. Pero no es más que eso, un tópico, que no significa nada si no se matiza.

Imaginemos a una persona muy lista que se dedica a reflexionar sobre la felicidad y encuentra un camino para alcanzarla, e imaginemos que ese camino exige un cierto grado de sacrificio previo, consistente, por ejemplo, en la comprensión de algunos conceptos filosóficos complejos. Esta persona, deseosa de compartir su método con toda la humanidad, intentará explicarlo. ¿Tendrá éxito?

No, claro que no. Quizá logre comunicar su idea a un grupo que disfrutaran de la felicidad que proporciona, aunque matizada esta por la frustración de ver que el resto de la humanidad sigue siendo refractaria al conocimiento.

Pensemos ahora en John Lennon diciendo aquello de “Todo lo que necesitas es amor”. Da igual que la frase sea una simpleza, y que, además, sea una simpleza falsa. Da igual que tal idea lleve a un callejón sin salida y deje sin defensas a sus creyentes ante los que no creen en ella. Da igual que sepamos que el ser humano no está programado para el amor universal. Pese a todo ello, la idea tuvo un éxito espectacular, no en el sentido de que se propagase el amor, claro, sino en el de que el dichoso estribillo colonizó una enorme cantidad de mentes.

No pretendo decir que las grandes ideas no influyan en el mundo. Claro que lo hacen, pero de un modo indirecto, simplificado, vulgarizado y con unas consecuencias que, casi siempre, desvirtúan la idea inicial.

Un ejemplo: la crítica racionalista y el posterior rodillo nietzschniano dejaron sin sentido a las religiones, mostrando que estas son, en el mejor de los casos, colecciones de leyendas y, en el peor, burdas falsificaciones. Sin embargo, siendo enorme la influencia que ha tenido la idea de “la muerte de dios”, lo cierto es que muchos siguen creyendo y, lo que es casi peor, muchos de los que no creen se han limitado a redirigir sus ansias de fantasía hacia otras supersticiones y espiritualismos varios.

¿Por qué pasa todo esto? ¿Por qué lo que sabemos influye tan poco en el mundo o, cuando lo hace, lo hace de un modo tan insatisfactorio? Pues porque las ideas, para ser exitosas, deben ser asequibles, asimilables por un porcentaje importante de la población, lo cual significa, entre otras cosas, que deben ser sencillas de entender y fáciles de seguir. Pero resulta que ni el mundo es sencillo ni es fácil hacer caso de ideas que van en contra de nuestra programación genética. Por eso las complejidades y los matices se pierden por el camino. Por eso todo lo que no apele a nuestros instintos básicos está llamado al fracaso.

Hoy sabemos mucho acerca del comportamiento humano, y del mundo físico, y de la historia, que tiran por tierra milenios de supersticiones y costumbres sin sentido. Sin embargo, pocos tienen en cuenta ese conocimiento a la hora de tomar decisiones o a la de imaginar alternativas para el futuro. La solución parece estar en la educación, pero hasta esta idea en apariencia tan simple ha calado poco entre los humanos.

Cabría preguntarse en este punto por qué seguir pensando. Yo, esto al menos, sí lo tengo claro: por placer, por qué si no.

sábado 24 de octubre de 2009

Clinamen cuántico

Para que un universo sea interesante, necesita disponer de una fuente de orden y una fuente de cambio. Sin una cierta cantidad de orden, o de información útil si se quiere, el mundo sería un caos sin nada que reconocer ni nadie que lo hiciese. Sin una fuente de desorden, o de cambio, para entendernos, todo permanecería igual a sí mismo y el tiempo no existiría.

La ciencia, se diga lo que se diga, no explica nada, sino que se limita a describir y, en el mejor de los casos, reducir el contenido conceptual de dichas causas. Así, tomando el ejemplo de la gravedad, de complejas causas mitológicas pasamos a una simple fuerza de atracción entre las masas para después reducir aún más la ontología del asunto al hablar de simple geometría.

En este proceso de reducción, de acotamiento, de empujar más y más lejos el lugar donde se encuentran las causas, hemos situado la fuente del orden en las condiciones iniciales del Big-Bang y la del desorden en la incertidumbre cuántica.

Situar todo el orden posterior en la homogeneidad total del instante inicial nos puede permitir, aparte de la salida absurda de recurrir a una entidad creadora (que más bien podríamos llamar inicializadora, y que en absoluto entiendo cómo algunos tan alegremente asocian con sus supersticiosos dioses personales), el siguiente truco: sin situación previa de la que depender, sin historia, no hay razón ninguna para la diferencia: ¿por qué algo debería ser distinto de algo? ¿Por qué, de hecho, la multiplicidad? De este modo, el orden absoluto inicial no exige explicación, y solo necesitamos de una fuente de desorden que dé forma al universo.

Es entonces cuando nos topamos con la incertidumbre cuántica, que nos dice algo tan asombroso como que ante una situación dada, las partículas elementales no tienen por qué actuar siempre igual, sino que pueden “elegir” entre todo un conjunto de alternativas.

Este “clinamen” cuántico le ha servido a unos y otros para explicarlo todo (en especial cuando parece ser que el caos matemático aplicado al mundo físico puede entenderse como una amplificación de la incertidumbre Heisenbergiana): desde la propia aparición del universo inicial a partir de la nada hasta la conciencia, pasando por los grumos de materia que llamamos galaxias.

Normalmente llama la atención el hecho de que el universo tenga un principio. A mí me asombra, y cada vez más, la ausencia de causa en el comportamiento de las partículas elementales. Solo la teoría de los Muchos Mundos ayuda un poco: si no hay ninguna razón para que un fotón, por ejemplo, siga un camino en vez de otro, va y sigue todos los posibles.

¿Se podría usar como heurístico esto de la ausencia de causas del mismo modo que se usa el Principio Antrópico o las leyes de mínimos?

viernes 16 de octubre de 2009

La culpa es del empedrao

Popper tiene una teoría, la de la conspiración, que tiene que ver mucho con lo de echarle la culpa al empedrao: dice que cuando Dios dejo de ser causa directa de cuanto ocurría, el personal se preguntó entonces por quién tenía la culpa de las cosas que pasaban, y se inventó todo tipos de sociedades secretas y conspiraciones para justificar lo que, por lo general, se debe simplemente al azar de la vida.

