jueves, 16 de mayo de 2013

¿Moral o inmoral? ¡Amoral!


Alberto Montt
Soy un tipo amoral. No inmoral: amoral. Con esto quiero decir que no abrazo, de modo consciente, ningún sistema moral.

Hay gente in-moral. Mucha. Muchísima. Yo diría que tanta como gente moral, porque todos los que son morales, es decir, todos los que abrazan conscientemente una moral,  se la saltan con bastante frecuencia, lo cual les hace inmorales, porque quebrantan su moral.

Yo soy a-moral. No creo que exista ninguna moral superior a otra. No creo en el bien ni el mal. No de modo absoluto. Entiendo lo que significan esos conceptos respecto de un conjunto de criterios dado, pero como no me creo ningún conjunto de criterios, pues no creo en clasificación moral ninguna.

Sin embargo, me comporto de modo moral. Hice mis experimentos  de amoralidad real y fueron un desastre.  Lo peor de la amoralidad es que los demás no saben de qué vas, no saben cómo predecir tu comportamiento, y todo va mal.

Hay otra razón para comportarme moralmente: y es que me gusta que los demás se comporten de modo moral conmigo. Tras años de experiencia vital, he concluido que un mundo en el que la gente se comporta de modo moral  es más agradable que uno en el que no. También he aprendido que para que la gente se comporte conmigo de modo moral yo debo comportarme con ellos de modo moral.
Naturalmente, los perspicaces ya os habréis hecho la pregunta: comportarse moralmente ¿respecto de qué moral? Pues respecto de aquella que nos proporcione los más amplios márgenes de elección, respecto de aquella que haga feliz a la mayor cantidad de gente posible, respecto de aquella que haga la vida más luminosa.

Y esa moral,  ¿cuál es? Pues una que se va construyendo poco  a poco, una que va demostrando sobre la marcha que salvaguarda derechos y posibilidades, que optimiza la felicidad, que amplía las posibilidades.  Es una moral que no existe aún, una moral que está por descubrir pero que, de alguna forma, ya vivimos todos los que no aceptamos la moral heredada.

Quizá se trate de un problema insoluble. Quizá no haya forma de optimizar esa magnitud tan inmensurable que es la felicidad. Quizá nos pasemos eones dándole vueltas al asunto. Bueno, no es mal plan.

sábado, 4 de mayo de 2013

Creencias, aborto y contención del gasto


Puede ser que alguien se pregunte por qué le doy tanta importancia a esto de las creencias. A fin de cuentas, ¿qué más da que la gente crea en dioses? Como si creen en unicornios o en el ratoncito Pérez: no hacen daño a nadie.

Si fuese así no me preocuparía, efectivamente. De hecho, alguna vez lo he comentado: si la gente vive más a gusto con el calorcito que les da sentirse arropados por su dios, pues genial: no seré yo quien les diga cómo deben gestionar su vida.

El problema es que la cosa no se queda ahí, en el ámbito de lo privado, sino que salta a lo público y pasa a ser asunto de la incumbencia de todos, queramos o no, seamos ateos, agnósticos, posibilistas o pastafaristas.

Hay dos caminos por los que las creencias dan el salto a lo público. Uno es obvio: las iglesias. Como casi toda organización humana, tiene como objetivo principal de su acción su propia supervivencia, y para ello ejercen la presión que haya que ejercer para imponer a la sociedad su visión del mundo. Un ejemplo: que los católicos crean que en el mismo momento de la concepción un alma inmortal se adhiere al cigoto es algo que no merece ningún comentario por mi parte, salvo, quizá, una leve sonrisa. Sin embargo, esta creencia convierte al cigoto en sagrado, por lo que la jerarquía católica presiona al gobierno español para que prohíba el aborto y éste parece que, en buena medida, va a hace caso. Es decir: por una creencia absurda millones de mujeres van a perder el derecho a decidir sobre su propio cuerpo.

