domingo, 20 de octubre de 2019

Unflattening, de Nick Sousanis


Resultado de imagen de UnflatteningSegún el autor, en cuanto nos descuidamos, nos vemos encerrados en un mundo plano, como en la novela Flatland de Abbott, y nos explica que la forma de escapar, de lograr el unflattening, es multiplicar el número de los puntos de vista con los que observamos lo que nos rodea para que nuestras teorías acerca del mundo adquieran más y más dimensiones y nosotros mayores dosis de libertad. 

Unflattening es un tebeo, pero también es una tesis doctoral. Un ensayo, vamos. En realidad, es más lo segundo que lo primero: el lenguaje no debe engañarnos: es una sesuda tesis sobre las relaciones entre la escritura, evidentemente secuencial, y el dibujo, holístico por definición, y la enorme potencia que encierra esta relación en el cómic, donde ambos se encuentran.

Podríamos decir que la obra es autorreferencial, porque ella misma es prueba de lo que dice: al tiempo que enuncia las ideas lingüísticamente, las muestra espacialmente en complejas páginas de extraordinaria expresividad.

Toda una experiencia conceptual y visual.

domingo, 13 de octubre de 2019

Máquinas como yo, de Ian McEwan

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El autor se inventa una ucronía completamente innecesaria para montar un popurrí de temas de actualidad desarrollados ese estilo literario que huye de dobles sentidos, imágenes sugerentes y profundidades mentales y lucha porque el lector jamás tenga la más mínima duda acerca de lo que está ocurriendo.

Acerca del tema central, la posibilidad de que construyamos máquinas que puedan pasar por seres humanos, el texto no aporta nada que no se haya dicho, dibujado o filmado con anterioridad. El autor da por hecho que sí, que podremos hacerlo, pero no indaga demasiado en el asunto: se limite a tirar del test de Turing.

Ahora que lo pienso, ya sé para qué se inventa la ucronía y convierte a Turing en personaje: para poder desarrollar su historia de robots inteligentes como si Blade Runner nunca hubiese existido. Pero existió, lo cual hace anticuada a esta novela nada más nacer.

domingo, 6 de octubre de 2019

The Wire, de David Simon

Resultado de imagen de the wireVoy a empezar diciendo lo que no es The Wire: no es una serie amable, ni condescendiente, ni esperanzadora, ni motivadora. Tampoco es una serie que proclame la violencia, la rebelión o que ensalce gansters. No es heroica, en absoluto: es, posiblemente, la serie menos heroica que he visto jamás. No es romántica ni sentimental. No habla de gente extraordinaria, ni de gente humilde que resulta extraordinaria. 

Es realista, es realista hasta hacer daño. Habla de la ciudad de Baltimore, de la droga, del submundo de sus muelles, de la corrupción de la construcción y la política, de la educación mutilada, de la prensa aprovechada, y lo hace de un modo asombroso, porque percibimos los hilos que conectan los distintos mundos, porque se nos muestran las estructuras que imposibilitan los cambios para perpetuarse a sí mismas.

El guion es increíble: a partir de la idea de ver  la realidad desde los dos puntos de vista, el de las instituciones y el de los que se sitúan fuera de ellas, acabamos asistiendo a los esfuerzos de unos y otros por sobrevivir a partir de reglas de juego siempre cambiantes, porque solo cambiándolas se puede sobrevivir. Y no, no se trata de que no haya malos y buenos: lo que ocurre es que todos son malos porque, si no lo eres, estás muerto. Hay excepciones, gente que escapa, gente que no se conforma, pero son tan pocos y sus logros tan pequeños que solo pueden entenderse como eso, excepciones, y nunca como esperanzas.