Hacemos mucho esto de inventarnos conspiraciones, y no solo para explicar los grandes males, sino cualquier cosa, desde pequeños contratiempos a esa simple insatisfacción de fondo que a veces se vuelve tan insoportable.

Podemos echar mano de cualquiera para convertirle en culpable: por supuesto que está el gobierno (a este, a fin de cuentas, le pagamos para que esté ahí, así que no hay problema). También despotricamos del sistema, entidad mucho más vagorosa heredada de tiempos más revolucionarios y que permite no tener que entrar en detalles. Lo malo es cuando necesitamos alguien más cercano, cuando sabemos que nuestro mal no puede provenir de tan altas instancias. Entonces culpamos a los que tenemos más cerca a los amigos, a la familia, a la propia pareja. Esto, aparte de injusto, es inútil y casi siempre perjudicial.

El origen de esta mala costumbre puede estar en la necesidad de desahogarse. No nos es suficiente analizar el problema y buscar soluciones. Necesitamos, además, quemar sustancias, y para eso buscamos un punchball que se lleve los golpes.

Por eso necesitamos culpables. Y por eso nos sentimos tan frustrados cuando no los encontramos. O cuando descubrimos que somos nosotros mismos.

domingo 11 de octubre de 2009

Las edades del hombre (y la mujer)

¿Por qué y para qué tiene hijos la gente? Hay un montón de motivos que aparecen sin esfuerzo: porque sí, por inercia, porque toca, porque la pareja ya no funciona, por presión ambiental, porque lo pide el cuerpo... Otros, también clásicos, son sin embargo más metafísicos: por asegurarse una parcela de inmortalidad o por perpetuar algo tan estupendo como uno mismo. Lo triste es que tengo la sensación de que estas “razones” valen para la mayoría. Así pasa lo que pasa; luego los tratan como si fuesen fardos, se limitan a satisfacer sus necesidades y deseos más estúpidos y en ningún momento se preocupan de lo fundamental: su educación. La importancia de los primeros años cada vez me mayor: en la primera infancia se van a establecer las líneas básicas de la personalidad: después se matizarán, se concretarán, se perfilará un individuo en función de las mil contingencias de la existencia. Pero el substrato que va a condicionar el cómo se asimilen todas las experiencias posteriores, podríamos decir que el estilo vital, se da ahí, en esa primera fase de aprendizaje. Y, sorprendentemente, parece como si los padres intentasen, por todos los medios, hacer que el número de experiencias de sus hijos y la calidad de estas sea lo más limitado posible, como si intentasen premeditadamente transmitirles su propia mediocridad. Quizá sea un mecanismo de defensa de las viejas generaciones ante las nuevas: quizá la evolución ha permitido que los padres corten las alas de sus hijos para limitar un vuelo demasiado rápido y elevado. A lo peor es simple ignorancia.

Me he acordado de la sensación de ignorancia que me embargó al finalizar la carrera, de cómo descubrí consternado que no sabía nada de nada. Y de cómo había evitado preguntarme nada durante todos esos años. Es la excusa, la salida fácil, el dejar las cosas para luego, para cuando no esté uno tan ocupado. La educación debería, entre tantas cosas más, luchar por evitar que se eviten las preguntas. Acostumbrar al personal a una constante revisión de la propia vida, a un constante preguntarse por la viabilidad y el sentido de lo que uno está haciendo. No se trata de buscar certezas que no se pueden encontrar, pero sí de evitar vivir según las asunciones de otros. Lo que se ha hecho siempre no es necesariamente lo mejor. Si hay que asumir algo, que sea con toda la conciencia de la que seamos capaces.

Con el tiempo la gente tiende a fosilizarse, a perder flexibilidad mental, es decir, se “hace mayor”. Asume entonces un papel perfectamente perfilado y lo sigue punto por punto, siendo el caso que parece creérselo –si realmente se lo cree o no es un estado de conciencia que se escapa, de momento, a la observación-. Eso de hacerse mayor puede ocurrir en momentos de la vida completamente distintos en unas persona y en otras: los hay que parece que nacieron viejos mientras que otros alcanzan la “madurez” en plena juventud, pero la mayoría acceden a tal estado en la treintena, lo cual me hace pensar que este fenómeno pueda obedecer a algún tipo de mecanismo fisiológico. Hace tiempo leí que la perdida de la memoria se debe a que, de modo espontáneo, se sustituyen en las neuronas ciertos receptores de gran eficiencia por otros menos eficientes. Me pregunto si no será posible que llegado cierto momento el individuo pierda las capacidades necesarias para cambiar, para alterar sus preconcepciones, sus comportamientos y en general todos los mecanismos que hay detrás de la percepción y la evaluación de la realidad. Es evidente que, una vez superados los primeros años reproductivos, a la evolución le ha importado bastante poco que conservásemos una mente ágil y despierta. Incluso puede que, ahora que lo pienso, la madurez sea en conjunto una enfermedad.

O, mejor, un síndrome, siendo uno de sus síntomas... tener hijos.

jueves 8 de octubre de 2009

Un poco de estética

Uno va y dice: “voy a revolucionar el arte” y decide que va a reducir el número de sus límites, que va a despreciar alguna de las restricciones que impone el canon hegemónico en ese momento. Coge alguna cosa de un basurero, lo coloca en una galería de arte y dice: "es una obra de arte". Y tiene razón, porque decidir que es una obra hace que sea una obra de arte. Perfecto. Hasta aquí. Pero entonces llegan los demás y en ese a veces muy destructor instinto simplificador que tienen los humanos dicen: todo el arte es así: lo único que hace que algo sea arte es la decisión del artista. De modo que lo mismo es el urinario de Duchamp que las Meninas de Velázquez. Son así los humanos.

Cierto es que el espectador siempre ha de poner algo de su parte: siempre ha de haber cierta complicidad con la obra artística: de alguna manera, debe fingir que se lo cree. Pero hay que reconocer que si la obra condensa cierto conjunto de características, esta complicidad será más fácil que si no. Yo, por ejemplo, me siento mucho más inclinado a creerme los trampantojos de Velázquez que el hiperrealista urinario de Duchamp. Yo soy así.