El otro camino por el que las creencias entran en el ámbito público es el de los dogmas. Los creyentes, y muchos no creyentes, están tan acostumbrados a creer que se olvidan de ese sistema de ajuste fino que llamamos razón y confían ciegamente en los dogmas que definen al grupo al que pertenecen. Un ejemplo: la derecha tiene como seña de identidad la creencia en que los impuestos son el mal de la economía y que lo mejor es pagar lo menos posible. Esto, como deseo egoísta, es comprensible, pero desde el punto de vista racional es un completo absurdo, sobre todo si lo defiende quienes están comisionados para hacer que la economía funcione. La cuestión es que dan igual doscientos años de teoría económica, montones de crisis, o el ejemplo de los países más desarrollados del mundo: la derecha sigue pensando que lo mejor es pagar pocos impuestos. Da igual que esta obsesión, en su derivada “contención del gasto público” haya llevado a la miseria a varios países gracias a los consejos el FMI. Dan igual Keynes o Krugman. Da igual que no haya ejemplos que muestren que sus recetas sean efectivas, y sí de todo lo contrario. La fe es la fe.

El mundo se rige por la sinrazón. Para ocultarla unos utilizan imágenes de alta resolución de los fetos y otros gráficas y ecuaciones matemáticas de enorme complejidad, pero es solo es apariencia de ciencia, porque en realidad no demuestran nada salvo su habilidad para la manipulación y el disfraz y, sobre todo, que donde esté una creencia que se quiten mil razones.

Por esto me preocupan. 

viernes, 3 de mayo de 2013

Ositos de peluche cósmicos


Acabo de leer el libro de David Eagleman Incógnito. Es un texto ligerito acerca del funcionamiento del cerebro que resulta divertido mientras habla de la forma en que el cerebro reconstruye, por no decir inventa, la realidad a partir de la información siempre deficiente aportada por los sentidos. Otra parte, en la que relaciona la neurociencia y la culpabilidad, es interesante: dado que el comportamiento se ve influido por hormonas, genes, narcóticos, lesiones, neurotransmisores y demás, no tiene demasiado sentido hablar de responsabilidad, por lo que la administración de justicia debería realizarse pensando en términos prácticos, como el riesgo de reincidencia o las posibilidades de reinserción, y no en términos de castigo. Muy bien.

El final es el que resulta desconcertante: al hablar del reduccionismo y el materialismo extendidos de modo generalizado entre los científicos, Eagleman se hace un lío entre el sí y el no, porque tan pronto parece que está del lado de reduccionistas y materialistas como aboga el todo es posible, incluido que el cerebro sea una especie de receptor de algo que está fuera…

Me pongo a leer por ahí y me entero que Eagleman es el inventor de una cuarta vía alternativa al ateísmo, teísmo y agnosticismo: el posibilismo. Rechanzando el agnosticismo por considerarlo demasiado tibio, defiende tomar una postura más proactiva y basarse en la ignorancia que tenemos de casi todo para abrazar activamente todas las posibilidades. ¿Por qué negar la existencia de seres superiores si no podemos asegurar que no existan?

Pues yo se lo voy a decir: por la misma razón que no estamos todo el día dándole vueltas a la posibilidad de ser cerebros metidos en un frasco y conectados a un ordenador que crea un mundo virtual para nosotros; o ser el sueño de una mariposa; o el proyecto de ciencias de un alumno de secundaria de una especie gigante; o la efímera manifestación de un azar cuántico; o la creación de un dios barbudo, aburrido y algo canalla: porque no aportan nada. Una teoría que no puede ni refutarse ni rebatirse no es significativa. Divertidas sí que son, y pueden dar mucho juego en relatos de ciencia ficción, pero intelectualmente solo pueden aportarnos una cosa: humildad. La existencia de esas alternativas inalcanzables nos hace mirar nuestras teorías con modestia y desterrar la certeza de nuestra caja de herramientas. Nunca podremos estar seguros de nada que tenga que ver con la realidad. Pero esto no quiere decir que no podamos construir modelos. De hecho, es que lo hacemos constantemente: todos.

Otra cosa es hasta qué punto nos creemos nuestros propios modelos. Dice Eagleman que es tanto lo que ignoramos acerca del universo que ser ateo no está justificado. Esta afirmación aparenta tener sentido, pero en realidad no lo tiene: es como si aceptamos como posibilidad que más allá del alcance del Hubble existen unos gigantescos osos de peluche dando calor al universo. ¿Podemos negarlo? Pues, de modo estricto, no, pero no conozco a nadie que decida adoptar una postura activa respecto de la existencia de los ositos de peluche gigantes. Pues lo de los ositos de peluche y los dioses es lo mismo.

