martes, 23 de octubre de 2012

El Mar de Barceló


El verano pasado he estado en Ginebra y he visto, en el techo de la sala XX del Palacio de las Naciones, El mar de Barceló. Es hermoso, magnifico, hasta diría que grandioso. Como es el mar. Hacía tiempo que una experiencia estética no me emocionaba así. Mientras contemplaba ese mar al revés que Barceló pintó con rasgos de cueva, un guía se empeñaba en desgranar los detalles del encargo y la consiguiente polémica y de dar datos y nombres. Yo, arrodillado y mirando la cúpula, daba al aire manotazos imaginarios para espantar sus palabras y poder experimentar con tranquilidad esa mezcla de admiración y envidia que se siente ante la genialidad.

Ahora, pasados dos meses, recuerdo que las palabras del guía explicaban lo que costó que la sala XX del Palacio de las Naciones de Ginebra se llame “de los Derechos Humanos y de la Alianza de Civilizaciones”. A muchos la cifra les escandaliza. Yo, sin embargo, cada vez estoy más convencido de que no hay dinero mejor gastado que el invertido en el placer y la belleza.

A fin de cuentas, no nos queda nada más.



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