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Lo que ha marcado al siglo XX es el afán por la originalidad, por ser distinto, por romper. Esto, unido a un acceso a la información en permanente y extraordinario aumento y a una conciencia nunca vista anteriormente de las implicaciones de los propios actos (antes, el artista generaba signos; ahora, los busca) ha conducido a esta carrera de ismos que llega a su perversión completa con la postmodernidad. Y digo perversión porque en el fondo no han hecho más que inventar nuevos nombres para los viejos problemas: el fin de los grandes relatos, horizontalidad, deconstrucción, simulacros, lo dicho, una nueva jerga para hablar de lo de siempre, de la contradicción de la existencia, del absurdo, de la relación entre lenguaje y realidad, etc, etc, etc. (Es revelador el uso del prefijo post- en todos ellos: postestructuralismo, postmarxismo, postmodernismo).

Yo les pondría a todos estos a plantar berzas. Y no lo digo como castigo, sino como terapia. Me da la sensación de que valorarían de otra manera todos sus hallazgos teóricos si tuviesen de vez en cuando un contacto más físico con el mundo (el sexo tampoco es mala terapia, aunque para mentes filosóficas puede ser motivo de nuevos desvaríos).

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Se me ocurre que uno de los males de las artes plásticas es un exceso de literatura. ¿Qué sería de la mayoría de las instalaciones, obras de técnica mixta y collages que uno se puede encontrar por ahí si no estuviesen acompañadas de los correspondientes folletos y catálogos explicativos. La verdadera creación se encuentra en estas piezas de literatura fantástica en las que, como en un retrato en hueco, se habla de lo que no existe más que en la imaginación siempre generosa del lector.

Con esto no niego la validez y hasta la necesidad de cierta labor crítica, pero lo que ha ocurrido en el siglo XX es que el órgano ha creado la función. Un crítico necesita tener de qué hablar, un galerista necesita tener qué exponer, un teórico necesita algo para enseñar e investigar. Todos ellos necesitan obra nueva, corrientes nuevas, nuevo léxico, nuevos hallazgos. Lo demás es una cuestión de combinatoria: pongamos a cien mil humanos a mezclar colores, objetos, soportes y luego elijamos algo que parezca distinto a lo de antes. La justificación teórica, la génesis histórica, los aspectos psicoanalíticos, la red de influencias, de eso ya nos encargaremos los críticos. No hay problema (un caso excepcional es Tapies: él mismo se encarga de generar la basura verbal con la que dar contenido a su obra).

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Los textos de contraportada, o los trailers de las películas, incluso algunas recensiones no muy independientes, todas son formas de un nuevo arte. Un arte, eso sí, corrupto, y no solo porque su finalidad sea convencer al posible consumidor, lo cual es, en sí, sospechoso. Es, sobre todo, corrupto porque miente: nos hace creer que es un reflejo fiel, un epítome, un avance de lo que nos vamos a encontrar, cuando ni el autor, ni las técnicas utilizadas, ni la intencionalidad de la obra y su argumento de venta tienen nada que ver. Lo que están haciendo es vendernos nuestra propia capacidad de asombro, nuestra curiosidad, nuestra imaginación. Consiguen que imaginemos aquello que deseamos y después nos dicen que eso, precisamente eso que estamos imaginando, es lo que nos ofrecen. La verdad es que la idea es genial. Y perversa, porque cuanto mayores son las ganas de nuevas sensaciones artísticas, de nuevas experiencias intelectuales, los batacazos son mayores. Es la publicidad. El arte de la simulación, de la sugestión, el auténtico arte virtual.

La gran puta.

sábado 3 de octubre de 2009

Personajes autorreferenciales

De niño abominaba de las canciones en las que se reconocía explícitamente que aquello era una canción. Veía algo completamente estúpido en aquella confesión de impostura. Para mí la ficción debía imitar la realidad lo mejor posible, y la autorreferencia se cargaba por completo la ilusión. Vamos, que estaba dispuesto a aceptar cómplicemente la farsa siempre y cuando la farsa se esforzase lo más posible en no parecerlo.

Algo parecido me pasa con la vida misma. Para poder funcionar, para poder vivir cada día damos por buenas una serie de asunciones que se concretan en reglas morales y sociales, en ciertos consensos implícitos. Sin embargo, en el momento en que me asalta la certeza de su convencionalidad, todo se esfuma.

Para la mayoría esto no es un problema, pues olvida el carácter convencional de casi todo lo que hacemos y aceptamos. Muchos incluso cierran el círculo imponiendo a la realidad lo que de ella emanó como simple modelo provisional. Este olvido de lo provisional es la raíz de la vejez y de la guerra.

Del informe caos inicial y después de una estupenda secuencia de azares, un grumo de materia adquiere cierta forma y da lugar a uno de nosotros. No somos más que eso, una forma provisional, un poco de orden que durante un instante se hace preguntas. En resumen, un préstamo de la nada. Cuando reconocemos esto, cuando nos hacemos conscientes de que el préstamo hay que devolverlo, la ilusión de absoluto, de ser, se desvanece: el reconocimiento de la propia naturaleza hace añicos la farsa.

Mucho se habla de la contradicción de la existencia. Pero la contradicción surge solo si olvidamos el carácter hipotético de nuestros modelos vitales. La contradicción está en la autorreferencia, está en el personaje buscando a su autor. ¿Absurdo? No: olvido. Aquellos seis personajes tenían autor, claro que sí. Se llamaba Pirandello. Nuestras morales, religiones, estructuras sociales, todo tiene autor: el hombre.

Si nos quedamos en el mundo de la ética, de lo práctico, de la vida, vale. Pero si queremos pasar a lo absoluto, al mundo de las esencias, el discurso debe dar el salto y olvidarse de casi todo.

Basta olvidar las palabras para que el absurdo desaparezca.

miércoles 30 de septiembre de 2009

Test para utópicos

Cuando la desigualdad es inevitable resulta relativamente fácil luchar contra ella. Pero, ¿qué ocurre si tenemos las herramientas necesarias para diseñar una nueva humanidad? ¿Cómo hacemos al personal? ¿Todos iguales? Entonces, ¿quién nos va a poner el café? ¿Todos buenos? Pero, ¿la creación no está relacionada en parte con la violencia? ¿Es necesario el mal?

Hasta ahora la construcción de utopías se basaba en el material humano disponible convenientemente modelado según las teorías psicologicas y sociológicas del utopista de turno. Ahora podemos actuar incluso sobre la materia prima. Podemos diseñar la especie. Algo así como Walden Dos, pero más. Podemos eliminar instintos primitivos; corregir deficiencias intelectivas; potenciar la memoria o la percepción espacial; aumentar la empatía o la agresividad. Podemos crear un ser humano nuevo.