Yo soy ateo. Esto puede significar muchas cosas. En mi caso quiere decir que nunca he encontrado ningún indicio, ni prueba, ni siquiera especulación que haga mínimamente razonable creer en la existencia de seres sobrenaturales. Todo cuanto tiene que ver con dichas creencias se explica con argumentos históricos, políticos, sociológicos, psicológicos o psiquiátricos, así que mi postura al respecto es que no, no existen. Muchos dirían que entonces tendría que ser agnóstico porque no estoy seguro, pero es que eso es una perogrullada, porque seguro no estoy de nada.

¿Creo que los planetas giran alrededor de su estrella porque están animados de espíritus que desean unirse al padre-sol en un abrazo cósmico? Pues no, porque para ser espíritus con voliciones se comportan de un modo bastante monótono, siguiendo siempre las mismas reglas, esas que Einstein se encargó de formular en su teoría de la relatividad.

¿Estoy seguro de eso? ¡No!, ¡claro que no!: puede ser que los ositos de peluche gigantes hayan castigado a los espíritus de los planetas a seguir esas aburridas órbitas como castigo a algún delito cometido en el pasado. Puede ser. ¿Tengo entonces que ser agnóstico? Reconocer que este cuento es irrefutable no quita que no aporte nada y que me quede por tanto con la relatividad. ¿Quiere decir esto que creo en la relatividad? NO.

Y aquí pienso que está el eterno quid de la cuestión: los creyentes, o aquellos que, sin serlo, siguen mirando el mundo con los mismos esquemas, creen que la única forma de relacionarse con el mundo es la creencia, de modo que todo debate gira en torno a creer en una cosa u otra. Pero no es así: lo racional no es dejar de creer en los ositos cósmicos para pasar a creer en la gravedad: lo racional es no creer, lo racional es limitarnos a comparar teorías; hacer elecciones, siempre provisionales, cuando sea necesario, y vivir en consecuencia. Soy ateo en la misma medida que soy relativista: de entre las teorías que hemos elaborado hasta ahora, pienso que son las que mejor describen el mundo en sus respectivos ámbitos conceptuales.

¿Por qué se empeña la gente en creer? Pienso que se debe a que la gente es demasiado condescendiente consigo misma y aceptan sus prejuicios e instintos como si fuesen la verdad absoluta, en vez de ponerlos en cuarentena y criticarlos convenientemente.

Todos tenemos un juego de creencias que es el que usamos para manejarnos con el mundo sin pensar: instintivamente creemos en la continuidad del mundo; en el transcurrir del tiempo; en la tridimensionalidad del espacio; en la causalidad... También tenemos creencias acerca de cómo debe ser el mundo, la justicia, la moral, la amistad… Todo eso forma parte de lo que somos y está grabado a fuego en algún lugar de nuestro cerebro como consecuencia de nuestra herencia genética y cultural. Y está bien, porque nos permite vivir sin estar cuestionándonos a cada paso qué hacer. Son nuestro software básico. El piloto automático. Vale.

Pero lo que no tiene sentido es creernos nuestras creencias. Una cosa es que yo crea que el sol sale todas las mañanas y se pone todas las tardes, y otra que yo sepa que no es así, que es la gran bola sobre la que viajo por el espacio la que rota respecto de uno de sus ejes. Sin embargo, muchos llevan mal estas contradicciones y convierten, para resolver el conflicto, sus creencias animales en convicciones que defienden a capa y espada.

Lo que les pasa a los creyentes, y esto es una teoría, es que utilizan la razón para justificar sus creencias, en vez de utilizarla para criticarlas. Pero con eso no resuelven el conflicto: tan solo lo ocultan. Lo cierran en falso y son deshonestos consigo mismos. A esta deshonestidad le llaman fe.

La única forma de superar la contradicción es aceptarnos como somos, como una pluralidad de influencias, como máquinas dotadas de múltiples programaciones contradictorias y dudar, de todo en general y de nosotros mismos en particular.