Yo no sabría qué hacer. La ausencia de límites me produce vértigo. La vida es un juego de tensiones. Puede ser duro a veces, difícil, pero sabes cuales son tus límites. Si de pronto no los hay, si de pronto te conviertes en dios, ¿hacía dónde tirar? Y lo que es más difícil de contestar: ¿por qué?

El sinsentido de la vida se hace, ante este test imposible, absolutamente patente: los límites nos muestran el gradiente por el que ascender o deslizarnos. Incluso los caminos laterales para escapar de la norma. Pero ahora el hombre aparece como uno de los diseños posibles con que modelar un montón de barro. La evolución es sabido que actúa chapuceramente. Pero al menos tenía contra lo que luchar: la muerte.

Ampliemos el test. El universo es una fluctuación del vacío. Quizá podamos crear universos. Supongámoslo. ¿Por qué hacerlo? ¿Por qué una forma y no otra?

Todas estas preguntas son sinsentidos. La ausencia de finalidad impide que su propia formulación tenga sentido. Solo la existencia de seres conscientes da ciertos visos de significado a tales planteamientos, pero las contestaciones deben ser necesariamente subjetivas: todo lo que hagamos será porque nos apetezca, porque así nos divertimos, porque algo tenemos que hacer.

El universo no tiene sentido. El que nosotros nos convirtamos en dioses no cambia las cosas.

domingo 27 de septiembre de 2009

Belleza, fantasía y materia

Una frase de El Archivo de Egipto: “Solo las cosas de la fantasía son bellas”. Me recuerda a aquella otra, genial, de Baroja: “Ya ves, todo lo maravilloso es mentira”. Ambas reflejan el profundo pesimismo acerca de las cosas y los seres de este mundo de dos ilustrados a los que les tocó sufrir tiempos duros en tierras aún más duras.

Sin entrar en el contexto de Sciascia y Baroja -entiendo perfectamente el pesimismo y el escepticismo de ambos-, creo que posturas así no son más que pura pose en algunos y escapismo barato en otros. El recurso a considerar el mundo de la fantasía como el único en el que la belleza puede proliferar me parece, cuando menos, una simpleza. Cuando más, producto de un dualismo quizá no declarado pero sí presente en el momento en que se oponen tan nítidamente fantasía y realidad.

La realidad lo es todo. Si somos capaces de producir belleza es porque la hemos percibido en el mundo y nos ha gustado tanto que la hemos reelaborado para intensificar su efecto y nuestro disfrute.

Creo que en este momento de la historia ya estamos en condiciones de entender que las cosas son lo que son, que no hay mundos ideales a los que tender o a los que imitar, que nada tiene sentido, que no hay un más allá y un más acá, y que la queja no es más que una forma de oración, de petición de socorro a alguna divinidad que se apiade de nosotros.

Sí, realmente creo que en el fondo, la frase de Sciascia es puro idealismo. A lo hermoso le confiere la calidad de lo inmaterial. Lo bueno es inmaterial. La materia es mala.

Pero no: la materia no es mala. La materia lo es todo.

viernes 25 de septiembre de 2009

Caos

“En el principio era el caos”. Casi todas las cosmogonías empiezan con una afirmación de este estilo. Y casi todas tienen su “Caída de los dioses”, o su “Apocalipsis”, como si después de un periodo más o menos ordenado el caos primigenio acabase siempre por retornar.
Esto de ver el caos en el pasado y en el futuro debe ser una extrapolación de lo que vemos en cualquier libro de historia: el desorden azaroso es reducido por voluntades poderosas que imponen su ley con mayor o menor éxito, alcanzando estados de mayor o menor organización, pasando incluso por edades más o menos doradas para acabar siempre en la decadencia y en la extinción del orden.

También en nuestra vidas diaria experimentamos cuan difícil es conseguir el orden y cuan difícil mantenerlo. En el fondo, estamos luchando con el segundo principio de la termodinámica.

La cuestión es que, a poco que pensemos, cualquier otra descripción del universo distinta del caos es un puro cuento. ¿Por qué ha de haber leyes? ¿Por qué va a tener que comportarse el universo de ninguna manera determinada? Cualquier teoría que imponga obligaciones al universo debe explicar de dónde vienen. Además, en seguida se cae en falacias lingüísticas: si hay leyes, ¿quién es el legislador?

“En el principio era el caos”. Y al final. Y siempre. Lo que ocurre es que en un universo caótico todas las posibilidades deben darse. Y esto no es una ley, sino una tautología a partir del propio concepto de caos: no podemos descartar ninguna posibilidad porque eso sería ponerle restricciones a lo que por definición no tiene restricciones.

¿Por qué existe el universo? Ante tan estupenda pregunta yo propongo contestar: porque sí.

martes 22 de septiembre de 2009

Progreso

La idea de progreso está desprestigiada. ¿Cómo podemos hablar de progreso, dicen unos, cuando nos estamos cargando el planeta, cuando las guerras cada vez son más crueles, cuando la gente sigue muriendo de hambre en las tres cuartas partes del mundo?

Pues tienen razón. Pero otros dicen que nos encontramos en un nuevo Renacimiento, pues en el siglo pasado hemos llegado a la Luna, hemos inventado la píldora anticonceptiva, resuelto el último teorema de Fermat y descubierto el mecanismo de la herencia.

Pues también tienen razón.

Estamos con lo de siempre: cada uno, según sus inclinaciones, según sus presunciones ideológicas define internamente el concepto según le viene en gana, opina en función de esa definición y ya la tenemos montada. Las dos posturas anteriores son correctas, y no suponen paradoja alguna porque hablan de cosas distintas, completamente distintas. Incluso cada una de las posturas mezcla ideas que deberían analizarse separadamente. Para no liarla demasiado, solo voy a desglosar la cuestión en cinco preguntas:

¿Ha progresado el hombre desde un punto de vista material? Polución, hambre, desigualdades: no.

¿Ha progresado el hombre desde un punto de vista moral? Si tal frasecita lo que quiere es inquirir sobre si hemos desarrollado y aceptado de modo generalizado unas pautas de comportamiento que permitan a todos los hombres desarrollarse dignamente, la contestación es más que evidente: para nada.

¿Ha progresado nuestra comprensión del mundo universo? Teoría de la relatividad, mecánica cuántica, teoría inflacionista, caos, genética: sí.

¿Ha progresado nuestra comprensión del hombre? Desde las teorías evolucionistas o la neurología se ha conseguido hacer accesibles problemas antes secuestrados por la teología: libre albedrío, consciencia, comportamientos innatos, mientras que la ética ha alcanzado su madurez como ciencia al ser capaz de desarrollarse con independencia de trabas religiosas. Sí, claro que sí.

¿Ha progresado nuestra capacidad tecnológica? Lo que más: para bien y para mal. Las telecomunicaciones han destruido todas las barreras, todas las fronteras. La medicina no solo cura, sino que empieza a saber por qué. Viajamos por el espacio y construimos túneles bajo el mar. Construimos robots que trabajan por nosotros. Y hemos aumentado la capacidad de nuestro cerebro mediante una prótesis externa a la que llamamos ordenador.

¿Entonces? ¿Por qué con tantas posibilidades lo hacemos tan mal? ¿Por qué hemos progresado tanto y a la vez tan poco?

La respuesta es tan sencilla que parece una ridiculez: porque los humanos somos exactamente iguales que éramos hace cien mil años, cuando recorríamos las llanuras africanas en busca de alimento. Es decir, que nuestros instintos siguen ahí, incluido el más necesario para la supervivencia en un medio salvaje pero el más dañino que se pueda imaginar en un medio social: el egoísmo genético. La gente se pregunta cómo es posible lo de Palestina. Siguen preguntándose cómo fue posible lo de Hitler. Simplemente porque el Cromagnon sigue ahí, agazapado, debajo de nuestra civilizada vestimenta, esperando la mejor ocasión para saltar y conseguir, sea como sea, lo mejor para él, su familia, su tribu y su raza.

Lo estúpido es caer en prosopopeyas baratas y echarle la culpa a la ciencia, a la tecnología o al empedrao. Si no nos han servido para hacer de este mundo algo mejor es porque somos unos hijos de puta, simplemente.

Las quijadas de asno no tiene la culpa de nada.

miércoles 9 de septiembre de 2009

Derechos

Vivimos en una sociedad de derechos. Todo el mundo invoca sus derechos. Vale, me parece bien. Lo malo es que pocos se han parado a pensar a) qué es un derecho y b) qué esconden realmente algunos de los derechos fundamentales.

Dejando el punto a) para otra ocasión, tratemos el b) viendo, a modo de ejemplos, algunos de los derechos que con más frecuencia se reivindican:

Derecho de los padres a educar a los hijos: ¿incluye eso el derecho a mentirles sistemáticamente desde la cuna para que acaben creyendo como verdaderas un montón de leyendas fantásticas? ¿Incluye eso dejarles en herencia sus miedos, sus frustraciones, sus prejuicios? Por supuesto, no quiero decir que todos los padres eduquen mal a sus hijos. Todos no, desde luego.

Derecho al trabajo: este es particularmente retorcido: ¿se nos quiere decir con esto que tenemos derecho a dedicar la mayor parte de la vida a obtener beneficios para otros? ¿Se nos quiere decir que tenemos derecho a doblar el espinazo para obtener ingresos con los que satisfacer las necesidades que el propio sistema nos crea?

Derecho a la propiedad. En este derecho reside casi todo el tinglado. ¿Quién no está de acuerdo en que lo suyo es suyo y que nadie debe intentar quitárselo? Lo que ocurre es que no puedo evitar ver diferencias entre la propiedad de un tebeo que he comprado con el dinero obtenido tras una hora de satisfacer mi derecho al trabajo y la propiedad del cuaderno de Leonardo que compró Bill Gates con el dinero que ganó tras miles de horas de trabajo... de sus empleados. ¿Tiene alguien derecho a poseer extensiones de tierra de decenas de miles de hectáreas? ¿O la riqueza petrolífera de un país?

Derecho a la libertad. Este es el derecho que ampara todos los demás derechos, pues los padres son libres de educar a sus hijos como les parezca; y los emprendedores son libres de intentar enriquecerse con el trabajo de los demás; y somos libres de acumular las riquezas que seamos capaces de obtener. Pero también es la mayor broma, por varias razones:
  1. La libertad no existe. Es un sinsentido lógico. O hay azar o hay necesidad, pero no hay libertad. A lo sumo, una ilusión de libertad, que es la que experimentamos cuando deseamos algo y descubrimos con gusto que podemos alcanzarlo. Pero nuestros deseos a su vez dependen de nuestra educación, del medio, de nuestras experiencias previas...
  2. El derecho a la libertad se da de leches con todos los demás derechos. No soy libre de coger lo que quiero porque los demás tienen derecho a su propiedad. No soy libre si resulta que otros, mis padres, tienen derecho a educarme como a ellos les parezca. No soy libre desde el momento en el que no puedo elegir la sociedad en la que vivo.
  3. La propia declaración de unos derechos supone una drástica limitación de la libertad que podríamos suponer que traemos bajo el brazo al nacer. Lo cierto es que venimos a la vida en el seno de una sociedad que no hemos elegido. Lo terrible es que no podemos apearnos en marcha, no podemos decir paso de esto, no podemos renunciar al sistema y huir a los bosques, entre otras cosas porque los bosques ya son propiedad de alguien.

Propongo que al lector que haga una lectura de, por ejemplo, la Declaración de los Derechos Humano de la ONU. Se la suele criticar por su generalizado incumplimiento, pero eso es estúpido, porque las declaraciones no tienen culpa de que no se cumplan. De lo que sí son culpables (en realidad no ellas, claro, sino quienes las compusieron) es de la soterrada ideología que esconden. Mi propuesta consiste en emprender la lectura con espíritu de sospecha, con ese talante paranoico que a todos se nos pone de vez en cuando, y reírse un poco.

Otro ejercicio, este más creativo, consistiría en redactar una buena declaración de derechos humanos. Los objetivos de este ejercicio son dos: tomar conciencia de lo difícil que es desear con inteligencia y comprobar que no puede existir una buena declaración de derechos humanos.

PD: Cuando un extranjero se nacionaliza norteamericano debe asistir a un acto en el que, antes de jurar esas cosas que se juran, un juez le hace algunas preguntas al aspirante para constatar que conoce el sistema político del país. En 1947, el lógico Kurt Gödel, se presentó a la ceremonia. Como buen chico que era se había estudiado la constitución. El problema era que había encontrado inconsistencias en el texto, inconsistencias que pensaba explicarle al juez. Afortunadamente para él, Einstein y Morgenstein, sus testigos, le entretuvieron como pudieron y convencieron al juez de que no dejase hablar demasiado a su amigo.

martes 25 de agosto de 2009

Descartes y Pascal

Una forma de pensar en el futuro consiste en echar vistazos al pasado. Una magnífica ocasión de hacerlo es ver la obra de teatro El encuentro de Descartes con Pascal joven de Jean Claude Brisville. Brisville imagina en ella los que ambos genios hablaron en la única entrevista que se sabe tuvieron pero de la que no ha quedado ningún registro. El texto es inteligentísimo, puro placer, increíblemente ameno por el despliegue de ingenio que supone el enfrentamiento entre el ya maduro Descartes, amante de los placeres que le proporcionan la inteligencia y el sosiego, y el joven y airado Pascal, obsesionado con la religión y la verdad, su verdad.

Hace unos días tuve la fortuna de asistir a la versión que Flotats dirige e interpreta magistralmente en Madrid. Un montaje austero que no desvía en ningún momento la atención de lo importante, la palabra y el gesto de este encuentro entre dos formas de ver el mundo: ciencia y Biblia, relativismo y dogmatismo, la mirada desapasionada y la pasión de la juventud.

Descartes es creyente, es cristiano, pero le dice a Pascal, otro cristiano: “Señor, terrible religión la vuestra”.

Fascinante.

viernes 21 de agosto de 2009

Campamento de verano ateo

La noticias, tal como se puede leer, por ejemplo, en http://www.publico.es/agencias/efe/241764/ es que, aunque ya hay varios en Norteamérica, se ha inaugurado este verano el primer campamento para hijos de padres ateos o agnósticos en Gran Bretaña. Está apoyado, entre otros, por el amigo Dawkins, que no descansa.

El invento se llama Camp Quest, que se podría traducir como “Campamento búsqueda”, y la idea es desterrar de las actividades de los campistas todo rastro de religión y enseñarles a pensar. Un jueguecito que me ha encantado es el llamado Reto del unicornio invisible: a los críos se les dice que existen unicornios alrededor del campamento, pero que si no los ven es porque son invisibles. El reto consiste en demostrar racionalmente que dichos unicornios no existen (sugiero al sufrido lector que lo intente).

La directora del campamento, Samantah Stein, explica que “la idea de Camp Quest es realmente dejar que los niños decidan qué pensar. Para ello se van a desarrollar algunas actividades filosóficas orientadas a niños y otras relacionadas con las falacias lógicas. Es un modo de interesar a los críos en el pensamiento, en la filosofía, en cuestiones religiosas y en todo tipo de pensamiento científico y crítico”.

Hablando de futuro, el futuro se construye así.

sábado 25 de julio de 2009

Mediocridad

La campana de Gauss nos condena a la mediocridad. De hecho, viene a decir que es esencial. Sea cual sea el rasgo de la actividad mental humana que midamos, sea conocimiento científico, interés por la cultura, preocupación por el devenir del mundo, afán de saber, o, simplemente, ganas de entender lo que ocurre, si expresamos los datos obtenidos en una gráfica obtendremos la campana de Gauss. Dicha curva nos dice que la inmensa mayoría se va a mover en la zona central, y que solo unos pocos van a destacar por poco o por mucho.


Sin embargo, no es la misma mediocridad la de una masa embrutecida que la de una con un cierto barniz de civilización. No es lo mismo la mediocridad de una sociedad con grandes desigualdades que la de una sociedad en la que la educación está al alcance de todos. Siempre habrá diferencias entre los mediocres, aquellos que habitan la parte ancha de la gaussiana, y aquellos que se salen de la media. Pero la diferencia entre unos y otros puede ser mayor o menor.

Nos quejamos en las sociedades desarrolladas del desinterés de la gente por la cultura, de la proliferación de programas basura en televisión, del desprecio que se muestra en general por el conocimiento. Sí, son asuntos preocupantes, pero cuando se tratan parece a veces como si, quien lo hace, estuviese pensando en alguna otra época en la que las cosas fueron mejores. Tal pensamiento es un error: esa época no ha existido. Nunca se ha leído tanto cómo se lee ahora. Nunca la gente ha asistido tanto a exposiciones y museos. Nunca la gente ha llenado tanto los teatros. ¿Entonces? Pues ocurre que la mediocridad sigue existiendo, pero que muchos de esos mediocres ahora leen, aunque sea en el metro, y asisten a exposiciones, aunque no sepan muy bien lo que están viendo. Y los otros, los que no se consideran mediocres, se encuentran codo a codo con ellos, y se ofenden de su falta de conocimiento, de lo vulgar de su gusto, y hasta de sus malas maneras, pues ni saben que en los conciertos de clásica no se aplaude hasta el final de la obra. Los ven como advenedizos.

La cuestión es que ahora están ahí. Están presentes. Y no solo eso, sino que con su poder adquisitivo, influyen sobre la oferta, de modo que hoy día, la mayor parte de la oferta cultural es mediocre. Pero es que no podría ser de otra manera, por una sencilla y democrática razón: son más.

Pero esto no es ningún problema. A mí no me ofende que en un teatro se represente Mamma Mia en vez de una tragedia griega o una de Shakespeare. A mí no me ofende que Ruiz Zafón venda sus libros a millones. Lo preocupante sería que solo pudiésemos ver Mamma Mia o leer a Zafón.

Las posturas elitistas no son solo intransigentes sino profundamente erróneas. Por un lado debería de estar claro que cada uno tiene derecha a divertirse como le de la gana. Por otro, hay que entender que las causas sociales que han llevado a unos a ser como son no se diferencian de las que han llevado a los otros a ser como son. Quiero decir que creemos tan ciegamente en nuestra individualidad que no pensamos que somos producto de un sistema. Sea cual sea nuestra posición en la campana de Gauss, formamos parte de esa particular distribución del conocimiento. Pensar que somos como queremos ser es un presunción difícil de sostener.

Hay cierta contradicción en esto de pensar que el mundo es una mierda cuando resulta que estamos nosotros en él. Quiero decir que, a poco razonable que sea uno, tendrá que admitir que no es un ser único, que hay otros como uno mismo, aunque no sean más que esos con los que comparte quejas. Están también aquellos que solo conocemos en estado larvario pero que ya prometen todo un futuro de incomprensión. Tenemos, además, todos esos que conocemos por sus obras y que no solo nos proporcionan inteligencia y placer, sino que hasta parecen unos aceptables seres humanos. Y, por supuesto, esta toda esa maravillosa gente que no conocemos.
Entendido esto, la postura razonable debería ser profundizar las relaciones con los conocidos, ayudar a las crías de la especie, investigar más a los grandes y buscar a los desconocidos. Lo que no tiene ningún sentido es esa postura condescendiente de “uf, qué poco me gusta el mundo”. Salvo, naturalmente, que uno se considere absolutamente único.

Los humanos podemos sentirnos islas en muchas ocasiones. Es algo que propicia precisamente la extraordinaria abundancia de oportunidades y alternativas que se nos ofrecen: gracias a ellas podemos vivir de modos distintos a como vivieron nuestros predecesores o a como vive la gente que nos rodea. Pero eso nos puede convertir en islas, en especial si nos salimos de la media, sea en el sentido que sea, por listo o de puro friki.

Pero ser un friki no es preocupante. Lo preocupante es utilizar la propia rareza como excusa para no sentirse concernido por el mundo. Ser raro no significa no pertenecer al sistema, aunque el poder suela empeñarse en convencernos de ello. Para el poder el raro es una molestia, algo que estropea las estadísticas y la foto. Pero no hay que caer en la trampa del burócrata y convertirse en un rebelde sin causa. A fin de cuentas, hay causas a montones, empezando por la de reivindicar la propia rareza.

Las islas, a fin de cuentas, suelen formar archipiélagos.

domingo 12 de julio de 2009

Sobre lo apolíneo y lo dionisiaco

José Carlos Molina, compositor, flautista, alma de Ñu y tipo nada modesto, le llama “Dios”. Para los ateos recalcitrantes, personajes como este parecen llenar la necesidad genética de héroes, los precursores de los dioses según contó Thomas Carlyle. A día de hoy, Ian Anderson es un señor mayor que, sin embargo, sigue levantando al personal cada vez que interpreta Aqualung o Locomotive Breath. Le vi de nuevo hace menos de un año en las fiestas de Alcorcón y fue espectacular verle a él, a la banda, allí estaba, como siempre perfecto, el viejo Martin Barre, y a miles de jóvenes botar al son de aquel grupo de ancianos increíbles.

Sin embargo, Anderson ha perdido. Pero no por viejo. Tampoco por músico: hoy posiblemente lo sea mejor que antes. La cosa es que hoy es apolíneo, y entonces era dionisiaco. No tengo hoy el día para teorías, así que resumiré rápidamente: lo apolíneo es lo medido, lo perfecto, lo preciso, mientras que lo dionisiaco es el desparrame, el exceso, el descontrol. No voy a decantarme por ninguna de las dos posturas, y ello por dos razones: la primera, porque siendo de vocación dionisiaca, soy apolíneo de formación. La segunda, porque pienso que la belleza que hemos sido capaces de aportar al mundo los humanos proviene de la tensión existente entre ambos extremos, entre al polo apolíneo y el polo dionisiaco de esta especie nuestra.

Pero... algo no va bien. El equilibrio se ha roto. Este mundo de hoy no es que sea muy apolíneo, pero lo que no es en absoluto es dionisiaco. Porque el ser dionisiaco no consiste en alcanzar rápidamente el estado de embriaguez. No consiste en perder el control o el sentido. Consiste, por el contrario, en traer a la palestra fuerzas que de diario mantenemos bajo control pero en las que reside buena parte de nuestra capacidad de creación. No voy a defender las drogas o el alcohol, no se trata de eso. Lo único que quiero decir es que, quitando alguna jamsession de jazzeros, no he vuelto a ver una interpretación con la intensidad de la que se puede ver en el siguiente vídeo. Que el tema se titule My God no es ninguna casualidad. Otro día quizá teorice acerca de este asunto, pero hoy me voy a limitar a mostrar.

Señoras y señores, ladys and gentlemente, con ustedes, en estado de gracia, Dios:


jueves 9 de julio de 2009

Una enumeración cósmica

Es curioso: Borges parece hablar siempre de las mismas cosas, como si fuesen los suyos dos o tres temas. De hecho, en el prólogo a su Elogio de la sombra, escribió: “A los espejos, laberintos y espadas que ya prevé mi resignado lector se han agregado dos temas nuevos: la vejez y la ética”. Sin embargo, si uno elabora así a vuelapluma, y sin ánimo exhaustivo, una lista de ellos se encuentra con: la muerte, los laberintos, los espejos, la espada, el puñal, sus antepasados, el otro, los libros, Buenos Aires, la literatura, los sajones, los griegos, el infinito, su ceguera, el tiempo, Heráclito, las palabras, la repetición, los efectos y las causas, la rosa, el tigre, las metáforas, Poe, las bibliotecas, las enumeraciones, el suicidio, la razón, el azar, la memoria, la vejez, el olvido, Shakespeare, los arquetipos, el arrabal...

Escribió acerca de la enumeración caótica que “debe parecer un caos, un desorden y ser íntimamente un cosmos, un orden”. Da la sensación de que toda su obra es precisamente eso, un aparente caos que nos brinda un asombroso cosmos. Esa es su magia: convertir lo confuso en un “álgebra, un palacio de precisos cristales”. Tras adentrase en su poesía surge la sospecha de si quedó algo fuera.


PD: ahora que lo pienso, mil veces mejor que mi enumeración, una suya:

Las causas

Los ponientes y las generaciones.
Los días y ninguno fue el primero.
La frescura del agua en la garganta
de Adán. El ordenado Paraíso.
El ojo descifrando la tiniebla.
El amor de los lobos en el alba.
La palabra. El hexámetro. El espejo.
La Torre de Babel y la soberbia.
La luna que miraban los caldeos.
Las arenas innúmeras del Ganges.
Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña.
Las manzanas de oro de las islas.
Los pasos del errante laberinto.
El infinito lienzo de Penélope.
El tiempo circular de los estoicos.
La moneda en la boca del que ha muerto.
El peso de la espada en la balanza.
Cada gota de agua en la clepsidra.
Las águilas, los fastos, las legiones.
César en la mañana de Farsalia.
La sombra de las cruces en la tierra.
El ajedrez y el álgebra del persa.
Los rastros de las largas migraciones.
La conquista de reinos por la espada.
La brújula incesante. El mar abierto.
El eco del reloj en la memoria.
El rey ajusticiado por el hacha.
El polvo incalculable que fue ejércitos.
La voz del ruiseñor en Dinamarca.
La escrupulosa línea del calígrafo.
El rostro del suicida en el espejo.
El naipe del tahúr. El oro ávido.
Las formas de la nube en el desierto.
Cada arabesco del calidoscopio.
Cada remordimiento y cada lágrima.
Se precisaron todas esas cosas
para que nuestras manos se encontraran.

Jorge Luis Borges, Historia de la noche (1977)

martes 7 de julio de 2009

¿Invención o descubrimiento?

Llevo varios días dándole vueltas al tema de si la matemática es invención o descubrimiento. Entiendo que asuntos así para la mayoría son de un interés nulo. Sin embargo, son importantes. Y lo son no por lo que nos puedan aportar acerca de la comprensión del cosmos, que puede ser mucho, sino porque de la respuesta depende la mismísima interpretación política de la realidad.

Sí, he dicho política, y es que, por mucho que nos moleste, todo es política, hasta las matemáticas, hasta las mismísimas matemáticas. Me hace mucha gracia cuando algunos padres se quejan de que algunos profesores aleccionan a sus alumnos. Suelen ser profesores de filosofía, o de historia, o de literatura los que reciben estos ataques. Pero nunca los de matemáticas. Y ¿por qué? Porque la mayoría piensa que la matemática es fría, objetiva, neutra y, sobre todo, verdad. Pero no es así.

Hay muchas interpretaciones filosóficas acerca de la matemática, pero voy a centrarme en las dos visiones que importan para mi argumento. Una de ellas es la visión platónica: según esta, la matemática consiste en descubrir, es decir, des-cubrir algo que estaba oculto pero que existía previamente. Según esta interpretación del quehacer matemático, acuñar un concepto, u obtener un teorema, consiste en acceder a un mundo ideal en el que las entidades matemáticas tienen existencia propia e independiente y donde, tras echarle un vistazo a la criatura arquetípica, podemos rescribirla en términos humanos. Mirar el cielo, vamos.

La visión contrapuesta es la que considera que las matemáticas son una creación humana, como lo es el lenguaje. Desde este punto de vista, los objetos matemáticos serían abstracciones, constructor mentales que manipularíamos mediante reglas obtenidas por el mismo procedimiento. Es decir, una invención, con todo lo que eso tiene de relativismo cultural.

Las consecuencias de aceptar una u otra opción son evidentes: la primera es profundamente mística, pues acepta la existencia de un mundo etéreo habitado de esencias y hace de menos este mundo material que transitamos al convertirlo en burda copia del modelo perfecto.

La segunda es, por el contrario, profundamente materialista: sitúa la matemática en el cerebro humano, y la hace un producto cultural más, no menos dependiente de las contingencias de la historia que la literatura o el arte.

Los teoremas son los mismos. Pero no la forma de contarlos. Habrá quienes, al explicar los números o el cálculo diferencial, transmitan a la vez su creencia en un mundo superior y perfecto. Otros, por el contrario, al explicar los axiomas de la geometría, deslizaran su opinión de que se trata de productos culturales. Muchas veces será inconscientemente, pero eso no evitará que las puras y límpidas matemáticas sean un vehículo de adoctrinamiento cultural y político.

No he contestado a la cuestión inicial: las matemáticas, ¿son invención o descubrimiento? Quizá otro día lo explique, pero ahora me limitaré a enunciar mis conclusiones: mientras que la ciencia descubre y la tecnología inventa, la matemática explicita.

martes 30 de junio de 2009

Cosas nuevas en Epsilones

Hoy no voy a dar la brasa ni con lo divino ni con lo humano: escribo esta entrada tan solo para comunicar que, después de seis meses, he incluido algunas cosas nuevas en Epsilones.

Para quien pueda interesar.

sábado 27 de junio de 2009

Fotografía de la depresión

Acabo de ver en el Museo ICO una colección de fotografías de la americana Dorothea Lange. Retratan los efectos de la Gran Depresión sobre la gente más desfavorecida, y fueron tomadas en el marco de un programa del propio gobierno para mostrar a la norteamericanos lo mal que lo estaban pasando algunos de sus compatriotas.

La visión de las fotografías, increíbles si tenemos en cuenta que la pobreza extrema que muestran se produjo en el país más rico de la Tierra, me ha llevado a tres reflexiones

La primera tiene que ver con la teoría económica: ¿cómo se puede seguir defendiendo las bondades del libre mercado cuando la historia nos muestra una y otra vez cómo masas enteras pueden caer en la pobreza y el hambre cuando el sistema colapsa? Solo desde la ignorancia se puede realmente pensar que el mercado, dejado a su albur, será capaz de subvenir las necesidades de todos. Solo siendo un canalla se puede defender el libre mercado sabiendo lo que hay que saber.

La segunda es acerca del sistema como un todo. Hubo tiempos en que, cuando la gente tenía dificultades, hacías el petate y buscaba nuevas tierras, nuevas oportunidades. Pero eso hoy ya no es posible. No hay tierras fuera del sistema. No hay mundos vírgenes. Uno no puede salirse del sistema, porque, vaya donde vaya, se encontrará con que las tierras tienen amo y leyes. El sistema lo es todo, lo abarca todo. Entonces, ¿cómo podemos siquiera pensar que el sistema no se ocupe de todos? ¿Cómo podemos admitir que haya gente en sus márgenes, olvidados, apartados? Defenderlo es no entender nada. O ser un canalla. En los viejos tiempos un ermitaño podía meterse en una cueva y llamarla su hogar. Hoy no: rápidamente aparecerá un municipal y le explicará que el ayuntamiento prohíbe la acampada libre.

La tercera y última tiene que ver con el papel de los hijos en el destino de los pobres. Viendo las fotos uno no puede dejar de preguntarse cómo es que toda esa gente no se levantó, cómo es que no hizo uso de la violencia y arrasó el país. La respuesta está en las propias fotografías: en ellas se ven hombres y mujeres asqueados, hambrientos, cubiertos de polvo, con la mirada tan curtida como la piel, desesperados. Pero alrededor, siempre, se ven a sus hijos: siete, ocho, diez. Esas siete, ocho, diez bocas son las razones que les impidieron levantarse y luchar. Ellos, los hijos, son el gran estabilizador social. Una mujer sola, un hombre solo, serán capaces de cualquier cosa, de cualquier revolución. Unos padres, sin embargo, lo soportarán todo por un puñado de avena.

Dorothea Lange
Madre emigrante
1936